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EL OSO Y LA NADA

 

Confieso que yo también me he revolcado en el fango. Esta expresión se usaba hace muchos, muchos años, en un país situado en una galaxia muy lejana (pero sospechosamente parecido a éste) cuando algún varón pío (era impensable que una mujer refiriera semejantes experiencias) se lamentaba de haber cedido a sus impulsos y haberse entregado al ilícito comercio carnal. Por otra parte, hoy en día es muy probable que todo lo que acabo de decir resulte incomprensible para cualquiera que no esté un poco entrado en años, ya que, como mucho, lo del “ilícito comercio carnal” nos hará pensar en intoxicaciones por clembuterol o en la encefalopatía espongiforme y la palabra “pío” nos sonará a ornitología, así que este párrafo introductorio parecerá que anuncia una digresión sobre veterinaria. Además, con deliberada ambigüedad, he usado la expresión “me he revolcado en el fango” en relación con el comercio, pero en este caso no con el “carnal”, sino con el comercio a secas. Total, que he hecho un pan como unas tortas.

Así que me explicaré: siento un profundo rechazo por los centros comerciales. Me aturden el gentío, la música ambiente y los tomatazos de color que lo bombardean a uno desde los escaparates con el apoyo táctico de esas luces irritantes que te hostigan desde todos lados y en casi todas las frecuencias del espectro visible. No me tengo por puritano, ni mucho menos, pero tales lugares me recuerdan a los “sepulcros blanqueados” que mencionaba Jesucristo refiriéndose a los fariseos. Y es que, en efecto, aquéllos sólo se muestran auténticos vistos muy temprano, desde la tramoya. Entonces es cuando uno puede ver a los carretilleros arriba y abajo, entregando el veneno que en un rato empezará a servirse en los centros de “restauración” (término anticipatorio de la restauración de verdad que, en su caso, tendrá lugar más tarde y en la medida de lo posible en los centros sanitarios) y a los empleados que a veces discuten con ellos mientras, con gestos rápidos y bien entrenados, revientan el cartonaje, lo esconden de las castas miradas del público y, con el material recibido, ceban sus explosivos y cargan sus armas de destrucción masiva antes de que el brillo del espectáculo invada el lugar. Siento todo ese rechazo hacia ellos, pero no por eso dejo de servirme de los centros comerciales de vez en cuando, como todo hijo de vecino.

El caso es que en una de mis últimas visitas, nervioso, con cierta repugnancia, mirando receloso a un lado y a otro, como suelo en esas circunstancias, me di cuenta de que ya no estaba lo único que me hacía gracia de esa sucursal del averno: el oso de peluche gigantesco que hacía las veces de “relaciones públicas” de la tienda Natura. Pero, es más, es que la propia tienda había desaparecido, reemplazada por un negocio de móviles, creo. Poco después supe, para mi desconcierto, que el Natura y su oso habían dejado de formar parte del paisaje del centro comercial desde hacía mucho tiempo y yo ni me había dado cuenta.

Es decir, no es simplemente que habían cambiado los elementos de uno de los comercios, sino que el propio comercio había sido sustituido por otro diferente, pero para mí todo el tiempo había seguido siendo “mi” centro comercial. Lo cierto es que, a lo largo de casi treinta años, no sólo habían cambiado incontables veces los productos vendidos por cada tienda, ni únicamente habían cambiado los propios comercios, como si las células de un organismo vivo decidieran de repente variar su función, es que el espacio físico del interior del complejo se había redistribuido en muchas ocasiones y, por si fuera poco, el exterior también, ocupando generosamente (es un decir) los terrenos colindantes. Y aun así seguía siendo el mismo centro comercial. Igual que alguien sigue siendo un familiar o un vecino con gafas o sin gafas, con el pelo negro o blanco, con andador o sin andador o con más o menos tripa.

En relación con este asunto Erwin Schrödinger (sí, el físico del pobre gato), dio rienda suelta una vez más a su susceptibilidad  filosófica y destacó la importancia de la forma sobre la materia:

En mi escritorio tengo un pisapapeles de hierro, una estatuilla de un gran danés echado, con las patas cruzadas. Conozco esta figura hace muchos años porque la veía en el escritorio de mi padre cuando era pequeño y no alcanzaba la mesa. Muchos años después, a la muerte de mi padre, me quedé con la estatuilla porque me gustaba, y la utilizo. Me ha acompañado a muchos lugares y se quedó en Graz cuando, en 1938, tuve que marcharme a toda prisa. Pero un amigo que conocía mi querencia, la recogió y la guardó, y hace tres años, cuando mi mujer hizo un viaje a Austria, me la trajo, y aquí está otra vez en mi escritorio.

Estoy convencido de que es el mismo perro, el que vi por primera vez hace más de cincuenta años en el escritorio de mi padre. Pero ¿por qué estoy seguro de ello? Es claramente la forma o la hechura (en alemán Gestalt) la que determina su identidad sin lugar a dudas, no el contenido material. Si el material hubiera sido fundido para darle forma de hombre la identidad hubiera sido mucho más difícil de determinar. Y lo que es más: incluso si se estableciera sin lugar a dudas la identidad del material, tendría muy poco interés. Probablemente no me importaría mucho la identidad de esa masa de hierro y diría que mi recuerdo ha sido destruido. (1)

Con todos mis respetos a este pionero de la mecánica cuántica, la relación entre la identidad y la forma que plantea despierta la tentación de utilizar aquí el mismo tono irónico que empleaba Aldous Huxley al tratar la esencia de la vida. Huxley se refería a cómo algunos metafísicos habían despachado el problema aludiendo a un supuesto “élan vitale” (impulso vital) y proponía explicar el funcionamiento de la máquina de vapor en análogos términos como el efecto del “élan locomotive”.

Vista la impermanencia de la propia forma de las cosas, me parece que ahonda más en el problema la reflexión del maestro Zen Teisen Deshimaru al ser preguntado por el ego:

He explicado que no tenemos numen. El ego cambia de un instante al otro. Hoy no es el mismo que ayer… Nuestro cuerpo cambia, nuestras células también. Cuando se toma un baño, por ejemplo, todas las células muertas de la piel se van por el desagüe. Nuestro cerebro y nuestro espíritu cambian. No son los mismos desde la infancia hasta la madurez.

¿Dónde existe el ego? Es uno con el cosmos. No es solamente el cuerpo o el espíritu. Nuestro ego es Dios, Buda, la fuerza cósmica fundamental. (2)

De donde yo entiendo que no existe en nada una forma sustancial y que, por tanto, no puede uno agarrarse a nada para explicar la individualidad de cada cosa, lo cual, si bien se mira, tampoco es que aclare mucho.

Volviendo al oso, al Natura y al lugar que hasta hace poco consideraba como una especie de templo dedicado al Anticristo, últimamente me asalta la duda de si, con esa individualidad que mantiene impasible ante la impermanencia de sus elementos, la “insustancialidad” del centro comercial no encierra un significado mucho más profundo del que yo, desdeñosamente, le adjudicaba.

¿Es el centro comercial una transposición del alma humana en la colectividad? ¿Contienen esos “refugia pecatorum” de fin de semana el embrión de un cuerpo colectivo tan evolucionado que cada una de sus “células” puede cambiar a capricho sin que se perturbe la identidad y la armonía del conjunto? ¿Debemos inclinarnos con respeto ante el Black Friday, los Reyes y las Rebajas como ritos religiosos de iniciación que constituirían auténticas versiones posmodernas de los Misterios de Eleusis de la antigua Grecia? ¿Ese vacío estomagante que me transmitía la sola mención del centro comercial escondía realmente algo tan grandioso como la vacuidad cósmica de que nos habla Deshimaru? ¿O aquí el único vacío que hay es el que está encerrado entre mi frontal y mi occipital? No, no hace falta contestar. El avispado lector ya habrá captado que se trata sólo de una pregunta retórica.

 

(1) Ciencia y humanismo Erwin Schrödinger Cuadernos ínfimos 126 Tusquets editores

(2)  Preguntas a un maestro Zen  Teisen Deshimaru  RBA

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¡AGÁRRENSE A SUS ASIENTOS…!

            Cuando yo era pequeño, Antonio Lobato era un chavalín poco mayor que yo y las retransmisiones televisivas de la Fórmula 1, en blanco y negro, eran capaces de dormir a las cabras. Todo comenzaba con ese círculo en pantalla y esa música tan característica, que anunciaban la conexión con Eurovisión, luego una voz en off que te informaba de que iban a retransmitir las cinco últimas vueltas  – eso era todo lo que se daba – del Gran Premio de donde fuera y, finalmente, unos cuantos puntitos haciendo un ruido grave y moviéndose por el gris de la pista, rodeado del gris de césped. Por supuesto, no había planos subjetivos desde el monoplaza. El comentarista utilizaba poco más o menos el mismo tono con que Matías Prats retransmitía el fútbol para informarte de las evoluciones de pilotos con nombres impronunciables. Lo más parecido que existía a la Play era aprovechar esas migajas de F1 para mirar a la pantalla de la tele con cara de velocidad mientras, con los brazos semi extendidos, hacías girar a izquierda y derecha un plato de postre fingiendo que aplicabas un esfuerzo muscular extremo. Pero todo eso a mí me gustaba, me gustaba mucho.

            Las carreras eran otra cosa. Sigo recordando con angustia a Niki Lauda en su Ferrari envuelto en llamas en aquel lejano 2 de agosto de 1976, en Nurburgring, y sigo maravillado de que sobreviviera – por lo visto llegaron a darle la extremaunción – con la sangre envenenada por los gases del incendio, y sigo preguntándome, entre la curiosidad morbosa y el miedo, por los horrores que oculta el hoy anciano bajo su eterna gorra juvenil. Los pilotos, como ahora, se hacían una foto de grupo al comienzo de cada temporada, pero, mientras posaban, todos sabían que, estadísticamente, al final del año dos de ellos ya no existirían… Sí, eran tiempos duros.

            La última temporada que seguí al completo fue la de 1982, con el duelo entre los atmosféricos y los turbo y con Keke Rosberg, envuelto en constante polémica por sus maniobras en pista, que se salvó por los pelos de convertirse en el campeón del mundo de F1 más gris de la historia, porque estuvo a punto de conseguir el título sin una sola victoria. Del año 1983 sólo me llamaron la atención algunas escaramuzas protagonizadas por Nelson Piquet con aquel BMW que parecía un brick de Parmalat gigante. Luego la F1, que tanto me había gustadoo, se marchó de mi vida sin saber por qué.

            En 1994, ya desconectado por completo del mundo del motor, la muerte de Ayrton Senna me llegó simplemente como una noticia de información general, y sólo me hizo pensar que, en el fondo, Senna había sido afortunado por su vida tan intensa aunque breve, pero lo sucedido no me trajo ningún eco especial de mi infancia.

            En 1999 el accidente de Schumacher en Silverstone me llegó a través de un diario que ojeaba en el hospital donde acababa de nacer mi hija, pero esa vez ni siquiera le dediqué una reflexión de corte general a la noticia, tan ocupado como me tenía esa muñequita de aspecto frágil e imponente al mismo tiempo, que parecía que se iba a ir cada cosa por su lado al cogerla en mis brazos torpones de padre primerizo.

            Y así llegó el 2005, en el que pasé por un momento difícil. Un domingo a mediodía, no sé por qué, encendí mi denostada tele y oí el aullido del motor V10 de aquel asturiano que tenía a toda España pendiente de si sería capaz de hacer realidad lo que parecía ciencia-ficción. Y, en respuesta a ese aullido, la memoria me trajo el sonido más grave de los monoplazas de antaño.  Aquello fue como descubrir por accidente un juguete que enterraste de niño en el jardín. A partir de ahí me enganché otra vez a la F1 con la fuerza que sólo surge del afán de recuperar el tiempo perdido. Grande o pequeño, lo auténtico nunca se va del todo, y siempre se encuentra rebuscando en la niñez.

            La ilusión por ver correr a Fernando Alonso el domingo se convirtió en una buena razón para mirar con otros ojos el resto de la semana. Me contagié de las vibraciones del R 25 y aquel año Interlagos me convenció de que cualquiera que se lo proponga puede, no sólo vivir haciendo realidad el potencial que lleva dentro, sino convertir esa labor en el centro de su vida, pese a todos los obstáculos y, a la vez, gracias a ellos; cualquiera puede llegar a proclamarse campeón del mundo de sí mismo. Por eso el Nano siempre representará algo muy especial para mí. A la vez, cada uno de sus éxitos me ayudó a ir bajando del podio de mi soberbia. Para mi propia sorpresa, empecé a verme a mí mismo como uno más de los que comienzan cada lunes volcados sobre la prensa deportiva, bajo la luz pálida de los andenes del metro, dándole vueltas a la competición del pasado fin de semana y sufriendo, eso sí, con mucho disfrute, por lo que pueda pasar el próximo: – ¡A ver si llegamos “vivos” a la final…! -. Comprendí que lo que antes me parecía banal puede ser, y es para muchos, uno de los condimentos de cada nuevo día que hacen que valga la pena levantarse y vivirlo.

            Luego vino el 2006, y la ansiedad de repetir lo que ya había sido realidad una vez, y la agonía de contemplar esa sangría implacable de puntos de Fernando, perseguido por el Kaiser, y, finalmente, como la llegada del Séptimo de Caballería, la rotura del motor del alemán en Japón, equilibrando así la tuerca de Hungría y la cacicada de Monza. Después, ese 2007 en que no todo es para olvidar: siempre quedará ahí la cara de Fernando, con esa expresión de una intensidad explosiva, aún con huellas de rabia extrema recién convertida en alegría desbordada; estaba en lo más alto del podio de Nurburgring tras haber adelantado a Massa a cinco vueltas del final bajo la lluvia, bajo la lluvia de fuera y bajo la que le seguía cayendo cuando estaba dentro de su propio garaje. Luego la travesía del desierto de 2008 y 2009, hasta el 30 de septiembre del año pasado, en que no quiero decir que “comienza la leyenda”, porque eso ya lo dijo alguien el 1 de enero de 2007, y mira tú…

            Me gusta la F1,  me gusta mucho más que las motos – hay quien es de coches y hay quien es de motos -. Comprendo a quien se aburre pero, aunque no haya adelantamientos, sólo con ver el plano de la pista desde el monoplaza y con escuchar el aullido del motor, y el sonido del cambio de marchas cuando se lanza el coche en las rectas, y al frenar a la entrada de las curvas, ya se me pone la carne de gallina. Es la cumbre tecnológica, pero la paradoja es que toda esa tecnología no valdría nada si no fuera por la humanidad que se esconde en los egos de los grandes pilotos, esos egos tan brutales que en ocasiones los llevan a comportarse como niños y les causan problemas, pero que son la única fuente capaz de inyectar una energía tan desaforada a la competición. Muchas veces se les critica por eso, pero , ¿qué otra cosa más que un ego del tamaño del dirigible Hindemburg puede impulsar a alguien a meterse en un habitáculo que parece una lata de sardinas y a lanzarse, a más de trescientos kilómetros por hora, dentro de un misil atiborrado de gasolina?

            Luego la velocidad opera como una especie de alquimia espiritual, el ego ya no puede seguir al piloto y se va quedando atrás, y alrededor de los 300 Km/h los pilotos prácticamente se convierten en maestros Zen: dejan de pensar, dejan de recordar, dejan de planificar y, por supuesto, dejan de temer; ya no existe el futuro, todo es acción instantánea. Tras la bandera de cuadros, su ego va regresando en la slow-down lap, y al bajarse del coche ya vuelven a ser los de antes, a picarse unos con otros, a mosquearse con el equipo, a responder con suficiencia o a tratar de seducir a la prensa, según los casos, a dejarse adorar por los fans…

            Igual que les pasa a los pilotos, cuando llega el plano subjetivo desde el coche a 300Km/h, el aficionado deja de pensar, y se olvida del oxígeno consumido en cada fin de semana de Gran Premio, de las fortunas tan inconcebibles que se amasan con la F1, en medio de un mundo cada vez más desigual, de los intereses tan poco deportivos que animan a ese deporte, de su carácter despiadado, y entonces, durante un rato que está fuera del tiempo, todo eso se queda atrás y para el aficionado sólo permanece la emoción pura. La F1 es lo más de lo más…

            Los tiempos de Fernando nada más coger el F10 ilusionan. Yo no creo que ni él ni nadie, por muy buen coche que tenga, pueda llegar a acercarse al palmarés del Kaiser, y no es cuestión de talento, es que éste es otro momento de la F1: mucha más competencia, muchas más limitaciones, otras reglas, escritas y no escritas…, pero bueno, ya hemos aprendido a no descartar nada de lo que se pueda llegar a soñar. Deseo muchísima suerte a Fernando en este año en que comienza su andadura con Ferrari; ni que decir tiene que es un deseo muy interesado por mi parte, porque quiero que nos siga regalando tantas emociones los fines de semana de Gran Premio. Y también mi enhorabuena a Pedro de la Rosa, porque se merecía coger este último tren y lo ha logrado, y a Jaime Alguersuari, por haber cogido el primero que se le presentó sin dudarlo. Y espero que Andy Soucek o Adrián Valles, o los dos, ¿por qué no?, también puedan subirse en el primer tren que se les acerque antes de marzo, que no están los tiempos para perder ni un minuto esperando en el andén.

FIN


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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