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ONDAS GRAVITATORIAS

Albert Einstein logró bajar al tiempo del Olimpo y convertirlo en algo más mundano; tras la teoría de la relatividad especial el tiempo deja de ser un marco donde tiene lugar cualquier experiencia y que se encuentra más allá de ésta para convertirse en una parte de “lo que ocurre” que se ve afectada por el propio acontecimiento. Así, por ejemplo, puede apreciarse que el tiempo pasa más despacio en un cuerpo que se mueve a una velocidad comparable a la de la luz que en uno en reposo con respecto a él. A partir de esta nueva concepción, el tiempo se integra como otra dimensión más junto con las tres clásicas dimensiones espaciales – aunque no en pie de igualdad con ellas – en una especie de tejido denominado desde entonces “espacio tiempo”.

Como continuación de esa primera visión revolucionaria, la teoría general de la relatividad ofreció a la humanidad, no una descripción de cómo se mueve la materia en el espacio, sino de cómo se mueve el espacio-tiempo bajo la influencia de los cuerpos. La propia geometría del espacio-tiempo se modifica en presencia de la materia y determina el movimiento de ésta, incluso de los rayos de luz, que se curvan bajo la atracción gravitatoria en las proximidades de grandes masas. Esta concepción ha tratado de ser sintéticamente expuesta en la frase “la materia enseña al espacio-tiempo cómo curvarse y el espacio-tiempo enseña a la materia cómo moverse”.

espacio-tiempo

Además de las deformaciones locales del espacio-tiempo en presencia de grandes masas, como las de las estrellas, la teoría general de la relatividad nos dejó el modelo de un universo en expansión, donde las galaxias se alejan gradualmente unas de otras, no porque se desplacen “en” el espacio, sino porque el espacio-tiempo se expande, de la misma manera que dos puntos dibujados sobre una goma elástica se alejarían mutuamente si estiramos la goma. El alejamiento de las galaxias fue observado por primera vez en 1929 por el astrónomo Hubble y este hallazgo llevó a la conclusión de que la expansión del universo tuvo un punto de partida en que toda la materia y la energía que lo constituyen se encontraban concentradas en un punto. De ahí la actual idea del Big Bang como origen del universo que, extrapolando el ritmo al que éste se expande, se sitúa hace unos 13,8 billones de años.

Desde el inicio de los tiempos la observación del universo se ha llevado a cabo gracias a la propagación de ondas electromagnéticas. Durante muchos siglos el único instrumento de exploración fue la luz visible y muy recientemente el campo de observación se amplió a otras frecuencias del espectro de aquéllas.

Aun siendo elevadísima la velocidad de propagación de la radiación electromagnética, ésta no es infinita, por lo que las señales tardan un tiempo en llegar hasta nosotros. Por ejemplo, la luz de la luna tarda aproximadamente un segundo en llegarnos, y la del sol unos ocho minutos. Si de repente el sol se apagara, desde la Tierra seguiríamos viéndolo igual durante ocho minutos. Esa es la razón por la que suele decirse que “mirar al cielo es mirar al pasado”. Dada la inmensidad del universo, las distancias interestelares se miden en años luz, en referencia al tiempo – medido en años, miles de años o incluso millones de años – que emplean las radiaciones electromagnéticas en cubrir las extensiones que separan las estrellas. Por esa razón, mirar más lejos es también mirar más atrás.

Podría pensarse que para contemplar el Big Bang bastaría, por tanto, con enfocar nuestros telescopios a una distancia de 13,8 billones de años, pero eso sería demasiado fácil. Las predicciones teóricas indican que, tras el Big Bang, la materia del universo se encontraba en forma de una “sopa” abrasadora de partículas cuya altísima temperatura impedía a aquéllas adquirir ninguna estructura. Sólo cuando la temperatura descendió lo suficiente como para que los protones y los electrones pudieran formar átomos de hidrógeno fue posible la emisión de radiación. Los físicos denominan a ese acontecimiento “recombinación” y el mismo tuvo lugar unos 380.000 años después del Big Bang. Por lo tanto, la recombinación ha sido hasta ahora un muro infranqueable para la exploración, por medio de ondas electromagnéticas, de lo sucedido antes.

La realidad de la recombinación se ha verificado experimentalmente y la primera “luz” que bañó el universo, surgida en ese instante, es lo que se denomina “radiación de fondo del universo”, verdadero vestigio “fósil” de esa etapa temprana de su evolución. Más atrás en el tiempo era imposible observar hasta ahora.

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Ante ese muro inexpugnable, la detección de ondas gravitatorias, llevada a cabo por primera vez el 14 de septiembre de 2015 y anunciada el pasado 11 de febrero, reviste una importancia tan enorme desde el punto de vista científico porque ha proporcionado a la Humanidad un nuevo “sentido”.

La teoría general de la relatividad predijo hace exactamente cien años la existencia de ondas gravitatorias, aunque Einstein creyó que, al ser éstas tan débiles, jamás podrían ser observadas. Es una de las pocas cosas en las que un siglo de tecnología ha logrado quitar la razón al sabio.

Una onda gravitatoria es una perturbación del espacio-tiempo que se propaga por éste a la velocidad de la luz. Lo que se distorsiona es el “tejido” del espacio-tiempo en sí, no los objetos que están en él, de la misma manera que al tirar una piedra a un lago lo que oscila son zonas concéntricas, progresivamente alejadas, de la superficie del agua, no los átomos de las hojas que flotan en ella.

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Al modificar el espacio-tiempo, una onda gravitatoria modifica las dimensiones de los cuerpos que “flotan” en su malla en una medida inconcebiblemente pequeña durante el tiempo, también inconcebiblemente corto, que tarda la onda en atravesarlos.

El pasado 14 de septiembre, el hombre pudo medir por primera vez la deformación causada por las ondas gravitatorias procedentes del choque de dos agujeros negros. La proeza fue posible gracias al denominado observatorio LIGO, que es el instrumento de medida más preciso que se haya construido jamás, capaz de apreciar medidas del orden de la diezmilésima parte del diámetro de un átomo – http://www.ligo.org/sp/science/GW-Detecting.php -.

El análisis de las ondas gravitatorias nos permitirá traspasar la barrera de la recombinación y remontarnos al momento mismo de la aparición del universo, un universo que, según el modelo cosmológico que resulta de combinar la teoría especial de la relatividad con la teoría cuántica pudo surgir de la nada, conforme trata de sintetizar el Físico Laurence Krauss en el siguiente video (en inglés):

Me quedo con la cuestión que el científico y divulgador estadounidense plantea al comienzo de su intervención: “¿por qué hay algo en lugar de no haber nada?”. Según él, esta pregunta carece de sentido, ya que se hace desde el “por qué” y la cadena de “por qués” es ilimitada. La única pregunta que, como mucho, podemos contestar es “¿cómo hay algo en lugar de no haber nada?”, porque esta última “sólo” aspira a una descripción.

Y básicamente estoy de acuerdo con su planteamiento. Lo que pasa es que, desde mi punto de vista, en lugar de ufanarnos porque al fin la ciencia ha logrado descartar todo lo “inútil”, quizás ello tendría que hacernos aún más conscientes de la insuficiencia del conocimiento científico para nuestro desarrollo personal; y es que la ciencia puede alcanzarlo casi todo, menos el sentido de la existencia. De hecho, autores como el psiquiatra Víctor Frankl, que sobrevivió a los campos de concentración nazis, consideran que la necesidad de la búsqueda de sentido es una fuerza tan poderosa que es fácilmente capaz de ensombrecer a la libido freudiana en el desenvolvimiento del psiquismo humano.

Si un ser querido muere en un accidente, de poco nos sirve que un médico nos explique detalladamente cómo la energía absorbida por el cerebro en un impacto anula la funcionalidad de las neuronas y les impide mantener las actividades de los órganos vitales. Para muchos la pregunta de “por qué” nos suceden las cosas tiene una importancia infinitamente superior al “cómo”, aunque no tenga respuesta, o aunque la respuesta sólo sea capaz de dársela uno mismo tratando de decidir qué hace con lo que le sucede, cómo lo integra en su existencia para seguir viviendo una vida que compense el dolor que conlleva.

El logro histórico del observatorio LIGO me deja con el regusto de estas cuestiones. La Humanidad está en un punto donde ya puede tratar científicamente problemas antes reservados a los dominios de la religión y la metafísica; se pueden establecer modelos, hacer predicciones sobre los mismos que resultan empíricamente verificables y ahora estamos a las puertas de poder observar el “momento cero” del que venimos nosotros y todo lo que conocemos. En un estadio evolutivo en que el género humano ha sido capaz de alcanzar una cima intelectual, tecnológica y económica de esa naturaleza yo, al menos, no soy capaz de encontrar el sentido a cosas como esta:

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Desgraciadamente, la impresión que me produce este momento histórico es agridulce; cada uno de nuestros avances intelectuales o materiales parece implicar, como por acción y reacción, un paso atrás en la búsqueda de sentido.

No sé si cada hombre es como un pequeño faro capaz de contener todo el universo en su mente y de proyectar sobre él la luz mágica de la conciencia o si, parafraseando a Thomas Mann “el hombre es una enfermedad de la materia”. Supongo que esa pregunta y, en el fondo, esa ambivalencia, forman parte de la grandeza de ser persona. Con permiso, claro de economistas, ideólogos y religiosos integristas.

Quedémonos con una decidida nota positiva; como dice Laurence Krauss (v. video), hay motivos para creer en la humanidad: el descubrimiento del alejamiento de las galaxias hizo de Hubble un gran astrónomo, pero había empezado siendo abogado.

 

Fotos:

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DIOS Y LOS COMEDORES DE PATATAS

 

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“He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que bajo la lámpara, come sus patatas, con las manos que meten en el plato,  ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente”.

Son palabras de Vincent Van Gogh dirigidas a su hermano Theo, a propósito de su  cuadro “Los comedores de patatas”, pintado en 1885.

Por mis antecedentes familiares y por mi quinta fui de esos niños a los que bautizaron e hicieron tomar la primera comunión para no apostar a un futuro político aún incierto y evitarme problemas innecesarios. Eso sí, mis abuelos trataron de echar leña al fuego de mi fe y yo probé lo que me ponían en el plato, pero enseguida me cansé; aquello no me repugnaba, pero tampoco me decía nada, como si se tratara de un alimento pensado para otro tipo de paladares.

Muchos años después, un diálogo de la película “El loco del pelo rojo”, que aludía al anterior párrafo de las “Cartas a Theo”, me mostró una perspectiva insospechada sobre la religión; en su famoso cuadro Van Gogh estaba representando algo más que los personajes que se pueden ver en el lienzo, estaba tratando de pintar el esfuerzo y la honestidad del trabajo de esos campesinos en el contexto de su vida llena de privaciones. Quizás la esencia de la verdadera actitud religiosa no estaba en ningún sistema estructurado de creencias; tal vez sólo se hallaba en el convencimiento de que el mundo sensible no es más que el símbolo de la realidad auténtica. Con ese nuevo punto de vista el cristianismo continuó siendo algo ajeno por completo a mis vivencias.

Hace poco me planteé si la religión, cualquier religión, podría ser una de las vías que nos facilitarían tomar contacto con la energía espiritual que el psiquismo humano ha ido acumulando a lo largo de la historia de nuestra especie. Desde este punto de vista, el marco religioso de cada tradición cultural constituiría un recurso especialmente poderoso en su ámbito; sería, por así decirlo, la “llave” que mejor se adapta al “modelo de cerradura” comúnmente en uso aquél. Cada tradición religiosa contendría los mensajes y las imágenes con más poder para liberar esa energía espiritual en su específico entorno: https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/12/19/padre-nuestro/.

El último punto de inflexión en mi visión religiosa lo ha traído la lectura del libro “Misquoting Jesus”, de Bart D. Ehrman, experto en exégesis bíblica. Desde el punto de partida de una posición cercana al integrismo religioso, la peripecia intelectual y vital de este profesor estadounidense lo llevó a acabar concibiendo los evangelios como una obra plenamente humana que contiene la vivencia personal de cada uno de sus autores acerca de la vida, enseñanzas y muerte de Jesús.

Para mí resultó especialmente inspiradora la interpretación propuesta acerca del evangelio de Marcos. Según Ehrman, el retrato que en él se nos muestra de un Jesús atormentado por la angustia y el dolor ante la proximidad de la muerte no es más que una forma de intentar transmitir que Dios actúa a través de caminos misteriosos en los que, de forma incomprensible para nosotros, el sufrimiento puede tener un sentido redentor.

He citado ya muchas veces a Víctor Frankl y el relato de sus vivencias en un campo de concentración nazi que narra en “El hombre en busca de sentido”:

“(…) no sólo son significativos la creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son igualmente significativos, de modo que el goce tiene que serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”.

Desde unos presupuestos completamente distintos, me llama la atención el paralelismo entre la visión de Marcos y la de Frankl en cuanto al valor del sufrimiento.

Los dioses de la Antigüedad Clásica encarnaban poderes superiores capaces de socorrer a los hombres frente a un mundo de dificultades y peligros concretos – la guerra, la seguridad del hogar, la cosecha, la caza, la fertilidad … –, de situaciones que no podían controlar por sí solos. A la luz de los enfoques que acabamos de ver acerca del sufrimiento ante lo que nos sucede, parece como si el paso del paganismo al cristianismo se correspondiera con un cambio de actitud interna frente al dolor – del “estos padecimientos no tienen sentido si no logro sobrevivir” al “no merece la pena sobrevivir si estos padecimientos no tienen sentido” -. Quizás ahí pueda hallarse el arranque en Occidente de un impulso de crecimiento personal hacia la libertad interior, la libertad de decidir qué hacemos en nuestro fuero interno con aquello que nos impone el exterior. Lo dicho es sin perjuicio de reconocer que, en su devenir histórico, el cristianismo se ha revelado como una fuerza generalmente muy conservadora en cuanto al orden social.

Hoy, veintiún siglos después, ese impulso humano hacia la libertad interior continúa siendo muy incipiente. No obstante, pienso que hay razones para la esperanza; tratándose de un proceso de evolución que, muy probablemente, conlleve ciertas modificaciones en la arquitectura de nuestro cerebro, dos mil años no son más que un suspiro.

Yo no sé quién fue el Jesús histórico, ni siquiera sé si lo hubo, aunque me gustaría pensar que sí. Los hechos de la vida y muerte de Jesucristo no son originales, sino que guardan gran similitud con muchos mitos paganos de la antigüedad. Por otra parte, el propio carácter de su figura, su lejanía en el tiempo y el imponente cúmulo de intereses puestos en juego desde el principio en cuanto a sus enseñanzas, han enviado la verdad a un pozo de tinieblas del que es muy difícil que llegue a salir jamás. Sin embargo, hoy no me cuesta admitir que el cristianismo, como cualquier otra religión, encierra algo objetivamente verdadero, porque la energía psíquica que puede poner a nuestra disposición hunde sus raíces en esa Conciencia que es la realidad última de donde emana cada una de nuestras conciencias individuales.

Tras esta exposición, me daría por contento con que alguien, aunque fuera uno sólo de mis amables lectores, entendiera mis ideas religiosas. Lo digo, más que nada, para ver si es capaz de explicármelas.

 

Foto: https://kuentame.wordpress.com/2012/04/19/comedores-de-patatas-vincent-van-gogh-1885/

 

 

 

DE LA NÁUSEA A LA PESTE

 

Sartre

Camus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La música está a todo volumen, pero no consigue sacar la cabeza por encima del bullicio y las risas, a veces un poco sobreactuadas, ni siquiera en el salón, donde está el equipo con sus altavoces. Un grupo de gente se refugia en una habitación, apartan algún que otro abrigo y se sientan en torno a una botella de whisky de marca con un aire de cierta complicidad, siempre ha habido clases. De vez en cuando algún sistema interno de alarma salta y alguien se da cuenta de que el humo del tabaco lo está asfixiando y se apresura a entreabrir una ventana para oxigenarse unos instantes junto a ella, a pesar del frío de la noche y de las protestas de otros. Un chaval con el rostro inflamado y los ojos brillantes le da un beso en los morros a un pastor alemán y se desternilla de risa. El pobre animal, que no  para de moverse sin rumbo, desconcertado, debe de estar dando gracias al dios de los perros por haberle hecho lo que es, y no uno de esos simios cubiertos de tela a los que, a pesar de todo, ama.

Un poco estomagado por los brebajes que hay para los que no nos hemos traído nuestro propio combustible, me acerco al fregadero a por un vaso de agua esperando cruzarme en cualquier momento con Peter Sellers, pero lo que me encuentro son las cuatro llaves de la cocina abiertas y el gas saliendo a chorros por los quemadores apagados. Cierro las llaves en un acto reflejo y sólo un instante después se me hiela el corazón: menos mal que no fumo. Evidentemente esto está hecho adrede. Quizás incluso alguien que sigue en la fiesta de fin de año ha apostado a convertirla en una ruleta rusa, un juego más de los que traen noches como esta.

Busco al dueño de la casa para alertarlo. Pregunto, pero nadie me escucha, o nadie lo conoce, o nadie quiere conocerlo. Como yo, todo el mundo parece que viene por conocidos de amigos, de amigos de amigos…

Me siento a la vez aburrido y sobrecogido. Mi estado de ánimo es una mezcla de componentes que no casan entre sí, como un cóctel malo, así que decido irme.

Me detengo un instante en la Glorieta de Cuatro Caminos para contemplar la luz lechosa de las farolas a través del filtro de mi propio vaho en esa noche gélida. Imagino por un momento la explosión de gas o el envenenamiento masivo que no será, pero que podría haber sido, esos titulares de la mañana siguiente que se quedaron en la antesala de la existencia y que contenían mi propia muerte. Me doy cuenta de que lo realmente sucedido y lo que no ha llegado a pasar no son más que dos hermanos gemelos, hijos de lo absurdo. Tengo diecisiete años y acabo de leer La Náusea. El silencio y la soledad en medio de la amplitud de la plaza me empiezan a dar vértigo. El frío de la noche me hace sentir transportado a una región donde la conciencia es más pura. Esa fiesta de fin de año era un microcosmos. Sartre tenía razón, el infierno son los demás. La alegría de mi recién alcanzada clarividencia me desborda.

De aquello hace mucho tiempo y, por uno de esos extraños caprichos de las matemáticas, ahora tengo muchos más años. Acabo de leer La Peste y por el camino también he leído a Victor Frankl y a algunos otros, y en este momento siento que, más allá de como sea el mundo, cuando uno ha encontrado el sentido dentro de sí mismo, hasta la esperanza le sobra. Porque “la peste” no es simplemente lo imprevisible e incontrolable de ahí fuera, que a veces descarga sobre nosotros la tragedia, es sobre todo negarse a aceptar que, como decía el Buda, sólo somos dueños de la acción, no del resultado; es apegarse a las propias mentiras y, a la vez, no reconocer que éstas son necesarias para vivir; es ignorar que, en su origen, el término “persona” significaba “máscara”; es situar lo falso en los demás y la verdad en uno; es echar la culpa al maestro armero; es erigirse en poseedor de la fórmula salvadora; es no tener la honestidad de confesar que somos tan embusteros como el otro al que juzgamos y condenamos; es no aceptar que todos somos “apestados”, o aceptarlo y encontrar ahí la justificación para rendirse ante “la peste” y dejar de hacer lo posible por sus víctimas; es no tomar conciencia de que uno es un ser humano, ni más, ni menos; es negar la humanidad a los demás.

“Hemos salido de la nada para alcanzar las más altas cotas de la miseria”, decía Groucho Marx. En mi caso, puedo presumir de que he sido capaz de abandonar la náusea para llegar hasta la peste. Debe de ser que estoy envejeciendo bien.

TECNOLOGÍA, VIDA Y DEMÁS

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Según el artículo adjunto (en inglés), ya se ha conseguido introducir nanomotores en el interior de células humanas y controlar su movimiento – http://spectrum.ieee.org/nanoclast/biomedical/devices/nanomotors-could-churn-inside-of-cancer-cells-to-mush/?utm_source=techalert&utm_medium=email&utm_campaign=021314 -.

Conforme se explica, los nanomotores fueron fagocitados por células cancerosas y, una vez allí, por efecto de un haz de ultrasonidos de alta energía, aquéllos comenzaron a moverse en su interior. Se prevé que, mediante una combinación de ultrasonidos y campos magnéticos, los minúsculos ingenios podrían dirigirse independientemente unos de otros, por lo que su acción sería mucho más efectiva. Sobre esta base, la idea es utilizarlos para tratar el cáncer célula por célula, sea mediante cirugía intracelular o administrando medicamentos sólo a los tejidos enfermos. Aunque los científicos se han apresurado a negar cualquier similitud, esta técnica dispara fantasías, como la que llevó a la pantalla la película “Viaje fantástico”.

La miniaturización de seres humanos sigue siendo ciencia ficción, pero la utilización de dispositivos diminutos para actuar sobre el cuerpo humano a escala microscópica ya parece estar acariciando la realidad. Hace muchos años, un programa de televisión se hacía eco de una supuesta línea de investigación dirigida a devolver a la vida cadáveres congelados, reparándolos célula por célula mediante “máquinas moleculares”. Pero en aquel momento, ante lo remoto de la posibilidad de ser artífices de la “resurrección” de nuestros semejantes, el programa se centraba más en la fascinación del “¿cómo?” que en la metafísica del “¿para qué?” o “¿a costa de qué?”

Sin embargo, cuando los productos de nuestra mente hacen su entrada en la antesala de la realidad el debate suele aumentar su intensidad. Hace algún tiempo, en un programa de radio se discutía el desarrollo de medicamentos capaces de “extirpar” traumas de nuestra memoria. Más allá de lo puramente científico, alguien planteó como objeción a esa “cura” la pérdida de la oportunidad de aprendizaje que puede suponer un hecho traumático, no sólo para el individuo afectado, sino para la colectividad. En esa línea, si la dolorosa experiencia transmitida por nuestros antepasados se ha mostrado eficaz para acabar con las guerras, desde luego no parece absurdo plantearse: ¿qué sería de nosotros si ni siquiera quedara memoria de los conflictos pasados?

Lo único que no plantea dudas es que reflexionar sobre todo aquello que pueda alterar los contornos conocidos de la existencia humana merece la pena, porque puede ser un camino hacia una conciencia más completa de nuestra propia condición.

En lo que respecta a la posibilidad de encomendarnos a la nanotecnología para realizar el milagro de la resurrección, me vienen a la cabeza dos historias:

Un occidental en busca de la paz interior ingresó en una orden budista en la que sólo se le permitiría pronunciar dos palabras una vez cada diez años. Transcurrida la primera década, el recién llegado se dirigió a su superior en el monasterio para decirle: – “Tengo frío” -; inmediatamente éste ordenó que se le proporcionaran más ropas de abrigo. Diez años más tarde, el novicio se dirigió de nuevo a su superior para manifestarle su disgusto por la forma de cocinar los alimentos: – “Comida sosa” -; enseguida el veterano ordenó que se añadiera algo de sal a los platos destinados a aquél. Por fin, treinta años después de su ingreso, el occidental decidió que aquello no era para él e informó oportunamente a su superior: – “Me marcho” -. Poco después, refiriéndose a ello, dicen que este último comentó: “No me extraña, se ha pasado todo el tiempo quejándose”.

La segunda historia tiene que ver con San Agustín. En plena lucha interior por abandonar los vicios de su juventud disoluta, se cuenta que el de Hipona rezaba de este modo: “Señor, ayúdame a ser casto, pero todavía no, todavía no…”

Ambas anécdotas son, probablemente, falsas, pero en mi opinión lo que a cada una de ellas le pueda faltar de verdad, a ambas les sobra de expresividad. La primera ilustra de un modo sorprendente la relatividad del tiempo. La segunda, la ambivalencia de la voluntad: en ocasiones la voluntad humana parece un tejido de estados superpuestos y entonces hacen falta razones muy poderosas para lograr que ésta se decante por uno u otro de ellos.

A partir de los nueve meses los niños empiezan a aprender a aguantar y a soltar. Si se piensa, cualquier actividad física, como andar, comer, hacer sus necesidades o jugar, exige un equilibrio entre el aguantar y el soltar. Además, el niño muestra su fuerza de voluntad cuando es capaz de aguantar y soltar en el momento adecuado. Al aprender a aguantar y a soltar, los niños no sólo desarrollan sus músculos, sino también su voluntad.

Seguramente un elemento de gran peso en ese aprendizaje y, por tanto, en el desarrollo de la voluntad, es la conciencia, aunque sea difusa, de que hay ocasiones que llegan en un momento determinado y después se marchan para siempre. Este aprendizaje nos resulta difícil por la vivencia tan elástica del tiempo que tenemos de ordinario. Pero ahí está la muerte, como telón de fondo, para acotarla. Tal vez, si no fuera por la presencia de la muerte como última frontera, Agustín de Hipona aún no sería ni casto ni santo a día de hoy.

Sin la conciencia de la muerte, probablemente la fuerza y el alcance de nuestra voluntad serían mucho menores y, privados de ese puente entre lo que es y lo que todavía no ha llegado, el desarrollo de la especie humana sería muy diferente. La Humanidad y la misión de ésta, si es que tiene alguna, seguramente necesiten de la muerte de los individuos para seguir con vida.

Llegados así a la idea de “vida” más allá de lo biológico, me han venido a las puntas de los dedos las reflexiones de Victor Frankl en el campo de concentración nazi:

“La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”  (de “El hombre en busca de sentido”).

A veces se diría que el ser humano ya tiene la inmortalidad biológica en el punto de su mira telescópica. Sin embargo, al mismo tiempo nos estamos habituando a aguantar los carros y carretas de una injusticia obscena, que se va extendiendo como una mancha de aceite día a día, con tal de que nos dejen quedarnos como estamos aunque sólo sea un poquito más…

No creo que nunca alce la voz contra cualquier avance científico que pueda mejorar este mundo, pero desde luego procuraré no perder jamás de vista que lo que necesitamos no son líderes a los que admirar por la seguridad en sí mismos con que derrumban las fronteras de la naturaleza o aplican la ley del embudo entre los hombres, sino personas notables capaces de devolvernos la admiración por lo que cada uno de nosotros somos en tanto que seres humanos.

 

Foto: xatakaciencia.com

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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