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EL PERRO DEL HORTELANO

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El perro no es un animal vegetariano, por eso no se come los productos de la huerta de su amo ni tampoco permite que otros animales se los coman, de ahí el dicho popular “el perro del hortelano ni come ni deja comer”, que da nombre a la conocida comedia de Lope de Vega. En ella la displicente condesa Diana no puede amar a Teodoro, debido al abismo social que existe entre ambos, pero tampoco puede dejar que otras lo amen.

“El Gobierno no puede arreglarlo todo”  ha afirmado hace poco nuestro Presidente. Desde luego, lo primero que tengo que decir es que estoy gratamente sorprendido de que el Sr. Rajoy dé testimonio público de sus limitaciones; salvo error mío, hasta ahora no había hecho semejante cosa, al menos no sin añadir alguna coletilla para echarle la culpa a otro. Es esperanzador que tan robótico personaje empiece a mostrar algún rasgo de humanidad en público. Ojalá esto fuera la antesala de una toma de conciencia de sus propias contradicciones.

A los hechos me remito: el partido que sostiene a su Gobierno ha hecho  todo lo posible por limitar la información pública en asuntos de interés general, no sólo utilizando su mayoría parlamentaria para vetar comisiones de investigación que le son incómodas, sino alumbrando una ley de transparencia agonizante que necesitaría con urgencia una donación de sangre en su misma cuna; también ha limitado nuestro derecho a protestar utilizando como mordaza una Ley de Seguridad Ciudadana por la que algún organismo internacional ya nos ha sacado los colores; además está el mimo exquisito con que la fiscalía viene tratando a los presuntos delincuentes de “buena estirpe”, probablemente instruida al efecto por el Gobierno en un intento escandaloso de limitar la igualdad de todos ante la ley, puesto que todos merecemos el mismo “mimo”; esto por no hablar de la limitación al derecho de acceso a los Tribunales impuesta por el engendro de las tasas judiciales, que convirtió a la Marca España en el oprobio de nuestro entorno jurídico y ha dejado graves heridas abiertas, pese a la celeridad electoralista con que se acaba de enmendar; paralelamente el Gobierno limitaba los derechos de los trabajadores mediante una reforma laboral que, no sólo limita la eficacia de la negociación colectiva, sino que, pasando por un simple ropaje formal que no pasa de “taparrabos”, permite al empresario “confiscar” parte de la retribución de sus asalariados ante simples expectativas adversas de negocio; eso a la vez que se limitaban todo tipo de prestaciones sociales con recortes drásticos; lo anterior con abuso adictivo del  Decreto-Ley, limitando también, ya puestos, lo que debiera ser el curso ordinario de la actividad parlamentaria; finalmente, o primeramente, según se vea, en agosto de 2011, como gimnasia de calentamiento, el PP, en infame coautoría con el PSOE, entonces en el Gobierno, ya había sentado las bases de esos futuros recortes, sociales y morales, a través de la reforma, con “veraneidad” y alevosía, del art. 135 de la Constitución, que desde entonces otorga “prioridad absoluta” al pago del capital e intereses de la Deuda Pública, lo que no sólo permite, sino que, en determinadas circunstancias, podría “condenar” a futuros gobiernos a convertir en papel mojado los llamados “derechos sociales” recogidos en el propio texto constitucional. Si por el Sr. Rajoy fuera, limitaría incluso la existencia de la oposición política; ya en el debate sobre el estado de la nación se permitió insultar a Pedro Sánchez y le llegó a espetar: “no vuelva a venir por aquí ni a hacer nada”, sentencia propia de un vulgar pandillero que habría supuesto el fin de la carrera política del Presidente en cualquier país con tradición democrática. Lo único que este Gobierno no ha limitado es la desigualdad social, el número de españoles barridos bajo el umbral de pobreza, cual si se tratara de la alfombra persa de la sala de juntas de la Marca España, y el “emprendimiento”, el emprendimiento de la huida de muchos al extranjero en busca de un futuro, quiero decir. Me contengo de expresar lo que pienso de todo esto, no vaya a ser que algún niño despistado acceda a esta página.

Dicho todo lo cual, me asaltan varias dudas: si el Gobierno del Sr. Rajoy nos controla mucho más intensamente que la situación de España, “el Gobierno no puede arreglarlo todo”, ¿de qué ha servido semejante empeño controlador? ¿Cómo puede justificarse el mismo? A quien ha tomado las riendas del país arrasando a los ciudadanos como lo ha hecho parece lícito exigirle que use esa misma fuerza, si no para “resolverlo todo”, sí, al menos, casi todo; sería la justa contrapartida por lo que nos ha arrebatado. Cuando ahora el Presidente, en un striptease sorpresa, reconoce sus propios límites, creo que es normal indignarse e inquietarse aún más si cabe: si quien es capaz de imponer tamañas limitaciones al espacio vital de los demás también las sufre en carne propia, ¿quién está realmente a cargo de esto? “Quis custodiat custodes?”

Esa pregunta despierta en mí los ecos de uno de los momentos literarios más electrizantes de que he disfrutado hasta ahora: se trata de un pasaje de la Narración de Arthur Gordon Pym en que éste atraviesa una pavorosa tormenta en un barquito guiado por un timonel de un aplomo tan extraordinario que no puede menos que contagiar al protagonista … hasta el momento en que éste se da cuenta, con un pavor indescriptible, de que el timonel está borracho como una cuba y de que con él se encuentra aún en peor situación que si estuviera solo en medio del mar embravecido.

Pero no, enseguida descarto esa fantasía. Según datos oficiales en 2014 el PIB de España fue de 1.058.469 millones de Euros, un botín demasiado suculento como para creer que anda por esos mares como el Holandés Errante. Sin duda alguien está manejando de verdad el timón, ¿timón quizás servido en bandeja por el Sr. Rajoy, su Gobierno y el partido que lo sostiene? En tal caso, sin duda es de esa servidumbre de donde provengan buena parte de las limitaciones con que, quizás, el Presidente trata de insinuar una justificación por el estado real en que se halla el país, más allá de la contabilidad pública.

Ahora, a las puertas de las urnas, para atraerse al elector – Teodoro, el distante Sr. Rajoy fuerza el gesto, supongo que ayudado por un calzador, y lucha con denuedo por adoptar un aire tan cercano a lo “seductor” como él es capaz: “confíen en mí, les irá bien”. Igual que el perro del hortelano, este trasunto psicológico de la altiva condesa Diana ni come (es un decir) ni deja comer (no es un decir).

Foto: sirvendi.org

 

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LA CORRUPCIÓN Y SUS RIESGOS

 

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Era un día tan frío, tan frío que hasta los abogados tenían las manos metidas en sus propios bolsillos.

Era un escándalo de corrupción tan apestoso, tan apestoso que hasta el Presidente del Gobierno dejó de escrutar la macroeconomía con aire de suficiencia y, con gesto robótico, se tapó la nariz un instante con su pañuelo de seda delante del Congreso.

Eso sí, un vistazo al histórico basta para constatar que, por mucho hedor que emane de las alturas, nuestra prima de riesgo no sube ni un ápice. Creo que las razones no son difíciles de entender: nuestros acreedores no corren realmente ningún riesgo.

Ya en agosto de 2011 el PSOE (entonces en el Gobierno) y el PP volvieron al hemiciclo como alma que lleva el diablo, con las toallas de playa aún enrolladas a la cintura, para aprobar una modificación de la Constitución que sometía el déficit público español a los dictados de la Unión Europea y, entre otras cosas, hacía decir al artículo 135.2 de nuestra Carta Magna:

“3. El Estado y las Comunidades Autónomas habrán de estar autorizados por ley para emitir deuda pública o contraer crédito.

Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la ley de emisión”

En la práctica, eso significa que nuestros prestamistas cobrarán la deuda soberana “con prioridad absoluta” y que, si hay que quitar de alguna parte, será de la carne de los ciudadanos (v. “El Mercader de Venecia”). Esa deuda, como es bien, conocido, se genera en gran parte porque los bancos a los que se “inyecta” dinero público a precio de amigo lo utilizan para prestárselo al Estado a interés de mercado.

Por lo tanto, los acreedores de este maltrecho país saben que, no importa cuánto dinero se vaya por las cloacas de la política, ellos van a cobrar sí o sí. También saben que los españolitos vamos a aguantar lo que nos echen, porque a veces nos ponemos farrucos, pero en el fondo somos segadores que madrugan mucho la víspera, gallardos toreros de tendido de sombra, fieros entrenadores de pantalla de plasma. Sí, y también revolucionarios de Internet.

Entre tanto, el empleo es cada vez más precario, las prestaciones sociales más raquíticas y el mercado del lujo hace su agosto, porque el número de millonarios crece con un vigor envidiable (v. informe de Oxfam Internacional en http://www.oxfam.org/es/informes/iguales-acabemos-con-la-desigualdad-extrema).

La verdad es que la posición de los grandes financiadores y sus consecuencias para la mayoría de los ciudadanos de tantos países permite cuestionarse si en este momento histórico es válido el principio de que la búsqueda del propio interés individual, regulada a través del mercado, conduce al mayor nivel de bienestar común que es posible alcanzar. A mí me parece que no, pero es que quizás falta algo en la ecuación, y ese algo es la responsabilidad.

Es cierto que “nos han robado por encima de nuestras posibilidades”. Tampoco puede negarse que, con todos los matices que se quiera, “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. El despilfarro de recursos públicos ha sido patético y gran cantidad de ciudadanos de a pie han creído poder colarse en el guion de “El Gran Gatsby” gracias a los años de despendole crediticio. ¿Quién salía a protestar a la calle cuando un salario medio, convenientemente “apalancado”, permitía vivir en un chalet y tener aparcado un coche de alta gama en el garaje, cuando las tarjetas de crédito se repartían como panfletos publicitarios o cuando hasta una tostadora se podía financiar en cómodos plazos?

Ahora bien, vamos a imaginar que Juan Nadie acude a su médico de cabecera y logra convencerlo de que le recete un medicamento que su cuerpo no puede tolerar. O, peor aún, que es el médico quien insiste a Juan en que vaya a su consulta para prescribirle el “bálsamo de Fierabrás” porque el laboratorio fabricante le da comisión. En un caso así, ¿de quién es la culpa si esa medicina mata al Sr. Nadie? ¿Quién está desempeñando una actividad lucrativa? ¿A quién le son exigibles los conocimientos técnicos necesarios  para llevarla a cabo? ¿Quién está obligado por el correspondiente deber de diligencia profesional? Evidentemente, el facultativo.

Por lo tanto, en la primera hipótesis – paciente persuasivo que logra que el Doctor le receta su pasaporte al otro mundo -, no creo que cupiera atribuir a la víctima  más de un 25% de responsabilidad en su propio deceso. En el segundo caso – médico que actúa movido por tal afán de lucro que hace dejación de sus más elementales deberes de diligencia profesional -, parece claro que la culpa sería enteramente del galeno. Pues creo que lo mismo puede decirse de las entidades financieras y la orgía de crédito que en sus tiempos celebraron en medio de una buena borrachera de ladrillo. A aquéllas, como profesionales y primeros beneficiarios de su propia actividad, era a quienes correspondía analizar cuidadosamente todas las circunstancias de la economía y de la persona concreta y valorar las posibilidades razonables de devolver lo prestado que tenía cada cual. Pero no fue así, y nos dimos cuenta tarde de que estábamos viviendo una orgía caníbal en la que tan sólo éramos el menú.

Frente a esto, ¿cuál fue la reacción de los que entonces gobernaban y de los que ahora lo hacen? No fue, por seguir con el paralelismo, pedirles cuentas a los responsables de las “mortíferas recetas financieras” que habían extendido por doquier. Fue reformar “a escape” – nunca mejor aplicado – la Constitución para dar a aquéllos garantías de cobro a lomos del país. Si España fuera una empresa (ya tenemos marca y todo), sus gestores serían muy probablemente acusados de administración desleal, primero, por haber permitido que se llegara a donde se llegó, y segundo, por no haber plantado cara a los marrulleros acreedores de la “compañía”.

No sé cómo denominar al poder financiero que ha terminado  por afectar profundamente a las vidas de todos, pero, desde luego, no “mercado”. La libertad propia del mercado, como cualquier otra – aceptaremos de forma puramente convencional que la libertad se puede “compartimentar” -, sólo puede basarse en la buena fe y en la asunción del riesgo que supone decidir buscando ser competitivos, es decir, en la responsabilidad por lo que uno hace. Bien tristemente, en el caso que nos afecta, con respecto a la buena fe sobran – o se quedan cortas –  las palabras; el riesgo únicamente lo soportamos “los sospechosos habituales” (v. “Casablanca”); la responsabilidad es “del maestro armero” y la competitividad de la “marca España” no es más que un programa de entrenamiento en “flexibilidad”, para que podamos plegarnos todavía un poco más ante nuestros prestamistas.

Las políticas económicas actuales – no sólo en España – me recuerdan al planteamiento filosófico del Dr. Pangloss en el Cándido de Voltaire. Según el grotesco personaje, de las desgracias individuales nace el bien común. Por lo tanto, cuanto más se extienden las desgracias individuales, mayor es el bien común. Y aún hay quien “cacarea” de sus supuestos éxitos ante esos “mercados”.

 

Foto “El País”

EL HOMBRE QUE VENDIÓ EL COCHE PARA COMPRAR GASOLINA

Dicen que la biografía de cualquier colectivo humano se puede leer en la arquitectura que ha ido produciendo a lo largo del tiempo. En algunos casos, esa biografía se escribe a zarpazos. WP_20141020_004

Para muestra un botón. Lo que se ve en la imagen es el aborto de una biblioteca de la que iba a dotarse a un barrio bastante joven con necesidades educativas crecientes, en un municipio de la Comunidad de Madrid.

Hace ya unos años, con las obras casi terminadas, el Ayuntamiento de turno detuvo el proyecto, supongo que por falta de presupuesto, y dejó las instalaciones así, protegidas por unas rejas metálicas y por un coche de policía que, de vez en cuando, se instala a su vera al anochecer, como una patrulla costera vigilando los restos de un naufragio. Luego vinieron la crisis y los recortes y la biblioteca nunca llegó a levantar cabeza.

Es conocido que, faltas de mantenimiento, el deterioro natural de las infraestructuras progresa de forma exponencial, no digamos cuando algún alma caritativa les “echa una mano” en su trayecto a la ruina. Lógicamente, lo anterior se traduce en unos gastos de rehabilitación cada vez mayores, si alguna vez llega el caso.

Esto puede dar una idea del trato recibido por la biblioteca nonata a lo largo de este tiempo.

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No nos gastamos por estos lares unos niveles de educación como para matar de envidia al orbe, y a unos dos kilómetros de allí había ya un par de bibliotecas que funcionaban bien, pero alguien prefirió no invertir recursos públicos en calidad de enseñanza, a cambio, eso sí, de no tener tampoco una nueva biblioteca.

No sé si lo sucedido en el microcosmos de este municipio encaja más como alegoría de una España desbocada de vendedores de humo y reyezuelos faraónicos o como gag surrealista, pero en cualquier caso me recuerda mucho a la historia del hombre que vendió el coche para comprar gasolina.

Supongo que algún día el edificio se rehabilitará (curioso término para aquello que nunca ha llegado a ser “hábil”) y servirá para algo. Espero que, ya entonces, todo el mundo tenga claro que es preferible dedicar esfuerzos a mejorar el nivel de nuestra educación que a seguir inaugurando mamotretos en cualquier palmo desocupado de tierra. Como dice la Federación de Enseñantes Belga, “si la educación te parece cara, prueba con la ignorancia”. A ver si por fin los que deciden escuchan antes.

Entretanto, puestos a buscarle un fin educativo a los restos del naufragio de la biblioteca, quiero pensar que quedarán como icono fantasmal de una España de fantasmones y como aviso de que los que vienen detrás tienen derecho a no vivir en un país semi-esclavo del turismo, de la construcción y de quienes los manejan.

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Parece ser que, por si fuera poco, todos los fondos de la malhadada biblioteca ya están catalogados y arrumbados en alguna parte, a la espera de que alguien les dé un lugar en este mundo.

Con un poco de suerte, si es que algún año de estos sale a la luz, buena parte de dicho material ya estará obsoleto. Entonces los bibliotecarios tendrán que volver a trabajar para descatalogarlo y, como suelen hacer en esos casos, ponerlo a disposición del público, a ver si poco a poco la gente se va llevando los fondos descartados, ya que cada centímetro cúbico de biblioteca ocupado en balde supone un coste logístico inútil.

Se trata de un corolario del lamentable episodio de la biblioteca fantasma que yo desconocía hasta ahora. La guinda de este gran éxito de gestión, vamos. A menos, claro está, que esta vez las ratas vengan en auxilio del hombre y nos libren definitivamente de ese problema añadido.

 

 

 

DE LITERATURAS VARIAS

 PorciaPORCIA

Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. (…)

(Monólogo a dúo del PP y el PSOE en el artículo 135.3 de “La Constitución española”)

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PORCIA: Una libra de la carne de este mercader es tuya: el tribunal lo concede y la ley lo da.

SHYLOCK: ¡Justísimo juez!

PORCIA: Y habéis de cortar esa carne de junto al corazón: la ley lo permite, y el tribunal lo concede.

SHYLOCK: ¡Doctísimo juez! ¡Qué sentencia! ¡Vamos, preparaos!

PORCIA: Aguardad un poco: queda algo más. Este documento no os concede aquí ni pizca de sangre: las palabras expresas son: <<una libra de carne>>: toma entonces lo debido, toma tu libra de carne, pero, al cortarla, si viertes una gota de sangre cristiana, tus tierras y bienes, por las leyes de Venecia, quedan confiscadas para el Estado de Venecia.

(Diálogo entre Porcia y el prestamista Shylock en “El Mercader de Venecia”)

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Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pekinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempiés
van montados al palacio del marqués
en caballos de ajedrez.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.
Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

(“El Reino del Revés” María Elena Walsh)

En el reino del revés Porcia sería cabeza de lista electoral y Shakespeare su director de campaña. A ver si poniéndome cabeza abajo…

 

Imagen: Wikipedia

FIAT 500

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“No puedo venderlo porque nadie me quiere pagar ni de lejos lo que me costó”. Acompañada de un gesto de cansancio, la frase de mi amigo se refería al encantador Fiat 500 que tenía aparcado en la acera de enfrente.

La primera serie del Fiat 500 se presentó al público el 4 de julio de 1957 y tuvo una fría acogida. Pocos meses después se lanzaría al mercado el modelo llamado “Estándar”, con un motor de 15 CV y una velocidad máxima de 90 Km/h, verdadero detonador del “boom” del 500, que se convirtió en un auténtico fenómeno social por ser un auto urbano muy práctico y al alcance de amplias capas de la población. La estrella del Fiat 500 recorrió diversas versiones, alcanzó su cénit en los años 60 y, a partir de ahí, empezó a declinar.

El Fiat 500 de mi amigo es un icono de la actual moda “retro”: bajo una apariencia tradicional tiene 100 CV de potencia – un “tiro” para su peso -, climatizador, bluetooth, cambio automático y ya sólo le falta ser además “ultramático” e “hidromático”, como decía el también viejo Danny Zuko. El precio de los actuales Fiat 500 puede rondar los 20.000€, según en qué versión, lo cual no es moco de pavo para un coche en el cual alguien un poco alto tiene que meterse con calzador.

Pero, en mi opinión, la mayor diferencia entre el 500 histórico y el de nuestros días no está en el coche, sino en quien se lo puede permitir. Me explico: en sus tiempos la expresión “puedo permitírmelo” quería decir que uno estaba en algún lugar del ancho espectro de la clase media y que, tras deducir de su paga la letra del piso y la del cochecito, el remanente bastaba para que la familia comiera de forma más o menos decente. Hoy en día la clase media amenaza con convertirse en un espectro y “puedo permitírmelo” significa que, pese a la insignificante apariencia del vehículo, todo el mundo sabe que es tan escandalosamente caro que no hay peligro de que te tomen por un fracasado por el hecho de conducirlo.

El desarrollo económico de las últimas décadas, unido a la ineficiencia y la deslealtad de muchos políticos de izquierda, ha provocado la floración de una auténtica droga para nuestro ego. Las burbujas que desprende con frecuencia nos embriagan y nos llevan a sentirnos “ricos” e identificados con el sistema de la “ley del embudo” que hoy nos gobierna; con esa complicidad, muchos parecen considerarse verdaderos guerrilleros del individualismo frente a las “masas aborregadas, esclavas de las políticas sociales”. En esa experiencia psicodélica hay quien olvida que, si no tuviéramos más remedio que pagar seguros médicos, planes de pensiones y colegios privados, nuestras “fortunas” se verían bastante mermadas, si es que daban para tanto… También se pierde de vista que tal vez mañana se acabe lo que se daba. Entonces, el que sea tan afortunado como para encontrar otro empleo, probablemente tenga que trabajar por un 30% o un 40% menos que cuando era multimillonario.

Esa clase de individualismo me hace sonreír con el recuerdo de una viñeta del “Sturmtruppen”, aquel comic tan irreverente sobre la II Guerra Mundial: un soldado alemán se queja para sí del sentimiento de alienación que le genera la uniformidad del ejército alemán. ¿Cómo destacar su individualidad formando parte de semejante monolito? “¡¡Ya sé!!” – el soldado se ilumina de entusiasmo – “¡¡Yo seré el que lleve las botas más limpias de todos!!”.

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 Pero, al mismo tiempo, esa clase de individualismo me da muchísima pena. Hemos pasado de ser dueños de un duro a ser esclavos de dos. Así nos va.

 

Fuentes:

Wikipedia

diariomotor.com

 

HISTORIAS CON INTENCIÓN: MARTIN LUTHER KING

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Rosa Parks y Martin Luther King

El pasado día 20 se celebró el día de Martin Luther King, tan conocido por su lucha a favor de los derechos de los negros en Estados Unidos que huelga cualquier presentación de la persona, no así de su lucha como tal.

En su libro “La no violencia explicada a mis hijas” Jacques Sémelin nos cuenta cómo el origen de todo:

“Empieza en 1955. En el sur del país existe un gran racismo, así como segregación racial, lo cual significa que los negros no tienen derecho a mezclarse con los blancos. En  los autobuses, por ejemplo, deben sentarse en la parte de atrás y dejar los asientos delanteros para los blancos. En algunos restaurantes o cafés no tienen derecho a entrar. Aquí y allá un letrero proclama: <<Prohibida la entrada a los negros y a los perros>>. Suele darse el caso de que blancos extremistas ataquen a los negros, los golpeen e incluso los maten.

Sin embargo un día, en una ciudad particularmente racista, en Montgomery, Alabama, se producirá un acontecimiento extraordinario. Comienza por algo muy sencillo. El día 1 de diciembre de 1955 una costurera negra, Rosa Parks, vuelve a su casa después del trabajo. Está muy cansada y cuando sube al autobús, en lugar de dirigirse a la parte de atrás, como tendría que haber hecho, se sienta delante. Evidentemente, un blanco quiere sentarse en su sitio y va a quejarse al conductor: “¿Qué hace esta sucia negra en el sitio de los blancos?” La mujer es detenida por la policía. Un viajero negro corre a pagar la multa a los agentes a fin de que no la lleven a la cárcel. No obstante, Rosa Parks no consigue aplacar su cólera. Hoy diríamos que está llena de odio. Ya no puede soportar esta segregación. En compañía del hombre que la ha ayudado decide ir a ver a un  joven pastor negro que acaba de llegar a la ciudad: Martin Luther King.  Tiene 26 años, está casado y tiene un hijo.

Tampoco él soporta ya la segregación racial. Quiere que las cosas cambien. Es cierto, los negros ya no son esclavos como un siglo atrás. Dicen que son libres. Pero en realidad todos los días son humillados por los blancos; todos los días son tratados como perros. Martin Luther King tiene energía para luchar, pero no quiere utilizar la violencia. ¿Qué hacer entonces?

A la tarde siguiente se celebra una reunión con Marin Luther King y otros amigos. Todos están de acuerdo, aquello tiene que acabar. De pronto, alguien tiene una idea genial: “Organicemos un boicot. ¡Neguémonos todos a coger el autobús! Cuando la compañía de autobuses [evidentemente dirigida por blancos] vea que pierde dinero, nos tratará un poco mejor”. Al día siguiente, piden a todos los negros de la ciudad que dejen de coger el autobús: “No cojáis más el autobús para ir al trabajo, a la escuela, a la ciudad”. ¿Resultado? Un tremendo éxito: los autobuses circulan vacíos, o casi. Sin embargo, los negros se ven obligados a organizarse: para desplazarse, comparten entre varios un mismo coche, o cogen taxis. Muchos van a pie, aunque tengan que recorrer varios kilómetros.

Los blancos no ceden: “Esos negros han encontrado un nuevo jueguecito; ¡acabarán doliéndoles los pies y se hartarán!” Los más racistas pasan al ataque; Martin Luther King recibe amenazas por teléfono: “¡Sucio negro, basura, te arrancaremos la piel a tiras!” Los insultos se producen con regularidad. El 30 de enero de 1956 una bomba explota delante de su casa; por suerte, nadie resulta herido.  Algunos negros quieren vengarse y atacar a los blancos con armas, pero Martin Luther King se lo impide: “Nuestra arma es la no violencia – dice -. Queremos que los blancos nos respeten. Si empezamos por agujerearles la piel, no obtendremos nada. Además, hay blancos no racistas que nos apoyan”. Pero resulta duro. Martin Luther King es detenido varias veces por la policía; tras meterlo en la cárcel siempre acaban por soltarle. Los racistas quieren retirarlo de la circulación, pero no tienen nada que reprocharle, puesto que rechaza la violencia.

El boicot continúa durante meses y la compañía de autobuses no cede. No obstante, el movimiento empieza a ser conocido tanto en el resto de Estados Unidos como en el extranjero. No sólo Martin Luther King, sino todos los negros de Montgomery se convierten en estrellas, ¡y eso sin destruir nada! Finalmente, logran despertar el interés de los periodistas, que les conceden el uso de la palabra: “Queremos los mismos derechos que los blancos”. Por fin, el 10 de octubre de 1956 el Tribunal Supremo de Estados Unidos declara que la segregación en los autobuses es contraria a la ley, pues ante ella todos los ciudadanos son iguales. Los negros obtienen el derecho a sentarse junto a los blancos. El boicot ha durado 382 días.”

Pese a las ingentes cantidades de crema solar con factor de protección 50 que tengo que utilizar cada verano, yo soy un “negro” en Montgomery. Soy tan “negro” como quienquiera que es arrojado a los acreedores para que éstos se cobren con su carne y con su sangre deudas de dudosa legitimidad que aquél no ha generado. Tan “negro” como cualquier persona a la que se reduce a mero elemento de producción y consumo para que pueda funcionar a tope una maquinaria de la que sólo recibirá migajas.

Propongo un experimento mental: sustituir “negro” por “ciudadano” y “blanco” por “casta político – empresarial” y volver a leer así la historia transcrita… Al menos por estos lares todavía hay distancias; el resultado de ese experimento no es una imagen mental de la realidad, pero sí de la verdad profunda que hay tras ella. Y, como dicen que decía Billy Wilder: “a mí me importa mucho más la verdad que lo real”.

Dos cosas me llaman la atención de esa historia: en primer lugar, que el tratar a las personas como si fueran una “cosa” más del mundo que nos rodea es fuente de la iniquidad del sistema en que vivimos, pero, al mismo tiempo, el germen de su propia vulnerabilidad: si alguien rompe sus herramientas para vengarse de que el trabajo no ha salido a su gusto, deja de disponer de ellas para la siguiente tarea. En segundo lugar, que la afirmación de uno mismo desde un planteamiento del tipo “yo gano, tú ganas” es seguramente la forma de individualismo más productiva que existe.

Foto: morallowground.com

HISTORIAS CON INTENCIÓN: EL NACIMIENTO DEL FEUDALISMO

“No tuteladas ya por un ejército que las guerras exteriores reclamaban en los confines, las pequeñas comunidades de aldea y provincia confiaban cada vez más, para su defensa, en los señorones que podían disponer de milicias propias. Éstos se llamaban Potentes, y van adquiriendo una mayor independencia de la autoridad central a medida que ésta se va debilitando. Tienen también una legislación que les favorece y que desde Diocleciano en adelante ha petrificado más la sociedad, ligando irrevocablemente el campesino a la tierra y a su amo, es decir, convirtiéndolo en siervo de la gleba, y el artesano, a su oficio. Ya uno nace con el propio destino, que es imposible cambiar. Quien abandona la granja o el taller, aunque logre eludir a los carabineros que en seguida le buscan, está condenado a morir de hambre porque no encuentra otro empleo. Y el rico tiene que seguir pagando impuestos, aunque enajene o  pierda la riqueza. De lo contrario, va a la cárcel.

Estas leyes, por absurdas que puedan parecer, estaban impuestas por las circunstancias. Los esqueletos que se rompen hay que escayolarlos. La escayola no impide la descomposición, pro la hace más lenta.  Todo eso, empero, es el fin de Roma, de su civilización, de su ordenamiento jurídico, que hacía de cada hombre árbitro de su suerte, le equiparaba a los demás ante la Ley, y con la ciudadanía hacía de él no sólo un súbdito sino un protagonista. Ha empezado el Medievo. El potente toma el puesto del Estado, al que se opone con mayor éxito cada vez, hasta romperlo en una miríada de feudos, cada uno con su propio señor al frente, armado hasta los dientes, dominado por una masa amorfa, mezquina e inerme, entregada a sus caprichos y sin ningún derecho ya: ni siquiera el de cambiar de profesión y residencia”.

De “Historia de Roma”, Indro Montanelli, Octava edición, Captítulo L  “EL FIN “

 

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“1. A efectos del mantenimiento del derecho de las prestaciones económicas de la Seguridad Social en las que se exija la residencia en territorio español, se entenderá que el beneficiario de dichas prestaciones, incluidos los complementos a mínimos, tiene su residencia habitual en España aun cuando haya tenido estancias en el extranjero siempre que éstas no superen los 90 días a lo largo de cada año natural, o cuando la ausencia de territorio español esté motivada por causas de enfermedad debidamente justificadas.

No obstante lo dispuesto en el párrafo anterior, a efectos de las prestaciones y subsidios por desempleo, será de aplicación lo que determine su normativa específica.

2. A efectos del mantenimiento del derecho de las prestaciones sanitarias en las que se exija la residencia en territorio español, se entenderá que el beneficiario de dichas prestaciones tiene su residencia habitual en España aun cuando haya tenido estancias en el extranjero siempre que éstas no superen los 90 días a lo largo de cada año natural”.

De la Ley General de Seguridad Social,  Disposición adicional sexagésima quinta “Pérdida de residencia a efectos de prestaciones de la Seguridad Social, incluidos los complementos a mínimos” introducida, con efectos de 1 de enero de 2014 y vigencia indefinida, por el apartado siete de la disposición final cuarta de la Ley 22/2013, de 23 de diciembre, de Presupuestos Generales del Estado para el año 2014 («B.O.E.» 26 diciembre). Fuente: Noticias Jurídicas – http://noticias.juridicas.com/base_datos/Admin/rdleg1-1994.t3.html#da65

Pues bien, amable lector, si sustituimos “ejército” por “fondos destinados a los bancos para que éstos a su vez nos los presten, así como a pagar los intereses de tales préstamos”, “señorones” por “seguros médicos privados” y “siervos de la gleba” por todos los que son más o menos como el lector y el que suscribe, creo que los paralelismos son notables. Eso sí, salvo en un punto: es evidente que en el Bajo Imperio Romano se trataba a los ricos bastante peor que ahora. Y es que, en el fondo, siempre acaba uno encontrando consuelo en el progreso de la Civilización.

Foto: natureduca.com


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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