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VERDUGOS

“(…) Enrique VIII (fue) uno de los primeros reyes absolutos. Cuando empezó su reinado era un muchacho atlético, deportista, culto, ponderado, encantador; cuando lo terminó, tres decenios después, era un monstruo sanguinario que llevaba condenadas a muerte a unas setenta mil personas, pesaba 150 kilos, medía 1,50 de cintura y no podía sostenerse sobre dos piernas rollizas plagadas de llagas purulentas y malolientes. El poder absoluto lo había pervertido.”

(Juan Eslava Galán; Historia del mundo contada para escépticos)

Años atrás alguien me dijo que la personalidad es una y que lo que alguien hace a otro, en el fondo se lo está haciendo a sí mismo. No lo entendí, pero ahora lo entiendo.

Traigo este tema porque siempre me ha preocupado mucho la relación entre el verdugo y su víctima. Por un lado, es uno de los “lenguajes” más utilizados en el mundo (bien por encima del español o del chino), hasta el punto de que no creo que haya quien pueda decir que nunca ha sido una cosa o la otra, o incluso las dos a la vez. Por otro, el daño que causa esa “interacción” es doble: el daño directo es evidente; el indirecto puede ser aún peor por lo insidioso: la víctima suele sentirse, además de dolorida, engañada por la humillación sufrida pensando que su agresor ha quedado por encima y que la próxima vez él o ella será quien esté en el lado “correcto” de la ecuación. De esta forma el infortunado, además de sufrir, queda infectado, a veces de por vida, de un mal que puede acabar destruyéndolo por acción y reacción.

Así que, cuando hacemos daño a otro, tendremos mucha suerte si la vida nos perdona y nos para los pies.

AL DERECHO O AL REVÉS

 

pensador

A veces el sufrimiento abre la compuerta de las preguntas. Más adelante viene el día en que la profusión de respuestas pone en evidencia la inutilidad de todas ellas. Ahí puede que se imponga el silencio y, tras éste, la aceptación de las propias limitaciones y el comienzo de la fe y de la libertad interior.

A veces, llegado ese momento, uno hace como el teniente Colombo y, tímidamente, tocándose la frente con un dedo, interpela de nuevo a las alturas – perdón, ya me marchaba cuando de pronto me ha venido algo a la cabeza: ¿compensa haber sido un joven viejo para llegar a ser un viejo joven?-. Entonces la forma de las nubes acaso nos recuerde un rostro conocido que siembra la duda de si no estaremos interrogando de ese modo a Groucho Marx.

Foto: freepick


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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