Posts Tagged 'Religión'

LOS DOS GEMELOS

Circula por Internet un bonito cuento que merece ser compartido.

Amable lector, ¿alguna vez lo habías visto así?

 

Un cuento (los dos gemelos)

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En el vientre de una mujer embarazada se encontraban dos bebés. Uno pregunta al otro: -¿Tú crees en la vida después del parto? – Claro que sí. Algo debe existir después del parto. Tal vez estemos aquí porque necesitamos prepararnos para lo que seremos más tarde. – ¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería esa vida? – No lo sé pero seguramente… habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos por la boca…. – ¡Eso es absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por donde nos alimentamos. Yo te digo una cosa: la vida después del parto está excluida. El cordón umbilical es demasiado corto. – Pues yo creo que debe haber algo. Y tal vez sea sólo un poco distinto a lo que estamos acostumbrados a tener aquí. – Pero nadie ha vuelto nunca del más allá, después del parto. El parto es el final de la vida. Y a fin de cuentas, la vida no es más que una angustiosa existencia en la oscuridad que no lleva a nada. – Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos cuidará. – ¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que está ella? – ¿Dónde? ¡En todo nuestro alrededor! En ella y a través de ella es como vivimos. Sin ella todo este mundo no existiría. – ¡Pues yo no me lo creo! Nunca he visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista. – Bueno, pero a veces, cuando estamos en silencio, tú puedes oírla cantando o sentir cómo acaricia nuestro mundo. ¿Sabes?… Yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos para ella…

 

Foto: gemelosiameses.blogspot

 

 

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DIOS Y LOS COMEDORES DE PATATAS

 

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“He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que bajo la lámpara, come sus patatas, con las manos que meten en el plato,  ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente”.

Son palabras de Vincent Van Gogh dirigidas a su hermano Theo, a propósito de su  cuadro “Los comedores de patatas”, pintado en 1885.

Por mis antecedentes familiares y por mi quinta fui de esos niños a los que bautizaron e hicieron tomar la primera comunión para no apostar a un futuro político aún incierto y evitarme problemas innecesarios. Eso sí, mis abuelos trataron de echar leña al fuego de mi fe y yo probé lo que me ponían en el plato, pero enseguida me cansé; aquello no me repugnaba, pero tampoco me decía nada, como si se tratara de un alimento pensado para otro tipo de paladares.

Muchos años después, un diálogo de la película “El loco del pelo rojo”, que aludía al anterior párrafo de las “Cartas a Theo”, me mostró una perspectiva insospechada sobre la religión; en su famoso cuadro Van Gogh estaba representando algo más que los personajes que se pueden ver en el lienzo, estaba tratando de pintar el esfuerzo y la honestidad del trabajo de esos campesinos en el contexto de su vida llena de privaciones. Quizás la esencia de la verdadera actitud religiosa no estaba en ningún sistema estructurado de creencias; tal vez sólo se hallaba en el convencimiento de que el mundo sensible no es más que el símbolo de la realidad auténtica. Con ese nuevo punto de vista el cristianismo continuó siendo algo ajeno por completo a mis vivencias.

Hace poco me planteé si la religión, cualquier religión, podría ser una de las vías que nos facilitarían tomar contacto con la energía espiritual que el psiquismo humano ha ido acumulando a lo largo de la historia de nuestra especie. Desde este punto de vista, el marco religioso de cada tradición cultural constituiría un recurso especialmente poderoso en su ámbito; sería, por así decirlo, la “llave” que mejor se adapta al “modelo de cerradura” comúnmente en uso aquél. Cada tradición religiosa contendría los mensajes y las imágenes con más poder para liberar esa energía espiritual en su específico entorno: https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/12/19/padre-nuestro/.

El último punto de inflexión en mi visión religiosa lo ha traído la lectura del libro “Misquoting Jesus”, de Bart D. Ehrman, experto en exégesis bíblica. Desde el punto de partida de una posición cercana al integrismo religioso, la peripecia intelectual y vital de este profesor estadounidense lo llevó a acabar concibiendo los evangelios como una obra plenamente humana que contiene la vivencia personal de cada uno de sus autores acerca de la vida, enseñanzas y muerte de Jesús.

Para mí resultó especialmente inspiradora la interpretación propuesta acerca del evangelio de Marcos. Según Ehrman, el retrato que en él se nos muestra de un Jesús atormentado por la angustia y el dolor ante la proximidad de la muerte no es más que una forma de intentar transmitir que Dios actúa a través de caminos misteriosos en los que, de forma incomprensible para nosotros, el sufrimiento puede tener un sentido redentor.

He citado ya muchas veces a Víctor Frankl y el relato de sus vivencias en un campo de concentración nazi que narra en “El hombre en busca de sentido”:

“(…) no sólo son significativos la creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son igualmente significativos, de modo que el goce tiene que serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”.

Desde unos presupuestos completamente distintos, me llama la atención el paralelismo entre la visión de Marcos y la de Frankl en cuanto al valor del sufrimiento.

Los dioses de la Antigüedad Clásica encarnaban poderes superiores capaces de socorrer a los hombres frente a un mundo de dificultades y peligros concretos – la guerra, la seguridad del hogar, la cosecha, la caza, la fertilidad … –, de situaciones que no podían controlar por sí solos. A la luz de los enfoques que acabamos de ver acerca del sufrimiento ante lo que nos sucede, parece como si el paso del paganismo al cristianismo se correspondiera con un cambio de actitud interna frente al dolor – del “estos padecimientos no tienen sentido si no logro sobrevivir” al “no merece la pena sobrevivir si estos padecimientos no tienen sentido” -. Quizás ahí pueda hallarse el arranque en Occidente de un impulso de crecimiento personal hacia la libertad interior, la libertad de decidir qué hacemos en nuestro fuero interno con aquello que nos impone el exterior. Lo dicho es sin perjuicio de reconocer que, en su devenir histórico, el cristianismo se ha revelado como una fuerza generalmente muy conservadora en cuanto al orden social.

Hoy, veintiún siglos después, ese impulso humano hacia la libertad interior continúa siendo muy incipiente. No obstante, pienso que hay razones para la esperanza; tratándose de un proceso de evolución que, muy probablemente, conlleve ciertas modificaciones en la arquitectura de nuestro cerebro, dos mil años no son más que un suspiro.

Yo no sé quién fue el Jesús histórico, ni siquiera sé si lo hubo, aunque me gustaría pensar que sí. Los hechos de la vida y muerte de Jesucristo no son originales, sino que guardan gran similitud con muchos mitos paganos de la antigüedad. Por otra parte, el propio carácter de su figura, su lejanía en el tiempo y el imponente cúmulo de intereses puestos en juego desde el principio en cuanto a sus enseñanzas, han enviado la verdad a un pozo de tinieblas del que es muy difícil que llegue a salir jamás. Sin embargo, hoy no me cuesta admitir que el cristianismo, como cualquier otra religión, encierra algo objetivamente verdadero, porque la energía psíquica que puede poner a nuestra disposición hunde sus raíces en esa Conciencia que es la realidad última de donde emana cada una de nuestras conciencias individuales.

Tras esta exposición, me daría por contento con que alguien, aunque fuera uno sólo de mis amables lectores, entendiera mis ideas religiosas. Lo digo, más que nada, para ver si es capaz de explicármelas.

 

Foto: https://kuentame.wordpress.com/2012/04/19/comedores-de-patatas-vincent-van-gogh-1885/

 

 

 

PADRE NUESTRO

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Padre nuestro que estás en el Cielo,

¿Cuándo llega alguien de verdad a ser  un individuo?

¿Es posible tomar con gratitud la vida que uno ha recibido de sus padres, por más imperfectos que le parezcan?

¿Puede uno terminar convirtiéndose en padre y madre de sí mismo?

 

santificado sea Tu nombre,

¿El nombre que llevamos forma parte del envoltorio en el que se nos regaló la vida?

¿Crecer sería encontrar nuestro verdadero nombre tomando como punto de partida el que otros nos pusieron?

 

venga a nosotros Tu Reino,

¿El Cielo es un lugar o un estado?

¿Hay en el diccionario algún término para la alegría de ser simplemente lo que uno es?

 

hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo,

¿Aprender a aceptar lo que es más grande que uno mismo es muestra de fuerza o de flaqueza?

¿Aceptar podría ser el camino y aceptarse a uno mismo el destino?

¿La aceptación puede conducir al cambio?

 

el pan nuestro de cada día dánoslo hoy

¿El alimento sostiene la vida y el sentido la hace digna de ser vivida?

¿Puede encontrarse el sentido acosando a la vida para arrancárselo? ¿Y convirtiéndose en su cómplice?

 

y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,

¿Qué es más peligroso para el herido; perseguir con mirada furiosa al arquero o extraer cuanto antes la flecha clavada?

¿Cómo nos cuidarían las manos cariñosas de otro? ¿Y nuestras propias manos?

¿Quién se nutre del perdón, el que perdona o el perdonado?

 

no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal,

¿Existe el pecado o sólo el pecador?

¿Y si el único pecador fuera el que cree que merece cargar con su culpa?

¿Hay peor mal que ser verdugo de uno mismo?

 

amén.

¿Es la aceptación sinónimo de libertad interior?

¿Hay quien sea capaz de privar de algo al que es libre dentro de sí?

¿Puede alguien llegar a ser más grande que él mismo? ¿De qué se trataría; de un absurdo, de una paradoja, de un milagro…?

 

A veces, cuando veo una montaña me parece tener ante mis ojos una página de Eckhart Tolle. La montaña se convierte así en un mensaje y el empuje de su evidencia me lleva a convenir con el maestro alemán en que tanto yo mismo, como esa muestra de corporeidad casi intimidatoria que se me cuela por las retinas, no somos más que etapas de un viaje, el misterioso viaje circular de la Conciencia, que vuelve sobre sí misma tras pasar por la materia. Entonces siento que esa montaña, por antigua que sea, es como un recién nacido comparada como la conciencia que la acoge, mi conciencia, emanación de esa Conciencia que ha decidido mantenerse al margen de las ruedas del tiempo en las que nos deposita a sus seres.

A veces siento que Dios, o quien esté en Su lugar, si es que hay Alguien, es parte de nosotros y nosotros somos parte de Él, igual que cada ola es un apéndice que surge del mar, pero que no llega a confundirse con él hasta que rompe.

A veces pienso que las oraciones que aprendimos en nuestra infancia no son realmente más que mensajes intemporales que contienen la llave de nuestro inconsciente como motor de crecimiento.

Desde luego, todo esto no fue lo que me enseñaron de pequeño. Eso sí, me quedo con la satisfacción de comprobar cómo avanza la humanidad; en otros tiempos me habrían quemado por lo que acabo de escribir. Hoy en día es poco probable que nadie me haga demasiado caso, y prácticamente imposible que ni tan siquiera me dé un calambre con el teclado.

 

Foto: literatio blogspot.com

A VUELTAS CON LA VIDA DE PI

–      ¿Cómo puedo abrir los tres cerrojos?

 –      Es obvio, ¿no te parece? Normalmente, todo cerrojo se abre con su llave, pero en esta casa es un poco distinto. Tenemos una sola llave para los tres cerrojos. El problema es que deben abrirse simultáneamente. (…)

 –      Es que no he encontrado la llave… ¡y tampoco sabría abrir simultáneamente los tres cerrojos si la encontrase! Es imposible.

 –      ¿Y para qué diablos quieres abrir los tres cerrojos? – preguntó la voz.

 –      Pues… para abrir la puerta – balbuceó Niko -. ¿Cómo iba a hacerlo sin abrir los cerrojos? (…)

 –      ¡La puerta está abierta! Los cerrojos no te impiden pasar.

 

 La puerta de los tres cerrojos

Sonia Fernández-Vidal

Edit. Narrativa singular

 

“La vida de Pi”  (v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/12/31/la-vida-de-pi/) es una de esas películas comerciales, tremendamente comerciales, que, sin embargo, le dejan a uno algo dentro, más allá de un rato entretenido.

Pasado el primer impacto – casi literal – de las imágenes, diseñadas pensando en su efectismo en 3D, las impresiones y las emociones que despierta la cinta, como “por cortesía de la fuerza de la gravedad”, empiezan a asentarse. Entonces no es difícil reparar en que uno de las cuestiones que plantea la historia aparece revestida de la formulación inversa a la del encontronazo de Niko con las tres cerraduras: ¿cómo abrir la puerta del cielo utilizando a la vez las llaves de tres religiones? Porque el protagonista de la película adopta el hinduismo, el cristianismo y el islam a un tiempo. Nada más y nada menos.

Ahora bien, pese al distinto ropaje formal del acertijo, la respuesta bien podría ser la misma que recibe el joven protagonista de “La puerta de los tres cerrojos”: las puertas del cielo también están abiertas, porque ese mitificado lugar sólo existe realmente dentro de cada uno de nosotros. Quizás por eso, al final Pi acaba ofreciéndonos dos versiones de su historia, una mágica y la otra abyecta, que son, en el fondo, la misma; que cada uno elija el vestuario de los personajes, porque éste es sólo un disfraz que carece de importancia. Así parece confirmarlo la afirmación sentenciosa con que aquél corona su relato: “Lo que pasó, pasó. ¿Por qué tiene que significar algo?”. He de decir que esa frase me caló hasta el tuétano. Para mí, a través de ella, tras una vida de aprendizaje simbolizada por el naufragio de su antiguo mundo y su periplo en una barca de salvamento, el hindú viene a mostrarnos, no ya la suprema importancia, sino la misma divinidad del “ser” y, por lo tanto, de cada una de las criaturas que nos sabemos pertenecientes a ese reino.

No obstante, las últimas escenas, que nos presentan a Pi como estudiante del Talmud, no pueden por menos de hacernos dudar de tal entendimiento de la historia: tras su profunda revelación interior, ¿qué sentido tiene que nuestro protagonista continúe interesado en cualquiera de las religiones “oficiales”? Claro que, bien mirado, ¿por qué lo que haga uno en su vida tiene que significar algo?


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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