ARQUEOLOGÍA DE LA SEMEJANZA (V) CATALINA/ANTONIO DE ERAUSO

Retrato de Catalina de Erauso, atribuido a Juan van der Hamen

Es la ambigüedad, la duda, la lucha agónica, la fascinación por lo tormentoso, por lo extraño y lo deforme, es el claroscuro. Bienvenidos al Barroco.

Catalina de Herauso (luego transformado en “Erauso”) y Galarraga nació en Vizcaya, según algunos, en 1585, aunque en su partida de nacimiento figura 1592. Vino al mundo en el seno de una “familia bien”, su padre fue comandante de la provincia de Vizcaya a las órdenes del rey y su madre también pertenecía a una familia acomodada. Parece ser que, por juego, su padre los inició a ella y a sus hermanos varones en las artes de la milicia desde niños.

Según era habitual en la época para una niña de su posición social, a los cuatro años fue internada en un convento del que era priora su tía materna para que recibiera la educación propia de una mujer destinada a hacer un buen casamiento. Desde muy pronto mostró un carácter proclive a la violencia física que dio con ella en una celda de aislamiento en varias ocasiones, hasta que a los 15 años encontró la oportunidad y escapó del convento vestida de hombre. A partir de ahí inició la vida propia de cualquier soldado de fortuna de los que han sido y serán.

Conocemos sus andanzas fundamentalmente por la autobiografía que ella escribió en el Galeón San José, mientras regresaba a España de las Américas, en 1624. La crítica literaria duda de la auténtica autoría de aquélla y de la veracidad de muchos de sus pasajes, pero existen registros y testimonios de terceros que sugieren que lo que allí se narra tiene una base real. Aunque desarrolló toda su vida pública vestida de hombre, por lo general en su autobiografía no utiliza ningún género para referirse a sí misma, salvo en momentos muy críticos en que, viéndose en trance de muerte, se identifica con el género femenino. Tampoco manifiesta atracción por hombres ni por mujeres, aunque bajo sus ropajes de varón se vio envuelta en compromisos matrimoniales con damas, de los que siempre acabó huyendo para proteger su identidad, sin olvidar que también narra con naturalidad varios episodios lésbicos, aunque cabe la duda de si intervino en ellos por deseo o, nuevamente, para salvaguardar su apariencia masculina en momentos críticos.

Tras servir como paje en la Corte de Valladolid, donde se encontró con su padre, que la buscaba por todas partes y que, al parecer, no la reconoció vestida de hombre, Catalina se alistó como grumete en un barco que partía hacia las Américas. Resulta curioso que estos encuentros fortuitos con familiares próximos que no llegaban a reconocerla se produjeron, supuestamente, en más ocasiones, en el más puro estilo de tantas comedias del Siglo de Oro.

Ya en América se alistó en una compañía que el ejército de la corona española estaba reclutando para la invasión de Chile, donde participó en las guerras contra los mapuches y ganó fama de soldado valiente y hábil con las armas, hasta el punto de recibir el grado de alférez y de llegar a asumir el mando de su compañía en sustitución de su capitán, muerto en combate. Se dice que, pese a sus méritos de guerra, las protestas que se elevaron contra ella por su crueldad con los indios la privó de un nuevo ascenso y que, de resultas, Catalina descargó su cólera cometiendo un sinnúmero de actos vandálicos.

Además de su participación en la masacre de los mapuches, de su carácter puede dar una idea la siguiente “ejecutoria”:

  • Al arribar su barco a la actual Venezuela y, tras recoger un cargamento de plata, mató a un hombre de un disparo para robarle 500 pesos y huir del barco.
  • En lo que hoy es Panamá tuvo una discusión con un hombre que le bloqueaba la visión en un corral de comedias, lo que desembocó en un desafío en el que Catalina le cortó la cara a su ofensor.
  • En Concepción asesinó al auditor general de la ciudad.
  • Allí además mató en duelo a su propio hermano, Don Miguel de Erauso, que, según parece, tampoco la reconoció (al menos hasta que ya era demasiado tarde).
  • En Potosí participó de nuevo en grandes matanzas contra los indios.
  • En Piscobamba mató a otro individuo en una pelea motivada por el juego.

Sin comentarios.

Como puede verse, el tipo de vida que llevaba Catalina la arrastró en una huida hacia adelante por toda América, donde alternó estancias en prisión con refugios en sagrado e incluso fue condenada a muerte en dos ocasiones.

En 1623 fue detenida en Perú y, en un intento desesperado para evitar ser ajusticiada, se dirigió al obispo y le contó que era realmente una mujer educada en un convento. Una vez corroborado su testimonio a través de unas matronas que la examinaron y certificaron que era una mujer, y además virgen, el obispo le otorgó su protección y la ayudó a llegar a España.

Tras volver a su patria empezó el período más “brillante” de su historia, porque se entrevistó con el rey Felipe IV que, en atención a sus méritos de guerra y de su defensa de la fe católica (¡¡¡!!!), le reconoció su grado militar, la apodó “monja alférez”, le concedió una pensión y le permitió usar su nombre masculino, “Antonio de Erauso” (durante su azarosa vida Catalina se identificó como Francisco de Loyola, Pedro de Orive o Antonio de Erauso, entre otros).

Catalina también viajó a Roma, donde se entrevistó con el Papa Urbano VIII, que la autorizó a seguir vistiendo de hombre. Se dice, que, interpelado el Pontífice sobre la laxitud de su decisión éste respondió: “Dadme otra monja alférez y le volveré a conceder lo mismo”.

A partir de ahí la monja alférez desapareció de la vida pública y regresó a América, donde al parecer se dedicó al transporte de viajeros mediante una recua de mulas hasta su muerte, en 1650.

La historia o la leyenda de esta mujer extraordinaria, aunque nos cueste un poco utilizar ese adjetivo con ella, es en sí misma la quintaesencia del Barroco. Modelo de virtud militar como soldado hábil, valiente y feroz y paradigma de virtud religiosa como virgen, utilizó convenientemente su propia dualidad para sobrevivir.

A primera vista sorprende que una mujer que se atrevió a engañar a todos hasta el último momento “usurpando” un papel de hombre y que reveló sin pudor sus devaneos lésbicos se convirtiera en un ídolo en la España de la Contrarreforma y la Inquisición, hasta el punto de que su autobiografía fue adaptada al teatro por Juan Pérez de Montalbán, discípulo de Lope de Vega. Hay quien conjetura que su elevada ascendencia social y el hecho de haberse mantenido virgen fueron decisivos para que la sociedad y las autoridades pasaran por alto la cruda realidad de su biografía y su verdadera significación frente a los dogmas y tabúes del momento.

A partir de su popularidad, la monja alférez ha sido utilizada a lo largo de la historia como un símbolo del imperio español, de las virtudes de la mujer católica, del nacionalismo vasco, del feminismo y, modernamente, de la cultura trans. Pero, ¿hay algo que podríamos destacar como especialmente significativo de un icono que se nos muestra tan intenso y tan “poliédrico” como Catalina de Erauso? Tal vez sea precisamente la ambigüedad barroca de este personaje, propia de aquel tiempo de enormes cambios.

¿Puede considerarse feminista a alguien que se dota de todos y cada uno de los rasgos considerados masculinos para desarrollar un papel social de hombre?

Más allá de su afirmación de que se “secó” los pechos con un ungüento, como hemos visto Catalina no se refirió casi nunca a su identidad de género. ¿Podemos hablar de “icono trans” para referirnos a alguien sin saber si su transformación fue fruto de su percepción de sí misma o fue un medio necesario para conseguir un fin?

En la narración de Catalina no aparecen elementos subjetivos claros que permitan identificar su orientación sexual, ya que sus contactos con mujeres surgen narrados con toda naturalidad y plenamente “empastados” en el devenir de su vida turbulenta. Por tanto, tampoco sabemos si dichos contactos, o la preservación de su virginidad, fueron una tendencia natural en ella o una manera de protegerse dentro de un “personaje” únicamente adoptado al servicio de su vocación militar.

Por eso en cualquier tiempo caracterizado por cambios profundos y marcado por la ambigüedad, como, por cierto, el que nos ha tocado vivir, parece muy oportuno seguir interrogando a la figura de Catalina de Erauso, quizás no como ejemplo de persona, pero sí como pionera de todo lo que hoy llamamos “fluido”.

Créditos:

https://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_de_Erauso

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/increible-historia-catalina-erauso-monja-alferez_13152

https://www.publico.es/sociedad/monja-alferez-icono-conquista-america-hito-genealogia-trans.html

Foto:

https://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_de_Erauso#/media/Archivo:Catalina_de_Erauso.jpg

TODO LO QUE APRENDÍ DE LA BASURA

“Os deseo un año de salud, de satisfacciones, de buen trabajo, un año durante el cual tengáis cada año el gusto de vivir, sin esperar que los días hayan tenido que pasar para encontrar su satisfacción y sin tener necesidad de poner esperanzas de felicidad en los días que hayan de venir. Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia”.

(Felicitación navideña de Marie Curie a su hija Irène y al esposo de ésta en diciembre de 1928)

Una niña pequeña salta alegre por la playa cabalgando el viento. Es una criatura ingrávida, transparente e inmortal que condensa la eternidad en cada instante. No ha conquistado la ligereza porque el afán de conquista y la ligereza son términos antagónicos; simplemente es ligereza.

Justo antes de entrar en la arena un cartel nos advierte sutilmente del respeto que debemos a ese espacio natural, si queremos que siga siendo la puerta de entrada a unos instantes de esa eternidad:

¡¡Uf!! El latón dura 200 años, unos 400 los plásticos ¡¡¡y hasta 600 el vidrio!!! En un cierto sentido, todos ellos son increíblemente más poderosos que nosotros, que no solemos aguantar los embates del tiempo mucho más de 80 primaveras, y, sin embargo, tengo muy claro que prefiero vivir ese período como humano a existir 600 años como culo de botella.

Con toda la naturalidad del mundo consideramos basura a seres que son mucho más resistentes y tenaces que nosotros en su lucha contra el entorno y que tienen la capacidad de proyectarse mucho más lejos hacia el futuro y de llegar mucho más alto que cualquier persona (¡la basura espacial!)

Sin embargo, entre nosotros es de lo más común abrazar con devoción el deber impuesto y la culpa, su hermano mellizo; la ambición y el desafío, con su correlato de inseguridad; el perfeccionismo y la frustración, su sombra más sombría, y en general todo aquello que supuestamente nos lleva a conquistar nuestro yo más «poderoso», como si ser «poderoso» fuera algo que mereciera la pena en sí mismo por definición. Por eso soy un humilede admirador de quienes han alcanzado la perspicacia suficiente para deshacerse de tales actitudes, exactamente igual que hacemos con la basura, antes de que cualquiera de ellas, o todas actuando en cuadrilla, sean las que logren arrojar la mejor versión de nosotros mismos al vertedero de lo que pudimos haber sido si hubiéramos tenido la capacidad de soltar lastre a tiempo.

Créditos: La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero

ARQUEOLOGÍA DE LA SEMEJANZA (IV) DOÑA SANCHA DE ARAGÓN

Probablemente no haya imagen femenina más transgresora del entramado ideológico y estructural de la Iglesia Católica que la de la Papisa Juana. Repasemos brevemente: la “usurpación” de Juana algunos la sitúan en el pontificado de Benedicto III y otros en el de Juan VIII (s. IX). Nacida en Maguncia en 822, pudo ser hija de un monje. Ocultando su condición de mujer entró como copista en un convento y su capacidad intelectual y erudición la llevaron a viajar de monasterio en monasterio bajo el nombre de Johannes Anglicus, relacionándose con grandes personajes de la época hasta recalar en Roma en 848. Allí se convirtió en “secretario” de León IV y, tras la muerte de éste, fue elegida Papa. Se dice que su papado fue sabio y prudente, pero acabó de manera trágica: al parecer quedó embarazada, aunque pudo disimular bien su estado bajo el ropaje papal. No obstante, quiso el destino que el parto se adelantara, de forma que en medio de una procesión dio a luz ante el gentío congregado a su paso; entonces la turbamulta enfurecida la ató a un caballo que la arrastró por las calles, mientras la lapidaban hasta acabar con ella.

Una historia fascinante y terrible con una fuerte carga simbólica, pero que tiene sólo un inconveniente: no sabemos si es verdad o hasta dónde lo es. Es decir, el atractivo que irradia la figura de Juana se basa en parte en que habita esa zona de penumbra entre la historia y la leyenda que siempre es fuente de un poder magnético perturbador.  

Sin embargo, la figura de Sancha de Aragón, aunque carece de la aureola mágica que rodea a la supuesta Papisa Juana, es tan real y tan sólida como la pétrea imagen que encabeza esta entrada: una mujer sentada en una silla de tijera. La silla de tijera simbolizaba en esa época una sede regia o de un gran prelado, por lo que, como vamos a ver, es probable que la represente a ella misma. El sarcófago se conserva actualmente en el convento de las Benedictinas de Jaca y es considerado el mejor del románico aragonés.

Sancha de Aragón nació hacia 1045 y falleció en 1097. Fue hija de Ramiro I de Aragón y desempeñó una intensa actividad en apoyo de la política de su hermano, el rey Sancho Ramírez. Como hecho notable cabe destacar que desde 1082 hasta su muerte, sin haber tomado los votos, fue abadesa del monasterio de San Pedro de Siresa, importante centro político y cultural regio, pero de regla masculina. Sin embargo, no es ese el hecho más sobresaliente en relación con su figura.

Volvamos un poco atrás. Corrían tiempos difíciles para el reino de Aragón, en pugna constante con la taifa de Zaragoza, apoyada por mercenarios castellanos entre los que se contaba un tal Rodrigo Díaz de Vivar (Charlton Heston for ever and ever en la imaginería popular), por lo que en 1075 Sancho Ramírez decidió dirigirse al Papa Alejandro II con el fin de obtener apoyo de éste para consolidar su reino (y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, para que le permitiera repudiar a su esposa, Isabel de Urgel) ofreciéndole vasallaje a cambio de dichas mercedes. El Pontífice aceptó, pero exigió al rey que sustituyera el rito mozárabe por el cristiano en la liturgia que se practicaba en su reino. Su hermana Sancha ya tenía experiencia en lo que hoy algunos denominan “la arena de la política”, porque no sólo había sido pieza clave y firme soporte de la política de alianzas del reino de Aragón, sino que a la muerte de su esposo había actuado como regente del condado de Urgel. Es verosímil pensar que estas circunstancias llevaron a Sancho Ramírez a encomendar a nuestra protagonista de hoy la responsabilidad última de que se cumpliera su parte del trato con el Papa.

Entretanto Sancho Ramírez fue proclamado rey de Pamplona y unificó en su otro hermano, García Ramírez, los obispados de Aragón y de Pamplona. Pero las normas canónicas no contemplaban la posibilidad de que un mismo obispo lo fuera a la vez de dos territorios y, además, parece que García Ramírez no mostró demasiado entusiasmo a la hora de implantar el rito cristiano en su jurisdicción, lo cual motivó las quejas de Roma.

A partir de ahí viene lo verdaderamente insólito, no sólo por chocar con la ley canónica, sino porque se trata de un hecho que jamás se había dado antes ni se ha vuelto a dar hasta la fecha (y eso que un poco ha llovido desde entonces) ni tiene visos de repetirse de momento: a la vista del peligro que el descontento de Roma podía suponer para su reino y de la resistencia de García Ramírez a llevar a cabo lo que se le pedía, el rey no dudó en desplazar a éste nombrando a su hermana Sancha “obispa” de Pamplona. Parece ser que la Santa Sede refunfuñó un poco, pero aceptó “pulpo como animal de compañía”; y es que la política ha hecho extraños compañeros de cama “per secula seculorum”.

La historia de la condesa doña Sancha de Aragón es de esas que añaden unos trazos de color a los ecos apagados que nos llegan de la vida que vibraba en tiempos ya muy lejanos. En la mentalidad del hombre medieval la intervención de Dios en el desenvolvimiento de los fenómenos terrenales y de la vida de la gente era constante. Dios, creador de las leyes que rigen el Universo, podía también alterarlas a su voluntad en circunstancias concretas produciendo “milagros”. Nada tiene de particular que el rey, transposición de la función divina en el mundo, pudiera en ocasiones específicas obrar sus particulares “milagros” alterando las normas de los hombres, incluso de forma insólita, como en el caso de nuestra protagonista.

Para la mentalidad de nuestros días esta historia presenta también multitud de ángulos, de claroscuros. Por una parte, es cierto que, como señala Rosa Montero, históricamente el papel de viuda, como fue el caso de doña Sancha, que tras la muerte de su esposo regresó a Aragón convertida en una joven condesa, ha significado en ocasiones una especie de salvoconducto que “legitimaba” a las mujeres para proseguir la misión de sus esposos desaparecidos sin demasiada reprobación social. Por otra parte, también es verdad que fue el rey, varón, quien otorgó a su hermana la posición de poder social y político que le permitió desempeñar los cometidos asignados. ¿Fue Sancho Ramírez un adelantado a su tiempo o simplemente un hombre práctico? Porque, sin perjuicio de que Sancha de Aragón no “tomó” el poder por su propia mano, parece difícil negar que, en tiempos turbulentos y letales, no hubiera desempeñado su importante papel político a lo largo de los años sin la presencia de un elemento de lo que hoy hemos dado en llamar “meritocracia”, hasta el punto, no sólo de desplazar a su hermano García Ramírez del obispado de Pamplona, sino de crear una agitación insólita en las aguas de la Iglesia que, sin embargo, no fue capaz de resistirse a esta singular mujer. Y es que, como dice el referán “algo tendrá el agua cuando la bendicen”.

Fuentes:

es.m.wikipedia.org

historiasdelahistoria.com

meryvarona.es

La ridícula idea de no volver a verte; Rosa Montero

http://www.estrelladigital.es/articulo/artes/primera-mujer-obispo-fue-espanola/20150131233724227067.html

ARQUEOLOGÍA DE LA SEMEJANZA (III) CALIPATIRA

Pancracio

Los Juegos Olímpicos de la antigüedad se celebraban en la ciudad de Olimpia cada cuatro años, desde el 776 a.C. hasta que el emperador Teodosio los abolió en el 394 de nuestra era.

En su origen tuvieron un significado religioso de reconocimiento a los dioses y principalmente a Zeus. Tras la conquista romana y el advenimiento del imperio pasaron a desempeñar una función de veneración del emperador, por lo que el emperador Teodosio I, tras decretar la adopción del cristianismo como única religión del imperio, acabó prohibiéndolos, poco simpatizante de la tradición pagana.

Durante su vigencia las reglas de los Juegos Olímpicos fueron muy claras y, como veremos, muy severas: sólo podían participar los hombres libres y las mujeres no sólo es que no podían competir (para ellas existían los Juegos Hereos), es que ni tan siquiera podían presenciarlos, ya que los atletas competían desnudos. La única curiosa excepción fueron las carreras de cuádrigas, en que las mujeres no competían físicamente, pero podían ser proclamadas vencedoras como propietarias de los caballos. De esta forma, mujeres como Cinisca de Esparta se integraron en el elenco de campeones olímpicos de la antigüedad. Pero ese no fue el caso de Calipatira, también conocida como Ferenice de Rodas, que vivió en el s.V a.C.

Calipatira perteneció a una saga de lo que hoy llamaríamos “deportistas de élite”. Fue hija y hermana de Diagoras y Dorieo, dos campeones de la disciplina de «pancracio», y madre de Pisírrodo, competidor olímpico en la misma. Por cierto, el pancracio era una combinación de boxeo griego antiguo, patadas y lucha con reglas mucho más laxas que las de las modernas artes marciales y modernamente el término se usa a veces como sinónimo de “lucha libre”.

Pues bien, según relata la crónica del viajero Pausanias, Calipatira se disfrazó de hombre y se hizo pasar por el entrenador de su hijo para verlo competir en los Juegos Olímpicos.

Digno vástago de una familia de campeones, Pisírrodo se proclamó vencedor, pero cuando Calipatira, llevada por su natural alegría, saltó a la arena para abrazar a su hijo, se enganchó la túnica en la valla que delimitaba el “banquillo” de los entrenadores y su cuerpo desnudo quedó expuesto ante la multitud.

Como hemos adelantado, las consecuencias previstas para su transgresión eran terribles, ya que el castigo reservado a las mujeres que infringiesen la ley era morir despeñadas por el monte Tipeo. No obstante, por fortuna, en consideración a que Calipatira era hija, hermana y madre de campeones olímpicos se le perdonó la vida.

Eso sí, para evitar que se repitiera la situación se promulgó una nueva norma que obligaba también a los entrenadores a ir desnudos.

Créditos:

https://www.univision.com/explora/por-que-terminaron-los-juegos-olimpicos-antiguos

https://es.wikipedia.org/wiki/Ferenice_de_Rodas

Foto: https://es.wikipedia.org/wiki/Juegos_Ol%C3%ADmpicos_en_la_Antig%C3%BCedad#/media/Archivo:Pankration_Met_16.71.jpg

ARQUEOLOGÍA DE LA SEMEJANZA (II) ENHEDUANNA (EDITADO)

«Enheduanna»; probablemente no sabremos nunca cómo era ni, por supuesto, cómo sonaba su nombre en su propia lengua.

Dicen que mirar las estrellas es contemplar el pasado, pero la recíproca también es cierta: mirar el pasado distante es enfocar la vista tan lejos que los objetos se desfiguran y quedan casi a merced de nuestra imaginación.

Enheduanna, que vivió unos 2.200 años adC. era hija de Sargón I de Acadia y de la sacerdotisa Tashlultum. Sargón fue el rey que unificó Mesopotamia y nombró a Enheduanna Gran Sacerdotisa de uno de los más importantes santuarios del Dios-Luna, Nanna, en la ciudad de Ur. De hecho, el nombre con el que se la conoce es más bien su título, que podría traducirse como «la alta sacerdotisa adorno del cielo», quizás en referencia a la belleza de la Luna.

Su existencia fue desconocida hasta el año 1926, en que un explorador británico encontró en dicho un disco de alabastro con referencias a ella. La existencia histórica de Enheduanna se confirma también por el hallazgo arqueológico de algunas piezas de joyería.

La ciudad de Ur, en la recién unificada Mesopotamia, era un enclave estratégico y las funciones de Enheduanna como Gran Sacerdotisa del templo de Nanna fueron no sólo religiosas, sino políticas. El hecho de que su cargo se convirtiera en una institución que perduró tras su muerte parece confirmar que ejerció su autoridad con eficacia, aunque sin duda no al gusto de todos, pues su participación en las luchas políticas de la época la llevó al exilio.

Como cápsulas del tiempo, 37 tabletas que contienen 42 himnos religiosos escritos por Enheduanna han atravesado los milenios que nos separan de su autora para llegar hasta nosotros. Su presencia en varios templos da a entender que sus escritos pudieron ser utilizados como textos «canónicos» con fines devocionales.

Pese a su advocación institucional por Nanna, la Gran Sacerdotisa de su templo en Ur parecía sentir pasión por Inanna, diosa de la guerra y del amor e identificada con la Afrodita griega, con la Astarté fenicia y con la Venus romana, a la que quizás consideró como su divinidad protectora y a la que nunca dejó de escribir cantos.

De uno de ellos, el “Canto a Inanna” merece la pena destacar los siguientes versos:

Fue en tu servicio

Que entré por primera vez

En el templo sagrado,

Yo, Enheduanna,

La más alta princesa.

Portaba el canasto ritual,

Cantaba tu alabanza.

Ahora he sido arrojada

Al lugar de los leprosos.

Llega el día,

Y la luminosidad

Es oculta a mi alrededor.

Sombras cubren la luz,

La entapizan en tormentas de arena.

Mi bella boca sólo conoce la confusión.

Aún mi sexo es ceniza.

Como puede apreciarse, en ellos Enheduanna se refiere a sí misma, no únicamente revelándonos su nombre, sino narrándonos parte de su peripecia personal, como fue su expulsión de la ciudad de Ur. Lo anterior tiene singular importancia en un tiempo en que todavía los autores, tras dar vida a sus creaciones, se hundían en las profundidades del anonimato completamente disociados de aquéllas.

No sólo es que, como nos explica Irene Vallejo “Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos, perdidos durante milenios (…) la apodaron «la Shakespeare de la literatura sumeria», impresionados por su escritura brillante y compleja.” Es que, unos tres siglos después de la aparición de la escritura logográfica, unos 1.600 años antes de Homero y unos 1.700 antes de Safo, el primer autor de la historia de la literatura que se reivindicó orgullosamente a sí mismo y al que, por tanto, podemos individualizar a través de su nombre y de su propia historia personal fue una mujer.

Créditos:

https://www.recantodasletras.com.br/poesias/6143125

https://blog.rtve.es/retiario/2013/04/enheduanna-la-primera-escritora-de-la-historia.html

https://teopalacios.com/enheduanna-primera-escritora-de-la-historia-y-gran-sacerdotisa/

https://elmundoentrenosotras.com/enheduanna-la-primera-escritora-conocida-la-historia/

https://es.wikipedia.org/wiki/Enheduanna

El infinito en un junco; Irene Vallejo; Siruela biblioteca de ensayo

Foto: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Enheduanna,_daughter_of_Sargon_of_Akkad.jpg

ARQUEOLOGÍA DE LA SEMEJANZA (I) LA MUJER CAZADORA

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“La Tierra hace ciento catorce millones de años, una mañana poco después del amanecer: la primera flor que ha aparecido en el planeta se abre para recibir los rayos del sol. Antes de ese histórico acontecimiento que anuncia una transformación evolutiva en la vida de las plantas, el planeta ya ha estado cubierto de vegetación durante millones de años. Probablemente, aquella primera flor no sobrevivió mucho tiempo, y las flores seguirían siendo fenómenos raros y aislados, ya que las condiciones todavía no debían de ser favorables para una floración generalizada. Pero un día se alcanzó un umbral crítico y, de pronto, hubo una explosión de colores y aromas por todo el planeta (…)”

Eckhart Tolle Un nuevo mundo ahora

Quizás podemos ver en las palabras de Eckhart Tolle una introducción metafórica y, por tanto, muy gráfica, a las realizaciones de todas aquellas mujeres que, como “fenómenos raros y aislados”, prefiguraron la aspiración a la igualdad jurídica y social entre hombres y mujeres que hoy en día ya no es sólo una corriente, sino que se ha convertido en ley. Pero, como toda metáfora, no es conveniente agotarla; muchas de aquellas “flores” tenían espinas.

Nunca he sentido que tras los adjetivos “machista” o “feminista” se encuentre un sustrato de realidad, quizás porque no he vivido ni lo uno ni lo otro. Como “personista”, en esta ocasión soy, además, oportunista: quiero aprovechar un tema de actualidad para presentar casos notables de seres humanos que fueron capaces de ir desplazando, milímetro a milímetro, las fronteras con que se tropezaron en su tiempo, así que utilizaré a mujeres para tratar de mostrar el poder tan admirable que albergamos todas las personas. Como digo, mi propósito es escribir una serie, pero no puedo prometer nada.

Una última explicación preliminar: un jurista tan poco sospechoso de sostener opiniones ultramontanas como Norberto Bobbio decía que “los hombres somos tan iguales como desiguales” y creo que lo mismo resulta aplicable cuando mentalmente agrupamos a éstos en función de sus características, así que prefiero decir que los hombres y las mujeres somos semejantes, en vez de decir que somos iguales; de ahí el título genérico de la serie o de lo que esto llegue a ser.

En 2018, durante unas excavaciones en el yacimiento de Wilamaya Patjxa, a casi 4.000 metros de altura en la cordillera de los Andes peruanos, junto a un esqueleto aparecieron varias puntas afiladas y restos de ocre. Puntas como aquéllas solían usarse en venablos, pequeñas lanzas que el hombre prehistórico arrojaba con la fuerza de su brazo desde el interior de un cilindro hueco, llamado atlatl, anterior al invento del arco y las flechas. El ocre servía para tratar las pieles.

El hallazgo de cuchillos de pedernal junto a estos objetos, tan próximos que todos ellos parecían haber estado recogidos en un morral, y de restos de ganado andino en las proximidades de la tumba parecía confirmar que se trataba de un ajuar funerario y que su dueño, hace unos 8.000 años, se dedicó a la caza mayor. Era evidente que la comunidad a la que perteneció lo había reconocido por ello. “Debe de tratarse de un gran jefe”, aventuró uno de los arqueólogos.

¿Cómo diferenciar el sexo de un esqueleto?

En primer lugar, el tamaño del cuerpo (niño/adulto) y los objetos que lo acompañan pueden dar una pista. Pero claro, en el caso de un adulto esto implica presuponer roles sociales, lo que no resulta 100% fiable.

En segundo lugar está la osteología, que analiza el tamaño, la forma y la composición de los huesos. La pelvis es especialmente sensible a la hora de diferenciar un hombre de una mujer; en el último caso la pelvis es mucho más ancha y el hueco de la misma mucho más profundo, por obvios motivos. La caja torácica también es diferente (aunque con el mismo número de costillas), más amplia en los hombres y menos voluminosa y más corta en las mujeres. Además, el esternón de los hombres está más adelantado e inclinado hacia arriba, lo que mejora la mecánica de los músculos que permiten mover peso empujando o traccionando (curiosamente, otros expertos señalan que los brazos más largos del hombre resultan mecánicamente más efectivos para lanzar, mientras que los más cortos de la mujer son más aptos para empujar o arrastrar pesos). Por otro lado, la zona del cráneo donde se sitúan las cejas es más prominente en el caso de los hombres y la zona bajo la oreja donde comienza la mandíbula también es más grande en éstos. Finalmente,  la densidad de los huesos de las mujeres es del orden de un 20% menor a la de los hombres.

Pero no siempre estas características resultan tan evidentes y en todo caso su valoración requiere que el esqueleto esté relativamente bien conservado. ¿Qué pasa si se dispone de pocos restos óseos? Para este caso existe un método que parte del análisis de la amelogenina, una proteína que se encuentra en el esmalte de los dientes y que es capaz de permanecer en éstos durante mucho tiempo. La cuestión es que gen presente en el cromosoma Y asociado a la amelogenina es ligeramente diferente al del cromosoma X. Si se consigue obtener esta proteína a partir de un diente, mediante su análisis se puede determinar la secuencia de aminoácidos que lo componen y, mediante una especie de proceso de “ingeniería inversa”, averiguar cuál era el gen de procedencia.

La mujer cazadora

En el enterramiento al que nos referimos quedaban muy pocos restos óseos como para que la osteología arrojara resultados fiables. La fecha de la muerte pudo determinarse a partir del colágeno que contenían aquéllos. Por fortuna, como parte del cráneo se conservaba la dentadura y ésta reveló dos cosas interesantes: que la persona tenía entre 17 y 19 años cuando murió y, sobre todo, que se trataba de una mujer cazadora. Pero este hecho, además de indiscutible en el caso que nos ocupa, ¿es puramente circunstancial?

Para algunos investigadores la teoría de que en las antiguas comunidades el hombre era cazador y la mujer recolectora se sustenta sólo en datos etnográficos obtenidos de las sociedades actuales que aún son cazadoras y recolectoras, pero no en datos arqueológicos, donde hay muy pocas pistas sobre el reparto de tareas.

Partiendo del hallazgo de la mujer cazadora de Wilamaya Patjxa un grupo de arqueólogos revisaron el material procedente de otros 107 enterramientos del continente americano y hallaron que, de los 27 enterrados junto a sus armas de caza, 11 eran mujeres. Si los datos son extrapolables resulta que más de un tercio de los cazadores prehistóricos de América eran cazadoras.

Según ciertos expertos, la caza mayor en este período se practicaba en grupo y consistía en empujar a los rebaños hacia trampas o en dejarlos malheridos, debilitados y pisoteados o abandonados por el rebaño para poder hacerse con ellos. Esta técnica no dependía tanto de la fuerza o de la habilidad como del número de cazadores, por lo que la mayoría de jóvenes y adultos del grupo serían necesarios, independientemente de sus cualidades o de su sexo.

La polémica sobre los roles de género en la prehistoria está servida, incluso entre los investigadores, pero lo cierto es que, en cualquier caso, nuestra chica cazadora fue una de las primeras “flores” que mencionaba Eckhart Tolle. Eso sí, una flor con espinas y además carnívora.

Créditos:

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/cazadoras-americanas-neolitico_16060

https://elpais.com/ciencia/2020-11-04/las-mujeres-prehistoricas-tambien-cazaban-grandes-animales.html

https://noticiasdelaciencia.com/art/38890/proteinas-del-esmalte-dental-para-determinar-el-sexo-de-restos-humanos-antiguos#:~:text=La%20amelogenina%20es%20una%20prote%C3%ADna,diferente%20de%20la%20amelogenina%2DX.

Foto: https://www.piqsels.com/es/public-domain-photo-obenp

CAER BIEN A TODOS (editado)

Sempertegui

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Francisco de Quevedo

Yo no quiero caer bien a todo el mundo. Algo tan preocupante tendría que hacérmelo mirar.

Si gusto a todos es que me impongo tantas condiciones que me he convertido en la versión semoviente de un sistema de ecuaciones incompatible, o sea, sin solución.

Resultado: cuando ya todos se han ido a casa tan contentos de haberme conocido soy yo el que, incapaz de hallar mi propia solución, me quedo incompatible conmigo mismo. En definitiva, una pena.

SÉ TÚ MISMO, LOS DEMÁS PAPELES YA ESTÁN COGIDOS

Foto: sempertegui; fuente: Wikipedia; licencia Creative Commons

NIÑA AFGANA, MUJER AFGANA (EDITADO)

Copyright © 1984. Steve McCurry / National Geographic Magazine

La primera foto es una cápsula del tiempo, un pulso a Heréclito, unos ojos verdes de una belleza intimidatoria capaces de congelar para siempre la fracción de segundo en que el instinto de un felino salvaje determina si huye o si salta sobre nosotros para degollarnos, si salen ganando su miedo o su fiereza, su desconfianza o su fuerza.

Copyright © 1984. Steve McCurry / National Geographic Magazine

La segunda foto es un aldabonazo en la conciencia. La mirada no ha perdido completamente su punta de lanza, esa mezcla de salvajismo y miedo que en su día hipnotizó al mundo, pero ese filo es capaz a duras penas de asomar la cabeza para respirar, casi desbordado por la frustración y el resentimiento de una vida de privaciones y desdichas. Es muy triste, me evoca una hermosa fiera salvaje convertida en atrezzo de una compañía de feriantes de mala muerte conducida sin esperanza de pueblo en pueblo.

Supongo que en los inicios de la fotografía alguien, quizás procedente del mundo de la pintura, pensó que el arte nace de las limitaciones impuestas a cualquier representación de la realidad y que, por tanto, la «objetividad» de la fotografía le impediría acceder a esa elevada categoría.

A la vista (nunca mejor aplicado) está que no. En 1984 Steve McCurry eligió a Sharbat Gula en medio del caos de un campamento de refugiados afganos en Pakistán; supongo que lo galvanizó la mirada de aquella niña de 12 años que nunca había sido fotografiada. Eligió a la persona, el instante preciso y el fondo verde que servía de contrapunto a la fulguración de sus ojos y utilizó la mítica película Kodachrome 64, un icono de calidad cromática. Esa fue la película con la que mi padre me enseñó a hacer fotos.

17 años después Mc Curry marchó al encuentro de quien fuera una niña y le enseñó aquella imagen de su otro yo que dio la vuelta al mundo, pero a la que ella jamás había tenido acceso. Tal vez eso ayudó a que en el rostro ya adulto de Sharbat se intensificaran los rasgos de amargura que él quería mostrar para contar su historia al mundo, esta vez sobre un fondo oscuro.

La realidad son simples notas a pie de página a lo que nos transmitió McCurry: el matrimonio de Sharbat cuando tenía 13 años, cuatro hijos, la vida con hepatitis C, la muerte de su marido y su hija mayor a causa de esta enfermedad, el campo de refugiados en Pakistán, la cárcel por tratar de permanecer en ese país con documentación falsa, la pobreza, el sueño muerto nada más nacer de que sus hijos pudieran tener educación y, finalmente, el acogimiento en Italia. Pero, aunque no nos lo hubieran contado, la historia ya la conocíamos con sólo mirar las fotos.

Decía Unamuno que Dios nos dio la razón y un mundo desordenado para que se lo devolviéramos ordenado. Supongo que Don Miguel se refería al filósofo o al científico, porque el artista no hace eso. El artista toma la realidad, retira el cartonaje, desenrolla los plásticos llenos de burbujas y, como si se tratara de un «unboxing», nos muestra lo que sólo él ha sido capaz de intuir a través de tantas capas de envoltorio, la verdad.

Fuente: https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/6-curiosidades-sobre-la-foto-la-nina-afgana-de-steve-mccurry_10173

PD: dedicado a Celia, que con su paciencia para leer lo que escribo y su sensibilidad me ha ayudado a hacer un poco mejor este post.

MADRE Y TIERRA

Lagartija

Hace poco una compañera «muy» embarazada me contó que por la noche había tenido una pesadilla muy intensa y que su bebé había empezado a dar patadas. Se sentía triste y culpable por la cantidad de adrenalina que le había transmitido y el mal rato que le había hecho pasar a él también.

La madre al principio no es sólo uno con nosotros; es lo único y, por tanto, la fuente de todo el bien y todo el mal que nos llega. Es una unión fuertemente instintiva y profundamente irracional y de ella nos queda un residuo en lo más profundo de nuestras circunvoluciones para toda la vida.

La madre nos da la vida consciente y con ella la promesa de una libertad de la que siempre nos quedamos a medio camino, porque, con necesidad «ontológica», la acompaña como reverso una carga genética, psicológica y cultural que sí o sí será un lastre. Pasa lo mismo con el agua (casualidad o no, también un símbolo materno): sabemos que nadamos gracias a la sustentación que ella nos proporciona, pero a la vez nos opone una resistencia que puede llegar a agotarnos.

La relación con la madre es trágica porque contiene todos los opuestos en el máximo grado de intensidad y, como en cualquier tragedia, para salir de la contradicción hay que romper con un mundo.

Es muy fácil que los caminos neuronales grabados por una experiencia tan temprana y tan intensa vuelvan a «abrirse al tráfico» cuando nos sentimos atrapados en cualquier tipo de relación. Da la sensación de que, si nos faltara «eso», nos convertiríamos en una especie de copa partida en dos a lo largo que ya no será capaz de retener líquido nunca más y, por tanto, se volverá inútil para cumplir con lo que se espera de ella. Es una experiencia dura y angustiosa, incluso vivida con un grado mínimo de intensidad.

En esas circunstancias quizás ayude pensar en la sabiduría del cerebro reptiliano. Los reptiles son capaces de dejarse un trozo de sí mismos aprisionado en cualquier parte, dando el tirón que los hace libres; dadas las circunstancias, era un parte de ellos que ya les sobraba.

Quizás ir por la vida partido por la mitad no es tan terrible: desechas lo que está de más, vas más ligero, dejas vacante un lugar que invita a visitarte a lo nuevo, te abres a una sensibilidad distinta…

La sabiduría de la Naturaleza, de la Tierra, del origen. Siempre el ying y el yang de la madre.

RENACIMIENTO

Florencia

Cuando subes al Duomo y ves las colinas que rodean Florencia tan suaves, tan amistosas, tan a escala humana, entiendes que el Renacimiento sólo pudo elegir un entorno así para nacer. Me lo imagino como trescientos años de juventud colectiva vividos en una explosión serena de alegría primaveral. Me creo que durante esos tres siglos se congelaron los movimientos de la Tierra y se cancelaron las demás estaciones porque, en ese preciso lugar del mundo, el baile de las estaciones se vio relegado por el baile de todas las potencias del ser humano celebrándose a sí mismas.

David


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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