RENACIMIENTO

Florencia

Cuando subes al Duomo y ves las colinas que rodean Florencia tan suaves, tan amistosas, tan a escala humana, entiendes que el Renacimiento sólo pudo elegir un entorno así para nacer. Me lo imagino como trescientos años de juventud colectiva vividos en una explosión serena de alegría primaveral. Me creo que durante esos tres siglos se congelaron los movimientos de la Tierra y se cancelaron las demás estaciones porque, en ese preciso lugar del mundo, el baile de las estaciones se vio relegado por el baile de todas las potencias del ser humano celebrándose a sí mismas.

David

EL PUENTE DE ARKADIKO

Puente Micénico Arkadiko II.JPG

Construido hace unos 3.300 años por la civilización micénica en el camino de Tirinto a Epidauro, en el Peloponeso, formaba parte de una red de carreteras militares y estaba diseñado para el paso de carros.

Está formado por grandes cantos de piedra caliza ensamblados con la ayuda de fragmentos de piedra y teja más pequeños, pero sin argamasa y no sólo se mantiene en pie sacando pecho ante el transcurso de los milenios, sino que, al parecer, es capaz de aguantar el paso (indebido) de automóviles de alrededor de 1.000 Kg, ya que siguen usándolo de esa manera las comunidades locales.

Sin duda esta construcción, diseñada para un uso militar y, por tanto, en principio violento, es todo un símbolo y un testimonio de que toda realización humana encierra un germen de progreso, en este caso la capacidad de regalar al futuro lejano una vía de comunicación sólida.

A la vista de esto, casi, casi siente uno esperanza en que la sociedad actual sea algún día recordada por su capacidad de transmitir emociones más intensas y profundas que un emoticono y de producir creaciones más sorprendentes y enriquecedoras que un «remake» y realizaciones más duraderas que un mar de basura plástica.

Créditos:

https://hmong.es/wiki/Arkadiko_bridge

https://www.findinterestingplaces.com/places/arkadiko-bridge

EL GRITO DE PATRIA ZUMBA (EDITADO)

«Oigo patria tu aflicción,

y escucho el triste concierto

que forman, tocando a muerto,

la campana y el cañón;

[…]

al pie de libres pendones

el grito de patria zumba

y el rudo cañón retumba,

y el vil invasor se aterra,

y al suelo le falta tierra

para cubrir tanta tumba!

Poema al dos de mayo

Desde siempre me han puesto la piel de gallina estas dos estrofas del más conocido poema de Bernardo López García (aunque hay quien lo atribuye a Espronceda; bien dicen que la primera víctima de la guerra es la verdad).

Hace mucho descubrí que lo recitaba mi abuelo una y otra vez cuando yo era un bebé mientras caminaba incansablemente por el pasillo de su casa conmigo en brazos para intentar que me durmiera sin recurrir a métodos más drásticos que, como médico, él nunca habría podido recomendar ni menos aún poner en práctica. Así es que, sin ser yo especialmente exaltado en esas cuestiones, probablemente mediante tal condicionamiento me convirtió en un pequeño perro de Pavlov del ardor guerrero y patriótico que destilan las citadas estrofas del poeta jienense.

Ello muy al margen de su voluntad, supongo, porque como casi todos los que vivieron de adultos la Guerra Civil, cualquier conflicto bélico le inspiraba una tristeza sin fondo y una decepción infinita y, ya siendo yo niño, procuraba explicarme en términos comprensibles la «psicosis de guerra» de su generación como «una especie de herida que se nos ha quedado a todo dentro de la cabeza».

Hay una técnica de meditación que consiste en repetir mentalmente una y otra vez la misma palabra hasta que ésta acaba por dejar de evocar su significado. De esta forma se busca «anestesiar» el hemisferio izquierdo del cerebro, «desconectar» el pensamiento lógico y potenciar nuestras facultades más intuitivas, concentrando la actividad de aquél en el izquierdo.

De la misma manera, yo creo que para mi abuelo el Poema al Dos de Mayo había perdido toda su carga semántica y de forma instintiva utilizaba sin descanso el ritmo machacón de algunas de sus estrofas (tan machacón, quizás, como la cadencia de los antiguos obuses o de los modernos misiles, reventando continua y metódicamente contra sus objetivos) para adormecerme.

Revisitando el famoso poema de López García me ha parecido ver en esta historia personal una metáfora. Billy Wilder dijo una vez que sus películas no hablaban de la realidad, sino que trataban sobre la verdad. Creo que esto es bastante común en el arte: una imagen imposible, un argumento inverosímil, se desmoronan al contacto con el mundo real nada más dejar atrás la magia de la sala de exposiciones, del cine o del teatro, pero nos despiertan a una verdad que se queda con nosotros; el significante da un paso atrás y el significado se hace protagonista y se muda a formar parte de nuestra vida. Pero en este caso ocurre justamente lo contrario: la brillante intensidad de los versos se nos mete debajo de la piel como un Caballo de Troya que nos inocula una gran mentira; el significante le ha ganado la batalla al significado.

Y es que, aunque, como buen «perro de Pavlov», el Poema al Dos de Mayo me siga poniendo la piel de gallina y vuelva a visitarlo una y mil veces mientras tenga vida, creo que cualquier fotografía de la tragedia de Ucrania expresa mucho mejor la verdad de la guerra que aquél.

Sin ir más lejos la anterior: bajo un cielo pesado y gris la mujer del centro de la imagen observa algo o a alguien con inquietud mientras abraza a un niño cubierto con varias capas de ropa que tratan de protegerlo del frío. Su rostro crispado revela la tensión que está viviendo. Su única maleta, de tamaño similar a las que se ven a su alrededor, pertenecientes a otros tantos que, como ella, aguardan lo incierto, narra la tragedia de tener que marcharse con lo puesto, abandonando de golpe la vida que uno se ha construido poco a poco, precisamente por amor a la vida. Pese a todo, la protagonista de la imagen no sólo tiene fuerza para mantenerse en pie mirando hacia adelante, aun sin poder fijar la vista en nada concreto, sino que le sobra amor para acurrucarse y proteger a alguien aún más débil que ella.

El peso de la tristeza sobre los hombros, el frío de la incertidumbre invadiendo los huesos, la angustia de convertirse de la noche a la mañana en meros rehenes del destino asaltando el corazón, la amargura de la despedida incendiando la garganta, el absurdo rebotando contra las paredes del cráneo, todo eso, cuando no la mutilación o la muerte, es la verdad de cualquier guerra.

Ello, por supuesto, sin perjuicio de la belleza brillante y exaltada de los versos sobre el ardor patriótico que podemos disfrutar los que, de momento, aún tenemos la oportunidad de seguir leyendo en el sofá de nuestro salón.

EL BOL (EDITADO)

Si bebo ron con Coca – Cola me emborracho; si bebo vodka con Coca – Cola me emborracho; si bebo ginebra con Coca – Cola me emborracho. Conclusión: la Coca – Cola emborracha.

¿Qué le vamos a hacer? Me temo que no nos queda otra que resignarnos al hecho de que el camino del saber discurre íntegramente por terrenos minados por el error cognitivo.

Si vierto algo en un bol que ya está lleno se sale; si vierto algo en un bol que está boca abajo se resbala; si vierto algo en un bol que está roto se derrama. Conclusión: lo que yo quiero poner en el bol tiene algo de malo y por eso es rechazado.

Seguramente escucharíamos este comentario con profunda pena si viniera de alguien víctima de un delirio psicótico y con terrible preocupación si ese diagnóstico aún no estuviera confirmado. Sin embargo, muchas personas de la máxima inteligencia y en estado de plena lucidez sufren terriblemente cuando el afecto que ofrecen a otras no es aceptado, porque se sienten heridas. Y es exactamente el mismo caso; no puede recoger nuestro afecto quien no se encuentra en situación de hacerlo por circunstancias, afortunadas o desafortunadas, que, por lo general, tienen mucho más que ver con esa persona que con nosotros mismos. Quizás el corazón del otro ya esté lleno, o lo tenga roto, o esté cerrado, y no podemos ser como serenos, con una llave para cada cerradura en nuestro juego.

No somos fuertes como un gorila ni tenemos las garras de un oso ni la vista de un águila o la velocidad de un guepardo. Somos animales débiles. Hemos sobrevivido como especie gracias al desarrollo de nuestro cerebro, pero hay expertos que opinan que, para ello, la evolución de éste ha tenido que llevarse a cabo casi a destajo.

Nuestra inteligencia lógica es tan prodigiosa que la mente humana ha sido capaz de adentrarse en el interior del núcleo atómico o de viajar al corazón de las estrellas; podría decirse que nuestro cerebro contiene el Universo. Pero el motor de esa inteligencia está más allá de ella misma y se adentra en el territorio de lo inaprensible.

En alguna parte he oído que nuestra evolución cerebral tiene una deuda impagable con la cocción de los alimentos, que permitió «rediseñar» el cráneo de nuestros antecesores y aprovechar mucho mejor los nutrientes. Por tanto, se fue limitando considerablemente el tiempo dedicado a la obtención de comida, lo que que dejó espacio para intensificar el desarrollo intelectual de aquéllos. Pero probablemente el impulso de utilizar el calor para elaborar los alimentos surgiera en gran parte de la fuerza del instinto. Por otro lado, quizás el motor más poderoso del conocimiento haya sido desde siempre la emoción de la búsqueda. Todo eso queda al margen de lo explicable en términos puramente lógicos.

Siempre he pensado que el cerebro humano es un producto mal terminado. Nos guste o no, lo que ocurre en los primeros años de nuestras vidas nos condiciona para siempre o, al menos, nos deja cicatrices profundas que a veces duelen, como las lesiones físicas, con los «cambios de tiempo». Puede que uno de nuestros problemas esté precisamente en el ensamblaje de lo instintivo, lo emocional y lo intelectual. Hoy por hoy aún no funciona bien.

No es que el sueño de la razón produzca monstruos. Lo que produce monstruos es que un motor tan potente como la razón a veces se vea lanzado a velocidad de vértigo contra un muro o directamente hacia un campo de minas por un volante manejado desde el escenario de un sueño o de una pesadilla.

Tal vez algún día los desequilibrios psíquicos que en un grado u otro nos afectan a todos se vean con los mismos ojos con que nosotros miramos a las infecciones mortales del pasado, que hoy se curan con un antibiótico, pero mientras tanto creo que no queda otra que apostar de verdad por el desarrollo de la inteligencia emocional desde el comienzo mismo de la educación infantil y seguir trabajando en ello, cada uno consigo mismo, hasta el último día.

INSTRUCCIONES PARA FABRICAR UN/A AUTÉNTICO/A HIJO/A DE PUTA (EDITADO)

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En primer lugar, elige a aquél de tus hijos al que veas más receptivo al condicionamiento que se expone a continuación. No pierdas el tiempo con los demás y no lo disimules; ignóralos y házselo ver desde el principio a todos. Borra cualquier asomo de remordimiento que pudiera asaltarte, sólo los mejores merecen sobrevivir; es por el bien de la especie. De paso, estarás enseñando al elegido el fundamento moral de la formación que va a recibir.

Observa al elegido y detecta aquello en que despunta. Si son muchas cosas no pasa nada, el narcisismo puede alcanzar proporciones comparables a las de un dirigible y albergar en su interior cantidades industriales de vapores fantasmales. Por simplicidad, vamos a suponer que sólo se trata de una actividad.

Da por supuesto que, además de apuntar maneras en algo, eso es precisamente lo que va a hacer. Ni se te ocurra plantearle si disfruta o no con ello. Enséñale además que la única manera de desarrollar esa actividad es competir. No te desanimes si al principio muestra timidez y prefiere guardar sus logros para sí mismo o para los más cercanos, aprender un idioma es sólo cuestión de inmersión lingüística y tarde o temprano acabará por entender el lenguaje de la depredación, la sintaxis del rececho, la morfología del zarpazo letal y los signos de puntuación de las salpicaduras de sangre. ¡Ah! Además se dará cuenta de que, como depredador, necesita presas a las que triturar.

De cara a la competición, que en adelante será el andamiaje de su vida, déjale claro, no ya que va a ganar, sino que es que está fabricado para hacerlo, destinado ontológicamente a ello y, por tanto, lo merece. La cosa va más allá de lo genético; el triunfo es suyo, no ya porque sus padres también son triunfadores, sino por Derecho natural.

Si cae al suelo en medio de una prueba no se te ocurra acercarte a él con cariño para ayudarlo a levantarse, curarle los rasponazos y, en definitiva, demostrarle que siempre estarás a su lado de modo incondicional, antes bien, repréndelo severamente. Es bueno incluso humillarlo un poco, así saldrá con más mala leche la próxima vez; eso sí, no te pases, no sea que un exceso de descalificaciones acabe convirtiéndolo en un cero a la izquierda. No obstante, eso hay que hacerlo con la agudeza mental que te caracteriza para este género de cosas; que quede patente que tu juicio y tu condena no son en realidad por haber perdido, sino por haberse dejado ganar. Eso no erosionará su creencia fundamental en su derecho intrínseco al triunfo, a la par que le enseñará que su derrota se debe a que ha sido confiado o blando y ha permitido que otro le quite lo suyo, ergo, el ganador le ha hecho trampa. Esto lo volverá más despiadado.

Asiste a sus competiciones, grábalas (con la última tecnología disponible en el mercado, claro), oblígale desde que es un niño a pasar horas contigo analizando los puntos débiles de sus oponentes. Márcale a fuego en cada una de sus circunvoluciones que cualquier muestra de solidaridad es, no sólo una estupidez, sino una injusticia, y que quienes promueven tal aberración son unos fracasados y, por tanto, unos resentidos. No le perdones jamás sus fallos, así aprenderá a no perdonarse a sí mismo ni a perdonar a los demás

¿Qué hitos pueden tenerse en cuenta para verificar el aprendizaje de tu retoño? Una buena señal es que la próxima vez que trastabille y caiga, aproveche la ocasión para extender brazos y piernas, simulando hábilmente un acto reflejo en busca de equilibrio, de manera que tire al suelo a alguien más, a ser posible a todos los que vengan detrás; quizás así incluso se anule la carrera y eso le brinde una nueva oportunidad de hacerse con lo que es suyo. Si eso no funciona, al menos que se cargue de rabia y hable mal; nunca está de más empañar el triunfo del oponente, eso poco a poco puede ir calando y, a modo de balancín, rebajando al otro mientras te encumbra a ti. Si al principio a él no le sale hacerlo, incítalo tú, hurga en la vida de sus rivales, perdón, de sus enemigos. Escarba en la mierda incesantemente y disemínala como un potente ventilador, verás como enseguida él toma ejemplo de ti.

Todo esto parece que requiere dedicación y esfuerzo, pero piensa en la alternativa: ¿Escucharlo para llegar a conocerlo? ¿Enseñarle que la vida es un milagro? ¿Que su cuerpo y su personalidad, con todas sus limitaciones, constituyen el único vehículo de que dispone para estar en ella, independientemente de cuánto tengan o qué hagan los demás? ¿Que la carrera en la que va a participar sólo vale lo que vale su decisión libre de correr o no y, en su caso, su disfrute del hecho de hacerlo? ¿Que hay personas que sólo pueden levantar 20Kg y otras que a lo mejor llegan a los 300, pero que nadie, absolutamente nadie, puede levantar a pulso un coche, y menos una montaña, que a su vez es una brizna de polvo insignificante en el Universo? ¿Que, si se mira con una mínima perspectiva, no somos tan distintos unos de otros? ¿Que nadie ha encontrado todavía la vara de medir el valor intrínseco de un ser humano? ¿Que siempre estarás a su lado, independientemente de que desempeñe mejor o peor cualquier actividad en relación con otros? ¿Que lo más valioso que puede regalar a los demás es encontrar su propia voz, porque esa será la mejor versión de sí mismo, desde la que no necesitará cobrarse facturas manipulando a otros? No, todo eso es complicadísimo, mayormente porque hay que llegar a creérselo uno mismo para poder transmitirlo con convicción.

Es mucho más fácil seguir las instrucciones anteriores. En el fondo, es como llenarle a un niño los bolsillos de billetes falsos y largarlo de casa para que se pase el día en la calle haciendo lo que le dé la gana. De esta forma uno no tendrá que enfrentarse a los propios fantasmas que siempre hace despertar en nosotros la crianza de los hijos.

Con todo ello crearemos un ego desmesurado, mastodóntico, tan inmenso como un dirigible, pero eso le ayudará a abrirse paso a codazos más fácilmente y, con un poco de suerte, a ser visible en el «skyline» de la ciudad.

Es verdad que cuanto más grande es un globo más fácil es que se pinche, que si está inflado con hidrógeno podría acabar convertido en una bola de fuego, que cuando el ego alcanza un tamaño crítico la psicosis lo acecha, hambrienta, con más empeño, y que cuando algo tan enorme revienta puede hacer mucho daño a su alrededor. Pero no seamos cenizos, el riesgo de que eso ocurra aún sigue siendo muy pequeño, porque toda detonación requiere un agente que la provoque y hoy en día seguimos poniendo una alfombra roja a ese tipo de persona, no sólo ofreciéndoles puestos de «responsabilidad» (es decir, esos en que normalmente haga uno lo que haga sólo hay consecuencias para los demás), sino, cuanto menos, regalándoles nuestro temor, que en el fondo tiene una parte de admiración y reverencia.

God, keep us safe from those who promote evil and seek to harm.

Foto: PxHere https://pxhere.com/es/photo/498555

LA INNOVACIÓN COMO RESPUESTA A LA INTOLERANCIA (O AL EMPERADOR LE SALIÓ EL TIRO POR LA CULATA)

23 de mayo de 1618, tres delegados del emperador germano, el católico Federico II Habsburgo, son secuestrados por un grupo de nobles protestantes y arrojados por una ventana del castillo de Praga como respuesta al fin de la tolerancia religiosa por parte del soberano.

El resultado inmediato de la acción no fue trágico, porque los tres funcionarios imperiales aterrizaron sobre un montón de estiércol y sólo sufrieron heridas de consideración en su orgullo, pero lo peor estaba por venir, ya que la llamada “defenestración de Praga” (1) se convirtió en el detonante de la Guerra de los Treinta  Años, quizás el enfrentamiento bélico más mortífero que ha conocido Europa, incluso por delante de la Segunda Guerra Mundial. En esa guerra, además del conflicto religioso inicial, se ventilaron sobre el tablero europeo el equilibrio entre las distintas potencias del Viejo Continente y sus respectivos intereses políticos, territoriales y comerciales.

Situémonos ahora en la Baja Silesia, actualmente perteneciente a Polonia, pero que a mitad del s XVII formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico bajo el dominio de Ferdinando III de Habsburgo, ferviente católico. En aquellos días las naciones involucradas, agotadas por el esfuerzo bélico, acababan de poner fin al largo conflicto a través de una serie de acuerdos, conocidos como la Paz de Westfalia, que se firmaron en 1648 y que se consideran el punto de arranque del Estado moderno.

La Paz de Westfalia había concedido a cada gobernante el derecho a determinar la religión de su propio estado, pero en la Baja Silesia, pese a su soberanía católica, vivía una importante comunidad luterana que reclamaba el derecho a construir sus propios templos para practicar su fe. Para lograrlo, solicitaron la  ayuda diplomática de Suecia, de credo protestante, que empezaba a adquirir pujanza en el mapa europeo.

El imperio de los Habsburgo, al igual que el papado, habían salido debilitados de la guerra y Ferdinando III se sintió obligado a ceder a las presiones diplomáticas suecas y dar permiso para construir tres iglesias luteranas en las localidades de Jawor, Swidnica y Glogow, próximas a Breslavia, que fueron así conocidas como las Iglesias de la Paz; pero lo autorizó “con la boca pequeña”, tratando de asegurarse de que las iglesias nunca llegaran a construirse y de que, si por ventura llegaban a existir, no se parecieran en nada a las católicas ni se mantuvieran en pie mucho tiempo. Para ello, impuso condiciones al filo de lo imposible: en primer lugar, las iglesias tendrían que situarse extramuros de las ciudades, como mínimo a “un tiro de cañón de distancia”. Además, tendrían que edificarse sólo con materiales perecederos, como madera, arena, arcilla y paja, no podrían utilizar clavos, no podrían tener campanarios y, por si fuera poco, la construcción debía completarse en un año.

Se hizo cargo de tamaño desafío el arquitecto Albrecht von Sabisch, no en vano prestigioso constructor de fortificaciones, quien, en vista de las enormes restricciones impuestas, no tuvo más remedio que poner en práctica soluciones constructivas totalmente innovadoras: las Iglesias de la Paz se sostienen merced a un entramado de postes y vigas de madera relleno de una mezcla de paja, barro y trozos y tablas de madera; las vigas horizontales se refuerzan por medio de puntales cruzados en diagonal, que a su vez se insertan en postes verticales, que buscan impedir el desplazamiento del conjunto. ¡Ah, y sí que hay clavos!, lo que pasa es que son también de madera, al igual que las tejas.

Las Iglesias de la Paz, vistas desde fuera, se parecen a los edificios civiles de entramado de madera del norte de Europa, mientras que dentro de ellas uno tiene la impresión de estar visitando un teatro barroco con palcos a distintos niveles. En efecto, tal y como quiso el Emperador, aquéllas no se parecen en nada a ninguna otra, pero eso es precisamente lo que las reviste de un halo mágico.

Exterior e interior de la Iglesia de Jawor

La iglesia de Gloglow desapareció en el s. XVIII a causa de un incendio, pero las de Jawor y Swidnica no sólo se siguen sosteniendo con orgullo desde hace cuatro siglos y son las iglesias de madera más grandes de Europa, sino que su valor histórico, su excelente conservación y sus características tan singulares, fruto de la hostilidad imperial, las llevaron a ser declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en cuyo catálogo figuran con el No 1054 desde el año 2001.

Quizás Ferdinando III se revuelva en su tumba cada año, cuando turistas de todo el mundo son atraídos a la Baja Silesia precisamente por la singularidad de estas dos joyas del Barroco. Y es que los nuevos tiempos casi siempre irrumpen con brío bastante y sobrante como para reírse hasta del inmovilismo más obstinado.

  • En realidad, la Historia registra hasta cuatro defenestraciones de Praga: dos en el s. XV, la más conocida en 1618 y la última, aún envuelta en el misterio, en 1948, cuando el único ministro no comunista del Gobierno de la entonces Checoslovaquia apareció muerto bajo una ventana de su ministerio. ¡Quiera el Cielo que, a día de hoy, tan singular muestra de la tradición cultural autóctona haya caído en desuso entre los pragueses!

Créditos:

Imágenes: Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesias_de_la_Paz_de_Jawor_y_%C5%9Awidnica

viajesconhumor.com: swidnica y su iglesia de la paz

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesias_de_la_Paz_de_Jawor_y_%C5%9Awidnica

lacrisisdelahistoria.com: la paz de westfalia

https://es.wikipedia.org/wiki/Paz_de_Westfalia

https://www.ecured.cu/Tratado_de_Westfalia

UNA PERSONA MODÉLICA

No trato con lo que sigue de plagiar a Gila, sino de ahorrar información de poca sustancia al sufrido lector, pero el caso es que hace poco oí que «alguien» dijo de «alguien» que era «una persona modélica». Algo me causó cierta desazón en ese enunciado y, quizás por aquello de que «el diablo cuando no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo», me puse a cavilar sobre él y llegué a la conclusión de que, dicha con la mejor de las intenciones, en el fondo la frase no añade nada sobre el individuo objeto de su valoración. Y es que, si bien se mira, en ella no hay más que un pleonasmo.

En efecto, la palabra «persona»

«Procede del vocablo del latín persōna, observado en el etrusco phersu, sobre una posible raíz en el griego prósōpon. Se presenta en alusión al uso de una máscara, principalmente como recurso para la personificación en el marco del teatro» (1).

En el teatro griego los actores cubrían el rostro con una careta expresiva de la emoción que representaban en cada momento y que, además, cumplía la función de dotar de mayor resonancia a la voz para que fuera más audible.

Por su parte, «modélico» proviene de «modelo», que en la primera acepción de la RAE se define como

«Arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo».

Es decir, lo modélico, al igual que la máscara, es lo que enseñamos a los demás, lo que queremos que éstos vean.

Por tanto, en ese sentido todas las «personas» somos, por definición, «modélicas», así es que decir de alguien que es una persona modélica singulariza tan poco al sujeto de la proposición como afirmar de cierto triángulo que tiene tres lados.

Existe una clase de seres humanos a los que uno puede acercarse mostrándoles lo que hay detrás de la máscara: el brillo de la mirada cortocircuitado, la autoestima rallada, el corazón abollado, la sangre arremolinada, el alma llena de lamparones y la mente poblada de fantasmas, obsesiones, apegos y fobias, además de todo tipo de suciedades y bajezas. Hecho lo anterior, quizás ellos nos mirarán con cara de haba, sin entender qué tiene todo eso de particular para hacernos sentir que somos peores que cualquier otro, o bien, por toda respuesta, nos dirigirán una mueca levemente irónica, acompañada de una palmada en el hombro que quiere decir, sin palabras, porque no merece la pena gastar aliento en algo banal, «si yo te contara…» y cualquiera de esos sencillos gestos será nuestro billete de vuelta a la dignidad de ser parte de esa grandeza, a pesar de toda nuestra miseria y de todo nuestro desvalimiento, que nos caracteriza como seres humanos.

Aquellos ante los que podemos presentarnos de la guisa descrita sí que son, no sólo singulares, sino esenciales y se llaman, sin más retórica, «amigos».

(1) https://etimologia.com/persona/

Foto: https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%A1scara

MIEDO

En el momento en que dejas de tenerle miedo a quien eres ya nadie puede hacerte daño.

Foto: El sueño de la razón produce monstruos Wikipedia

POR FAVOR, QUE HABLE MÁS CLARO

Si yo hubiera tenido que seleccionar a un modelo para rodar un anuncio de galletas integrales con cereales de cultivo ecológico habría elegido a mi amigo Víctor. La tarjeta de visita de Víctor era un semblante casi siempre alegre, una mirada limpia y una apariencia de chico fuerte y sanote. De hecho, se ve que a la enfermedad le debió de parecer una presa tan suculenta que decidió entretenerse jugando con él al ratón y al gato durante unos pocos meses y, cuando se cansó, le pegó un tiro en la nuca. Tenía treinta y cinco años y deja esposa y una niña de un año y pocos meses.

Yo quería mucho a Víctor. Además de alegre era generoso e inteligente, compartía su vida con una familia que lo adoraba y tenía un buen trabajo. Tenía una vida de postal, pero era de esas personas incapaces de despertar ni el más leve asomo de envidia por la sencillez con que fluía en su relación con los demás, Cuando nació Víctor se rompió el molde. A quienes lo queríamos, los ecos del disparo que lo mató nos van llegando en forma de un silencio cada vez más atronador con el paso de los días.

Es inútil preguntarse el por qué o el para qué de su muerte y es inútil porque, sin haber pedido venir aquí, hemos sido arrojados a una habitación a oscuras en la que, por más que tantees la pared en busca de interruptores, sólo vas a encontrar enchufes en que meter los dedos y abrasártelos. Bien pensado, no es menos inútil preguntarse el por qué o el para qué de su vida o de cualquier otra.

Yo no estoy dimensionado para entender al supuesto Dios que haya fabricado esta ratonera. Y de aquello que ni estoy en condiciones de entender ni puede haber quien me ayude, simplemente no quiero saber nada. Si Dios, o Quien esté en Su lugar, si es que hay alguien, quiere ser entendido, por favor, que hable más claro.

Foto: Wikipedia

¿METÁFORA?

Vagón de cola del tren. Es imposible ver hacia dónde vas, sólo puedes mirar hacia atrás pero no puedes cambiar nada de lo que huye en esa dirección. ¿Metáfora de la vida?

Nota: justo enfrente de esa ventanilla había un urinario y, de cada vez que se abría su puerta, yo me convertía en un sandwich entre el pasado y la letrina. En efecto, la vida no es del todo poética.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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