VÍCTIMAS (EDITADO)

Las esquirlas incandescentes disparadas al hacer chocar dos piedras logran prender un pequeño montón de hierbas secas; éstas inflaman unos trocitos de madera y estos últimos, a su vez, otros más grandes hasta que se enciende una hoguera; la hoguera, por su parte, permite ahuyentar a los depredadores y ayuda a proteger el poblado durante la noche. Unos troncos de árbol colocados con ingenio facilitan la subida de materiales pesados a un promontorio a través de la ruta con menor inclinación; la altura de este emplazamiento ofrece una sólida ventaja defensiva frente a los peligros que vienen del llano.

Como animales comparativamente lentos y débiles, sin pelaje, sin colmillos y sin garras, pero con unos pulgares estratégicamente situados en nuestras extremidades superiores, la única vía de salvación que nos quedaba era tratar de concatenar causas y efectos con el fin de ir aumentando exponencialmente nuestra capacidad de respuesta al entorno. Quizás por eso nuestro cerebro está diseñado para buscar la causa y la finalidad de todo lo que se pone a su alcance (que es, sin ir más lejos, lo que yo estoy haciendo en este preciso instante).

Freud, al postular la existencia del inconsciente, ya nos advirtió de la dificultad de conocer, no sólo la intención que alimenta las acciones ajenas, sino también, y quizás incluso en mayor medida, las propias. ¿Cómo podemos pretender, entonces, conocer la “intención” de algo tan cercano y, a la vez, tan abstracto y grandioso como la Naturaleza? Pero somos incapaces de evitar el intento.

Hay quien sostiene que la guerra puede haber sido un factor necesario para la evolución del cerebro humano. Supongo que tal afirmación apunta al desarrollo del ingenio y a la disposición al sacrificio que impone el conflicto bélico como un entrenamiento, un tanto paradójico, para potenciar las habilidades que hacen posible la vida en común. Esta perspectiva deja de lado los aspectos morales de la violencia para ver en ella un “plan” de la Naturaleza.

Puede ser. Pensemos por un momento en nuestro comportamiento actual, tratemos de disolver el barniz con que lo ha recubierto el hábito de lo cotidiano: un abogado aprende su profesión, se integra en un gran despacho, llega a socio director y deja de ser abogado para transformarse en un comercial de altos vuelos; un médico se entrena años y años en su delicado oficio, va escalando posiciones hasta convertirse en director de un hospital y pasa a gestionar presupuestos y camas; un ingeniero vuelve la espalda a todos los procesos físicos o químicos que han cimentado su formación y acaba luchando a mordiscos por mejorar la cuenta de resultados de una empresa importante. Todo eso puede ser el resultado de una deriva profesional natural y haberse vivido con la ilusión de lo nuevo. O quizás el protagonista de la ascensión ha pagado, literalmente, con su vida, al menos en lo laboral, el precio de generar a su alrededor la forma de “respeto” de que necesita rodearse para vivir protegido de sus inseguridades. Y es que, por lo general, ¿dónde situamos el juicio de Dios que sentencia a quién corresponde “desigualarse” de la masa y alzarse triunfador y a cuál permanecer quizás precario y siempre “amorfo”? ¿No es en la competencia, es decir, otra forma de lucha?

Ahora desandemos un largo camino en nuestro proceso evolutivo. ¿Resulta inverosímil pensar que en el proceso de separación de la animalidad necesitáramos reforzar la confianza en nosotros mismos demostrándonos mediante la violencia nuestra capacidad de control del entorno, como forma de distinguirnos de los animales? Eso explicaría por qué los vencidos que sobrevivían eran considerados, no como semejantes, sino como parte de ese entorno no humano sobre el que podíamos imponer nuestra voluntad, en tanto que humanos. El concepto de que hay algo universal en cada uno de nosotros que nos une “horizontalmente” era todavía demasiado abstracto, demasiado lejano.

La paradoja consistía en que el proceso de asimilación de nuestras propias características humanas, que nos separan de la Naturaleza, pasaba en cierta forma por convertirnos en bestias; quizás en ese punto un ego aquejado de la ceguera más absoluta era una enorme ventaja evolutiva. El efecto adverso de tal mecanismo de desarrollo ha sido la proliferación de comunidades divididas que necesitan el conflicto como aglutinante y, como motor de éste, la hipertrofia del ego de sus líderes. Todo eso, a su vez, fortalece las barreras interpersonales y favorece el enfrentamiento, en un círculo vicioso que perdura hasta hoy.

Ya en la antigüedad clásica Eurípides escribió poniéndose en la piel de las víctimas de la guerra y Séneca  se preguntó cómo es que los peores crímenes de un ciudadano particular, cometidos a gran escala y a instancias del poder público, glorifican a los generales. El cristianismo nació con vocación de universalidad, pero se cuidó de situar la igualdad a los ojos de Dios en un lugar suficientemente inaccesible como para asegurarse de que la explotación diaria de unos por otros no corría peligro. Desde luego, no podemos llamarnos pioneros en la empatía con los que lo han perdido todo, pero quizás en nuestros tiempos empieza a tomar fuerza la idea de que la compasión no basta y de que es preciso reparar las consecuencias de los conflictos reponiendo a las víctimas en su dignidad y sus derechos y tratando de restañar el daño hecho a la convivencia.  

En ese sentido, la comprensión mutua que puede generar el dolor compartido es quizá lo único capaz de hacer que los hombres, independientemente de su adscripción a no importa qué bando, se sientan semejantes y de actuar como semilla de la comprensión mutua; es tal vez el único puente capaz de elevarse por encima de las divisiones impuestas por la Historia, los intereses y la inercia de la inconsciencia.

Si es que la lucha tiene una finalidad evolutiva, tal vez su mecanismo de actuación haya cambiado y, cumplida ya su misión de alimentar nuestra capacidad de pensamiento lógico, reforzar el control de nuestra voluntad y disparar así nuestra confianza en el salto evolutivo que nos separa de los animales, ahora su propósito se haya desplazado al otro lado de la ecuación, pasando de los verdugos a las víctimas, para estimular esta vez la capacidad de empatía de nuestro cerebro y extender el sentimiento de semejanza y el impulso de colaboración entre las personas.

Parece lo único que permanece inalterable en el curso de la evolución es que cada uno de sus vástagos está destinado a liquidar a quien lo trajo al mundo; así, el desarrollo espiritual se cimentaría, al menos simbólicamente, en el parricidio. No en vano, la lógica paradójica es tan antigüa como Heráclito y resulta ocioso recordar que el papel simbólico del parricidio en el desarrollo de la personalidad ya fue señalado por Freud, uno de los muchos en recoger la antorcha de los clásicos.

Hay quien asegura que los dinosaurios no se extinguieron, sino que han sobrevivido como pájaros; pero lo cierto es que ya no son dinosaurios y que seguramente nos sentiríamos muy engañados si nos ofrecieran visitar el museo paleontológico y nos llevaran, por ejemplo, a la Laguna de Ontígola. Pero puede que el ser humano, capaz de cobrar conciencia del proceso, tenga también el privilegio de elegir su camino, de decidir si quiere seguir navegando el curso de la evolución sin dejar de ser lo que es o si prefiere que sus propias obras lo destruyan y sólo el eco de lo que fue se proyecte en el futuro. Y me parece que ahora estamos justo en esa encrucijada.

¿Es razonable alumbrar la esperanza de que incluso lo más atroz que pueda producir la naturaleza humana, cuando lo ilumina nuestra propia conciencia, se convierta en alimento de la semilla de progreso que le es inherente?

Foto: Pixabay

CONSEJO DE GUERRA

El Consejo de Guerra contra E.G.B. y Nemesio Presno Sanmartín se inició por denuncia de otro interno del campo de concentración en que ambos se encontraban recluidos. Los hechos sucedieron el 11 de agosto de 1938 y las actuaciones comenzaron el día 14 mediante informe del Instructor de la causa que recoge aquéllos como sigue:

Don R. M. F., Alferez provisional de Ingenieros… nombrado por la superioridad para abrir una información sobre el intento de evasión de los trabajadores E. G. B. y Nemesio Presno Sanmartín.

Expone: Que el trabajador A. G. B. ha declarado ante mí que ha tenido conocimiento directo de los deseos de deserción de Nemesio Presno Sanmartín y E. G. B. El expresado declarante conoce a los mencionados trabajadores desde el mes de febrero del corriente en cuya fecha convivió con ellos en el Campo de Concentración sin que durante largo tiempo descubriese el repetido declarante los indicados deseos. En Ciempozuelos, primera localidad de 1ª línea donde ha permanecido la compañía de trabajadores, Nemesio Presno propuso al declarante la evasión de los dos aprovechando momento determinado en el que el Cabo de la escolta permanecía algo alejado de ellos. A. G. se limitó a negarse en absoluto y a hacerle las observaciones que creyó oportunas. El día de ayer E. G. le hizo análoga proposición por los llanos de San Martín de la Vega a lo cual contestó el declarante con las reconvenciones que estimó pertinentes y comunicándolo al Cabo M., de su escolta….

Los mencionados Nemesio y E.G.B. fueron procesados en causa sumarísima ante el denominado Consejo de Guerra Permanente, que señaló la vista para el siguiente día 15 de agosto de 1938 a las cinco de la tarde, en la Plaza de Pinto.

El acta del juicio recoge sucintamente las intervenciones de las partes:

ACTA

… en el día, hora y Plaza señalados el Fiscal mantuvo el hecho acusatorio constitutivo del delito de adhesión a la rebelión previsto en el párrafo 2 del art. 238 del Código Castrense, solicitando para cada uno de los procesados la pena de muerte, ya que concurrían en la comisión de los hechos las agravantes de peligrosidad y trascendencia de los mismos.

El Defensor en su Informe manifiesta que no es posible enmarcar dentro de una norma legal la defensa de sus patrocinados por lo que necesariamente ha de apelar a los sentimientos de hombres cristianos y generosos de los componentes del Consejo, remitiéndose al fallo del mismo.

Los acusados en sus manifestaciones coinciden en negar las acusaciones sumariales.

A continuación transcribimos la sentencia, que proporciona algún detalle más sobre las circunstancias en que tuvieron lugar los hechos enjuiciados:

SENTENCIA:

En la Plaza de Pinto a quince de agosto de mil novecientos treinta y ocho. III Año Triunfal; se reunió el Consejo de Guerra Permanente para ver y fallar el procedimiento sumarísimo de urgencia instruido contra E. G. B., de veintinueve años, soltero, jornalero natural y vecino de Quirós, y NEMESIO PRESNO SANMARTÍN de 25 años, fontanero, natural y vecino de Vegadeo. Dada cuenta de las actuaciones por el Secretario, oídas la acusación Fiscal y la Defensa así como las manifestaciones de los procesados y

RESULTANDO: Que de las diligencias practicadas aparecen los siguientes hechos que por el Tribunal se declaran probados: que E. G..B. y Nemesio Presno Sanmartín, que sirvieron como soldados en las filas rojas, el primero de los cuales había sido herido, fueron hechos prisioneros al liberarse Asturias por el Ejército Nacional siendo destinados a la 2ª Compañía del Batallón de Trabajadores nº 42, perteneciendo a la cual intentaron pasarse a las filas rojas lo que no pudieron hacer por haberlos denunciado A. G. B. a quien animaron para que los acompañase.

CONSIDERANDO: Que los hechos que se declaran probados son constitutivos de un delito de Adhesión a la rebelión previsto y sancionado en el párrafo 2º del art. 238 del Código de Justicia Militar en relación con el apartado B del art. 3º del Bando Declarativo del Estado de Guerra de 11 de febrero de 1937, y de dicho delito ha de considerarse autores responsables criminalmente por su intervención voluntaria a los procesados E. G. B. y Nemesio Presno Sanmartín, siendo de apreciar en la comisión de los hechos las circunstancias agravantes de la responsabilidad criminal de peligrosidad y trascendencia de los hechos.

CONSIDERANDO: Que toda persona responsable criminalmente de un delito lo es también civilmente y que en cuanto a la exigibilidad de la misma a de estarse a lo que preceptúa el Decreto-Ley de 10 de Enero del pasado año.

Vistos los preceptos legales citados y demás de general y concordante aplicación del Código Castrense y del Penal común.

FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a la pena de muerte a E. G. B. y NEMESIO PRESNO SANMARTÍN, como autores de un delito consumado de Adhesión a la rebelión con la concurrencia de las agravantes de peligrosidad y trascendencia, declarándoles civilmente responsables en la forma preceptuado en el Decreto-Ley de 10 de enero de 1937.

Así por esta nuestra sentencia lo pronunciamos y firmamos.

A partir de ahí los acontecimientos siguieron su curso, inexorables como la ley de acción y reacción y rápidos como las balas: el denominado Auditor de Guerra confirmó inmediatamente la sentencia, haciendo constar que:

Los hechos recogidos en la sentencia se ajustan con certeza a los que se desprenden de la investigación procesal, pudiendo afirmarse que la rapidez del proceso en nada se opone a la justa apreciación de la realidad sumarial, racional y metódicamente analizada por los Juzgadores en la declaración de hechos que se estima probados.

La calificación legal que de los mismos se hace es atinada y está perfectamente encuadrada en las disposiciones que en la sentencia se citan, siendo la pena impuesta la que al delito corresponde con aplicación acertada del arbitrio judicial concedido a los Tribunales Militares por los artículos 172 y 173 del Código de Justicia Militar ante la específica concurrencia de circunstancias de peligrosidad de los culpables y trascendencia de los hechos por ellos realizados.

Poco después la Jefatura del Estado confirmaba telefónicamente la orden de ejecución. La vista del juicio sumarísimo había comenzado hacia las cinco de la tarde y unos minutos después de las nueve de la noche las vidas de E.G.B. y Nemesio Presno Sanmartín ya eran humo.

Los condenados contribuyeron a llenar el océano dantesco de la Guerra Civil con dos gotas de agua. El tiempo transcurrido, la desaparición progresiva de la memoria viva de lo sucedido y las proporciones colosales del drama tienden a que éste acabe traducido en una cifra abstracta y, quizás por eso, lo que me resulta más espeluznante de todo lo que aquí se recoge son las manifestaciones del abogado defensor de los procesados, tal y como constan en el acta del juicio:

El Defensor en su Informe manifiesta que no es posible enmarcar dentro de una norma legal la defensa de sus patrocinados por lo que necesariamente ha de apelar a los sentimientos de hombres cristianos y generosos de los componentes del Consejo, remitiéndose al fallo del mismo.

De la sucinta referencia que hacen a los hechos las actuaciones transcritas me surgen varios interrogantes:

¿Era el denunciante otro prisionero de guerra?

¿Cuánto tiempo llevaba interno en el campo de trabajo?

¿Había denunciado a otros antes?

¿Podía ser la denuncia su forma de congraciarse con sus guardianes para sobrevivir?

¿Por qué los procesados no se fugaron la primera vez?

¿Qué sentido tiene que comunicaran sus planes la segunda vez a alguien que ya les había recriminado sus propósitos la primera?

¿Por qué no consumaron la fuga los acusados, pese a la negativa del denunciante?

Por definición, todo hecho punible se considera peligroso para la sociedad, pero ¿de qué parte de los hechos probados se desprende la específica peligrosidad de la acción de los procesados, que se utiliza como agravante para aplicar la pena de muerte? ¿Consta que pretendían reincorporarse a las filas enemigas? Quizás, como tantos otros, hartos de una guerra en la que eran comparsas forzosos únicamente querían volver a sus casas y ver a sus familias.

Si los condenados sólo llegaron a participar al denunciante su propósito de escapar y a proponerle que se uniera a la fuga, ¿no estaríamos más bien en un caso de proposición para delinquir, pero nunca ante un delito consumado? Supongo que el Bando de Guerra no borró de un plumazo todas las categorías del Derecho.

Es obvio que para el defensor,  sin duda militar, hubiera sido literalmente suicida atacar la legalidad del Bando Declarativo del Estado de Guerra y, además, ello tampoco hubiera mejorado la situación de ambos reos, pero, ¿no pudo hacer una defensa puramente “técnica” basándose en los puntos débiles de la acusación?

Habría sido completamente ilusorio esperar algo así, dadas las circunstancias. Ya había oído hablar de procesos de la misma época e incluso posteriores en que el defensor militar se limitaba a manifestar que la petición fiscal era irreprochable, o fórmulas parecidas, y a someter al reo a la caridad del tribunal. ¿Todos los que actuaban así lo hacían por convencimiento? ¿O no les quedaba otra, si no querían ponerse en gran riesgo a sí mismos y a sus familias? Al menos en algunos casos, especialmente si eran profesionales del Derecho y les quedaba un rescoldo de fe en lo que eso significa, ¿eran ellos también víctimas, menos visibles, de los procesos en que participaban? ¿A esa situación hay derecho? ¿En esa situación hay Derecho?

Hace muchos, muchos años, mi profesor de Filosofía del Derecho, exasperado por el murmullo persistente que llenaba el aula, trató de zaherirnos con lo que probablemente para él hubiera sido una ofensa mortal: “Pensé que les interesaría saber, para el supuesto, a mi juicio poco probable, de que alguno de ustedes llegue a ser un filósofo del Derecho, que (…)”; al menos en mi caso acertó plenamente con el pronóstico. Ni que decir tiene que yo no sé qué es el Derecho. Ni siquiera sería capaz de delimitar la esencia de esa extensión desértica que corona mi cabeza; ¿cuántos pelos tienen que faltarle a uno para ser calvo? ¿Y cuántos ladrillos a una casa para estar en ruinas? Pues con mayor motivo me encuentro en las tinieblas cuando se trata nada menos que de la esencia de un ente tan abstracto y tan cotidiano, tan frío y tan apasionado, tan solemne y tan de andar por casa; en definitiva, tan complejo y tan multiforme como es el Derecho. Pero, sea lo que sea el Derecho, siento que hay un elemento que no le puede faltar a esa realidad si quiere llamarse así.

Una norma es, en definitiva, una manifestación de voluntad emitida por una fuente que se siente con capacidad de obligar por estar investida de algún tipo de autoridad. Pero ¿a quién obliga la norma? Lógicamente, a quien tiene capacidad de comprenderla y de cumplirla; las normas pueden referirse a perros o a gatos, pero siempre van dirigidas a seres humanos. Ya en este punto vemos que el hecho de dictar una norma conlleva el reconocimiento implícito de que hay algo que nos hace semejantes al otro: la capacidad de entender y la libertad de actuar.

Una vez sentado lo anterior, ¿la norma obliga a todos con la misma intensidad? O, dicho de otra forma, ¿serán todos los destinatarios igualmente responsables de su cumplimiento? ¿Lo serán en cualquier circunstancia? ¿Responderán lo mismo quienes tienen disminuido su entendimiento o su autocontrol por enfermedad, por efecto de una droga o por otros motivos? ¿Se responde igual por incumplir que por intentar hacerlo?

Ahora tomemos como ejemplo un mandato tan aparentemente simple como el “no matarás”. ¿Eso implica que no puedo matar a ningún ser vivo, o sólo prohíbe atentar contra las personas? ¿Puede uno matarse a sí mismo? ¿Y a otro con su consentimiento? ¿La norma también se aplica a los enemigos en la guerra? Y, si mi vida está amenazada, ¿puedo matar para defenderla frente a quien sea? ¿O la norma prefiere una vida a la otra? Ya desde muy pronto se hace evidente que la aplicación de cualquier mandato al caso concreto requiere una tarea previa de interpretación del significado, finalidad y alcance del mismo.

Pienso que de todo lo anterior se desprende claramente que el propósito de regular las relaciones sociales, si es genuino, presupone aceptar que el otro es semejante a mí en aspectos esenciales y que la comunicación bidireccional con aquél no es sólo posible, sino necesaria para entender las circunstancias de cada situación concreta, determinar el alcance del mandato y aplicarlo.

Todo esto nos habla de la empatía. Un sistema jurídico puede imponer obligaciones o prohibiciones más o menos estrictas y prever consecuencias más o menos duras en caso de contravención de aquéllas, pero si en él no hay un pálpito de empatía, ese mínimo de empatía necesario para que la discusión del alcance de las normas y la comprensión y valoración de las circunstancias de la persona y caso concreto sean una posibilidad real y efectiva, tal sistema no puede llamarse Derecho sin abusar del lenguaje, por más que se recubra de un ropaje formal. En tal caso, ese sedicente Derecho probablemente no esconda más que el deseo de la autoridad de legitimarse ante los “suyos” (quizás incluso ante sí misma) de cara a la tarea de suprimir al “otro”, que siempre comporta un cierto coste material y emocional. Y si eso es lo que realmente persiguen las leyes, ¿cuál es la diferencia real entre la voluntad que expresa el poder a través de ellas y la voluntad que con sus actos manifiestan, por ejemplo, los autores de un robo en cuadrilla o del homicidio de un hincha del equipo rival o los partícipes en una violación grupal? Un supuesto Derecho donde no cabe un mínimo de empatía no pretende regular relaciones sociales, sino eliminar al enemigo y, por tanto, no es Derecho, es un manual de instrucciones siniestro, o sea, un esperpento del Derecho.

Personalmente, puestos a elegir lo indeseable, creo preferible la violencia sin máscara y con la cara lavada al maquillaje del engaño, porque en éste hay un ultraje adicional a la víctima.

Llegados a este punto, un gusto innato por esa sensación un poco perturbadora que nace de la paradoja me impide resistirme a terminar citando estas palabras:

“Preferimos morir de bala marxista que de palmadita derechoide, porque preferimos morir de bala a morir de nausea”.

Palabras que un día leí atribuidas a José Antonio Primo de Rivera.

Créditos:

Toda la información proporcionada puede consultarse en: https://presnolinera.wordpress.com/2020/12/19/procedimiento-sumarisimo-de-urgencia-no-101-causa-770-38-contra-e-g-b-y-nemesio-presno-sanmartin/

Foto: piqsels.com

EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS

“El que mate al más próximo y del que se dice que es el más querido de todos, ¿qué pena debe sufrir? Me refiero al que se mate a sí mismo, impidiendo con violencia el cumplimiento de su destino, sin que se lo ordene judicialmente la ciudad […], sino que se aplica eventualmente un castigo injusto a sí mismo por pereza y por una cobardía propia de la falta de hombría […]”

Platón. Libro de las Leyes

“[…] y el que, en un acceso de ira, se degüella voluntariamente, lo hace contra la recta razón, cosa que la ley no permite, luego obra injustamente. Pero ¿contra quién? ¿No es verdad que contra la ciudad, y no contra sí mismo? Sufre, en efecto, voluntariamente, pero nadie es objeto de trato injusto voluntariamente. Por eso también la ciudad lo castiga, y se impone cierta pérdida de derechos civiles al que intenta destruirse a sí mismo, por considerarse que comente una injusticia contra la ciudad”

Aristóteles. Ética Nicomaquea

Hoy en día es probable que palabras como estas nos resulten muy perturbadoras. Sobrecoge la falta de empatía que hace falta para ser capaz de disociar, como separándolas con un bisturí, la desesperación de una persona de la violencia que puede llegar a hacerse a sí misma cuando el sufrimiento le resulta insoportable, como si esto último fuera un acto criminal. Casi nos inspira otro tanto rechazo la concepción del ser humano que contempla a éste como un mero engranaje al servicio de las necesidades, las expectativas o los valores en los que quiere verse representada la comunidad. Y todo ello más aún, si cabe, teniendo en cuenta que esas actitudes provienen de quienes consideramos cumbres del pensamiento occidental por haber sido capaces de expandir el horizonte de nuestra comprensión del mundo.

Lo cierto es que el peso aplastante de una concepción ideológica que condena con rotundidad el suicidio se ha transmitido a través de los siglos con una intensidad que sólo en tiempos relativamente recientes ha empezado a remitir. En la Roma tardía, en línea con las ideas de Platón y Aristóteles, el emperador Constantino estableció la confiscación de los bienes de la familia del suicida para compensar al Estado por la pérdida de un ciudadano. Ello, a su vez, de la mano del cristianismo, para el que la vida humana es algo que sólo está en manos del Señor dar y quitar (esto último también podían hacerlo quienes ostentaban el poder público legitimados por Aquél); por tanto, el suicida cometía una afrenta directa contra Dios. Desde mi punto de vista, sigue habiendo en esta postura una concepción patrimonialista de la persona en la que únicamente se ha introducido una mera transposición formal de lo “estatal” a lo divino como “propietario” de cada individuo. Recuerdo una referencia en Vallejo-Nágera (“Ante la depresión”) a legislación del Antiguo Régimen conforme a la cual al suicida torpe que sobrevivía lo “remendaban” como podían, para luego ejecutarlo públicamente de peor manera…

En la sociedad actual, ya pasada por la Ilustración, predomina el rechazo al suicidio, quizás “dulcificado”, si es que cabe aquí el uso del término, por la consideración del suicida, en la mayoría de los casos, como un enfermo mental. De cualquier forma, nadie va a hacer sentirse cómodo a quien defienda el derecho a decidir sobre el fin de la propia vida como una opción vital más y, desde luego, la ayuda, o incluso mera incitación, para poner en práctica tal decisión está severamente castigada por la legislación penal de casi cualquier país.

Supongo que lo anterior no deja de ser un corolario de la necesidad de preservar los mimbres de la sociedad. En efecto, una de las exigencias del proceso de construcción de la civilización es la capacidad de cada individuo de aceptar un cierto nivel de sufrimiento (a veces bastante) y de posponer la recompensa (a veces hasta llegar al más allá). Desde esa perspectiva, cualquier vía de liberación del sufrimiento físico, mental o existencial puede ser vista como una amenaza para la necesidad de aceptación que constituye la base de la estabilidad social. Vuelve a salir a la luz el fantasma omnipresente de la consideración patrimonialista de la persona.

En medio de lo que a algunos ya nos viene pareciendo un erial dogmático, la película “La fiesta de despedida” es un pequeño islote de verdor por su capacidad de transformar la dureza del sufrimiento que conduce a la eutanasia en una historia de sensibilidad y apoyo mutuo con trazos de humor negro, utilizando la empatía como una especie de piedra filosofal en esa transmutación. En una residencia de ancianos de Jerusalén la esposa de un enfermo terminal pide a su grupo de amigos que ayuden a morir a su marido, según los deseos de éste. Para ello, entre disensiones internas, construyen una máquina de eutanasia que acabará arrastrándolos a todos mucho más lejos de lo que piensan, entre retazos de humor negrísimo. Llama la atención cómo, en un país tan religioso como Israel, se ha podido producir una película así. La trama inserta delicadamente la muerte y las propias decisiones al respecto en los engranajes de la amistad y el amor que siguen impulsando la vida hasta el último momento. En muchas ocasiones queda en manos del espectador la elección de si reír o llorar, tal vez una metáfora de nuestro potencial para decidir sobre la propia vida, si es que nos dejan. La película, con su naturalidad y frescura, termina dibujando un cuadro colorido utilizando pinturas negras y grises y nos ofrece un bálsamo contra el tremendismo, entre otras cosas porque no pretende sentar doctrina moral, sino que se limita a mostrarnos el recorrido emocional de los personajes y, singularmente, el tránsito de algunos desde perspectivas “metafísicas” a otras más “existenciales”.

Y es que, quizás, cuando hablamos de las decisiones sobre la propia vida, ese tránsito de las consideraciones puramente metafísicas o ideológicas a una visión más centrada en lo existencial constituye una tendencia incipiente en nuestra sociedad. Yo también estoy convencido de que la resolución de los dilemas morales no puede estar basada en nuestra capacidad de hacer geometría de conceptos abstractos, porque esa capacidad sólo está en manos de unos pocos, como Platón y Aristóteles; sin embargo, por definición, lo que uno haga “por argumento de autoridad”, sin entender plenamente la razón (y entender “plenamente” implica sentir y asentir), no tiene nada que ver con lo que consideramos una decisión moral.

El que la vida sea un privilegio milagroso no nos obliga a asistir por decreto a una romería diaria en su honor hasta que un tercero tenga a bien sacarnos en volandas de allí, cuando esa fiesta para nosotros ya ha dejado de serlo.

Créditos:

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¿POR QUÉ JUSTO A MÍ ME TOCÓ SER YO? (y 2)

Ver: ¿POR QUÉ JUSTO A MÍ ME TOCÓ SER YO?

¿Y si el “ser” de todo aquello con lo que interactuamos no fuese más que una expresión de su propia voluntad de ser y de mantenerse en el ser? En ese caso, la voluntad sería intrínseca al mundo inanimado; es más, sería tanto como la esencia de todo lo que existe. El objeto que nos opone resistencia o el rayo de luz que nos deslumbra estarían mostrando en esas interacciones su voluntad de ser, de seguir siendo lo que son y de permanecer tal y como son, y esa expresión de voluntad podría entenderse como la manifestación más elemental del amor por uno mismo, propia de los entes inanimados.

El siguiente nivel estaría representado por la tendencia de todos los seres vivos a perpetuarse en el tiempo, replicándose en su descendencia.

Finalmente, la forma más elevada del amor por uno mismo sería la que es capaz de experimentar el ser dotado de conciencia de su propia conciencia; en ese nivel, que es el que conocemos en el ser humano, el amor por uno mismo puede llevar a una persona a poner en riesgo su propia existencia física con tal de preservar aquello con lo que se identifica, como sus principios o sus convicciones. También ese amor podría estar en el origen de la escritura, del arte y de la cultura en general, como medio de preservación de aquello que sentimos que nos caracteriza, más allá de nuestra propia existencia física (sobre las razones por las que la vivencia de amarse a sí mismo parece tantas veces haberse eclipsado entre nosotros, me parece muy interesante la obra de Erich Fromm).

Con arreglo a lo anterior, el amor por uno mismo sería consustancial a todo cuanto ha venido a la existencia y, como tal, ajeno a cualquier razonamiento lógico o a cualquier motivación de las que a veces tenemos necesidad de encontrar, por supuesto en vano.

Pero claro, de todo eso, como dijo en señalada ocasión un prócer de la patria “ni hay pruebas ni las habrá”. Por tanto, ¿para qué darle más alcance alcance que el de una mera intuición más o menos poética, o más o menos o mística, o, tal vez, simplemente etílica?

¿POR QUÉ JUSTO A MÍ ME TOCÓ SER YO?

Hace muchos años me tropecé con una pregunta, puesta en boca de una ensimismada Mafalda, que me dejó un poso profundamente perturbador: “¿por qué justo a mí me tocó ser yo?”

¡Cuántas veces me han venido a la cabeza el misterio y la energía que encierra esa pregunta! Es como uno de esos sueños que te atraviesan con su mensaje, hasta el punto de que sientes urgencia por expresarlo, pero, cuando tratas de hacerlo, el mensaje se desintegra y se te escapa igual que el agua entre los dedos. Hay algo en la pregunta de Mafalda que encierra un saber que huye de sí mismo.  

Hoy por hoy me quedo con esta imagen, inspirada por un libro cuyo título no recuerdo: el “mí” sería como una pantalla de cine, un elemento inalterable sobre el que se pueden proyectar incendios, terremotos e inundaciones sin que la tela se rompa ni se queme ni se moje; en definitiva, equivaldría a lo que llamamos “conciencia”. El “yo” sería esa otra entidad evanescente, de bordes móviles y difusos, hecha del conjunto de ideas, concepciones y actitudes (incluidas las relativas al propio “yo”) que nos caracterizan ante nosotros mismos y ante los demás; en definitiva, el resultado de estructurar de una manera “personal” los materiales que nos va suministrando el “mí”, la conciencia, “yo” que a su vez va condicionando los objetos a los que en lo sucesivo elegirá dirigirse esa conciencia. Es a través del “yo”, de la “persona” (en griego “máscara”) que somos, como nos relacionamos con el mundo y con nuestro propio mundo interior.

Cuando Mafalda se pregunta “¿por qué justo a mí me tocó ser yo?” me da la sensación de que, aunque aparentemente su inquietud está en si ese “mí”, su conciencia, podía haber “caído” en otro “yo”, en otro cuerpo físico rodeado de circunstancias diferentes, ella, más existencialista que metafísica, lo que en el fondo se está planteando no es si podría haber experimentado la vida “desde dentro” de otra persona, sino la búsqueda de un sentido para la vida que realmente tiene: ¿hay forma de darle sentido a lo que “me” pasa, a toda la experiencia vital que se proyecta en mi conciencia, o mi vida y, por tanto, la “persona” que he llegado a ser, no está hecha más que de las tiradas de los dados con que continuamente se entretiene el universo?

Hace años, mirando una montaña a lo lejos, sentí muy intensamente que, por muy antigua que fuera la montaña que en ese momento se estaba proyectando en mi “pantalla”, la “pantalla” lo era mucho más, hasta el punto de estar situada fuera del tiempo; sentí mi conciencia como un ente atemporal y, a la vez que individual, universal, igual que una ola que forma parte del mar, pero sin dejar nunca de distinguirse de éste. Eso equivaldría a atribuir a la conciencia individual un carácter de ente “espiritual” y autónomo y, por tanto, a dejar abierto el misterio de la vinculación de “cada” conciencia con cada “persona” y de por qué no hemos sido otro que el que somos. Pero, ni que decir tiene que la vivencia que tuve en aquel momento no fue otra cosa que una intuición acerca de mi propia conciencia que, obviamente, no asegura nada sobre su naturaleza.

La alternativa a esa espiritualidad sería que la conciencia fuese una propiedad más de las que son intrínsecas a la materia y entonces, desde el punto de vista de la relación entre el “mí” y el “yo”, la pregunta de “¿por qué justo a mí me tocó ser yo?” no tendría más sentido que la de “¿por qué justamente a mí me tocó pesar lo que peso?” Mi conciencia sería inseparable de mi “yo”, sólo tendría relación con las conciencias de otros a través de mi “yo” y su existencia terminaría con la de éste.

Lo cierto es que nadie ha visto jamás ninguna manifestación de conciencia sin un soporte material. Por otra parte, el dogmatismo de disociar de la materia todo aquello que consideramos elevado no sólo no tiene una justificación clara, sino que amenaza convertir al hombre en una sombra claudicante de la fuente de todas las cualidades que precisamente admiramos en él. Sin duda, históricamente tal dogmatismo nos ha llevado con mucha frecuencia a envilecer la vida y a nosotros mismos.

Realmente no puede existir una “razón” para amar. Si se ama por algo que se recibe del otro, eso no es amor, eso es un trueque. Tal vez por el sentimiento de vileza que nos da situarnos por debajo de la fuente de lo que nos hace humanos, o por otros motivos, no es extraño vivir, en el mejor de los casos, buscando infructuosamente razones para querernos a nosotros mismos, a la vez que perseguimos obstinadamente el amor de los demás, sin reparar en que, si el del otro es verdadero amor, también es, por definición “inmotivado”.

Creo que es en “Ética para Amador” donde Fernando Savater, hablando de estética, comenta que hay muchos motivos técnicos e históricos para dar más valor a “Las Hilanderas” de Velázquez que a un cromo de las Tortugas Ninja, pero que, si después de compartirlos, al otro le siguen gustando más las Tortugas, poco se puede hacer al respecto. Yo aquí formularé la cuestión al revés: no existen verdaderas razones para amarse a sí mismo, pero si queremos buscar algún estímulo que nos empuje por ese camino, quizás baste con pararnos a pensar que ese “yo”, la persona que “somos”, con todas sus luces y sus sombras, es precisamente el vehículo que permite al “mí” conectar con todo el conjunto de circunstancias impredecibles, extrañas y, aparentemente, tan improbables y frágiles que nos han permitido venir a la vida y permanecer en ella hasta ahora.

Foto: Wikimedia_Commons

 

LUCES Y CONTRASTES (EDITADO)

Salvo error mío, el universalismo es un pilar fundamental del mensaje cristiano, porque para el cristianismo no hay “pueblo elegido”.

Quizás este año, en una audaz pirueta dialéctica, la iluminación navideña de la ciudad de Madrid ha buscado expresar la armonía de las fechas venideras mediante una estética basada en fuertes contrastes.

Como decían los viejos y simpáticos romanos: “de gustibus et coloribus non est disputandum“.

 

LA SOMBRA (EDITADO)

Si un día, sin saber cómo, te encuentras atado a lomos de un caballo desbocado;

si al doblar una esquina te golpea la vista un paisaje de humo y ruinas y miras hacia atrás para buscar tus huellas, pero ya no hay esquina por la que regresar;

si sientes que, de pronto, un demonio emboscado lo ha recubierto todo con un manto de angustia y plomo que ya no tienes fuerzas para levantar;

si un extraño en tu alma te ha hecho mudar la piel y el verte en espejo te produce terror;

si te rompes los puños contra un cristal blindado y te niegas con rabia al tic-tac del reloj, y es que ambos te destierran de quien eras ayer;

si al sentirte enloquecer rezas, para irte rodeado de quienes, un día, te enseñaron a rezar como muestra de amor;

si anhelas estar muerto y no quieres matarte, porque en ti hay un rescoldo que ama la vida aún;

entonces, bendice el privilegio de estar abrazando a tu propia sombra, a la que siempre negaste.

HÉROES NACIONALES

Existe una enorme variedad de ensaladas: caprese, de innegable origen italiano; césar, que, pese a las apariencias, nació en Tijuana; waldorf, con claras resonancias neoyorkinas y, ¿cómo olvidarnos de la popular ensaladilla rusa, que dio a conocer en Moscú un cocinero de origen franco-belga, quien, por tanto, encerraba en sí mismo casi tanta mezcla como el propio plato? Todas son, básicamente, ensaladas, pero cada una de ellas nos regala sus propias resonancias nacionales.

Fundido y encadenado.

Has pedido cita a primera hora de la mañana porque tienes un día complicado y no quieres acumular retraso; cuanto antes entres, antes sales a atender tus ocupaciones. Como de costumbre, llegas un poco antes de tu hora, pero eso no te garantiza nada; ¡toca esperar…! Eres el primero de la lista, la consulta tiene la puerta abierta y el médico está dentro, solo; en el caso más favorable, es de suponer que está repasando en el último momento los historiales de los próximos pacientes citados.

Pero su soledad dura poco, porque enseguida el habitáculo galénico se ve salpicado por un goteo de visitas de quienes, por su vestimenta o actitud, parecen colegas del doctor cuya atención aguardamos ya con cierta ansiedad; debe de ser que ninguno de ellos encuentra mejor momento para departir con sus compañeros que mientras los pacientes los estamos esperando a todos ellos.

Ya casi pasan quince minutos de la hora asignada y uno empieza a preguntarse si el médico es consciente de que hay personas en la sala de espera y de que su tiempo también es importante; entonces decides exhibirte un poco paseando ante su puerta, a ver si de esta manera se da por aludido. Y sí, parece que se da; de hecho, la maniobra hubiera sido todo un éxito si no fuera porque la réplica por alusiones del doctor consiste en un escueto: “¡Espere! Ahora le llamaré”. ¿Cómo ser más directos con quien tiene en sus manos dedicar un poco más o un poco menos de tiempo a escucharnos para entender mejor lo que nos pasa o explorarnos de forma más o menos delicada y, por tanto, muy incómoda o no tanto?

Sí, pueden ser héroes capaces de tirar de “casta” y dejarse la piel uniendo fuerzas contra una amenaza común, pero, como las ensaladas, los héroes también dan testimonio de sus esencias patrias. Y aquí, querido lector, a cualquiera nos ponen una gorra de las que usaban los antiguos serenos y nos creemos teniente general.

Sí, estamos en el s. XXI, pero más vale no tener un encontronazo con el maestro, el médico, el alcalde o el comandante del puesto de la Guardia Civil. Deja que todos ellos sigan moviéndose por ahí como si estuvieran solos, si así les place, porque al final, es lo mejor para ti. Franco vive.

Imagen: Wikimedia Commons

DE PATRIAS Y BANDERAS (EDITADO)

Nunca he sido de patrias ni de banderas. No he sido de patrias, porque siempre he tenido la sensación de que se trata de un concepto que es más difícil de llenar que de usar; de hecho es tan fácil de usar como una pistola automática, pero llenarlo de algo con cierto sentido, eso ya es otra cosa. Lo de las banderas lo explico un poco más adelante, para quien quiera seguir leyendo.

En efecto, “patria” siempre me ha sonado a la clase de voz con que cualquier poder se propone convertir un país en caldera y, sobre todo, a las personas en el carbón que la alimente. Pero, en tal caso, ¿en qué consiste esa noción de patria que conlleva un desprecio absoluto hacia lo único que le podría dar sentido; los seres humanos que la integran? Obviamente, así considerada, la “patria” es sólo el envoltorio de un concepto vacío, es un “flatus vocis”, como dirían los escolásticos, o, hablando más vulgarmente, es el timo de la estampita.

Ahora bien, si nos detenemos ahí puede que nos pase como con otras ideas, como la de la muerte, por ejemplo. El no creyente quizás tienda, de buenas a primeras, a identificar la muerte con la “nada”, pero más pronto o más tarde la experiencia vital suele terminar por enseñarnos a todos que la muerte sí es “algo”, y puede ser algo tan pesado como una montaña; es una gran separación, un abismo insondable e insalvable. La vida termina por borrarnos las lecciones de lógica y nos demuestra que, para los seres humanos, la “ausencia” no llena, pero sí ocupa espacio, y mucho, y la “nada” sí es “algo” y hasta puede llegar a ser “demasiado”.

Pues lo mismo pasa con la patria; quizás uno sale fuera, toma distancia de su país, se relaciona con otras personas y se da cuenta de que sí hay “algo” que ocupa un cierto espacio y tiene un determinado peso detrás de lo que llamamos “patria” y empieza a sentir que pertenece a una colectividad, más o menos difusa, y que las vivencias acumuladas por esa colectividad durante los incontables siglos previos a su propia existencia individual se han condensado en él y le han dejado una especie de “poso existencial” que en cada momento va a condicionar la vivencia que tiene de sí mismo y del mundo que lo rodea.

Por ejemplo, para mí la “españolidad”, al menos hasta ahora, tiene más que ver con “sombras” que con “luz” y señala a un país tan ingrato con sus hijos más solícitos como una “madrastrona” de cuento; al ingenio, la falta de escrúpulos o la crueldad del condenado a sobrevivir; al empeño inútil en amoldar la realidad a los ideales; a la ira inextinguible de quien se siente eterna víctima de la Historia; al orgullo de aquél al que no le queda ninguna otra cosa en que apoyarse; a la rebeldía estéril contra el destino que quizás uno mismo se ha forjado; a las ocasiones históricas en que esa rebeldía ha sido capaz de explotar en forma de hazañas y creaciones que brillan como el sol; al aborregamiento frente al abuso, con tal de que no sea foráneo; al “yo me puedo reír de mí mismo, pero, ¡ay del que se atreva a hacerlo…!”; a la lucidez dolorosa de una eterna minoría; a un humor vtriólico, cínico, desengañado… Como en la fábula del elefante descrito por un grupo de ciegos, habrá quien “palpe” en la oscuridad e interprete lo que percibe como “una especie de tronco” (la pata), otros como “una gruesa serpiente” (la trompa), alguno como “una gran criatura delgada, plana y redondeada” (la oreja), pero todos estamos hablando del mismo animal, cada uno desde nuestra propia vivencia y, seguramente, sin posible acuerdo, porque nadie es capaz de abarcar la totalidad del elefante con sus brazos,  ni falta que hace, y esto último pienso que sería muy importante no olvidarlo.

Parece casi obligado no dejar pasar este 2020 tan extraño y triste sin un poco de la luz de D. Benito Pérez Galdos:

Por primera vez percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

En este hermoso pasaje de “Trafalgar” el escritor canario, por voz de Gabriel de Araceli, ejemplifica el paso de lo “objetivo” (el Rey, el Ministro, lo puramente institucional) a la subjetividad de lo más íntimo en la vivencia de la patria. Huelga señalar cómo el propio párrafo nos muestra que esa vivencia tiene un carácter, además de subjetivo, fuertemente histórico.

Creo que es en “Ética para Amador” donde Fernando Savater se refirió a la relación entre un padre y su hijo como algo, a la vez, tan universal como a la vez particular. Pues “patria” y “padre” comparten una misma etimología y esa es la razón por la que, como anuncié al principio, no soy de banderas. No soy de banderas porque la vivencia de la patria y de la influencia de ésta sobre uno mismo tiene para mí, al margen de una referencia universal borrosa, un carácter tan particular que todos necesitaríamos nuestra propia bandera para simbolizar la relación que cada uno mantiene con ese “poso existencial” recibido de todos los que nos precedieron. Como en el caso del paquidermo, inabarcable al tacto de una sola vez, no hay bandera oficial que pueda envolver esa herencia que hemos recibido.

Dicho lo cual, jamás me permitiría ultrajar una bandera, porque, por poco que éstas representen para mí, siento un profundo respeto por los sentimientos que millones de personas, desde sus propias vivencias, tan legítimas como la mía, tienen depositadas en tales símbolos.

Desconfío profundamente de quienes, en vez de combatir conductas concretas, atacan a las personas (y los sentimientos suelen ser un flanco abierto y doloroso para casi todos nosotros). Es más, no es que desconfío, es que les temo, porque creo que en la intención de destruir al otro late siempre un instinto depredador, convertido en la idea más o menos inconsciente, de que uno puede poner lindes y decidir quién no merece ser tratado como un ser humano. Y el que actúa así acaba por excluirse a sí mismo de la morada de los humanos, es decir, por volverse “inhumano” y convertirse en algo mil veces peor que cualquier cosa contra la que luche.

Paz a las personas y cuestionamiento a las instituciones.

Foto flickr

A TODAS ESAS PERSONAS APACIBLES

A esas personas fuertemente ancladas a la vida, aunque se muevan como una brisa suave entre nosotros

Y que, desde debajo, crean estabilidad a su alrededor sin que se note.

 

A los que son capaces de crecer no importa dónde, porque saben elaborar su propio sustento

Y, sin depender de los demás, siempre están dispuestos a reconfortar al que se les acerca.

 

A quienes, si tenemos la fortuna de encontrarlos, nos alegran en una travesía del desierto

Y pueden darnos tranquilidad y calma y frescor en cualquier erial.

 

A aquellos que simplemente existen, sin lucha o esfuerzo aparente

Y, sin embargo, nos inundan con su energía.

 

A esos seres humanos a los que basta y colma la simplicidad

Y ni siquiera saben lo que es el aplauso ni entienden la palabra “encima”.

 

A todas esas personas apacibles,

GRACIAS POR SER PLANTAS.

 

 


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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