EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS

“El que mate al más próximo y del que se dice que es el más querido de todos, ¿qué pena debe sufrir? Me refiero al que se mate a sí mismo, impidiendo con violencia el cumplimiento de su destino, sin que se lo ordene judicialmente la ciudad […], sino que se aplica eventualmente un castigo injusto a sí mismo por pereza y por una cobardía propia de la falta de hombría […]”

Platón. Libro de las Leyes

“[…] y el que, en un acceso de ira, se degüella voluntariamente, lo hace contra la recta razón, cosa que la ley no permite, luego obra injustamente. Pero ¿contra quién? ¿No es verdad que contra la ciudad, y no contra sí mismo? Sufre, en efecto, voluntariamente, pero nadie es objeto de trato injusto voluntariamente. Por eso también la ciudad lo castiga, y se impone cierta pérdida de derechos civiles al que intenta destruirse a sí mismo, por considerarse que comente una injusticia contra la ciudad”

Aristóteles. Ética Nicomaquea

Hoy en día es probable que palabras como estas nos resulten muy perturbadoras. Sobrecoge la falta de empatía que hace falta para ser capaz de disociar, como separándolas con un bisturí, la desesperación de una persona de la violencia que puede llegar a hacerse a sí misma cuando el sufrimiento le resulta insoportable, como si esto último fuera un acto criminal. Casi nos inspira otro tanto rechazo la concepción del ser humano que contempla a éste como un mero engranaje al servicio de las necesidades, las expectativas o los valores en los que quiere verse representada la comunidad. Y todo ello más aún, si cabe, teniendo en cuenta que esas actitudes provienen de quienes consideramos cumbres del pensamiento occidental por haber sido capaces de expandir el horizonte de nuestra comprensión del mundo.

Lo cierto es que el peso aplastante de una concepción ideológica que condena con rotundidad el suicidio se ha transmitido a través de los siglos con una intensidad que sólo en tiempos relativamente recientes ha empezado a remitir. En la Roma tardía, en línea con las ideas de Platón y Aristóteles, el emperador Constantino estableció la confiscación de los bienes de la familia del suicida para compensar al Estado por la pérdida de un ciudadano. Ello, a su vez, de la mano del cristianismo, para el que la vida humana es algo que sólo está en manos del Señor dar y quitar (esto último también podían hacerlo quienes ostentaban el poder público legitimados por Aquél); por tanto, el suicida cometía una afrenta directa contra Dios. Desde mi punto de vista, sigue habiendo en esta postura una concepción patrimonialista de la persona en la que únicamente se ha introducido una mera transposición formal de lo “estatal” a lo divino como “propietario” de cada individuo. Recuerdo una referencia en Vallejo-Nágera (“Ante la depresión”) a legislación del Antiguo Régimen conforme a la cual al suicida torpe que sobrevivía lo “remendaban” como podían, para luego ejecutarlo públicamente de peor manera…

En la sociedad actual, ya pasada por la Ilustración, predomina el rechazo al suicidio, quizás “dulcificado”, si es que cabe aquí el uso del término, por la consideración del suicida, en la mayoría de los casos, como un enfermo mental. De cualquier forma, nadie va a hacer sentirse cómodo a quien defienda el derecho a decidir sobre el fin de la propia vida como una opción vital más y, desde luego, la ayuda, o incluso mera incitación, para poner en práctica tal decisión está severamente castigada por la legislación penal de casi cualquier país.

Supongo que lo anterior no deja de ser un corolario de la necesidad de preservar los mimbres de la sociedad. En efecto, una de las exigencias del proceso de construcción de la civilización es la capacidad de cada individuo de aceptar un cierto nivel de sufrimiento (a veces bastante) y de posponer la recompensa (a veces hasta llegar al más allá). Desde esa perspectiva, cualquier vía de liberación del sufrimiento físico, mental o existencial puede ser vista como una amenaza para la necesidad de aceptación que constituye la base de la estabilidad social. Vuelve a salir a la luz el fantasma omnipresente de la consideración patrimonialista de la persona.

En medio de lo que a algunos ya nos viene pareciendo un erial dogmático, la película “La fiesta de despedida” es un pequeño islote de verdor por su capacidad de transformar la dureza del sufrimiento que conduce a la eutanasia en una historia de sensibilidad y apoyo mutuo con trazos de humor negro, utilizando la empatía como una especie de piedra filosofal en esa transmutación. En una residencia de ancianos de Jerusalén la esposa de un enfermo terminal pide a su grupo de amigos que ayuden a morir a su marido, según los deseos de éste. Para ello, entre disensiones internas, construyen una máquina de eutanasia que acabará arrastrándolos a todos mucho más lejos de lo que piensan, entre retazos de humor negrísimo. Llama la atención cómo, en un país tan religioso como Israel, se ha podido producir una película así. La trama inserta delicadamente la muerte y las propias decisiones al respecto en los engranajes de la amistad y el amor que siguen impulsando la vida hasta el último momento. En muchas ocasiones queda en manos del espectador la elección de si reír o llorar, tal vez una metáfora de nuestro potencial para decidir sobre la propia vida, si es que nos dejan. La película, con su naturalidad y frescura, termina dibujando un cuadro colorido utilizando pinturas negras y grises y nos ofrece un bálsamo contra el tremendismo, entre otras cosas porque no pretende sentar doctrina moral, sino que se limita a mostrarnos el recorrido emocional de los personajes y, singularmente, el tránsito de algunos desde perspectivas “metafísicas” a otras más “existenciales”.

Y es que, quizás, cuando hablamos de las decisiones sobre la propia vida, ese tránsito de las consideraciones puramente metafísicas o ideológicas a una visión más centrada en lo existencial constituye una tendencia incipiente en nuestra sociedad. Yo también estoy convencido de que la resolución de los dilemas morales no puede estar basada en nuestra capacidad de hacer geometría de conceptos abstractos, porque esa capacidad sólo está en manos de unos pocos, como Platón y Aristóteles; sin embargo, por definición, lo que uno haga “por argumento de autoridad”, sin entender plenamente la razón (y entender “plenamente” implica sentir y asentir), no tiene nada que ver con lo que consideramos una decisión moral.

El que la vida sea un privilegio milagroso no nos obliga a asistir por decreto a una romería diaria en su honor hasta que un tercero tenga a bien sacarnos en volandas de allí, cuando esa fiesta para nosotros ya ha dejado de serlo.

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¿POR QUÉ JUSTO A MÍ ME TOCÓ SER YO? (y 2)

Ver: ¿POR QUÉ JUSTO A MÍ ME TOCÓ SER YO?

¿Y si el “ser” de todo aquello con lo que interactuamos no fuese más que una expresión de su propia voluntad de ser y de mantenerse en el ser? En ese caso, la voluntad sería intrínseca al mundo inanimado; es más, sería tanto como la esencia de todo lo que existe. El objeto que nos opone resistencia o el rayo de luz que nos deslumbra estarían mostrando en esas interacciones su voluntad de ser, de seguir siendo lo que son y de permanecer tal y como son, y esa expresión de voluntad podría entenderse como la manifestación más elemental del amor por uno mismo, propia de los entes inanimados.

El siguiente nivel estaría representado por la tendencia de todos los seres vivos a perpetuarse en el tiempo, replicándose en su descendencia.

Finalmente, la forma más elevada del amor por uno mismo sería la que es capaz de experimentar el ser dotado de conciencia de su propia conciencia; en ese nivel, que es el que conocemos en el ser humano, el amor por uno mismo puede llevar a una persona a poner en riesgo su propia existencia física con tal de preservar aquello con lo que se identifica, como sus principios o sus convicciones. También ese amor podría estar en el origen de la escritura, del arte y de la cultura en general, como medio de preservación de aquello que sentimos que nos caracteriza, más allá de nuestra propia existencia física (sobre las razones por las que la vivencia de amarse a sí mismo parece tantas veces haberse eclipsado entre nosotros, me parece muy interesante la obra de Erich Fromm).

Con arreglo a lo anterior, el amor por uno mismo sería consustancial a todo cuanto ha venido a la existencia y, como tal, ajeno a cualquier razonamiento lógico o a cualquier motivación de las que a veces tenemos necesidad de encontrar, por supuesto en vano.

Pero claro, de todo eso, como dijo en señalada ocasión un prócer de la patria “ni hay pruebas ni las habrá”. Por tanto, ¿para qué darle más alcance alcance que el de una mera intuición más o menos poética, o más o menos o mística, o, tal vez, simplemente etílica?

¿POR QUÉ JUSTO A MÍ ME TOCÓ SER YO?

Hace muchos años me tropecé con una pregunta, puesta en boca de una ensimismada Mafalda, que me dejó un poso profundamente perturbador: “¿por qué justo a mí me tocó ser yo?”

¡Cuántas veces me han venido a la cabeza el misterio y la energía que encierra esa pregunta! Es como uno de esos sueños que te atraviesan con su mensaje, hasta el punto de que sientes urgencia por expresarlo, pero, cuando tratas de hacerlo, el mensaje se desintegra y se te escapa igual que el agua entre los dedos. Hay algo en la pregunta de Mafalda que encierra un saber que huye de sí mismo.  

Hoy por hoy me quedo con esta imagen, inspirada por un libro cuyo título no recuerdo: el “mí” sería como una pantalla de cine, un elemento inalterable sobre el que se pueden proyectar incendios, terremotos e inundaciones sin que la tela se rompa ni se queme ni se moje; en definitiva, equivaldría a lo que llamamos “conciencia”. El “yo” sería esa otra entidad evanescente, de bordes móviles y difusos, hecha del conjunto de ideas, concepciones y actitudes (incluidas las relativas al propio “yo”) que nos caracterizan ante nosotros mismos y ante los demás; en definitiva, el resultado de estructurar de una manera “personal” los materiales que nos va suministrando el “mí”, la conciencia, “yo” que a su vez va condicionando los objetos a los que en lo sucesivo elegirá dirigirse esa conciencia. Es a través del “yo”, de la “persona” (en griego “máscara”) que somos, como nos relacionamos con el mundo y con nuestro propio mundo interior.

Cuando Mafalda se pregunta “¿por qué justo a mí me tocó ser yo?” me da la sensación de que, aunque aparentemente su inquietud está en si ese “mí”, su conciencia, podía haber “caído” en otro “yo”, en otro cuerpo físico rodeado de circunstancias diferentes, ella, más existencialista que metafísica, lo que en el fondo se está planteando no es si podría haber experimentado la vida “desde dentro” de otra persona, sino la búsqueda de un sentido para la vida que realmente tiene: ¿hay forma de darle sentido a lo que “me” pasa, a toda la experiencia vital que se proyecta en mi conciencia, o mi vida y, por tanto, la “persona” que he llegado a ser, no está hecha más que de las tiradas de los dados con que continuamente se entretiene el universo?

Hace años, mirando una montaña a lo lejos, sentí muy intensamente que, por muy antigua que fuera la montaña que en ese momento se estaba proyectando en mi “pantalla”, la “pantalla” lo era mucho más, hasta el punto de estar situada fuera del tiempo; sentí mi conciencia como un ente atemporal y, a la vez que individual, universal, igual que una ola que forma parte del mar, pero sin dejar nunca de distinguirse de éste. Eso equivaldría a atribuir a la conciencia individual un carácter de ente “espiritual” y autónomo y, por tanto, a dejar abierto el misterio de la vinculación de “cada” conciencia con cada “persona” y de por qué no hemos sido otro que el que somos. Pero, ni que decir tiene que la vivencia que tuve en aquel momento no fue otra cosa que una intuición acerca de mi propia conciencia que, obviamente, no asegura nada sobre su naturaleza.

La alternativa a esa espiritualidad sería que la conciencia fuese una propiedad más de las que son intrínsecas a la materia y entonces, desde el punto de vista de la relación entre el “mí” y el “yo”, la pregunta de “¿por qué justo a mí me tocó ser yo?” no tendría más sentido que la de “¿por qué justamente a mí me tocó pesar lo que peso?” Mi conciencia sería inseparable de mi “yo”, sólo tendría relación con las conciencias de otros a través de mi “yo” y su existencia terminaría con la de éste.

Lo cierto es que nadie ha visto jamás ninguna manifestación de conciencia sin un soporte material. Por otra parte, el dogmatismo de disociar de la materia todo aquello que consideramos elevado no sólo no tiene una justificación clara, sino que amenaza convertir al hombre en una sombra claudicante de la fuente de todas las cualidades que precisamente admiramos en él. Sin duda, históricamente tal dogmatismo nos ha llevado con mucha frecuencia a envilecer la vida y a nosotros mismos.

Realmente no puede existir una “razón” para amar. Si se ama por algo que se recibe del otro, eso no es amor, eso es un trueque. Tal vez por el sentimiento de vileza que nos da situarnos por debajo de la fuente de lo que nos hace humanos, o por otros motivos, no es extraño vivir, en el mejor de los casos, buscando infructuosamente razones para querernos a nosotros mismos, a la vez que perseguimos obstinadamente el amor de los demás, sin reparar en que, si el del otro es verdadero amor, también es, por definición “inmotivado”.

Creo que es en “Ética para Amador” donde Fernando Savater, hablando de estética, comenta que hay muchos motivos técnicos e históricos para dar más valor a “Las Hilanderas” de Velázquez que a un cromo de las Tortugas Ninja, pero que, si después de compartirlos, al otro le siguen gustando más las Tortugas, poco se puede hacer al respecto. Yo aquí formularé la cuestión al revés: no existen verdaderas razones para amarse a sí mismo, pero si queremos buscar algún estímulo que nos empuje por ese camino, quizás baste con pararnos a pensar que ese “yo”, la persona que “somos”, con todas sus luces y sus sombras, es precisamente el vehículo que permite al “mí” conectar con todo el conjunto de circunstancias impredecibles, extrañas y, aparentemente, tan improbables y frágiles que nos han permitido venir a la vida y permanecer en ella hasta ahora.

Foto: Wikimedia_Commons

 

LUCES Y CONTRASTES (EDITADO)

Salvo error mío, el universalismo es un pilar fundamental del mensaje cristiano, porque para el cristianismo no hay “pueblo elegido”.

Quizás este año, en una audaz pirueta dialéctica, la iluminación navideña de la ciudad de Madrid ha buscado expresar la armonía de las fechas venideras mediante una estética basada en fuertes contrastes.

Como decían los viejos y simpáticos romanos: “de gustibus et coloribus non est disputandum“.

 

LA SOMBRA (EDITADO)

Si un día, sin saber cómo, te encuentras atado a lomos de un caballo desbocado;

si al doblar una esquina te golpea la vista un paisaje de humo y ruinas y miras hacia atrás para buscar tus huellas, pero ya no hay esquina por la que regresar;

si sientes que, de pronto, un demonio emboscado lo ha recubierto todo con un manto de angustia y plomo que ya no tienes fuerzas para levantar;

si un extraño en tu alma te ha hecho mudar la piel y el verte en espejo te produce terror;

si te rompes los puños contra un cristal blindado y te niegas con rabia al tic-tac del reloj, y es que ambos te destierran de quien eras ayer;

si al sentirte enloquecer rezas, para irte rodeado de quienes, un día, te enseñaron a rezar como muestra de amor;

si anhelas estar muerto y no quieres matarte, porque en ti hay un rescoldo que ama la vida aún;

entonces, bendice el privilegio de estar abrazando a tu propia sombra, a la que siempre negaste.

HÉROES NACIONALES

Existe una enorme variedad de ensaladas: caprese, de innegable origen italiano; césar, que, pese a las apariencias, nació en Tijuana; waldorf, con claras resonancias neoyorkinas y, ¿cómo olvidarnos de la popular ensaladilla rusa, que dio a conocer en Moscú un cocinero de origen franco-belga, quien, por tanto, encerraba en sí mismo casi tanta mezcla como el propio plato? Todas son, básicamente, ensaladas, pero cada una de ellas nos regala sus propias resonancias nacionales.

Fundido y encadenado.

Has pedido cita a primera hora de la mañana porque tienes un día complicado y no quieres acumular retraso; cuanto antes entres, antes sales a atender tus ocupaciones. Como de costumbre, llegas un poco antes de tu hora, pero eso no te garantiza nada; ¡toca esperar…! Eres el primero de la lista, la consulta tiene la puerta abierta y el médico está dentro, solo; en el caso más favorable, es de suponer que está repasando en el último momento los historiales de los próximos pacientes citados.

Pero su soledad dura poco, porque enseguida el habitáculo galénico se ve salpicado por un goteo de visitas de quienes, por su vestimenta o actitud, parecen colegas del doctor cuya atención aguardamos ya con cierta ansiedad; debe de ser que ninguno de ellos encuentra mejor momento para departir con sus compañeros que mientras los pacientes los estamos esperando a todos ellos.

Ya casi pasan quince minutos de la hora asignada y uno empieza a preguntarse si el médico es consciente de que hay personas en la sala de espera y de que su tiempo también es importante; entonces decides exhibirte un poco paseando ante su puerta, a ver si de esta manera se da por aludido. Y sí, parece que se da; de hecho, la maniobra hubiera sido todo un éxito si no fuera porque la réplica por alusiones del doctor consiste en un escueto: “¡Espere! Ahora le llamaré”. ¿Cómo ser más directos con quien tiene en sus manos dedicar un poco más o un poco menos de tiempo a escucharnos para entender mejor lo que nos pasa o explorarnos de forma más o menos delicada y, por tanto, muy incómoda o no tanto?

Sí, pueden ser héroes capaces de tirar de “casta” y dejarse la piel uniendo fuerzas contra una amenaza común, pero, como las ensaladas, los héroes también dan testimonio de sus esencias patrias. Y aquí, querido lector, a cualquiera nos ponen una gorra de las que usaban los antiguos serenos y nos creemos teniente general.

Sí, estamos en el s. XXI, pero más vale no tener un encontronazo con el maestro, el médico, el alcalde o el comandante del puesto de la Guardia Civil. Deja que todos ellos sigan moviéndose por ahí como si estuvieran solos, si así les place, porque al final, es lo mejor para ti. Franco vive.

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DE PATRIAS Y BANDERAS (EDITADO)

Nunca he sido de patrias ni de banderas. No he sido de patrias, porque siempre he tenido la sensación de que se trata de un concepto que es más difícil de llenar que de usar; de hecho es tan fácil de usar como una pistola automática, pero llenarlo de algo con cierto sentido, eso ya es otra cosa. Lo de las banderas lo explico un poco más adelante, para quien quiera seguir leyendo.

En efecto, “patria” siempre me ha sonado a la clase de voz con que cualquier poder se propone convertir un país en caldera y, sobre todo, a las personas en el carbón que la alimente. Pero, en tal caso, ¿en qué consiste esa noción de patria que conlleva un desprecio absoluto hacia lo único que le podría dar sentido; los seres humanos que la integran? Obviamente, así considerada, la “patria” es sólo el envoltorio de un concepto vacío, es un “flatus vocis”, como dirían los escolásticos, o, hablando más vulgarmente, es el timo de la estampita.

Ahora bien, si nos detenemos ahí puede que nos pase como con otras ideas, como la de la muerte, por ejemplo. El no creyente quizás tienda, de buenas a primeras, a identificar la muerte con la “nada”, pero más pronto o más tarde la experiencia vital suele terminar por enseñarnos a todos que la muerte sí es “algo”, y puede ser algo tan pesado como una montaña; es una gran separación, un abismo insondable e insalvable. La vida termina por borrarnos las lecciones de lógica y nos demuestra que, para los seres humanos, la “ausencia” no llena, pero sí ocupa espacio, y mucho, y la “nada” sí es “algo” y hasta puede llegar a ser “demasiado”.

Pues lo mismo pasa con la patria; quizás uno sale fuera, toma distancia de su país, se relaciona con otras personas y se da cuenta de que sí hay “algo” que ocupa un cierto espacio y tiene un determinado peso detrás de lo que llamamos “patria” y empieza a sentir que pertenece a una colectividad, más o menos difusa, y que las vivencias acumuladas por esa colectividad durante los incontables siglos previos a su propia existencia individual se han condensado en él y le han dejado una especie de “poso existencial” que en cada momento va a condicionar la vivencia que tiene de sí mismo y del mundo que lo rodea.

Por ejemplo, para mí la “españolidad”, al menos hasta ahora, tiene más que ver con “sombras” que con “luz” y señala a un país tan ingrato con sus hijos más solícitos como una “madrastrona” de cuento; al ingenio, la falta de escrúpulos o la crueldad del condenado a sobrevivir; al empeño inútil en amoldar la realidad a los ideales; a la ira inextinguible de quien se siente eterna víctima de la Historia; al orgullo de aquél al que no le queda ninguna otra cosa en que apoyarse; a la rebeldía estéril contra el destino que quizás uno mismo se ha forjado; a las ocasiones históricas en que esa rebeldía ha sido capaz de explotar en forma de hazañas y creaciones que brillan como el sol; al aborregamiento frente al abuso, con tal de que no sea foráneo; al “yo me puedo reír de mí mismo, pero, ¡ay del que se atreva a hacerlo…!”; a la lucidez dolorosa de una eterna minoría; a un humor vtriólico, cínico, desengañado… Como en la fábula del elefante descrito por un grupo de ciegos, habrá quien “palpe” en la oscuridad e interprete lo que percibe como “una especie de tronco” (la pata), otros como “una gruesa serpiente” (la trompa), alguno como “una gran criatura delgada, plana y redondeada” (la oreja), pero todos estamos hablando del mismo animal, cada uno desde nuestra propia vivencia y, seguramente, sin posible acuerdo, porque nadie es capaz de abarcar la totalidad del elefante con sus brazos,  ni falta que hace, y esto último pienso que sería muy importante no olvidarlo.

Parece casi obligado no dejar pasar este 2020 tan extraño y triste sin un poco de la luz de D. Benito Pérez Galdos:

Por primera vez percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

En este hermoso pasaje de “Trafalgar” el escritor canario, por voz de Gabriel de Araceli, ejemplifica el paso de lo “objetivo” (el Rey, el Ministro, lo puramente institucional) a la subjetividad de lo más íntimo en la vivencia de la patria. Huelga señalar cómo el propio párrafo nos muestra que esa vivencia tiene un carácter, además de subjetivo, fuertemente histórico.

Creo que es en “Ética para Amador” donde Fernando Savater se refirió a la relación entre un padre y su hijo como algo, a la vez, tan universal como a la vez particular. Pues “patria” y “padre” comparten una misma etimología y esa es la razón por la que, como anuncié al principio, no soy de banderas. No soy de banderas porque la vivencia de la patria y de la influencia de ésta sobre uno mismo tiene para mí, al margen de una referencia universal borrosa, un carácter tan particular que todos necesitaríamos nuestra propia bandera para simbolizar la relación que cada uno mantiene con ese “poso existencial” recibido de todos los que nos precedieron. Como en el caso del paquidermo, inabarcable al tacto de una sola vez, no hay bandera oficial que pueda envolver esa herencia que hemos recibido.

Dicho lo cual, jamás me permitiría ultrajar una bandera, porque, por poco que éstas representen para mí, siento un profundo respeto por los sentimientos que millones de personas, desde sus propias vivencias, tan legítimas como la mía, tienen depositadas en tales símbolos.

Desconfío profundamente de quienes, en vez de combatir conductas concretas, atacan a las personas (y los sentimientos suelen ser un flanco abierto y doloroso para casi todos nosotros). Es más, no es que desconfío, es que les temo, porque creo que en la intención de destruir al otro late siempre un instinto depredador, convertido en la idea más o menos inconsciente, de que uno puede poner lindes y decidir quién no merece ser tratado como un ser humano. Y el que actúa así acaba por excluirse a sí mismo de la morada de los humanos, es decir, por volverse “inhumano” y convertirse en algo mil veces peor que cualquier cosa contra la que luche.

Paz a las personas y cuestionamiento a las instituciones.

Foto flickr

A TODAS ESAS PERSONAS APACIBLES

A esas personas fuertemente ancladas a la vida, aunque se muevan como una brisa suave entre nosotros

Y que, desde debajo, crean estabilidad a su alrededor sin que se note.

 

A los que son capaces de crecer no importa dónde, porque saben elaborar su propio sustento

Y, sin depender de los demás, siempre están dispuestos a reconfortar al que se les acerca.

 

A quienes, si tenemos la fortuna de encontrarlos, nos alegran en una travesía del desierto

Y pueden darnos tranquilidad y calma y frescor en cualquier erial.

 

A aquellos que simplemente existen, sin lucha o esfuerzo aparente

Y, sin embargo, nos inundan con su energía.

 

A esos seres humanos a los que basta y colma la simplicidad

Y ni siquiera saben lo que es el aplauso ni entienden la palabra “encima”.

 

A todas esas personas apacibles,

GRACIAS POR SER PLANTAS.

 

 

ELUCUBRACIONES AL HILO DE UN PASEO CANINO

A veces ve uno gente por la calle en modo multitarea: corren empujando el carrito del bebé mientras escuchan música y, además, van arrastrando a su perro para que éste se tenga por paseado. En verano, el pobre animal suele correr exhibiendo una lengua que parece una loncha de jamón de York mientras su boca chorrea saliva como un congelador desenchufado.

Entonces uno se plantea si no estaremos dando a nuestro “mejor amigo” el mismo trato que Aristóteles justificaba hacia las mujeres, los esclavos y los trabajadores manuales, al entender que éstos, incapaces de elegir por sí mismos, debían ser sometidos a la voluntad de los “hombres libres”. ¿Algún día nos revolveremos en la tumba ante el juicio de vengan detrás sobre comportamientos nuestros que hoy encontramos incluso simpáticos? ¿Hasta qué punto deberíamos considerar a otros seres, ya que no nuestros semejantes, sí al menos nuestro “prójimo”, es decir, aquellos que están “próximos” a nosotros?

A primera vista la diferencia entre el hombre y el resto de los seres es notable: ningún animal tiene la capacidad de “hacerse a sí mismo” que tiene una persona. ¿La prueba? Que los animales no tienen Historia y nosotros sí (más o menos vergonzosa en muchos momentos, desde luego, pero eso es harina de otro costal). Lo anterior apunta, probablemente, a un nivel de conciencia más limitado en el simpático “Ron” o en el nervioso “Ares” que en sus respectivos dueños.

En efecto, postulaba Bergson que la conciencia humana nunca pasa dos veces por el mismo estado e indicaba que, por ejemplo, tras dos horas contemplando un objeto inmóvil, uno tendrá la conciencia del objeto, a la que hay que añadir la conciencia de las dos horas que lleva mirándolo. Nuestra “conciencia de conciencia” hace que ésta se vaya “enrollando sobre sí misma” como si fuera una alfombra de gala. A su vez, no es descabellado pensar que esa conciencia de cambio interior haya influido en el desarrollo de nuestra voluntad: si al enfocar mi conciencia sobre mí mismo soy capaz de provocar un cambio interior, también quiero cambiar el mundo exterior.

Y finalmente la conciencia, junto con la voluntad de cambio que la acompaña, constituyen el motor de la Historia. Pero los animales no tienen Historia, así es que probablemente no tienen la conciencia de su propia conciencia que caracteriza al ser humano (al menos como facultad en potencia, aunque no se esté manifestando siempre).

Ya, ¿y no podría ser que los animales tuvieran un mundo interior similar al de los humanos? ¿Y si también existe en ellos una conciencia “de alto nivel”, pero la voluntad que la acompaña no puede manifestarse por falta de una “infraestructura” idónea para expresarla y por eso las personas- a excepción del Dr. Doolittle- no la percibimos?

Sí, teóricamente eso podría ser, pero no veo por qué la naturaleza habría de gastar energías en un nivel de desarrollo neurológico totalmente inútil, por falta del canal físico necesario para darle uso.

Ahora bien, el hecho de que los animales, según todos los indicios, no tengan un nivel de conciencia comparable al nuestro (conciencia de conciencia), ¿es un motivo para hacer con ellos lo que nos venga en gana? ¿No hay otras manifestaciones psíquicas en que puedan compararse a nosotros o incluso superarnos a la mayoría? ¿No hay perros que se dejan morir de inanición cuando pierden a su amo? Con toda probabilidad el animal tenía su subsistencia asegurada por otras personas del mismo círculo familiar, así que semejante dolor puede estar expresando un amor que está a años luz de los apegos humanos hacia los demás en pro de su supervivencia.

Además, el que el hombre haya desarrollado un grado de conciencia y voluntad que le permite modificar su entorno, ¿lo convierte en dueño del mundo? ¿Podemos tratar al planeta y a todo lo que contiene como granja, sembrado, cantera o vertedero sin más límite que su agotamiento, sólo porque entendemos que eso es lo que estamos haciéndo? ¿No es más razonable pensar justamente lo contrario?

El estar en posición de hacer algo no supone ostentar el derecho de hacerlo. Ya lo puso de manifiesto Rousseau en un momento de profundo cambio histórico: el ejercicio del poder no es señal de que tengamos derecho al mismo. Si no, ¿qué clase de derecho es ese que desaparece en cuanto otro nos lo arrebata por la fuerza?

Por otra parte, ¿no sería en el fondo contradictorio fundar el derecho a dominar a otros seres en nuestro mayor nivel de conciencia? Parece que quien pretendiera tal cosa, precisamente estaría mostrando una falta de conciencia en relación con cuanto lo rodea que, en el mismo acto de afirmar su derecho, lo estaría privando de él.

Finalmente, una vez citados tan ilustres filósofos como Rousseau o Bergson, pecaría de deslealtad si me olvidara del héroe favorito de mi infancia y me dejara en el tintero que una manifestación de nuestra humanidad es la capacidad de comprender que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Sí, al mencionado principio le dio su formulación más popular el tío Ben en un momento de comunicación afectiva con su joven y aún alocado sobrino Spiderman.

Y, llegados uno a este punto, uno empieza a sospechar que, probablemente, todo cuanto antecede no es más que una reflexión baldía, porque a lo mejor se te cruza un perro al que dejan ir más a su aire y, por algún motivo, le llamas la atención y se te acerca y se te queda mirando y tú lo miras a los ojos y detrás de ellos ves un alma.

Entonces te das cuenta de que quizás el supremo poder del ser humano no es más que el de engañarse sobre quién es y cuál es su lugar y de que es posible que, mientras yo le estoy dando vueltas a todo esto con mis andares desgarbados, cualquier par de canes ocupados en su coloquio, como los cervantinos Cipión y Berganza, interrumpen éste al verme para comentar que “ese pobre humano debe de estar abandonado, porque no va con él ningún perro que lo saque a hacer deporte”.

 

 

nada

Su hija bullía dentro del castillo de tubos de plástico transparente instalado en la zona infantil de la hamburguesería, mientras él permanecía ausente en una mesa próxima, acompañado de tres bandejas de plástico con tres vasos de papel vacíos, el amasijo de envoltorios de las hamburguesas y algún hielo que iba por libre.

La comida, la mala noche y el cansancio de toda la mañana de compras por el centro comercial lo habían sumido en una ensoñación que lo transportó, volando como un diente de león, hasta un universo alternativo. En esa ucronía él no se habría sentido perdido y aterrorizado de repente, como un buceador que pierde la orientación en un túnel submarino y ya no sabe si cada brazada que da tratando de salir lo lleva de vuelta a la plenitud de la vida o es un firme paso más hacia la tragedia. Y, en el peor de los casos, habría luchado a brazo partido contra los embates de ese espectro que él tomó por la llegada de su “madurez” y que lo inmovilizó con sus garras como un vulgar depredador. Allí tampoco habría renunciado a su pasión, disfrazándola de pasatiempo. Pero, sobre todo, no se habría acabado alejando de aquella chica que era en sí misma una frase musical, con la que compartía todo un universo creativo, cuando ya no pudo soportar más su cara de reproche y de tristeza, porque ella sabía que él estaba traicionando su sensibilidad, encerrándose en un torreón y a punto de tirar la llave al mar.

Cuando llevaba un rato en ese territorio, una incómoda descarga de conciencia lo devolvió al mundo que figura en los mapas y le hizo volver a enfocar la vista en lo que lo rodeaba, mientras maldecía esos mapas que ya sólo servían para señalarle cuánto se había extraviado.

Entonces la vio salir de los servicios. Tenía la sensación de que a cada paso que daba sus tacones iban a agujerear el suelo; el peinado del pelo color caoba le sugirió una llamarada brotando de su cabeza y sus labios, pintados de un rojo violento, terminaron de transfigurar a esa mujer en un incendio ambulante. Al llegar a la mesa, su esposa le dijo: – ¿No la estás mirando?

– Sí, bueno, la he estado mirando todo el rato… Justamente ahora me había distraído un momento – trató él de salir del paso y, al sentir en su propia respuesta que estaba perdiendo pie, con fingida despreocupación añadió: – Además, la niña está bien ahí, no hay nada peligroso. No le va a pasar nada, mujer, no la agobiemos -.

– Dile que salga, que nos vamos – cortó ella.

– Mira qué entretenida está, déjala un rato más – intercedió él, sintiendo en su cuello y hombros una tensión creciente.

 – Todavía tenemos compras que hacer; quiero aprovechar el día. Si no, entre unas cosas y otras luego nos dan las tantas.

– ¡Venga, hombre! ¡Que hoy es día de fiesta! – se aventuró.

– Sí, ¿y mañana por la mañana la vas a levantar tú para ir al colegio?¡Qué fácil es hablar cuando a uno no le toca hacer las cosas! –

Él no contestó; necesitaba todas sus energías para ponerse en pie e ir a llamar a la niña, porque cada movimiento le exigía un esfuerzo sobrehumano.

– ¡Nora! ¡Nora! ¡Ya, hija, que nos vamos!

Nora miró de reojo un instante, fingió no oír y continuó su recorrido por el tinglado de tubos.

– ¡Venga, Nora! ¡Ya está bien! – insistió él.

– ¡Nora! ¡O bajas ahora mismo o te quito el juguete que te han dado con la comida! – se sumó ella, para inmediatamente añadir, mirándolo a él – Si se manda algo a un niño y no obedece, esa conducta tiene que tener consecuencias; no se puede estar pidiendo lo mismo treinta veces –. Y antes de terminar la frase ya se retiraba a la mesa, dándole la espalda.

Él continuó malgastando su aliento con Nora durante un rato, hasta que al fin su esposa se aproximó de nuevo, exasperada, y le requirió que fuera a buscar a un responsable del establecimiento para que abriera el castillo y sacara a la niña de allí de una vez.

– ¿Por qué no vas tú – sugirió él, procurando disimular el punto de ronquera que empezaba a asomar en su voz – y yo me quedo aquí? Si nos ve desaparecer a ambos, a lo mejor se asusta y se pone a llorar, o se cae … -.

– Yo ya he ido antes a que me cambiaran el juguete del menú infantil y casi discuto con ellos. ¡En los sitios cada vez son más bordes con los clientes! Haz el favor de ir tú, que parece ser que le eres tan simpático a todo el mundo … –

Mientras se dirigía al mostrador era como si a cada paso tuviera que vencer la resistencia de los hilos tenaces y pegajosos de una gigantesca tela de araña invisible. ¿O no había ninguna tela gigantesca, sino que él era sólo un bichito insignificante? – Gregorio Samsa, la próxima vez que encargue tarjetas de visita en el trabajo voy a decirles que mi verdadero nombre es Gregorio Samsa – bromeó consigo mismo, y sonrió interiormente. ¿Y si todo aquello no era más que una pesadilla? ¿Y si bastaba con decidirse a estirar los brazos e hinchar el pecho para que saltaran despedidas todas esas ataduras ridículas que lo atenazaban? ¿O quizás era un ser tan insignificante que, en el fondo, estaba seguro, porque podía escaparse por los huecos de cualquier tela de araña? – ¿Es que no soy capaz de pensar cosas normales? – se reprochó a sí mismo al salir nuevamente de su ensoñación y pasar a activarse en “modo conflicto”, ya cerca del mostrador.

No sin cierta incomodidad desfiló ante la cola de gente esperando para hacer sus pedidos y se dirigió a una chica de piel y acento inequívocamente foráneos, disfrazada con el uniforme de la cadena de hamburgueserías, mientras las miradas de todos parecían murmurar al unísono una amenaza: “¡atrévete a colarte …!”

– ¡Oiga, por favor! ¿No hay un encargado de la zona de juegos? Mi hija se ha quedado dentro del castillo y parece que la pobre no acierta a salir – mintió ligeramente.

– “Loh padreh o acompañanteh deben asese cago de loh niñoh” – contestó la empleada sin mirarlo, sumergida en la vorágine de pedidos y órdenes a la cocina, y acompañó su respuesta tajante señalando durante una fracción de segundo el cartel que contenía la frase que acababa de recitar.

Conforme recorría en sentido inverso el espacio que lo separaba de su esposa, una especie de camisa de fuerza le iba oprimiendo el pecho progresivamente. Pensó que era irónico sentirse abandonado a su suerte por alguien que quizás hacía poco se había visto en riesgo de expulsión por no tener papeles, o que tal vez ahora mismo estaba llevando una vida precaria sin ningún horizonte. – Desde luego hay dos universos – se dijo – , uno fuera de la cabeza y otro dentro, y no los separa el ridículo espesor de los huesos del cráneo, sino millones de años luz … -.

Entonces le vino a la mente, una vez más, su compañero Ramiro Fresneda, hasta esa misma semana responsable de Asesoría Jurídica en la empresa en que él trabajaba. Ramiro le había hablado muchas veces frente a la máquina del café del “pleito estrella” que consumía una buena porción de sus fuerzas: tiempo ha la compañía, en asociación con otras del sector, se había comprometido a aportar los fondos necesarios para sostener un gran proyecto pionero que los situaría a la cabeza del mercado. Pero enseguida se puso de manifiesto que aquel proyecto no era más que un Minotauro en versión moderna: un monstruo mítico, improductivo e insaciable, que, incapaz de autofinanciarse, no hacía más que consumir vorazmente todos los recursos que se le destinaban y exigir más. La cúpula de su empresa decidió que había que desvincularse de tamaño fiasco. Y ahí entraron de lleno los abogados y Ramiro Fresneda en su triple papel de piedra angular del equipo jurídico, amortiguador de todas las presiones que el proyecto generaba y pararrayos de la frustración de los altos ejecutivos de la compañía. En unas pocas semanas el conflicto se transformó en un pleito, que fue recorriendo todos los incidentes procesales imaginables e inimaginables y todas las instancias y recursos bajo la dirección de los bufetes de mayor prestigio. Las partes implicadas pusieron toda la carne en el asador en aquella batalla legal, con frecuentes alardes de estrategia procesal y sapiencia jurídica por parte de unos y otros, pero los tribunales hicieron oídos sordos a las pretensiones de la compañía una y otra vez y el martes pasado, por fin, les habían notificado la desestimación del último recurso del que disponían. – “Game over”; sólo queda “agachar cabeza” – le dijo Fresneda antes de arrugar su vaso de café vacío y encestarlo en la papelera. Entonces él visualizó la imagen de Ramiro agachando la suya para ponerla en el tajo del verdugo. Sabía que le esperaba un mal trago y sentía por él un gran afecto; se conocían desde hacía muchos años y congeniaban.

No se equivocaba mucho; en una reunión de responsables de departamento Ramiro trató de explicar el fallo definitivo y el Director General, con la arrogancia que solía gastarse con sus colaboradores, lo cortó en seco: – quiero saber la hora, no cómo se fabrica un reloj – y le exigió que pensara “algo”, “ya”, para evitar, “como sea”, tener que desembolsar los fondos. Hasta ahí lo esperable y a partir de ahí lo extraordinario: Ramiro miró al Director por un momento con aire sereno y reflexivo y a continuación le respondió que sólo somos dueños de la acción, no del resultado. Lo único que de verdad nos hace daño es la exigencia de nuestro propio ego de dominarlo todo. Cuando aceptamos que la vida es mucho más grande que nosotros mismos y dejamos de malgastar nuestras fuerzas en oponerle resistencia, se disuelve ese depredador que es nuestro ego y, con él, la fantasía de que son los demás quienes nos pueden dañar. Entonces es cuando nos hacemos de verdad indestructibles.

La eternidad se comprimió en un instante de silencio atónito de los presentes, desintegrado de pronto por el furioso golpe que dio en la mesa del Director General, al que siguió un torrente de improperios que ahogó una o dos exclamaciones de sobresalto del resto de asistentes. Mientras aquella fiera, apoyada en la mesa con los dedos engarfiados, estiraba su cuerpo como en la rueda del tormento en dirección a Fresneda increpándolo, éste ya se había puesto en pie y caminaba con paso elástico hacia la puerta de la sala sin alterarse, como si pisara nubes. Dos días después envió un correo electrónico a sus más allegados agradeciendo el tiempo que habían compartido y explicándoles que abandonaba la empresa en busca de otra clase de objetivos para su vida.

– Ha debido de írsele la “pinza”. Si no se hubiera puesto a desvariar de esa forma, al “Destripador” se le habría acabado pasando el cabreo; en el fondo sabía lo que valía Ramiro – comentaría el día después uno de los presentes.

– Efectivamente, valía mucho; pero aquí llevaba muchos años y lo tenía demostrado. Ahora en la calle y con su edad, Fresneda no es nada – sentenció otro compañero.

Curiosamente, escuchar ese siniestro augurio no le ensombreció el ánimo; antes bien, suscitó en él una ocurrencia tan extraña y liberadora que al principio le pareció un cuerpo extraño incrustado en su mente: “para llegar a ser de verdad alguien, primero uno tiene que hacer acopio de valor y abandonarse a no ser nada”, y al punto se sintió feliz por su ex – compañero Ramiro.

Al llegar de nuevo a la zona de juegos su mujer, sin moverse de la mesa, le dirigió una mirada inquisitiva y cargada de tensión. Él la evitó y se limitó a responder: – no hay encargado – y, con falsa resolución, se dirigió al castillo, sin saber muy bien qué iba a hacer a continuación. Para ganar tiempo, decidió improvisar: una flexión de rodillas y una aparatosa contorsión le permitieron introducir la cabeza y parte de un hombro hasta la altura del primer piso del castillo, donde Nora jugaba con otro niño. Su voz resonó grotesca dentro de aquella cavidad: – ¡Vamos, Nora! ¡Ya te hemos dicho que es hora de irse! –.

Nora se volvió hacia su padre y, tras lanzar una mirada traviesa a su compañero de juegos, ambos desaparecieron entre risitas por uno de los tubos.

Ninguna fuerza física le impedía salir de donde estaba, pero, por algún motivo, se sentía como un reo atrapado en un cepo medieval. – ¡Nora! ¡Nora! – continuaba gritando, simplemente por temor a disolverse si dejaba de actuar. Empezaba a sentirse inmerso en una especie de alucinación; la estrechez del conducto en que se había introducido le hacía cada vez más difícil respirar un aire cargado de los olores acumulados de tantos pequeños cuerpos y su propia voz llamando a su hija le retumbaba en los oídos como la de un extraño mientras, desde fuera le llegaban, distorsionados, los ecos de la discusión de su mujer con el encargado:

– Ahí no pueden pasar los adultos, ni se puede estar con zapatos sobre la alfombrilla, como hace su marido.

– ¡Pues haber entrado ahí uno de ustedes a sacar a la niña, que supongo que para eso están, y se lo llevamos pidiendo un buen rato!

Como en un sueño, el escenario de pronto era diferente y ahora, mirando al exterior a través de la curvatura de las paredes de plástico, él se había convertido en un astronauta en su traje espacial.

– ¡Y tú! ¿Qué haces ahí dentro? ¿Quieres salir de una vez? – le increpó ella.

¡Qué pequeña debía de verse la Tierra desde el espacio …! ¡Qué pequeños los volcanes, los terremotos, las peores fieras salvajes de las zonas sin civilizar del planeta y, por supuesto, cualquier otra persona …! Todo debía de resultar insignificante cuando se estaba allí suspendido, tan insignificante como uno mismo para quienes se habían quedado abajo.

No; de pronto tenía claro que si había algo que no quería era salir de ahí, como le exigía su esposa, y mientras las voces de fuera se transformaban en un murmullo que ya no le perturbaba, la sensación de evaporarse se volvió a la vez irresistible y liberadora y se sintió desaparecer entre los tubos del castillo como un soplo de aire.

No podría decir cuánto tiempo había pasado, sólo que tenía la impresión de haber atravesado como un fluido un túnel casi infinito hacia lo desconocido, cuando, de repente, tomó conciencia de que en realidad se encontraba dentro de un conducto estrecho de plástico en una posición inverosímil.  Entonces escuchó una llamada alegre:

– ¡Si te piensas quedar a vivir ahí dínoslo y quitamos tu nombre del buzón!

Una especie de deflagración en su cerebro lo empujó fuera del conducto de salida del castillo como el balín de una escopeta de feria, para clavar sus ojos en quien le hablaba; y allí estaban esperándolo entre risas, la chica que de verdad quiso, los hijos que en aquel otro universo no había tenido y la vida que allí no fue.

 

FIN

Foto Pixinio

 

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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