EL PARQUE (editado)

Las imágenes, como las palabras, como todo objeto cotidiano, se desgastan con el uso. Sin ir más lejos, al hablar de “objeto”, ¿quién es consciente de que ese sustantivo deriva del latín “objicere”, que significa “poner delante”. El alma de la palabra se ha cubierto de óxido y ha dejado de manifestársenos.

¿A alguien le llama la atención ver a unos niños jugando en el parque, mientras sus padres se entretienen hablando entre sí o manoseando sus móviles? Sin embargo, a mí sí me resulta inspirador el espectáculo de la vida, con esa fuerza suya tan sutil como irresistible, que surge de cualquier resquicio en cuanto las personas nos echamos a un lado, como pasa con los tallos que empiezan a brotar del suelo de corcho de un parque de juego precintado. Y, no obstante, las dos escenas que acabo de describir no son más que “el mismo perro, pero con distinto collar”.

Cuando estudiaba en el colegio tuve que leerme “La montaña mágica”, de Thomas Mann, para la clase de Lengua y literatura. Es de las pocas cosas que, pese a haberme visto obligado a pasar por ellas, me han servido de provecho

Como es sabido, el libro gira en torno a la vida y las reflexiones de un grupo de pacientes internados en un sanatorio anti-tuberculoso en la alta montaña, durante los años de la Primera Guerra Mundial. La (extensa, sobre todo cuando se aborda con diecisiete años) novela es una de esas Obras, con mayúscula, que te acompañan hablándote al oído a lo largo de toda tu vida, porque está tejida con ese tipo de vivencias que perpetuamente flotan entre lo universal y lo particular. Por ejemplo, en estos meses en que tanto se ha hablado de “La peste”, de Camus, me han venido a la cabeza varias veces el escenario de “confinamiento” en que “La montaña mágica” se desarrolla y los lazos psicológicos que acaban atando a los pacientes a su propio encierro (lo que hoy ha venido a conocerse como “la fiebre de la cabaña”).

Pero lo que se me quedó grabado a fuego en su momento y he tenido siempre presente desde entonces es la perturbadora conclusión a la que llega uno de los personajes en un pasaje, cuyos detalles se me han borrado por completo, pero que supongo bastante tormentoso. Nada más y nada menos que: “la vida es una enfermedad de la materia“.

Y, sin embargo, no se nos debe escapar que, como pasa con las plantas que vemos brotar de las grietas de la civilización, de las entrañas de una afirmación tan nihilista brota igualmente, muy sutil y muy poderosa, la vida, porque una sombra así de negra y profunda sólo puede nacer de una luz muy intensa y brillante.

 

TERRITORIO COMANCHE (EDITADO)

Sigo vagando por un paraje hosco y estéril en la sola compañía de este hombre extraño. Siempre parece estar totalmente inmerso en su propia realidad, como si fuese por el mundo con la cabeza dentro de una pecera. Pero algo indefinible me dice que él es muy peligroso, que súbitamente podría tomar conciencia de mi presencia, caer sobre mí y acabar conmigo como si fuera un insecto sin que yo supiera ni por qué.

No tenemos un idioma común. A veces saca un móvil de sus ropas y habla con alguien que supongo tan ajeno a mi mundo como él. Al principio trataba de descifrar su lenguaje buscando pistas que me ayudaran a hacerme entender, pero me convencí de que era algo así como intentar traducir un mensaje que viniera grabado en un meteorito, así que ya hace tiempo que he desistido.

Hablo de “tiempo” por pura convención. No sé qué hago en este desierto ni cuánto días, meses o años llevo en compañía de este hombre. Sin embargo, parece que, de algún modo, todo esto ha llegado a adquirir algo que se parece aceptablemente al sentido; será la fuerza de la costumbre. Supongo que si me pusiera a hacerme preguntas me invadiría la  perplejidad e incluso la zozobra, pero entonces igual perdería fuelle y no podría seguirle el paso a quienquiera que sea este personaje y entonces, ¿qué? No, no, me he jurado que no voy a hacerme más preguntas…

Si tengo hambre o sed me dirijo a él por señas o trato de imitar la palabra que pronuncia cuando me ofrece algo que satisface mis necesidades. Cuando necesito descansar hago ademán de sentarme. A veces me hace caso y a veces me ignora; no sé si me entiende o no. Imagino que esto es un poco como jugar a las tragaperras; dado que lo que ocurre cuando echas una moneda es completamente impredecible, si pierdes lo único que te queda es volver a probar suerte echando otra. Ya he renunciado a cualquier aprendizaje.

No sé si soy yo quien lo acompaña, si es él quien me guía o si, simplemente, soy objeto de un secuestro. A veces pienso en empezar a caminar en otra dirección con toda naturalidad delante de sus narices y tratar de salir de aquí por mi cuenta, pero no puedo hacerlo; tengo esa certeza absoluta y misteriosa propia de los sueños de que no puedo hacerlo, porque, por algún motivo, no hay duda de que él es el dueño de la situación.

Tras unas horas de descanso comienza una nueva jornada y, aunque sea por escuchar un lenguaje familiar, como cada mañana, cuando lo veo por primera vez levanto la cabeza de lo que estoy haciendo y lo saludo en mi idioma: “buenos días, Sr. Jareño”.

En fin, ya estamos a jueves y el viernes se sale a las dos. ¡Qué maravilla! ¡¡Ya no queda nada para el finde…!!

 

EL FALSIFICADOR (relato en 99 palabras)

 

Como no puedo hablar se me ha permitido conocer mi vida anterior. Fui falsificador de pinturas de artistas famosos y me hice rico engañando a muchísimas personas. Yo era un maestro del color y podía imitar la pincelada de cualquiera.

Ahora pago mi deuda kármica repasando obsesivamente los trazos sin genio que otros dibujaron, recorriendo una y mil veces líneas paralelas, secantes o tangentes sobre un enorme lienzo con arrugas, sin poder añadir nada al cuadro anodino que componen.

En esta reencarnación soy un tren de Cercanías atrapado en la red ferroviaria de la Comunidad de Madrid.

 

Este relato lo tenía preparado para el XIV certamen de relato breve “El tren y el viaje en Cercanías” que, en circunstancias normales, tendría que haberse celebrado entre mayo y junio, como cada año. No ha podido ser, así que aquí te lo dejo, amable lector.

Imagen: Wassily Kandinsky – El comedor de Kandinsky en 1909

 

MILLA DE ORO

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

 

Antonio Machado

 

Queridos revoltosos de la Milla de Oro,

Al enterarme de vuestras andanzas vespertinas en pro de la libertad sentí un cabreo descomunal, apoteósico, hercúleo, homérico.

Pensé en el drama que han vivido muchos durante los últimos meses, en el esfuerzo sobrehumano de otros, los que, al límite de sus fuerzas o incluso más allá, han estado luchando contra el Covid en hospitales atestados, en todos los que hemos tratado de poner nuestro modesto granito de arena obedeciendo las normas a rajatabla para no empeorar las cosas y a los que, con vuestra actitud, ahora nos estáis llamando gilipollas, en las personas que vienen a limpiaros vuestras casas desde barrios obreros y tendrán que tragarse y llevar a sus familias el cus-cus de gérmenes que estáis montando, porque resulta que ahora entre los Borjamaris y las Cayetanas se debe de haber vuelto muy “chic” eso de jugar a revolucionarios de opereta enarbolando palos de golf en la vía pública junto con “papuchi” y “mamuchi”.

¡¡¡Palos de golf!!! Más que el hecho de tratarse de una manifestación no autorizada que atenta contra la salud pública en la que, para más inri, exhibís masivamente instrumentos de un alto potencial lesivo, me jodío, sí, que éstos fueran precisamente palos de golf en lugar de garrotas de alcornoque.Y resulta que, a lo mejor, incluso es mentira que hayáis hecho un uso generalizado de tan lúdico y refinado instrumento para expresar vuestro furor y vuestras ansias de libertad, pero el hecho es que eso me jodió y mucho. Entonces pensé que ojalá la policía os barriera de las calles a palos y os embutieran a hostia limpia en furgones policiales para transportaros como ganado a los calabozos, ¡¡¡a ver si ahí os encontrabais a gusto o preferíais el confinamiento en vuestras moradas de marquesones!!!

Pero, en cuanto semejante idea se me pasó por la cabeza, se me encendieron todas las luces rojas y empezó a sonar un sonido de alarma taladrante en mi conciencia. ¿No era eso precisamente lo que antaño quería la “gente de orden” para los rojazos de melena y trenca que empezaban a ponerse respondones frente a la dictadura Franquista? Y empecé a rebobinar: en el Barrio de Salamanca no solamente viven Borjamari y Cayetana, también viven la Sra. Sagrario y el Sr. Modesto, ancianos que ocupan un piso de renta antigua y que comen todos los meses de una pensión como la de tantos. Pero, es más, ¿y qué si Borjamari y Cayetana viven en un piso de 500m2 y su papuchi y su mamuchi tienen tanta pasta que se le sale por debajo de la puerta? ¿Es que eso hace de ellos seres infrahumanos? ¿Y qué si practican el golf o la equitación? ¿Es que eso los hace de peor condición moral que quienes tienen problemas para llegar a fin de mes y bajan al parque a jugar a la petanca? ¿Es que es más deshonroso ser “pijo” que ser “choni” o “hípster”, lo que quiera que sea cualquiera de esas cosas?

Y mi conclusión fue que sí, que, mal que nos pese a algunos, casi todos llevamos un fascista (o un estalinista o un nazi, me da igual) dentro, cubierto de una fina capa de barniz, empezando por mí. Y que eso no es malo ni bueno, sino que depende del uso que hagamos de ello. Decía Erich Fromm que si él no tuviera algo de Adolf Eichmann no podría llegar a entender como persona al criminal nazi. Es decir, que nuestras propias “sombras” nos pueden servir de detector para tomar conciencia de la presencia de “La Sombra” que siempre planea sobre la Humanidad cuando ésta se acerca más de la cuenta (y lo hace periódicamente) y así tratar de guardarnos de ella.

También pensé en la fragilidad de nuestros sentimientos de empatía y de nuestra disposición a la sociabilidad cuando nos tocan aquello con lo que nos identificamos como individuos, sean nuestras posesiones, nuestras costumbres o nuestras ideas.

Y, finalmente, pensé que, siendo nuestras tendencias individualistas tan abrumadoras de por sí, cuando algunos machaconamente tratan de excitarlas hasta convertir el individualismo en pura arrogancia y desprecio por lo que nuestra posición debe a otros, es porque algún interés muy fuerte los mueve a gastar tiempo y recursos en esa actividad proselitista. O sea, que ahí hay gato encerrado y que ciertas maneras de entender el individualismo no son más que una de las muchas formas que adopta el aborregamiento.

En fin, revoltosos de la Milla de Oro, que sólo deseo que se os aplique la ley con humanidad y con proporcionalidad, entre otras cosas porque tengo un motivo de agradecimiento con todos vosotros. Y es que, sin saberlo me habéis prestado un gran servicio: me habéis ayudado (creo) a crecer un poco más.

HOSPITAL SEVERO OCHOA: VERGÜENZA Y MIEDO RETROSPECTIVO

En mi anterior entrada HOSPITAL SEVERO OCHOA: DESBORDAMIENTO me refería a la carta dirigida al Gerente del mismo por parte de una persona cuyo padre falleció en el mes de enero. Esta ha sido la respuesta:

Según la información que aparece en la página web de la Comunidad de Madrid , el susodicho hospital cuenta con casi cuatrocientas camas. Eso significa que el pasado día 11 de enero, sábado, el Severo Ochoa sólo disponía de un médico de guardia, ayudado por dos residentes, para atender esas cuatrocientas camas.

Decir que eso es desolador es quedarse corto… El dolor, la rabia, la impotencia y el miedo se mezclan en una amalgama oscura que se hace bola en la garganta.

Al recordar la ya patética situación del hospital aquel sábado, cuando la vida aún era “normal”, y pensar en lo que estaba por llegar, se imagina uno el estremecimiento que debe sentir quien descubre que el prado donde estaba sentado comiendo con su familia era un campo de minas y que esa lata oxidada que trataban de abrir a pedradas sus hijos pequeños no era más que una granada de la guerra que el tiempo había sacado a la luz.

 

 

 

 

HOSPITAL SEVERO OCHOA: DESBORDAMIENTO

Esta es la carta que una persona, cuyo padre falleció en el Hospital Universitario Severo Ochoa de Leganés hace poco más de dos meses, dirigió al Gerente del mismo, quejándose de la mala atención recibida. Sin respuesta.

Mi padre falleció el pasado domingo 12 de enero, a las 06:37 horas en la habitación 405 B del Hospital Universitario Severo Ochoa de Leganés.

Quiero poner de manifiesto mi descontento con el trato y la atención recibidos.

Centrándonos en su último día de vida,  llegué al hospital antes de las 09:00 horas de la mañana del sábado 11 a sustituir a mi hermano que había estado cuidándole toda la noche, el hedor en la habitación era manifiesto, hacía más de una hora que mi hermano había avisado para que le cambiaran porque se había hecho caca en el pañal, según la auxiliar, no podía hacerlo sola y tenía que subir un/a celador/a a ayudarla con los aseos de la mañana.

Pasó el tiempo, a las diez, mi padre seguía sin cambiar, la auxiliar estaba apuradísima, entrando de vez en cuando,  pero como el/la celador/a seguía sin subir, no podía cambiarle.

¿Qué clase de atención es esa? Un hombre que está moribundo, con una úlcera de presión en el sacro, ingresado en un hospital público y con su caca pegada al cuerpo varias horas. ¿Se imagina que quien está en esa cama es usted? ¿Le gustaría recibir ese trato?

Al poco de llegar yo al hospital, mi padre estaba intranquilo y dijo que quería vomitar, en ese momento echó por la boca un coágulo de sangre, la tarde anterior, había ocurrido lo mismo.

Llamé al enfermero, en ese momento avisó a los internistas que estaban de guardia para que subieran, estamos hablando de alrededor de las 9 y media de la mañana.

No sé cuándo fue exactamente pero en un momento dado, desde la cabecera de la cama en la que me encontraba, vi que una mujer con traje verde y chaqueta gris se acercaba a la puerta entreabierta, apoyando la espalda como para abrirla….pero se fue, pensé que alguien la habría llamado y que volvería, al ver que no, salí pero no la vi por ningún sitio.

En torno a las 12 de la mañana, tras varias veces preguntando al enfermero por qué no subían a ver a mi padre, aunque según  él ya tenían varios avisos, volví a salir a preguntarle. En ese momento, estaba en el pasillo una mujer con bata blanca a la que se dirigió el enfermero y que se identificó como la “médico de refuerzo”. Le contó la situación y me dijo que ahora iría a la habitación.

Cuando vino la “médico de refuerzo”, le auscultó, le mandó Furosemida y dijo que subiría con un internista de guardia para que le vieran.

Mi padre tenía cada vez más ruidos en el pecho, estaba decaído y a veces abría los ojos extendiendo las manos con cara de angustia. Llevaba sin comer desde el día anterior, sin tomar medicación por vía oral. Plantee a la “médico de refuerzo” la posibilidad de hidratarle o alimentarle de alguna manera a lo que me contestó que no procedía, que tenía los pulmones encharcados y que hidratarle era contraproducente.

¿Cuántas horas estuvo así? ¿Cuántos internistas de guardia había en ese momento en el Severo Ochoa?¿Tan ocupados estaban para que casi tres horas después todavía no hubiera subido ninguno?

Vuelvo a preguntar, ¿le gustaría ese trato si quien estuviera en esa cama fuera usted? ¿O prefiere el papel de familiar y experimentar los sentimientos de angustia, impotencia y abandono que pude experimentar yo  esa mañana?

Al cabo de un tiempo, la “médico de refuerzo” y la médico del traje verde y la chaqueta gris, vinieron a ver a mi padre.

Le pregunté a la médico del traje verde y la chaqueta gris por qué no había entrado hacía unas horas cuando estuvo en la puerta, la respuesta: es que estaba dormido.

¿Dormido? ¿Si un paciente está dormido no se le atiende después de llamar al  médico varias veces porque ha echado un cuajarón de sangre por la boca, tiene ruidos en el pecho y abre los ojos desesperado ?¿Se da más prioridad en ese hospital a que un paciente duerma que a tratar de paliar cuanto antes su malestar? ¿Cómo puede dar un médico esa respuesta?

Respuesta que además es falsa, y lo puedo afirmar con rotundidad y toda la seguridad del mundo, ella ni le vio, como dije antes se arrimó a la puerta de espaldas y se retiró, como si la llamaran de otro sitio o hubiese olvidado algo. Si fuera cierto, aparte de ver a mi padre, me hubiera visto a mí que estaba en la cabecera de su cama y no estaba dormida. ¡¡¡Qué falta de ética profesional, qué burla al enfermo y a su familia!!!!

Tras volver a auscultarle la “médico de refuerzo”, la otra ni se acercó, me dijeron que iban a tratar los ruidos en el pecho. Les dije que mi padre estaba muy mal, sin comer, sin recibir su medicación habitual, sin levantarse desde hacía una semana, con unos ruidos en el pecho cada vez más fuertes, abriendo los ojos de vez en cuando con cara de angustia y extendiendo las manos para apartarnos porque se estaba ahogando, que si no era posible facilitarle medidas de confort, sedarle, para que no sufriera, me contestaron que no, que la doctora de paliativos que le estaba llevando había dejado escrito en su historia el viernes que el paciente había experimentado cierta mejoría.

Dicha doctora puso una transfusión de sangre a mi padre el jueves por la mañana, el jueves por la tarde y el viernes por la mañana se le veía algo mejor, más despierto y hablando algo más, pero a partir del viernes a medio día volvió a empeorar.

Nosotros veíamos a mi padre muy mal, a lo largo de la semana planteamos  a la doctora de paliativos que en el caso de darle el alta considerábamos que no era un enfermo para estar en una residencia, que si le podrían trasladar a un hospital de paliativos. Negativa rotunda, que no, que esos hospitales son para pacientes que están en sus últimas semanas….madre mía que visión de futuro!!!! Si eso lo hablamos con ella el miércoles, el jueves y el viernes y mi padre falleció el domingo….es verdad que mi padre en los últimos once meses había estado muy grave en muchas ocasiones y siempre había remontado, por decirlo de alguna manera, porque su estado general era cada vez peor, pero esta vez era distinto, si lo veíamos los familiares, si él mismo quería irse porque no podía con más sufrimiento.

Siguiendo con el último día de mi padre, entorno a las cuatro y media o cinco, vino la enfermera y le puso un aerosol…..¿un aerosol con los ruidos que tenía en el pecho? ¿si hacía varios días que se los habían quitado?

En torno a las 18:00 horas, su nieta que estaba con él,  avisó a la enfermera de nuevo para que llamara a un médico porque veía a su abuelo respirar con mucha dificultad:

Sobre las  18:30 horas, volvió a subir la médico del traje verde y la chaqueta gris. Se le volvió a plantear la posibilidad de sedarlo porque se le veía inquieto y angustiado cuando abría los ojos. Respuesta: que no, que la referida doctora había dejado escrito que había experimentado una mejoría el viernes y que ella entraba de guardia al día siguiente y que vería al paciente.

Más tarde, sobre las 20:15 horas, cuando yo volví al hospital y vi a mi padre, le dije a la enfermera que por favor, llamara  a un médico. Curiosa respuesta, que si yo quería llamaba a los médicos pero que vamos, había estado ya por la tarde y ya le había visto. Le dije que sí, que por favor, llamara a un médico. Creo que ella, ya debería haber vuelto a insistir ante el estado del paciente.

Al cabo de un rato, volvió a subir la médico del traje verde y la chaqueta gris, pero esta vez, afortunadamente, acompañada de un médico. Ella ni se acercó a mi padre. El médico le auscultó e inmediatamente dijo que ese hombre estaba muy malito y que le iban a poner una perfusión con morfina, haloperidol, primperan y otros medicamentos para evitarle sufrir, nos advirtió que a partir de ahí podía durar horas o varios días.

¡¡POR FIN UNA PERSONA QUE ACTÚA CON  PROFESIONALIDAD, SENTIDO COMÚN Y EMPATÍA EN EL HOSPITAL SEVERO OCHOA!!

No sé exactamente a qué hora le pusieron la perfusión, quizá las 21:00 o 21:30 horas,  pero a las pocas horas, a las 06:37 del domingo, falleció con cara de paz.

Paz por la que estaré siempre agradecida al médico que vio la situación que los familiares llevábamos viendo días y tomó una decisión ante el estado del paciente para evitarle sufrimiento, sin tirar la pelota a otro tejado y que sean otros los que resuelvan. Le deseo lo mejor en su carrera profesional.

A lo largo del tiempo en el que se desarrollaron los hechos relatados arriba, experimentamos dolor, angustia, soledad, impotencia, rabia, abandono…en el Hospital Severo Ochoa y vimos a mi padre con la angustia reflejada en su rostro, en sus manos y en sus movimientos.

Por favor, que no ocurran situaciones similares en el futuro, sean profesionales y practiquen la empatía. Si no están dispuestos, es una pena…se han equivocado de profesión!!!!!!

Y recuerden, sus pacientes son seres humanos al igual que lo son ustedes.

Hace años que el vaso de la sanidad pública se arrastra en su quehacer diario al límite del desbordamiento. ¿Qué consecuencias cabía esperar si, de repente, se producía una sobrecarga importante del mismo?

Vivíamos en la base de un volcán apartando la vista del cráter. Icod de los Vinos es un bonito pueblo al pie del Teide, pero al menos el Teide está tan monitorizado como debería tener derecho a estarlo cualquier paciente en un hospital.

Ahora es fácil salir cada día a la ventana a aplaudir a los profesionales sanitarios, entre ellos a los muchos que desde hace años encadenan (o viven encadenados a) contratos consecutivos de tres meses de duración, pero hubiera sido mejor para todos haber “aplaudido” al sistema público de salud hace tiempo y de otra manera más efectiva.

Eso sí, aunque desgraciadamente ya sea tarde para muchos, nada nos impide cambiar de rumbo y, entre otras medidas, seguir aplaudiendo a los sanitarios mediante la regularización inmediata de sus indignas condiciones de trabajo.

Hay ámbitos en los que la limitación del déficit público es una excusa patética, cuando no criminal y, por si todo eso fuera poco, antieconómica.

Con razón dice un viejo refrán que “lo que no va en lágrimas va en suspiros” y con no menos razón dice otro que “lo barato sale caro”.

 

Foto: desbordamiento del Manzanares en 1947. Crédito flickr

MEDIOCRIDAD

–  La verdad es que uno no vale para nada; ni música, ni poesía, ni pintura, ni prosa, ni ciencias, ni derecho…

– Pues yo estoy bastante satisfecho. En nuestra mediocridad cumplimos una función crucial: somos átomos no fisibles e impedimos que esa especie de reactor nuclear que es cualquier comunidad de simios feroces cubiertos de telas se transforme en una bomba atómica. O, si prefieres un símil menos prosáico, la mayoría parecemos seres sin voz y a veces ocupamos el espacio insignificante del insecto que vive en una grieta, pero porque somos el silencio que hay entre el final de cada nota y el principio de la siguiente; lo único capaz de dar a cada una de ellas su propio relieve e inyectar ritmo en la música.

– ¡Genial! ¡Bravo por la industria del libro de autoayuda! Plas, plas, plas, plas, aplausos. Pero no creo que eso quite a nadie mínimamente despierto el peso de la conciencia de su vulgaridad.

– Ni falta que hace; mira a Mozart.

– He oído Mozart, ¿no?

– Sí, el decía, al menos por boca de Tom Hulce* “yo soy una persona vulgar, aunque mi música no lo sea”.

Por cierto, sé que también es bastante vulgar apoyarme en un diálogo de película, sobre todo siendo de Hollywood, pero es que, aunque ya voy entrando en años, nunca llegué a conocer al músico en persona. Y esa es otra “sombra” que comparto con muchísima gente.

 

*https://www.lavanguardia.com/cultura/20180604/443979282040/tom-hulce-mozart-amadeus.html

FILÓSOFOS

– ¡Abuelo! ¿Qué tal va esa vida? – Dijo el muchacho, que venía de visita al pueblo, al encontrarse por la calle con su abuelo.

– De ancha bien, hijo, de ancha bien. De larga, no se sabe. – Contestó aquél, sin perder un ápice de su aparente estado de ataraxia.

A la pregunta de “¿qué es el hombre?” respondió Heidegger que el hombre es un ser “para la muerte”. Como consecuencia, la única existencia auténtica sería la de quien no utiliza su vida para ponerse una venda en los ojos que le oculte la presencia del rostro de aquélla.

¿Podríamos definir al filósofo como aquella persona que necesita escribir quinientas páginas para explicar lo que cualquier hombre sencillo es capaz de mostrar a su nieto dando un paseo?

CEREMONIA DE GRADUACIÓN

Dijo un autor que no recuerdo (por la mezcla de lucidez, amor al absurdo y sensibilidad, probablemente francés) que únicamente tendría sentido decir que dos personas han estado casadas cuando la vida de una de ellas se ha acabado, porque sólo entonces se podría asegurar si esa relación, en la que ya no cabe incertidumbre futura, fue o no fue de verdad un matrimonio.

Con la misma lógica, cabría pensar otro tanto del conjunto de nuestra vida. En el instante último podríamos optar entre taparnos los ojos o bien organizar una especie de ceremonia de graduación íntima en la que uno, desdoblado en maestro, discípulo e invitado, se entregaría a sí mismo un certificado inmaterial en que constaría algo así como: “ESTO HA SIDO LA VIDA DE UN SER HUMANO QUE HIZO LO MEJOR QUE SUPO Y PUDO” y se regalaría un aplauso a la misión cumplida antes de salir del escenario.

Cuando yo era niño no había ceremonias de graduación – menos mal que no sabían lo que se estaban perdiendo las tiendas de ropa, los salones de eventos y los establecimientos de licores -, si acaso, en alguna ocasión, un refresco en vaso de plástico con patatas fritas y ganchitos en el patio del colegio, disfrutando de una tarde luminosa sin ser aún asfixiante. Pero el día en que me daban las vacaciones yo solía celebrar mi propia ceremonia con la paz y la satisfacción que se me desbordaban por las costuras al irme a dormir; en ese momento estaba profundamente convencido de que la palabra “septiembre” era sólo un soplo de aire sin significado alguno y de que cerrar los ojos equivalía a salirse de las correas y los engranajes del tiempo.

Buenos o malos alumnos, grandes deportistas o patosos, más o menos admirados por los compañeros, bien considerados por los profesores o no tanto, ¿quién de nosotros hubiera considerado el fin de curso como una tragedia? No importaba nada lo que había sido o lo que habría de ser, porque entonces cualquier cambio te envolvía como un tejido fabricado con  los hilos cómodos y ligeros del “aquí” y el “ahora”.

¿Existe una transformación cultural capaz de ayudarnos a perder el miedo a la propia muerte o hay que aceptar que hemos abandonado para siempre esa ligereza del dejarse ir junto con nuestra juventud?

INDEPENDÈNCIA

– El otro día le decía yo a un amigo independentista: “¿Sois conscientes de la dificultad que os supone el hecho de que, por ejemplo, Tarragona quiere seguir siendo España y el Valle de Arán no quiere ser ni español ni catalán?” Y el tío va y me contesta: “Sí, no te preocupes, somos plenamente conscientes de donde tendremos que bombardear”.

– Veo que, al contrario que tú, tu amigo puso el dedo en la llaga.

– ¿¿¿En la llaga de qué???

– De que el principal problema para la independencia de Cataluña es que los independentistas más feroces, sin saberlo, son muy españoles.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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