YA PASÓ OTRO HALLOWEEN

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El primer curso de filosofía en el instituto suele ser una receta para el desparrame. Los alumnos se enfrentan a las opiniones encontradas sobre temas intangibles de los grandes filósofos y tienden a ver en ellas algo así como los monólogos discordantes de los internos de un frenopático en día de salida al campo. Ante esto, muchos se sienten invitados a participar en la fiesta aportando lo más descabellado que les pasa por la cabeza en ese momento . Todo esfuerzo del profesor por reconducir la situación a términos de un mínimo rigor discursivo es vivido como un intento de coartar la creatividad de espíritus originales y libres por parte de un sujeto caduco o reaccionario.

Pero entre el caos de pequeños pedruscos que crea el bateador al sacudir su cedazo siempre existe la oportunidad de encontrar alguna traza de mineral precioso o, al menos aprovechable. De pronto, al hilo de no sé qué, un alumno expone una teoría que cree original y, además, provocadora: el aire que respiramos es tóxico y produce alucinaciones, pero afortunadamente el hachís tiene el poder de devolvernos a la realidad y mostrarnos las cosas como son; por eso lo prohíbe el gobierno, para mantenernos engañados.

No hay tal; en un sistema de coordenadas distinto, es lo mismo que plantearon Cortázar en “La noche boca arriba” o Wells en “El país de los ciegos”, el conflicto entre la realidad interior y la exterior, entre la superficialidad del grupo y la audacia del héroe de tragedia que se rebela y quiere llegar hasta el fondo. La idea no es tan novedosa como el alumno cree, pero puede servir de punto de partida para una reflexión algo más enriquecedora que el escándalo de un gallinero.

Todo esto viene a cuento de Halloween. Hoy en día la sociedad de la información crea tradiciones a la velocidad de la luz, y, pese a su juventud entre nosotros, aquélla ya está bien arraigada en el mundo mediterráneo.

Y un año más la hemos consumido con la avidez habitual. Como siempre, a la señal convenida de la publicidad, los escaparates y las redes sociales ha respondido la manada con una estampida hacia todo tipo de actividades temáticas, aunque sea comerse la misma porquería de siempre, pero rodeados de falsas telarañas y endulzando el café con insectos de azúcar.

Ese día nos gusta mostrarnos a los demás vestidos de cadáveres andantes medio putrefactos o de monstruos con horribles mutilaciones. No es la pantomima, es el poder de tratar a la muerte y a las sombras con desenfado lo que nos hace disfrutar. Uno no tutea a las tinieblas todos los días, pero, al fin y al cabo, ya podemos permitírnoslo con la arrogancia que nos da contarnos entre los ricos y sentirnos parte de la cara más bonita del mundo. ¿Y qué mejor manera de convencernos a nosotros mismos que consumir las tradiciones de los más poderosos? ¡¡Menudo manjar!!¡¡¡Y de importación!!!

Creemos que nos disfrazamos para la ocasión, pero tal vez la noche de Halloween es el único momento del año en que tomamos contacto con nuestra realidad y mostramos lo que de verdad somos. El resto lo pasamos inmersos en la alucinación de creernos con vida.

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OTOÑO ROMÁNTICO

castañas

Ya es otoño, tiempo en que el ciclo de la vida comienza a contraerse; tiempo de hojas amarillentas que se arremolinan al compás que les marca el viento, de paseantes que, al caer la tarde, desfilan en busca de un rincón envuelto en un halo intimista donde sacarse el frío; tiempo también de ambientes crepusculares, de sombras, de tinieblas, del despertar del mundo sobrenatural, como si éste estuviera ávido de conquistar el espacio que van dejando todas las manifestaciones de la vida en su retirada cíclica.

Es el tiempo ideal para hacer una escapada al universo del Romanticismo que, por cierto, está en las antípodas de lo que entendemos por “comedia romántica”. Eso sí, cuando nos referimos de esa forma a determinados productos de Hollywood seguramente no reparamos en que estamos haciendo un guiño al verdadero espíritu romántico, porque sin ninguna duda unos cuantos esqueletos, impulsados por el resorte sobrenatural de la justicia divina, saltarían de sus tumbas como cajas-sorpresa si los muertos tuvieran la mala fortuna de poder escucharnos.

En fin, para es escapada siempre me ha parecido un buen programa de viaje visitar o re-visitar el Tenorio de Zorrilla que, como es bien sabido, acostumbra a representarse en la Noche de Difuntos.

Y es que no hay mejor vasija para un sabor intenso que los productos de temporada, salvo que uno prefiera la química alimentaria, eso es una cuestión de gustos.

 

 

 

MI AMIGO BRAULIO O LA MAGIA DE UN LÍDER

Aburrido del Mundial, he tenido el privilegio de presenciar la pugna épica sostenida por mi amigo Braulio con un viejo toallero que presentó una resistencia numantina a ser reemplazado por un “junior”:

RESULTADO: BRAULIO 2 – TOALLERO 0

RESUMEN DEL ENCUENTRO:

El comienzo de la primera parte nos mostró un toallero viejo muy cerrado en torno a sus posiciones defensivas, fuertemente selladas con silicona, que hacían casi imposible para Braulio desmontar la chapa y llegar hasta los anclajes en la pared para retirarlo. Hacia el minuto 20 la presión implacable que ejercían el cutter y el destornillador que servía de palanca logró abrir pequeños espacios; había llegado el momento del primer cambio. En medio de una moderada ovación salieron del campo el destornillador y el cutter y entraron el escoplo y el martillo de maceta. Durante el resto de la primera parte estos últimos fueron aumentando sistemáticamente la brecha defensiva abierta por los dos artilleros que los habían precedido en el terreno de juego. La primera parte terminó sin tantos en el marcador, pero con el partido claramente decantado a favor de Braulio.

Tras el descanso, el escoplo y la maceta completaron rápidamente su misión; era el momento del segundo cambio. Con la defensa del toallero totalmente desbaratada por la superioridad física y táctica de los atacantes, la broca, apoyada desde el centro del campo por el nivel y la cinta métrica, logró llegar dos veces hasta la pared sin encontrar resistencia, perforándola en ambas ocasiones y colocando certeramente un par de tacos por la escuadra. A partir de ahí, el encuentro se volvió completamente predecible: toallero totalmente “fashion”, pletina de fijación, tornillos, limpieza del polvo de ladrillo desprendido en el fragor del combate y, pese al indiscutible logro deportivo, bronca de la ejecutiva del equipo por dejarlo todo hecho una mierda.

Este encuentro viene a confirmar la senda ascendente de Braulio, que se perfila cada vez más claramente como un entrenador capaz de sacar lo mejor de sí mismo de cualquier martillo y que, mal que les pese a sus detractores, ha vuelto a demostrar que posee un talento muy superior al de un toallero.

DESPERTAR

Vuelo sobre raíles cargado de vidas e historias; levanto mi toma de corriente hacia el cielo con orgullo de alce; abro el paisaje por la mitad como un bisturí y lo veo escapar a ambos lados por el rabillo de mi ojo de cíclope; diviso el túnel y me lanzo intrépido hacia él… Hasta que dos filas incompletas de dientes me recuerdan quien soy: una barra de regaliz que siempre ha soñado con ser un tren y que está a punto de convertirse  en pasajera de un cachorro humano.

PESADOS (RELOADED)

Es de sobra conocido que los efectos de las excreciones mentales de un pesado de los de verdad son devastadores. En efecto, cualquier encuentro con uno de esos especímenes que dure más que una subida en ascensor (mientras su víctima asiente a todo con la cabeza como un muñeco mecánico) puede tener resultados tales que dejarían pálido a un manual de guerra química escrito por Sadam Hussein en una noche de dolor de muelas; a saber:

1)      Alteración del ritmo respiratorio

2)      Sudoración intensa

3)      Cefalea

4)      Cambios en la coloración de la piel

5)      Pérdida de la melanina en todo el vello del cuerpo

6)      Convulsiones

7)      Micción involuntaria

8)      Vómitos sanguinolentos

9)      Estertores

10)   Cianosis

11)   Parada cardiorespiratoria

12)   MUERTE*

*Algunos cadáveres de víctimas de pesados presentan síntomas de un horrible espasmo muscular consistentes en el puño cerrado, salvo el dedo medio, completamente estirado apuntando al cielo.

 

Pues bien, quiero compartir con mis escasos lectores un antídoto que suelo emplear eficazmente contra tan trágico destino:

1)      Supongamos que estoy acorralado en un espacio reducido. El pesado ha tenido buen cuidado de bloquear el acceso a cualquier salida, se ha sentado en medio de la vía de escape y empieza a darme lecciones sobre la concatenación de los opuestos según las tesis de Fray Gerundio de Campazas; ya se sabe, sólo porque cree que sin su ayuda no soy nada. Cuando empiezan a aparecer los síntomas descritos más arriba, trato de conservar la presencia de ánimo; me digo a mí mismo que yo puedo lograrlo: si el pesado no me mata, me hará más fuerte.

2)      De antemano, y en previsión de una situación como ésta, me he aprendido de memoria las dos primeras páginas de la guía de teléfonos; empiezo a recitarlas mentalmente para proteger mi cerebro del despiadado ataque a que está siendo sometido.

3)      Dirijo la mirada a la cabeza del pesado.

4)      Sin parar de recitar mentalmente la guía (más o menos a la altura del abonado “Abad”), voy centrando la atención en su entrecejo.

5)      Aproximadamente al llegar a “Alcalde” clavo la mirada en su frente.

6)      Éste es el paso decisivo, el momento de la verdad, el “todo o nada”: ahora imagino que, por efecto de la indescriptible pesadez de su soliloquio, la sesera de mi verdugo ha ido aumentando de densidad hasta implosionar como un agujero negro. Entonces, víctima del colapso gravitacional, la parte media de la frente se le va estrechando, igual que el esbelto talle de una joven; es como si ahora viera esa plúmbea testa reflejada en un espejo deformante. A continuación, y conforme predice la astrofísica, el agujero negro empieza a emitir radiación. Visualizo la cabeza de esa Némesis que tengo ante mí rodeada de un halo fosforescente. Tan intensa iluminación constituye una forma más de tortura para la infortunada criatura que comparta lecho con el pesado; a ese pobre ser ya no le queda ni la tregua del sueño.

7)      Ante estas visiones, poco a poco las endorfinas empiezan a regar de nuevo mi corteza cerebral, el agarrotamiento muscular que me asfixiaba se afloja, el diafragma se libera, la respiración vuelve, el resurgimiento de la vida se anuncia…

8)         No dejes a Alá lo que puedas hacer tú, reza el proverbio árabe. Ya hemos hecho nuestra parte, hemos logrado mantenernos con vida los primeros instantes tras la catástrofe, hemos probado de qué estamos hechos y hemos dado ocasión a que actúe la selección natural, la Providencia, el Karma o la política de Mariano Rajoy, cada cual según su fe; ahora es el turno de que intervengan éstos.

9)         Tras haber tocado fondo, lo más probable es que en los instantes siguientes algo ocurra que nos saque del apocalipsis y mejore nuestra situación: si estamos en la oficina, tal vez la siempre campechana y dicharachera secretaria de Recursos Humanos nos llame por teléfono con voz que intenta ser neutra, para comunicarnos de modo telegráfico que el Jefe de Personal quiere vernos en su despacho. O quizás suene el móvil y sea un cabo de bomberos para decirnos que al pasillo de nuestra casa sólo le falta el Puente de Rialto para convertirse en una sucursal del Gran Canal de Venecia y que muchas gracias por poner esa mierda de puerta, que aunque es de la marca más cara no es blindada ni p’a Dios y ha caído a la primera hostia.

Y es que, en efecto, Dios aprieta, pero no ahoga con tal de que pase alguna embarcación cerca. Y además siempre, siempre, siempre echa una mano a los buenos cuando son más que los malos.

CHARLIE

Me llamo Charlie, o al menos así es como me llama mi jefe. Bueno, realmente no estoy muy seguro de si es mi jefe; a veces se me queda mirando y comenta con una sonrisa los buenos ratos que hemos pasado juntos y siempre dice que cuando cada uno queremos algo distinto soy yo quien se suele llevar el gato al agua, así que no sé… Tampoco tengo muy claro cuál es su nombre, porque cuando tengo ocasión de oír claramente a otros dirigirse a él suelen llamarlo de mil maneras distintas, a cuál más chocante y hasta ridícula, normalmente entre risitas y suspiros. Para entendernos, a mi jefe, colega o lo que diantres sea lo llamaré en adelante “Rodolfo”.

A veces Rodolfo ojea el periódico mientras está sentado en ese vertedero de color blanco que utiliza, salvo que esté en el campo, pero yo no puedo cotilleárselo, porque, en esas circunstancias, mi posición natural es estar cabeza abajo como un murciélago, mirando a esa pequeña piscina donde no me bañaría por nada del mundo. Y mira que me gusta el agua, sobre todo cuando me dejan zambullirme sin trabas y moverme con libertad a un lado y otro, acariciado por las corrientes, pero necesito sobre todo que esté limpia, porque mi piel es muy sensible. El caso es que, cuando él se encuentra de esa guisa, tiene la costumbre de hablar solo y comentar lo que lee, lo cual es una suerte, porque así yo también me entero. De hecho, a veces es providencial.

Sin ir más lejos, hace unos días Rodolfo exclamó algo de este estilo: “¡Vamos, no me jodas! ¿¡¡¡No te va que el tío, después de tres autopsias, se despertó pidiendo tabaco cuando sintió que ya lo estaban metiendo en un saco de plástico!!!?” ¡Menos mal que esa noticia me dio la idea salvadora en el momento oportuno!

Pero pongámonos en antecedentes: mi salud general es buena, yo diría que muy buena, pero tengo mis goteras: desde siempre he padecido cefaleas. Es una presión en la cabeza que me hace sentirme como una tortuga que no puede terminar de asomarse fuera de su caparazón. Y me da mucha rabia, porque eso hace que me cueste más mirar de frente a la vida con la cabeza bien alta en los momentos clave.

Ya he dicho que creo en el sincero aprecio que Rodolfo me tiene, así que, como es natural, llegó un momento que se cansó de verme tan incómodo y me llevó al médico. El galeno, nada más echarme la vista encima, dijo que la única solución era operar a Rodolfo y que ya iba siendo hora, porque había que haberlo hecho cuando era pequeño. Yo no sabía muy bien de qué estaban hablando, pero supe inmediatamente que la sola idea le ponía nerviosísimo y que Rodolfo estaba aceptando un gran sacrificio por mi bienestar, y le quedé sinceramente agradecido.

Pocos días después llegó el gran momento: “Rodolfo” estaba completamente desnudo, sin compañía, entre sábanas verdes. Yo sobresalía por un agujero cuadrado, había un gran foco apuntándome, como a los artistas, y no veía a mi alrededor más que aparatos y gente enmascarada que vestía pijamas y gorros del mismo color verde que las sábanas. Me habían bañado con un líquido de olor fuerte y desagradable, hacía un frío del carajo y todos se expresaban en una jerga incomprensible, entre pitidos rítmicos de máquinas: que si sedación, que si constantes, que si fimosis, mientras las miradas de todos los enmascarados convergían en mí… Desde luego, parecía que mi papel era bastante más de protagonista de lo que me hubiera gustado. La situación empezó a intranquilizarme mucho y me encogí hasta mi mínima expresión. Oí a alguien decir “ya está sedado” y supuse que esa era una manera cursi de decir que Rodolfo dormía como un cerdo, porque eso es lo que estaba haciendo en ese momento el muy descerebrado. Entonces empecé a ver aparecer instrumentos cortantes por doquier y se disiparon mis pocas dudas: algo iba mal, muy mal… Rodolfo no se enteraba de nada, ¡¡¡pero yo sí!!! ¿Es que el grupo de desaprensivos que me estaba acorralando se pensaba que yo también estaba “sedado”? ¡¡¡Yo sí que sentía!!! Y, es más, tenía razones para pensar que lo que iba a sentir en breve era mucho peor aún… Empecé a telegrafiar frenético al cerebro de Rodolfo, pero éste parecía estar desaparecido entre la niebla del Triángulo de las Bermudas. ¡¡La situación era desesperada!! En ese momento quizás fue la adrenalina lo que me trajo a la memoria la historia del falso fiambre, del tipo al que le entró el mono de nicotina camino ya del hoyo. Sólo me quedaba una salida. ¡¡Tenía que dar signos de vida como fuera!!

Aquellos insensatos me echaron el guante (nunca mejor aplicado) y, encima, los muy psicópatas se pusieron de cachondeíto. ¡¡Casi podía adivinar sus necias sonrisas debajo de las máscaras!! Entonces tuve una súbita inspiración: “sonrisa”, ¡¡eso era!! Traté de concentrarme con todas mis fuerzas en esa especie de sonrisa vertical que tanto animaba siempre a Rodolfo y de transmitir esa imagen a su cerebro y… ¡¡¡bingo!!! En unos instantes resurgí al mundo de los vivos con toda mi arrogancia. Hubo un momento de estupor y luego una carcajada general. A continuación, debieron hacer algo, porque ahí sí que se hizo la noche.

He estado unos días molesto y cubierto de prendas de ropa extrañas, pero tras los malos ratos pasados ahora me encuentro mejor, ya he vuelto al trabajo y la verdad es que me noto mucho más cómodo que antes. A Rodolfo también lo veo más a sus anchas y no para de mirarme complacido y de decirme que siempre seremos uña y carne. Sinceramente, esto último no lo entiendo muy bien: no niego que tengamos un aire de familia e incluso que yo pueda tener algún parentesco lejano con los dedos de las manos de Rodolfo, pero vive Dios que hace falta andar corto de vista o estar loco para afirmar que tengo una uña. Aunque sí que es verdad que, en las materias que me conciernen, Rodolfo nunca ha demostrado tener mucha cabeza.

 

Amable lector, lo que acabas de leer es el resultado de una apuesta conmigo mismo: hace poco, por motivos que no vienen al caso, se suscitó la cuestión de si es posible escribir un relato sobre “cualquier parte del cuerpo” sin caer en la chabacanería y yo afirmé que sí. Esto es lo que ha salido.

Amable lector, como siempre tú tienes voz y voto y, como siempre, no va a cambiar nada.

 

 

EL OSO Y LA NADA

 

Confieso que yo también me he revolcado en el fango. Esta expresión se usaba hace muchos, muchos años, en un país situado en una galaxia muy lejana (pero sospechosamente parecido a éste) cuando algún varón pío (era impensable que una mujer refiriera semejantes experiencias) se lamentaba de haber cedido a sus impulsos y haberse entregado al ilícito comercio carnal. Por otra parte, hoy en día es muy probable que todo lo que acabo de decir resulte incomprensible para cualquiera que no esté un poco entrado en años, ya que, como mucho, lo del “ilícito comercio carnal” nos hará pensar en intoxicaciones por clembuterol o en la encefalopatía espongiforme y la palabra “pío” nos sonará a ornitología, así que este párrafo introductorio parecerá que anuncia una digresión sobre veterinaria. Además, con deliberada ambigüedad, he usado la expresión “me he revolcado en el fango” en relación con el comercio, pero en este caso no con el “carnal”, sino con el comercio a secas. Total, que he hecho un pan como unas tortas.

Así que me explicaré: siento un profundo rechazo por los centros comerciales. Me aturden el gentío, la música ambiente y los tomatazos de color que lo bombardean a uno desde los escaparates con el apoyo táctico de esas luces irritantes que te hostigan desde todos lados y en casi todas las frecuencias del espectro visible. No me tengo por puritano, ni mucho menos, pero tales lugares me recuerdan a los “sepulcros blanqueados” que mencionaba Jesucristo refiriéndose a los fariseos. Y es que, en efecto, aquéllos sólo se muestran auténticos vistos muy temprano, desde la tramoya. Entonces es cuando uno puede ver a los carretilleros arriba y abajo, entregando el veneno que en un rato empezará a servirse en los centros de “restauración” (término anticipatorio de la restauración de verdad que, en su caso, tendrá lugar más tarde y en la medida de lo posible en los centros sanitarios) y a los empleados que a veces discuten con ellos mientras, con gestos rápidos y bien entrenados, revientan el cartonaje, lo esconden de las castas miradas del público y, con el material recibido, ceban sus explosivos y cargan sus armas de destrucción masiva antes de que el brillo del espectáculo invada el lugar. Siento todo ese rechazo hacia ellos, pero no por eso dejo de servirme de los centros comerciales de vez en cuando, como todo hijo de vecino.

El caso es que en una de mis últimas visitas, nervioso, con cierta repugnancia, mirando receloso a un lado y a otro, como suelo en esas circunstancias, me di cuenta de que ya no estaba lo único que me hacía gracia de esa sucursal del averno: el oso de peluche gigantesco que hacía las veces de “relaciones públicas” de la tienda Natura. Pero, es más, es que la propia tienda había desaparecido, reemplazada por un negocio de móviles, creo. Poco después supe, para mi desconcierto, que el Natura y su oso habían dejado de formar parte del paisaje del centro comercial desde hacía mucho tiempo y yo ni me había dado cuenta.

Es decir, no es simplemente que habían cambiado los elementos de uno de los comercios, sino que el propio comercio había sido sustituido por otro diferente, pero para mí todo el tiempo había seguido siendo “mi” centro comercial. Lo cierto es que, a lo largo de casi treinta años, no sólo habían cambiado incontables veces los productos vendidos por cada tienda, ni únicamente habían cambiado los propios comercios, como si las células de un organismo vivo decidieran de repente variar su función, es que el espacio físico del interior del complejo se había redistribuido en muchas ocasiones y, por si fuera poco, el exterior también, ocupando generosamente (es un decir) los terrenos colindantes. Y aun así seguía siendo el mismo centro comercial. Igual que alguien sigue siendo un familiar o un vecino con gafas o sin gafas, con el pelo negro o blanco, con andador o sin andador o con más o menos tripa.

En relación con este asunto Erwin Schrödinger (sí, el físico del pobre gato), dio rienda suelta una vez más a su susceptibilidad  filosófica y destacó la importancia de la forma sobre la materia:

En mi escritorio tengo un pisapapeles de hierro, una estatuilla de un gran danés echado, con las patas cruzadas. Conozco esta figura hace muchos años porque la veía en el escritorio de mi padre cuando era pequeño y no alcanzaba la mesa. Muchos años después, a la muerte de mi padre, me quedé con la estatuilla porque me gustaba, y la utilizo. Me ha acompañado a muchos lugares y se quedó en Graz cuando, en 1938, tuve que marcharme a toda prisa. Pero un amigo que conocía mi querencia, la recogió y la guardó, y hace tres años, cuando mi mujer hizo un viaje a Austria, me la trajo, y aquí está otra vez en mi escritorio.

Estoy convencido de que es el mismo perro, el que vi por primera vez hace más de cincuenta años en el escritorio de mi padre. Pero ¿por qué estoy seguro de ello? Es claramente la forma o la hechura (en alemán Gestalt) la que determina su identidad sin lugar a dudas, no el contenido material. Si el material hubiera sido fundido para darle forma de hombre la identidad hubiera sido mucho más difícil de determinar. Y lo que es más: incluso si se estableciera sin lugar a dudas la identidad del material, tendría muy poco interés. Probablemente no me importaría mucho la identidad de esa masa de hierro y diría que mi recuerdo ha sido destruido. (1)

Con todos mis respetos a este pionero de la mecánica cuántica, la relación entre la identidad y la forma que plantea despierta la tentación de utilizar aquí el mismo tono irónico que empleaba Aldous Huxley al tratar la esencia de la vida. Huxley se refería a cómo algunos metafísicos habían despachado el problema aludiendo a un supuesto “élan vitale” (impulso vital) y proponía explicar el funcionamiento de la máquina de vapor en análogos términos como el efecto del “élan locomotive”.

Vista la impermanencia de la propia forma de las cosas, me parece que ahonda más en el problema la reflexión del maestro Zen Teisen Deshimaru al ser preguntado por el ego:

He explicado que no tenemos numen. El ego cambia de un instante al otro. Hoy no es el mismo que ayer… Nuestro cuerpo cambia, nuestras células también. Cuando se toma un baño, por ejemplo, todas las células muertas de la piel se van por el desagüe. Nuestro cerebro y nuestro espíritu cambian. No son los mismos desde la infancia hasta la madurez.

¿Dónde existe el ego? Es uno con el cosmos. No es solamente el cuerpo o el espíritu. Nuestro ego es Dios, Buda, la fuerza cósmica fundamental. (2)

De donde yo entiendo que no existe en nada una forma sustancial y que, por tanto, no puede uno agarrarse a nada para explicar la individualidad de cada cosa, lo cual, si bien se mira, tampoco es que aclare mucho.

Volviendo al oso, al Natura y al lugar que hasta hace poco consideraba como una especie de templo dedicado al Anticristo, últimamente me asalta la duda de si, con esa individualidad que mantiene impasible ante la impermanencia de sus elementos, la “insustancialidad” del centro comercial no encierra un significado mucho más profundo del que yo, desdeñosamente, le adjudicaba.

¿Es el centro comercial una transposición del alma humana en la colectividad? ¿Contienen esos “refugia pecatorum” de fin de semana el embrión de un cuerpo colectivo tan evolucionado que cada una de sus “células” puede cambiar a capricho sin que se perturbe la identidad y la armonía del conjunto? ¿Debemos inclinarnos con respeto ante el Black Friday, los Reyes y las Rebajas como ritos religiosos de iniciación que constituirían auténticas versiones posmodernas de los Misterios de Eleusis de la antigua Grecia? ¿Ese vacío estomagante que me transmitía la sola mención del centro comercial escondía realmente algo tan grandioso como la vacuidad cósmica de que nos habla Deshimaru? ¿O aquí el único vacío que hay es el que está encerrado entre mi frontal y mi occipital? No, no hace falta contestar. El avispado lector ya habrá captado que se trata sólo de una pregunta retórica.

 

(1) Ciencia y humanismo Erwin Schrödinger Cuadernos ínfimos 126 Tusquets editores

(2)  Preguntas a un maestro Zen  Teisen Deshimaru  RBA


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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