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DEL CINISMO Y EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

“EL CINISMO ES LA MEJOR HERRAMIENTA PARA CONOCER LA REALIDAD Y LA PEOR PARA CAMBIARLA”

No se trata de una frase más o menos feliz de algún pensador conocido, es una “obra” colectiva, producto de una noche de francachela pre-navideña. Eso sí, una vez pasada la resaca del mal servicio y de la comida vulgar y escasa, y atenuado el escozor provocado, a mayor abundamiento, por la cuenta del restaurante, uno se empieza a preguntar si hay algo que merezca la pena en esa frase, más allá de la simple ocurrencia.

En la época de los pioneros de la mecánica cuántica, el físico alemán Werner Heisenberg enunció el denominado principio de indeterminación que lleva su nombre.

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Según éste, es imposible conocer simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula con total exactitud. La limitación no es fruto de la imprecisión de nuestros instrumentos de medida, sino que está en la naturaleza de las cosas, ya que la propia observación cambia la realidad al modificar inevitablemente el estado de lo observado. Por tanto, es imposible conocer algo sin cambiarlo.

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Si en el mundo físico un grado de conocimiento total implicaría una modificación absoluta del estado en que se encontraba su objeto antes de realizar la observación, ¿no es cierto justamente lo contrario en el ámbito de lo social? ¿No podría afirmarse que hay que elegir entre conocer la realidad y cambiarla, bajo una especie de “principio de exclusión”?

Cualquier intento de modificar la realidad parte de consignar cómo es ésta de hecho y de la subsiguiente valoración de cómo debería ser la misma conforme a la “esencia” que le es propia. Por tanto, el presupuesto de cualquier tentativa de cambio es una determinada concepción de las cosas. Pero la experiencia ha demostrado tozudamente que el intento de capturar la esencia aún del objeto más simple está condenado al fracaso. Entonces, en la base de todo cambio se encontraría un sistema de ideas sobre la realidad que necesariamente habría de suplantar a su verdadera naturaleza y de contaminar cualquier posible conocimiento  auténtico de aquélla.

Por el contrario, quienes no buscan cambiar nada en el mundo serían los que, con renuncia a cualquier intento de valoración de lo que hay, perseguirían tan solo fundirse con el torrente de los hechos con tal de sobrevivir o de hacerse más grandes como parte indiscernible de él. Entonces serían sólo éstos quienes, hechos uno con la realidad que los rodea, podrían de verdad alcanzar un conocimiento más inmediato y exacto de la misma, pero sin hacer otra cosa que reforzar la inercia de las cosas tal como son.

En definitiva, si ello fuera así, resultaría vana la pretensión de conocer para valorar y de valorar para cambiar, sería imposible todo progreso desde un ideal de justicia y, en último extremo, semejante ideal no tendría más entidad, por emplear una expresión propia de los viejos y simpáticos escolásticos, que la de un “soplo de voz” sin un referente real.

¿Entonces, es que sólo podemos elegir entre el dogmatismo delirante o el cinismo arribista?

El momento histórico parece sugerir que la respuesta es afirmativa, pero me gustaría creer que no es cierto, que no estamos ante “la hora de la verdad” que ha dejado al aire las vergüenzas de todos los ideales que en el mundo han sido, que la razón, a través de la cual nos relacionamos con nosotros mismos y con todo lo demás, abarca no sólo el pensamiento, sino también los afectos, los valores y la fe en la vida, y que lo único que pasa es que ahora mismo aquélla está atravesando un estado de sopor pasajero, y ya se sabe que el sueño de la razón produce monstruos.

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Feliz Navidad.

 

Imágenes: Wikipedia y Flickr

 

DE NELSON MANDELA Y WALT DISNEY

Tengo la sensación de que se ha acuñado una imagen idealizada de Nelson Mandela que circula como moneda de curso legal, y muy cotizada, entre quienes se sienten progresistas o quieren parecerlo para la ocasión.  Y me parece preocupante y triste.

Mandela

Los años de prisión de Mandela ya habían comenzado antes de lo que se denominó el “Juicio de  Rivonia” – por el barrio de Johannesburgo donde fue detenida una célula del brazo armado del Congreso Nacional Africano -, pero él se vio implicado de lleno en este proceso, que fue el que dio la vuelta al mundo y de resultas del cual Mandela pasó dieciocho años en prisión. Puede encontrarse un resumen de lo sucedido en torno al mismo (en inglés) en: http://law2.umkc.edu/faculty/projects/ftrials/mandela/mandelahome.html; el trabajo fue colgado en 2010, por lo que no se haya influido por la atmósfera que siempre rodea a la muerte de un personaje así.

Mandela y otros procesados fueron condenados a cadena perpetua por delitos de sabotaje y conspiración. Uno de los actos de sabotaje – la explosión de una bomba en una oficina de correos – se saldó con la muerte de un transeúnte.

Mandela, al igual que otros procesados seguros de su condena, quiso aprovechar el impacto mediático del juicio para explicar a la nación por qué se vio forzado a hacer lo que hizo en defensa de los oprimidos. Para ello eligió intervenir en el proceso pronunciando un discurso, en lugar de hacerlo a través del clásico esquema de preguntas y repreguntas por parte de la acusación y la defensa. En su intervención sostuvo que:

“(…) dado que la violencia en este país era inevitable, hubiera sido poco realista e inapropiado el que los líderes africanos continuaran predicando la paz y la no-violencia cuando el Gobierno respondía a nuestras peticiones pacíficas con violencia”

Lo que sigue es conocido. Parece ser que, años después, el Primer Ministro Pieter W. Botha ofreció la libertad al líder Sudafricano a cambio de renunciar a la violencia, a lo que éste replicó: “Sólo los hombres libres negocian”.

A raíz de la muerte de Mandela, determinados medios han hecho hincapié en las atrocidades cometidas por el Congreso Nacional Africano durante sus años de lucha en tiempos del Apartheid, para vincular con ellas al que fuera Premio Nobel de la Paz. De los términos en que se sustanció el proceso de Mandela queda claro que éste no fue condenado por hechos de sangre, al menos directamente intencionados – está la muerte del infortunado que pasó por delante de la oficina de correos en el peor momento -, pero también que no fue sentenciado simplemente por su oposición ideológica al régimen. Otra cuestión es que, tras haber defendido el uso de la violencia cuando el brazo armado del CNA era un embrión, él no podía ignorar el cariz que iban tomando los acontecimientos y, hasta donde yo sé, no consta que desde la cárcel se opusiera o se desligara de lo que estaba sucediendo, sino más bien lo contrario.

Hasta ahí los hechos. Ahora la pregunta: ¿por qué hay una especie de “cosmética colectiva” que se ha empeñado en presentar la lucha de Nelson Mandela como si fuera el cuento de La Sirenita? ¿Por qué no explicar lo que hay? ¿Por qué no dejar que cada cual juzgue a la persona, las circunstancias que vivió, la ideología que sustentó sus acciones, o todo ello a la vez? ¿De qué tiene miedo el “progresismo”?

Quiero recalar, a modo de meandro, en una cita de Erich Fromm (“Tener o Ser”, 1976). Para mí, una de las virtudes de éste es su capacidad para fijar ciertos conceptos como si los ensartara en la pared con un dardo:

Dios, originalmente un símbolo del supremo valor que uno puede experimentar dentro de sí mismo, se convierte, desde la perspectiva del “tener”, en un ídolo. En el concepto profético un ídolo es una “cosa” que construimos y en la que proyectamos nuestras propias capacidades, empobreciéndonos. Entonces nos sometemos a nuestra creación y a través de tal sumisión nos relacionamos con nosotros mismos de una forma alienada. Mientras puedo “tener” el ídolo, puesto que es una “cosa”, al mismo tiempo, por medio de mi sumisión, el ídolo me tiene a mí. Una vez que se ha convertido en un ídolo, las supuestas cualidades de Dios tienen tan poco que ver con mi vivencia personal como cualquier doctrina política alienada. El ídolo puede ser alabado como el Señor de la Bondad y, sin embargo, es posible cometer cualquier crueldad en su nombre, de la misma manera que no cabe la menor duda de que la fe alienada en la solidaridad humana puede dar lugar a los actos más inhumanos.

Por lo tanto, hablar de “alienación” en este contexto es referirnos a aquellos conceptos que se han desgajado de nuestras vivencias y que se han convertido, como dirá el propio Fromm en otro pasaje de su libro, en una parte “externalizada” de uno mismo.

Pienso que el convertir a Mandela en un personaje de Disney es un paso más en el inquietante proceso de “alienación” de ideas, como la libertad o la lucha por su defensa, en el que estamos metidos hasta las cejas. ¿Por qué obviar lo problemático, lo punzante? ¿Por qué hurtar a la sociedad el debate sobre el sentido profundo de la libertad, sobre los medios empleados para su conquista, sobre la alienación de la propia lucha que, en nombre de los derechos humanos, puede llevar a cabo “los actos más inhumanos”?

El problema no es ya Mandela. El problema es que los que aún nos sentimos progresistas, con tal de caer simpáticos a todo el mundo, hemos tolerado que determinadas ideas que son una piedra angular de tal sentir, como la libertad, la igualdad, la solidaridad o el progreso, se conviertan en un pastel decorado que de cuando en cuando alguna celebridad mediática corta delante de las cámaras, para beneficio principal de su apretada agenda de galas.

Hemos consentido la alienación de determinados conceptos y, claro, al haberlos “externalizado”, como dice Erich Fromm, nos los han arrebatado delante de nuestras narices, y así hemos llegado a una situación tan grotesca como que ahora los que enarbolan el supremo estandarte de la libertad son quienes únicamente defienden la libertad de vender y comprar, siempre que tengas dinero para hacerlo, por supuesto. Evidentemente, se trata de otra versión alienada de la idea de libertad; a modo de pista psicológica repárese, por ejemplo, en la obsesión por la subcontratación, es decir, por la “externalización”, que impera en el liberalismo económico.

Forges

 Pero el hecho es que nos están ganando por goleada, y que nosotros solitos nos lo hemos buscado. A partir de aquí, que cada cual saque sus propias conclusiones sobre lo que de verdad significa “progresar”.

 

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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