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TURQUÍA

Turquía me ha sorprendido. Me ha sorprendido, lógicamente, en función de mis prejuicios, que el inteligente lector adivinará enseguida como el negativo de estas instantáneas, tomadas casi a vista de pájaro.

Estambul resulta majestuosa en la distancia, contemplada, por ejemplo, desde la Torre Galata, pero en las distancias cortas ofrece una imagen bastante casposa que me recuerda a la Puerta del Sol o a la Gran Vía madrileña. Sin embargo, no tengo nada que decir de la limpieza de cualquiera de los sitios – de distinto “pelaje” – en los que entré a comer; jamás sentí ninguna aprensión hacia la vajilla, los cubiertos o la comida. Es más, al contrario de lo que suele ocurrir en España, la cocina es lo primero con lo que uno se encuentra al pisar en el local. Se cocina a la vista del cliente y eso da una cierta garantía. Un guía, tratando de llevar a cabo la hercúlea labor de sacarme de mi incultura religiosa, me explicó que el Corán no prohíbe expresamente el alcohol, sino cualquier alimento o bebida nocivas para el cuerpo, lo que quizás explique el cuidado y la limpieza con que, al menos en mi experiencia, se da de comer a turistas y lugareños.

A los españoles se nos miraba con cierta empatía a causa de la crisis. También me explicaron que en Turquía no hay crisis porque los familiares se ayudan entre sí, ya que para un musulmán es una vergüenza que alguien de su sangre pase dificultades si uno se encuentra en situación de impedirlo. Si eso es así, no cabe duda de que se trata de un aspecto positivo de la religión. No obstante, la competencia de los productos de España, Italia, Francia y Grecia, unida a la pandemia de tirar de la competitividad a lomos de las rentas del trabajo, ha lanzado los ingresos de los agricultores en un descenso a tumba abierta – 1€ por 8 Kg de albaricoques o por 5 Kg de uvas –, hasta el punto de poner en peligro el futuro del sector agrícola turco. Y es que, por más que se empeñen las ecuaciones, el ser humano no es infinitamente elástico y cuando uno llega a cuestionarse si merece la pena trabajar por lo que le pagan, en realidad es que ya está trabajando menos que antes.

Lo curioso es que Turquía en algunas cosas parece estar a decenios del nivel de desarrollo de España – en su parque móvil, por ejemplo, abunda el Renault 12, lo que te hace sentir en toda su grandeza el misterio de la infancia recobrada -, pero en otros aspectos da la sensación de estar muy por delante: sin ir más lejos, en cualquier pueblín hay WC públicos, con detectores de presencia y grifos que se activan por proximidad, para evitar el malgasto de la iluminación o el agua, y con máquinas dispensadoras de papel para secarse que también se activan al acercar las manos, todo ello en buen estado y sin vandalismo. También existe un despliegue de paneles solares que ya quisiéramos ver por estos lares. Y hablando de comportamiento cívico, al penetrar en cualquiera de las grutas de la Capadocia, muchas de ellas sin vigilancia alguna, que aún conservan vestigios de la presencia de sus antiquísimos habitantes, sólo siente uno humedad, frescor y el alivio de unos momentos de oscuridad; si se tratara de España, probablemente el olor de las deyecciones de sus actuales visitantes se sentiría desde antes de aterrizar el avión.

El trato a los animales también es muy considerado. Las calles están llenas de perros y gatos, sobre todo gatos, que se acercan a las mesas de las terrazas de los restaurantes a pedir comida sin que ningún camarero los eche con cajas destempladas. Suelen estar bien alimentados y bastante limpios, hasta el punto de que a veces da la impresión de que pertenecen a cualquiera de los locales próximos. El guía me aclaró que los vecinos y comerciantes los mantienen “por misericordia”. Sí, ya lo sé, esto seguramente no es el ideal; cuidar a un animal es mucho más que darle sobras de comida, ya que éstos también requieren limpieza constante, vacunación y otros cuidados sanitarios, al margen de que a mucha gente les molesta, o incluso les repugna, que se les acerque un perro o un gato mientras tratan de disfrutar de una comida o de una cena relajada, pero esta relación que parece existir entre las personas y los animales también habla de una forma de ser por parte de los primeros que no quisiera pasar por alto.

Volviendo al tema de la religión, en todos sitios se pueden ver grupos de mujeres, algunas de las cuales llevan pañuelo, y otras no. El trato entre ellas parece fluido y no da la impresión de que existan problemas por este motivo. Las más “extremistas”, tapadas de la cabeza a los pies, y que incluso llevan guantes a pesar del calor, suelen ser, según parece, turistas que vienen de otros países, como Egipto o Irak.

En las mezquitas la etiqueta en el vestido es de sobra conocida: todos deben descalzarse y las mujeres, desde la adolescencia, cubrirse el pelo – en algunas no hace falta pañuelo, es suficiente con ponerse un sombrero -, los hombros y las piernas. En un caso incluso yo, que llevaba pantalones cortos, tuve que ponerme un pañuelo grande a modo de falda. Sorprende la falta de vista por parte del imán de esa mezquita, que dilapidó absurdamente el devastador efecto anafrodisiaco de mis piernas. Eso sí, una vez dentro la sensación es mucho más relajada que en una iglesia católica: para empezar, las mezquitas suelen ser muy luminosas o estar muy bien iluminadas. Además, como está prohibida la representación de la figura humana, uno no se ve forzado a contemplar pinturas o imágenes de personas sufriendo allá donde ponga la vista. Finalmente, estos templos muchas veces parecen más un punto de encuentro social que un lugar de culto, con niños correteando y adultos sentados a su aire pensando en sus cosas o incluso tumbados, supongo que echándose la siesta, como no fuera que la meditación los hubiera conducido a profundidades abisales… Incluso he de decir que, en un pueblo, un imán, que aprovechaba el verano para enseñar árabe a niños y niñas en la pequeña mezquita, me preguntó por mis creencias religiosas y, cuando le contesté que yo era ateo – lo cual no deja de ser una simplificación, pero bueno -, no sólo no salió corriendo para volver pertrechado con un alfanje, sino que, con la máxima cordialidad y sumo interés por mi punto de vista, me expresó su extrañeza de que alguien pudiera vivir pensando que no hay una primera causa de todo lo que existe.

En definitiva, sobre todo las zonas rurales de Turquía me han dejado un buen sabor de boca, con un sentimiento que es mezcla de equilibrio, sencillez y cierta bondad por parte de sus habitantes, y creo que la forma en que éstos viven su religión tiene que ver con ello. Respecto de esto último, sólo puedo decir que espero que los aspectos más amargos del Islam evolucionen positivamente con el tiempo; desde luego, debería tener fuerza y juventud para ello, dado que esta religión aún está en el siglo XV de su existencia.

Foto: http://www.varbak.com/foto/bandera-de-turqu%C3%ADa-fotos-22

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TORTITAS

Era una mañana preciosa. Aquel día ofrecía lo que todo el mundo había ido a buscar a ese lugar: un sol generoso, un mar acogedor, una playa suave y, tal vez lo más importante para muchos: vivir un corto paréntesis al esfuerzo diario en una burbuja embriagadora,  en un mundo hecho pensando únicamente en que el huésped esté a gusto. Aquel día habría sido perfecto de no ser por un detalle: era el último de las vacaciones en el hotel.

Iván, Nuria y Samuel, el bebé, estaban desayunando con sus papás en el comedor, elegante y funcional, decorado con tonos suaves. La luz del sol entraba a raudales a través de los paneles de cristal que separaban el comedor de la zona de piscinas y alimentaba a las plantas de interior, de un verde casi agresivo. Los camareros, como hormiguitas, iban y venían nerviosamente entre las mesas reponiendo comida, cubiertos, vajilla, y atendiendo las necesidades o las rarezas de los clientes del hotel.

En su última noche, Iván y Nuria se habían quedado a la animación hasta más tarde de lo acostumbrado y, con caras un poco largas y movimientos enlentecidos por el cansancio, iban comiéndose mecánicamente el desayuno. La madre luchaba porque Samuel se terminara el biberón, pero el bebé también estaba un poco “raro” y el nivel del recipiente no bajaba de la mitad superior. El padre miraba a ninguna parte mientras sus mandíbulas subían y bajaban como piezas de una máquina. De repente, Iván pareció silenciar el barullo de fondo de conversaciones en varios idiomas y cubiertos caídos con una extraña pregunta: – ¿Cuándo nos vamos?

 – ¡Sabes de sobra que hoy! – respondió la madre con cierta sequedad – Ayer estuvisteis con ese tema todo el día.

 – ¿Y por qué tiene que ser hoy? – volvió a la carga Iván, mientras Nuria lo miraba con cierto fastidio, como si temiera ser salpicada por la reprimenda, y el padre seguía atacando, ensimismado, su tostada.

 – ¡Porque sí, porque papá trabaja mañana y porque sí! – trató de zanjar la madre.

 Iván volvió a las tortitas con sirope de chocolate y, al cabo de un momento, como si se hubiera dejado dentro una duda que ahora le quemaba, preguntó – ¿Y no puede irse papá él solo a Madrid y quedarnos nosotros aquí un poco más?

 – ¿Por qué nunca tenéis bastante de nada…? – dijo la madre, entre exasperada y cansada, mirando también a Nuria, que no sólo no había abierto la boca, sino que ya estaba casi tan cargada como ella, y, dirigiéndose al padre añadió: – ¡Anda, dile tú algo!

 – ¡Pues porque no! – saltó el padre – Porque eso no puede ser y porque lo hemos organizado así ¡y ya está! – y miró un instante a la madre para comprobar si ella ya se daba por satisfecha con su intervención.

 Tras un rato de ingestión silenciosa de tortitas, Iván se levantó con el plato vacío y se encaminó al buffet. – ¿Dónde vas? – le cortó el padre.

 – A por más tortitas, me he quedado con hambre.

 – Ya está bien. Llevas cuatro y te van a sentar mal.

 – Déjale que coma – terció la madre – son muy pequeñas y, además, llevan unos días haciendo mucho ejercicio y todavía nos queda toda la mañana de playa – y acto seguido se levantó. – Me voy fuera, a ver si allí consigo que éste se termine el biberón – dijo dirigiendo una mirada cortante a Samuel y, seguida por Nuria, se encaminó a la puerta de salida, flanqueada por dos enormes plantas que parecían dos imponentes guardianes de uniforme verde.

Iván, que en un alarde de prudencia se había servido sólo tres tortitas más, se sentó ya a solas frente a su padre y, antes de empezar a comer, lo miró inseguro. – Come todo lo que te apetezca – respondió el padre a la pregunta muda que le lanzaban los ojos del niño y, acto seguido, se hizo con un periódico del día y, con la barbilla apoyada en el puño cerrado, se puso a ojearlo. Los trozos de tortita que Iván cortaba iban desapareciendo rápidamente en su boca mientras en el fondo del plato el blanco de éste, como la invasión de un desierto helado, iba ganando terreno al dorado de las tortitas y al marrón oscuro del chocolate. Cuando ya sólo quedaba el último trozo de tortita, una extraña idea cobró vida en la cabeza de Iván: mientras él continuara comiendo tortitas los cinco seguirían anclados el hotel, el odiado viaje a casa no podría empezar y las vacaciones no se acabarían. Tras una rápida mirada de reojo a su padre, que seguía paseando la mirada por el diario, Iván se levantó para traerse a la mesa otro par de tortitas. Nuevamente sentado ante el plato, su vista se clavó en los dos discos que tenía ante sí, uno de los cuales se iba desfigurando más y más conforme el cuchillo y el tenedor se abrían paso a través de su masa. Cuando terminó la primera tortita, Iván miró la segunda y, viéndola tan dorada, le recordó a la medalla que ganó en carrera en las olimpiadas del cole. Empezó a imaginarse qué cara habrían puesto todos si, cuando le dieron la medalla, se la hubiera comido y, con una sonrisa interior, atacó la tortita, mientras su padre parecía haber encontrado por fin un artículo interesante y estaba inmerso en su lectura. La idea de sorprender a todos comiéndose la medalla no se le quitaba de la cabeza y, mientras se acercaba otra vez al buffet a cargar más tortitas, se acordó de una serie de dibujos que le gustaba mucho a su amigo Carlos, donde aparecía un robot de combate que devoraba a sus adversarios sin hacerle ascos a sus corazas de metal, a prueba de todo tipo de proyectiles y rayos. El cocinero, con cierto aire de complicidad y una sonrisa tan blanca que casi parecía un adhesivo pegado a su rostro oscuro, le sirvió tres tortitas más, recién sacadas de la sartén. Iván las cubrió, respectivamente, con sirope de fresa, caramelo y chocolate. De vuelta a la mesa, su padre levantó la frente un instante e inmediatamente cambió de postura ante el periódico, sin prestar atención al niño. Iván miró por un momento al plato y los tres círculos de colores le recordaron los globos de la última fiesta de cumpleaños de Carlos. Según decía mamá, una de las primeras cosas que tenía que hacer al volver a Madrid era comprarle un regalo a Carlos, porque su cumpleaños estaba al caer otra vez. ¿Qué estaría haciendo su amigo ahora mismo? Cuando le dijera que había estado en un sitio donde te podías comer doscientas mil tortitas si querías, no se lo iba a creer…, y empezó a dar cuenta del nuevo cargamento de tortitas.

Incluso para las tragaderas de un Iván el desayuno se estaba pasando de la raya; comenzaba a pesarle la tripa y parecía como si tuviera algo atravesado en la garganta que ya no le dejaba tragar bien. Comía cada vez más despacio y, entre bocado y bocado, su imaginación volaba más y más lejos. Consiguió acabarse la primera tortita de esta última tanda e imaginó, divertido, que había sido capaz de comerse uno de los globos de la fiesta de Carlos sin que reventara, y casi podía verlo hinchado en su tripa, deformándole la camiseta como si estuviera embarazado. ¿Y si era de los globos que flotan  y, de repente, despegaba del suelo? En ese momento se vio a sí mismo atravesando el comedor por el aire, como colgado de una tirolina. ¿Cuánto hacía que habían ido al sitio ese de las tirolinas? La verdad es que había sido tan emocionante que le entraron unas ganas enormes de volver; a lo mejor podían venirse también Carlos y sus papás…. Iván devolvió su atención al plato y se sorprendió jugueteando con las dos tortitas que quedaban, acercándolas, alejándolas, montándolas una encima de la otra y volviendo a separarlas con el cuchillo y el tenedor. Finalmente las colocó juntas, pero apenas tocándose, y se quedó mirándolas: parecían un “ocho” tumbado. Empezó a recorrer el borde de la figura con la vista y las subidas y bajadas le recordaron a la montaña rusa de mayores del parque de atracciones. ¡Ahí sí que tenía ganas de subirse! A lo mejor este año ya había crecido lo suficiente como para dar la talla y que lo dejaran montar. En cuanto volvieran a casa pediría a los papás que lo llevaran primero a las tirolinas y luego al parque de atracciones, o mejor al revés. ¿O no? Bueno, daba igual, tenía que ir a los dos sitios como fuera. Miró un instante a su padre, que seguía aislado del mundo en plena lectura y, sin mucha convicción, cortó un trocito muy pequeño de tortita y empezó a darle vueltas en la boca hasta que se deshizo, mientras su mirada se dirigía de nuevo al plato como si fuera a atravesarlo y a posarse más allá, en la punta de sus zapatillas de piscina. De vuelta al plato, ahora la forma de las dos tortitas juntas le sugería su cometa desplegada, imitando una mariposa. Cuando mejor volaba su cometa era por las tardes, a poco de empezar el cole, porque el viento del comienzo del otoño la hacía subir muy alto. Entonces se le iluminó el rostro, empujó un poco el plato para hacerlo a un lado y, esta vez regalando a su padre una sonrisa inmensa le preguntó: – ¿Cuándo nos vamos?

FIN

 

Dedicado a mi Noel y a mi Berta


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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