RUINA

Uno de los inconvenientes de leer es que luego cuesta mucho ponerse a escribir. Y es que casi todo se ha dicho ya y casi siempre se ha dicho todo mucho mejor de lo que uno habría sido capaz de hacerlo.

Para muestra, la siguiente nota a pie de página del “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo”, de Gregorio Marañón, publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia hacia 1930:

Unas palabras semejantes de G. MAURA GAMAZO al juzgar este momento de nuestra historia. “Hoy, como en los días del último Enrique, la raza por sus pecados pena; pero ha aprendido desde entonces que no le es ya lícito fiar su redención al providencial advenimiento de otros Reyes Católicos, porque las naciones eligen ahora a sus gobernantes, y no suelen tener sino lo que merecen.” (Discurso de recepción en la Real Academia Española. Madrid, 1920.) Desde luego, esta visión optimista sobre el porvenir de nuestro país, entonces y ahora, se basa en la convicción acérrima de que bajo la ruina oficial persiste incólume la vitalidad popular. Digo esto para contestar a algunas observaciones que nos han sido hechas de juzgar a la ligera la decadencia de esta España del final de la Edad Media. Decadencia del Estado, no de la raza.

Pues eso, sustitúyase “raza” por “sociedad”, a modo de ligero aliño a beneficio de los paladares contemporáneos, y creo que la conclusión es que la pelota sigue estando en nuestro tejado.

Por eso es tan importante que permanezcamos todos muy pendientes de la Liga.

TERRITORIO COMANCHE

Sigo vagando por un paraje hosco y estéril en la sola compañía de este hombre extraño que porta un morral de vituallas y un lanzagranadas y parece siempre inmerso en su propia realidad, como si fuese por el mundo con la cabeza dentro de una pecera.

No tenemos un idioma común. A veces saca un móvil de sus ropajes y, mientras habla con alguien que supongo tan ajeno a mi mundo como él. Al principio trataba de descifrar su lenguaje buscando pistas que me ayudaran a hacerme entender, pero me convencí de que era algo así como traducir un mensaje que viniera grabado en un meteorito y hace tiempo que he desistido.

Hablo de “tiempo” por pura convención. No sé qué hago en este lugar ni cuánto tiempo llevo así. Sin embargo, parece que de algún modo todo esto ha llegado a adquirir algo que se parece aceptablemente al sentido; será la fuerza de la costumbre. Supongo que si me pusiera a hacerme preguntas me invadiría la mayor perplejidad, pero entonces igual perdería fuelle y no podría seguirle el paso a este personaje, y entonces ¿qué? No, no, ya he dicho que no voy a hacerme preguntas…

Si tengo hambre me dirijo a él por señas o trato de imitar la palabra que pronuncia cuando me ofrece algo de su morral, que supongo que querrá decir “comida”. Cuando necesito descansar hago ademán de sentarme. A veces me hace caso y a veces me ignora; no sé si me entiende o no. Imagino que esto es un poco como jugar a las tragaperras; dado que lo que ocurre de cada vez que echas una moneda es completamente impredecible, si pierdes lo único que queda es volver a probar suerte; ya he renunciado a cualquier aprendizaje.

No sé si soy yo quien lo acompaña, si es él quien me guía o si, simplemente, soy objeto de un secuestro. A veces pienso en empezar a caminar en otra dirección con toda naturalidad delante de sus narices y tratar de salir de aquí por mi cuenta, pero no puedo hacerlo; tengo esa certeza absoluta y misteriosa propia de los sueños de que no puedo hacerlo, porque no hay duda de que él es el dueño de la situación.

Tras unas horas de descanso comienza una nueva jornada y, aunque sea por escuchar algún que otro sonido familiar, como cada mañana lo saludo en mi idioma: “buenos días, Sr. Director”. En fin, ya estamos a jueves. ¡Qué maravilla! ¡¡No queda nada para el finde…!!

 

 

 

MADRE FORTUNA

Porque en una aldea
Un pobre mancebo
Hurtó sólo un huevo,
Al sol bambolea,
Y otro se pasea
Con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

Así caracteriza Góngora a la administración de justicia de su tiempo en un conocido poema sobre las veleidades de la fortuna:

Da bienes Fortuna
que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

Salvo que una justicia cuya voluntad se parece tanto al azar no merece llamarse Justicia porque, como decía Umberto Eco, no es fácil de distinguir “del caos primigenio”.

La administración de justicia era ya en tiempos de Góngora una de las funciones características del poder estatal, y así trata Arturo Pérez Reverte de transmitirnos la vivencia que el español del Siglo de Oro tenía de aquél cuando hace decir a uno de sus personajes:

“(…) y debí las ventajas y ascensos más al favor del Rey, a mi relación con Angélica de Alquézar y a la fortuna que me acompañó siempre, que a los resultados de la vida militar propiamente dicha. Que España, pocas veces madre y más a menudo madrastra, mal paga siempre la sangre de quien la vierte a su servicio; y otros con más mérito se pudrieron en las antesalas de funcionarios indiferentes.” (1)

Es decir, junto a la intervención del azar también entra en escena el poder de las influencias, que no es más que una forma de picaresca con más “caché” que algunos pervierten incluso más disfrazándola de “meritocracia” (“si tengo influencias es porque lo valgo” o, lo que es lo mismo “si soy chulo es porque puedo”) .

Quizás de todo ello surge esa referencia a la “madrastra”, que suele traernos resonancias de una persona que ocupa el lugar de la madre, pero que realmente no está disponible como tal.

Si puede hablarse de “carácter social”, he aquí otro rasgo que muchos han visto y siguen viendo como distintivo de nuestra idiosincrasia patria:

“El italiano Guicciardini, que visita España a finales del siglo XV, escribe: <<… los españoles consideran vergonzoso el comercio. La gran pobreza del país se debe a la vagancia de sus habitantes, que importan sus materias primas en lugar de elaborarlas ellos mismos. Viven en casas miserables y lo que tienen que gastar se lo gastan en ellos mismos o en una mula llevando encima más de lo que queda en casa>>. O sea, escasez y apariencia”. (2)

Escasez, apariencia, azar o fortuna (que no es más que otra cara de lo indisponible). Lo que falta es un pilar tan esencial de la personalidad como lo que está.

El “Día de la Madre” me ha hecho pensar si esa picaresca y esa adicción a la apariencia que a veces se nos pegan como la sombra, o como las manchas de petróleo al salir de una playa sucia, no son más que nuestro esfuerzo desesperado por sentirnos mirados, elegidos y tocados por la gracia de esa “madre España” tan a menudo ausente, tan a menudo “madrastra”. ¿Calvinismo “made in Spain”?

 (1) Aturo Pérez-Reverte. El oro del Rey.

(2) Juan Eslava Galán. Historia del mundo contada para escépticos

GRAVEDAD

El pasado día 1 de abril falleció Pierre Binétruy en un hospital de París. Desde que me he enterado por un correo electrónico masivo me acuerdo de él con frecuencia y, cada vez que lo hago, siento una especie de vértigo que me arrastra a sentir pena por una pendiente suave. Quizá su vínculo con la fuerza de la gravedad era tan estrecho que perdura más allá de la muerte. En cualquier caso, sigo sorprendido del efecto que ha producido en mí la desaparición de alguien a quien nunca conocí en persona.

Supongo que Pierre Binétruy es poco conocido fuera de determinados círculos (como, por otra parte, le ocurre al quiosquero del barrio o al camarero del bar de enfrente). Era un físico teórico, profesor en la Universidad Paris Diderot, donde llevaba a cabo estudios sobre cosmología y gravitación y, en particular, sobre los primeros instantes del universo en relación con las interacciones fundamentales.

Fue el organizador de un curso gratuito a través de Internet en el que, junto con el Premio Nobel George Smoot y otros colaboradores nos sirvió de guía a unas cien mil personas repartidas por todo el mundo en un recorrido que arrancaba con Galileo observando las leves oscilaciones de una lámpara en la catedral (en vez de estar nutriéndose de las sabias palabras del cura) y terminaba con la búsqueda de la materia y de la energía oscura, pasando por los primeros instantes del universo, en que una fluctuación cuántica de eso que en la vida cotidiana llamamos “vacío”, hace 13.000 millones de años, pudo dar lugar a todo lo que podemos ver (y no) a nuestro alrededor: http://gravity.paris/.

Su curso nos hizo accesible a muchos el prodigio de que, conceptos que a lo largo de la Historia de la Humanidad sólo han podido ser objeto de especulación filosófica, sean hoy en día susceptibles de formulación matemática y de verificación experimental. Es un triunfo incontestable del pensamiento.

Ante ello, uno toma conciencia de la grandeza del ser humano, cuya mente contiene la semilla de sí misma y del universo entero. Eso es un brevísimo instante antes de darse cuenta de que ni las leyes de la mecánica cuántica ni la lógica matemática pueden ni podrán dar nunca razón de su propia existencia y, ante ello, por mucho que uno trate de seguir mirando hacia otro lado surge La Pregunta: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada? Y ahí nos sentimos tan insignificantes que enmudecemos.

Tal vez la forma de convertir ese aparente fracaso en victoria es descubrir que la dignidad de cualquier persona está simplemente en nuestra capacidad de trascender lo inmenso y lo minúsculo aceptando que somos las dos cosas a la vez.

Probablemente gran parte del magnetismo del curso lo aportaba la personalidad de Binétruy que, puede que por haber llegado a esa aceptación, parecía bien vacunado contra toda posible arrogancia. Quizás por eso, a un alumno que en un foro le consultó sobre un artículo científico que aquél había localizado en Internet le contestó: “me parece que es un poco técnico, pero prueba a leerlo”. Más allá de los párrafos introductorios, el artículo no es que fuera “un poco técnico”, sino que entraba de lleno en el arcano de lo incognoscible. Y es que cuando a un francés le da por salir encantador, no suele haber quien se le resista.

Descanse en paz o, mejor, que explore el universo ya sin trabas y luego vuelva y de alguna forma nos lo cuente.

ORIGEN Y DESTINO

Mi padre se gastaba una visión más bien irreverente del mundo que acabó transmitiéndonos. Eso sí, cuando a él le alcanzaban las ondas concéntricas de nuestra propia irreverencia solía aceptarlo con mucha deportividad. Para ese tipo de cosas tenía cintura.

Quizás por eso un buen día, siendo un muchacho, compartí con él sin reparos un pensamiento que me cruzó: “La Naturaleza es tan poderosa que sería perfectamente capaz de producir seres humanos directamente a partir de una especie de caldo de cultivo. ¿Por qué, entonces, la reproducción sexual? Muy fácil, los padres, en realidad, constituyen la pieza más importante de la selección natural; sólo los individuos más aptos son capaces de sobrevivir a su influencia y así, poco a poco, la especie se va volviendo invulnerable”.

El caso es que se quedó una fracción de segundo parado y respondió como si no me hubiera oído. Pareció quedar momentáneamente “tocado” y eso era extrañísimo en él. Tanto es así que, cuando mi padre salió de las ruedas del tiempo, me acordé enseguida de esa ocurrencia mía y deseé que no se la hubiera llevado consigo como un lastre, aunque no pesara más que una mota de polvo. Pero bueno, aun aceptando que exista conciencia fuera del tiempo, supongo que el temor o la culpa no son en el fondo más que corolarios del miedo a la muerte, a la muerte de uno mismo o de parte de uno mismo, así que imagino que el que ya está muerto no tiene nada que temer.

Lo cierto es que me ha dado cierta tranquilidad el ser capaz de aplicarme mi propia medicina sin que me escueza, porque ahora que yo soy padre sigo pensando lo mismo.

Al margen del soporte material y afectivo que se supone que estamos llamados a dar, los padres tenemos una misión oscura; no sólo es que de nuestros errores se aprende que la vida es imperfecta, es que hay personas que son humillantes, violentas, manipuladoras o simplemente inafectivas hasta la patológico, y eso no cambia por el hecho de traer hijos al mundo. Teóricamente, nadie en su sano juicio podría quererlas, pero todos los niños tienen la necesidad de convencerse de que sus padres son buenos y de adorarlos. Sin embargo, esa necesidad psicológica nos puede enseñar a querer de modo irracional, verdadero chaleco salvavidas que encontramos debajo del asiento cuando no nos queda más que agarrarnos precisamente a lo más irracional para ser capaces de seguir queriendo a algo a veces tan cruel, tan injusto o tan vacío como la propia vida. Pero necesitamos amarla y, paradójicamente, hasta parece razonable hacerlo. Tal vez así también aprendemos que la razón es algo mucho más amplio que la lógica y fumamos la pipa de la paz con nuestros instintos y con nuestra intuición.

En cierta forma la misión de los padres tiene un lado oscuro, misterioso y paradójico como el destino. A veces el desconcierto nos lleva a intentar reconducir ese papel a la luz, y entonces creo que nos parecemos a aquél que en plena noche buscaba bajo una farola las llaves de su casa, que había perdido doscientos metros más arriba, porque en ese otro lugar la calle no estaba iluminada.

 

VERDUGOS

“(…) Enrique VIII (fue) uno de los primeros reyes absolutos. Cuando empezó su reinado era un muchacho atlético, deportista, culto, ponderado, encantador; cuando lo terminó, tres decenios después, era un monstruo sanguinario que llevaba condenadas a muerte a unas setenta mil personas, pesaba 150 kilos, medía 1,50 de cintura y no podía sostenerse sobre dos piernas rollizas plagadas de llagas purulentas y malolientes. El poder absoluto lo había pervertido.”

(Juan Eslava Galán; Historia del mundo contada para escépticos)

Años atrás alguien me dijo que la personalidad es una y que lo que alguien hace a otro, en el fondo se lo está haciendo a sí mismo. No lo entendí, pero ahora lo entiendo.

Traigo este tema porque siempre me ha preocupado mucho la relación entre el verdugo y su víctima. Por un lado, es uno de los “lenguajes” más utilizados en el mundo (bien por encima del español o del chino), hasta el punto de que no creo que haya quien pueda decir que nunca ha sido una cosa o la otra, o incluso las dos a la vez. Por otro, el daño que causa esa “interacción” es doble: el daño directo es evidente; el indirecto puede ser aún peor por lo insidioso: la víctima suele sentirse, además de dolorida, engañada por la humillación sufrida pensando que su agresor ha quedado por encima y que la próxima vez él o ella será quien esté en el lado “correcto” de la ecuación. De esta forma el infortunado, además de sufrir, queda infectado, a veces de por vida, de un mal que puede acabar destruyéndolo por acción y reacción.

Así que, cuando hacemos daño a otro, tendremos mucha suerte si la vida nos perdona y nos para los pies.

DANZAD, DANZAD MALDITOS*

“Los  niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.”

Atacar lo que uno “es” es el peor acto de violencia psicológica que se puede cometer contra alguien. Hacérselo a un niño utilizando como arma arrojadiza su identidad de género es una crueldad desgarradora.

“¿¡¡Todavía no lo has hecho…!!?” “El segundo es el primero de los perdedores.” “¿Has aprobado todas? ¡Así estás tú…!” “El que no vale se queda en la cuneta.” “¿De qué museo has sacado ese móvil?” “Es el programa y no me puedo salir de él.” “¡No me jodas que nunca te has colocao!” “Esto es para que os acostumbréis a lo que os espera en la universidad.” “¡Eres un amargado sin vida social!” “No le dejes los apuntes, así una menos.” “Tienes pocos seguidores en Facebook, ¿no…?”

Pero, además del transfóbico, hay  muchos otros “autobuses” que marchan triturando a los chicos demostrándoles que son “inadecuados”, incluso antes de salir de su casa, y ya los consideramos parte natural de esta vida.

tank-tread

Como un sistema que se llama a sí mismo “educativo” y que, suponiendo que mire hacia alguna parte, no ve personas a las que ayudar a descubrir qué son y qué pueden llegar a ser, sino aspirantes a los que entrenar para dejar atrás a sus competidores y clases sociales a las que separar como un decantador.

decantador_-_techneau

 

*http://www.filmaffinity.com/es/film492709.html


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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