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BERLÍN, O LA BANALIDAD DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

La hierba asoma a través de una mínima grieta en el asfalto, los restos en descomposición de una criatura impulsan a las plantas a perseguir el cielo, algunas bacterias proliferan en el corazón de un reactor nuclear, y la vida se exhibe desinhibida en Berlín como un enjambre heteróclito de altos, bajos, obreros, turcos, oficinistas, rubios, rechonchos, morenos, magrebíes, músicos callejeros, escolares…, que van y vienen, aparentemente ajenos a la vida de los otros. Por su aire despreocupado, se diría que a ninguno de ellos le traspasan la piel los ecos del dolor que aún se refugia encogido en cada rincón de la ciudad.

Quizás el universo tiene un ápice de piedad y por eso sólo nos permite contemplar el río del tiempo hacia atrás. Si no, en su momento los berlineses hubieran sabido que, tras los padecimientos debidos a la Gran Guerra, les esperaban la revolución espartaquista, la inflación galopante de los años 20, la crisis de Wall Street, la gran estafa que vació las arcas del Consistorio de la ciudad e hizo prender la desconfianza en la clase política (¿a alguien le suena de algo?), el ascenso del nazismo, la caza y exterminio sistemático de judíos y disidentes, la devastación de la guerra, las violaciones de la tropas de liberación, la zozobra de la “desnazificación” llavada a cabo por los vencedores, el bloqueo de la ciudad por los soviéticos, la amenaza de la guerra fría, la opresión comunista, el aislamiento del muro … Aunque muchos no lo sientan, ¿es concebible que no quede ni un mínimo eco de tanto sufrimiento repitiendo su lamento entre los edificios de Berlín?

En su famoso libro sobre el juicio al burócrata nazi Adolf Eichmann, Hanna Arendt acuñó el término “banalidad del mal” para referirse a la capacidad para perpetrar crímenes atroces que tiene el hombre más anodino cuando aquéllos se integran en el funcionamiento normal del sistema al que aquél sirve.

Yo voy más allá y creo que la banalidad abarca mucho más que el mal. Y es que uno contempla el fluir a la vez colorido, desenfadado y desordenado de la existencia en esta ciudad no demasiado limpia de fachadas llenas de grafitis, uno se mezcla con esa multitud que parece gritar “carpe diem” en silencioso coro mientras circula a través de memoriales dedicados al recuerdo de atrocidades, paredes monumentales acribilladas a balazos, edificios impolutos que son cuidada reconstrucción de otros arrasados por las bombas, o fragmentos del muro que exhiben los testimonios de las víctimas que aún tienen que cruzarse con sus verdugos de la STASI en el supermercado, y uno se da cuenta de que Berlín es en sí un testimonio de la banalidad de la vida y de la muerte.

Eso sí, banal o no, en circunstancias normales parece que es muy humano – y, por tanto, muy digno -, preferir estar vivo a estar muerto, aunque sólo sea para poder volver a Berlín.

TURQUÍA

Turquía me ha sorprendido. Me ha sorprendido, lógicamente, en función de mis prejuicios, que el inteligente lector adivinará enseguida como el negativo de estas instantáneas, tomadas casi a vista de pájaro.

Estambul resulta majestuosa en la distancia, contemplada, por ejemplo, desde la Torre Galata, pero en las distancias cortas ofrece una imagen bastante casposa que me recuerda a la Puerta del Sol o a la Gran Vía madrileña. Sin embargo, no tengo nada que decir de la limpieza de cualquiera de los sitios – de distinto “pelaje” – en los que entré a comer; jamás sentí ninguna aprensión hacia la vajilla, los cubiertos o la comida. Es más, al contrario de lo que suele ocurrir en España, la cocina es lo primero con lo que uno se encuentra al pisar en el local. Se cocina a la vista del cliente y eso da una cierta garantía. Un guía, tratando de llevar a cabo la hercúlea labor de sacarme de mi incultura religiosa, me explicó que el Corán no prohíbe expresamente el alcohol, sino cualquier alimento o bebida nocivas para el cuerpo, lo que quizás explique el cuidado y la limpieza con que, al menos en mi experiencia, se da de comer a turistas y lugareños.

A los españoles se nos miraba con cierta empatía a causa de la crisis. También me explicaron que en Turquía no hay crisis porque los familiares se ayudan entre sí, ya que para un musulmán es una vergüenza que alguien de su sangre pase dificultades si uno se encuentra en situación de impedirlo. Si eso es así, no cabe duda de que se trata de un aspecto positivo de la religión. No obstante, la competencia de los productos de España, Italia, Francia y Grecia, unida a la pandemia de tirar de la competitividad a lomos de las rentas del trabajo, ha lanzado los ingresos de los agricultores en un descenso a tumba abierta – 1€ por 8 Kg de albaricoques o por 5 Kg de uvas –, hasta el punto de poner en peligro el futuro del sector agrícola turco. Y es que, por más que se empeñen las ecuaciones, el ser humano no es infinitamente elástico y cuando uno llega a cuestionarse si merece la pena trabajar por lo que le pagan, en realidad es que ya está trabajando menos que antes.

Lo curioso es que Turquía en algunas cosas parece estar a decenios del nivel de desarrollo de España – en su parque móvil, por ejemplo, abunda el Renault 12, lo que te hace sentir en toda su grandeza el misterio de la infancia recobrada -, pero en otros aspectos da la sensación de estar muy por delante: sin ir más lejos, en cualquier pueblín hay WC públicos, con detectores de presencia y grifos que se activan por proximidad, para evitar el malgasto de la iluminación o el agua, y con máquinas dispensadoras de papel para secarse que también se activan al acercar las manos, todo ello en buen estado y sin vandalismo. También existe un despliegue de paneles solares que ya quisiéramos ver por estos lares. Y hablando de comportamiento cívico, al penetrar en cualquiera de las grutas de la Capadocia, muchas de ellas sin vigilancia alguna, que aún conservan vestigios de la presencia de sus antiquísimos habitantes, sólo siente uno humedad, frescor y el alivio de unos momentos de oscuridad; si se tratara de España, probablemente el olor de las deyecciones de sus actuales visitantes se sentiría desde antes de aterrizar el avión.

El trato a los animales también es muy considerado. Las calles están llenas de perros y gatos, sobre todo gatos, que se acercan a las mesas de las terrazas de los restaurantes a pedir comida sin que ningún camarero los eche con cajas destempladas. Suelen estar bien alimentados y bastante limpios, hasta el punto de que a veces da la impresión de que pertenecen a cualquiera de los locales próximos. El guía me aclaró que los vecinos y comerciantes los mantienen “por misericordia”. Sí, ya lo sé, esto seguramente no es el ideal; cuidar a un animal es mucho más que darle sobras de comida, ya que éstos también requieren limpieza constante, vacunación y otros cuidados sanitarios, al margen de que a mucha gente les molesta, o incluso les repugna, que se les acerque un perro o un gato mientras tratan de disfrutar de una comida o de una cena relajada, pero esta relación que parece existir entre las personas y los animales también habla de una forma de ser por parte de los primeros que no quisiera pasar por alto.

Volviendo al tema de la religión, en todos sitios se pueden ver grupos de mujeres, algunas de las cuales llevan pañuelo, y otras no. El trato entre ellas parece fluido y no da la impresión de que existan problemas por este motivo. Las más “extremistas”, tapadas de la cabeza a los pies, y que incluso llevan guantes a pesar del calor, suelen ser, según parece, turistas que vienen de otros países, como Egipto o Irak.

En las mezquitas la etiqueta en el vestido es de sobra conocida: todos deben descalzarse y las mujeres, desde la adolescencia, cubrirse el pelo – en algunas no hace falta pañuelo, es suficiente con ponerse un sombrero -, los hombros y las piernas. En un caso incluso yo, que llevaba pantalones cortos, tuve que ponerme un pañuelo grande a modo de falda. Sorprende la falta de vista por parte del imán de esa mezquita, que dilapidó absurdamente el devastador efecto anafrodisiaco de mis piernas. Eso sí, una vez dentro la sensación es mucho más relajada que en una iglesia católica: para empezar, las mezquitas suelen ser muy luminosas o estar muy bien iluminadas. Además, como está prohibida la representación de la figura humana, uno no se ve forzado a contemplar pinturas o imágenes de personas sufriendo allá donde ponga la vista. Finalmente, estos templos muchas veces parecen más un punto de encuentro social que un lugar de culto, con niños correteando y adultos sentados a su aire pensando en sus cosas o incluso tumbados, supongo que echándose la siesta, como no fuera que la meditación los hubiera conducido a profundidades abisales… Incluso he de decir que, en un pueblo, un imán, que aprovechaba el verano para enseñar árabe a niños y niñas en la pequeña mezquita, me preguntó por mis creencias religiosas y, cuando le contesté que yo era ateo – lo cual no deja de ser una simplificación, pero bueno -, no sólo no salió corriendo para volver pertrechado con un alfanje, sino que, con la máxima cordialidad y sumo interés por mi punto de vista, me expresó su extrañeza de que alguien pudiera vivir pensando que no hay una primera causa de todo lo que existe.

En definitiva, sobre todo las zonas rurales de Turquía me han dejado un buen sabor de boca, con un sentimiento que es mezcla de equilibrio, sencillez y cierta bondad por parte de sus habitantes, y creo que la forma en que éstos viven su religión tiene que ver con ello. Respecto de esto último, sólo puedo decir que espero que los aspectos más amargos del Islam evolucionen positivamente con el tiempo; desde luego, debería tener fuerza y juventud para ello, dado que esta religión aún está en el siglo XV de su existencia.

Foto: http://www.varbak.com/foto/bandera-de-turqu%C3%ADa-fotos-22


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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