UNA PERSONA MODÉLICA

No trato con lo que sigue de plagiar a Gila, sino de ahorrar información de poca sustancia al sufrido lector, pero el caso es que hace poco oí que «alguien» dijo de «alguien» que era «una persona modélica». Algo me causó cierta desazón en ese enunciado y, quizás por aquello de que «el diablo cuando no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo», me puse a cavilar sobre él y llegué a la conclusión de que, dicha con la mejor de las intenciones, en el fondo la frase no añade nada sobre el individuo objeto de su valoración. Y es que, si bien se mira, en ella no hay más que un pleonasmo.

En efecto, la palabra «persona»

«Procede del vocablo del latín persōna, observado en el etrusco phersu, sobre una posible raíz en el griego prósōpon. Se presenta en alusión al uso de una máscara, principalmente como recurso para la personificación en el marco del teatro» (1).

En el teatro griego los actores cubrían el rostro con una careta expresiva de la emoción que representaban en cada momento y que, además, cumplía la función de dotar de mayor resonancia a la voz para que fuera más audible.

Por su parte, «modélico» proviene de «modelo», que en la primera acepción de la RAE se define como

«Arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo».

Es decir, lo modélico, al igual que la máscara, es lo que enseñamos a los demás, lo que queremos que éstos vean.

Por tanto, en ese sentido todas las «personas» somos, por definición, «modélicas», así es que decir de alguien que es una persona modélica singulariza tan poco al sujeto de la proposición como afirmar de cierto triángulo que tiene tres lados.

Existe una clase de seres humanos a los que uno puede acercarse mostrándoles lo que hay detrás de la máscara: el brillo de la mirada cortocircuitado, la autoestima rallada, el corazón abollado, la sangre arremolinada, el alma llena de lamparones y la mente poblada de fantasmas, obsesiones, apegos y fobias, además de todo tipo de suciedades y bajezas. Hecho lo anterior, quizás ellos nos mirarán con cara de haba, sin entender qué tiene todo eso de particular para hacernos sentir que somos peores que cualquier otro, o bien, por toda respuesta, nos dirigirán una mueca levemente irónica, acompañada de una palmada en el hombro que quiere decir, sin palabras, porque no merece la pena gastar aliento en algo banal, «si yo te contara…» y cualquiera de esos sencillos gestos será nuestro billete de vuelta a la dignidad de ser parte de esa grandeza, a pesar de toda nuestra miseria y de todo nuestro desvalimiento, que nos caracteriza como seres humanos.

Aquellos ante los que podemos presentarnos de la guisa descrita sí que son, no sólo singulares, sino esenciales y se llaman, sin más retórica, «amigos».

(1) https://etimologia.com/persona/

Foto: https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%A1scara

MIEDO

En el momento en que dejas de tenerle miedo a quien eres ya nadie puede hacerte daño.

Foto: El sueño de la razón produce monstruos Wikipedia

POR FAVOR, QUE HABLE MÁS CLARO

Si yo hubiera tenido que seleccionar a un modelo para rodar un anuncio de galletas integrales con cereales de cultivo ecológico habría elegido a mi amigo Víctor. La tarjeta de visita de Víctor era un semblante casi siempre alegre, una mirada limpia y una apariencia de chico fuerte y sanote. De hecho, se ve que a la enfermedad le debió de parecer una presa tan suculenta que decidió entretenerse jugando con él al ratón y al gato durante unos pocos meses y, cuando se cansó, le pegó un tiro en la nuca. Tenía treinta y cinco años y deja esposa y una niña de un año y pocos meses.

Yo quería mucho a Víctor. Además de alegre era generoso e inteligente, compartía su vida con una familia que lo adoraba y tenía un buen trabajo. Tenía una vida de postal, pero era de esas personas incapaces de despertar ni el más leve asomo de envidia por la sencillez con que fluía en su relación con los demás, Cuando nació Víctor se rompió el molde. A quienes lo queríamos, los ecos del disparo que lo mató nos van llegando en forma de un silencio cada vez más atronador con el paso de los días.

Es inútil preguntarse el por qué o el para qué de su muerte y es inútil porque, sin haber pedido venir aquí, hemos sido arrojados a una habitación a oscuras en la que, por más que tantees la pared en busca de interruptores, sólo vas a encontrar enchufes en que meter los dedos y abrasártelos. Bien pensado, no es menos inútil preguntarse el por qué o el para qué de su vida o de cualquier otra.

Yo no estoy dimensionado para entender al supuesto Dios que haya fabricado esta ratonera. Y de aquello que ni estoy en condiciones de entender ni puede haber quien me ayude, simplemente no quiero saber nada. Si Dios, o Quien esté en Su lugar, si es que hay alguien, quiere ser entendido, por favor, que hable más claro.

Foto: Wikipedia

¿METÁFORA?

Vagón de cola del tren. Es imposible ver hacia dónde vas, sólo puedes mirar hacia atrás pero no puedes cambiar nada de lo que huye en esa dirección. ¿Metáfora de la vida?

Nota: justo enfrente de esa ventanilla había un urinario y, de cada vez que se abría su puerta, yo me convertía en un sandwich entre el pasado y la letrina. En efecto, la vida no es del todo poética.

LAS COSAS DEL QUERER

Nadie tiene una razón para querernos de verdad más que lo que somos. Cuando el afecto es auténtico su causa se confunde con su objeto y si la razón es otra, más nos valdría hablar de trueque.

A veces buscamos infructuosamente motivos para querernos a nosotros mismos y, huérfanos de ellos, incomprensiblemente emprendemos la persecución del cariño de los demás, pasando por alto que, si éste es verdadero, tampoco tiene ningún motivo.

Foto piqsels

NADA

“Cada vez que considero

que me tengo que morir,

tiendo la capa en el suelo

y me harto de dormir.”

(copla del Zurreque de Triana)

– ¿Qué tal te lo pasaste en la Nochebuena de 1923? – me espetó mi amigo mientras paseábamos.

– ¿¿¡¡Cómo que cómo me lo pasé!!?? ¡No me lo pasé de ninguna forma! ¡Sabes de sobra que no había nacido!

– ¿No recuerdas la niebla lúgubre, tu intensa angustia, el frío, la humedad, los gritos desgarradores que perforaban la oscuridad y rebotaban más allá de tu exiguo campo de visión, la añoranza insoportable de tus seres queridos? – insistió él.

– ¿De qué va esto? Ya te he dicho que yo no había nacido, por tanto, no hubo nada de eso ni ninguna otra cosa. No hubo nada. Simplemente, yo no estaba.

– ¡Exacto! Como ves, ya has estado muerto antes. ¿Y a que no te ha ocurrido nada malo por eso?

Mientras me recuperaba del estupor me pasé revista a mí mismo de forma maquinal: tipo asténico, andares desgarbados, las carencias mentales a las que ya vengo acostumbrado…, pero todo era razonablemente funcional. Cierto, aparentemente el haber estado muerto no me había producido daño alguno ni secuelas de consideración.

– No, la verdad es que no – concedí.

– Pues la próxima vez que te mueras, lo mismo. Tampoco te va a pasar nada grave.

Tras todo lo cual continuamos nuestro paseo conversando sobre temas menos incontrovertibles, como la diferencia entre la paella y el arroz con cosas o la nada pacífica presencia de cebolla sofrita en la tortilla de patatas.

A mi amigo Jorge, que me descubrió que ya he estado muerto y que la experiencia fue, simplemente, INSIGNIFICANTE.

REFLEXIÓN

La historia de cada uno es la cara trasera de la hoja. La parte de delante es el aquí y el ahora, que nos afanamos en escribir apretando los dientes mientras el bolígrafo se empeña en engancharse en el papel, soltar borrones o quedarse sin tinta y el viento de la vida parece complacerse en torcernos los renglones.

Si encima la cara de atrás está escrita con poca pulcritud y tinta muy oscura, puede que sus líneas y sus manchas y tachones se transparenten, y entonces escribir el presente resultará aún más arduo, porque se nos mezclarán los mensajes.

Pero hay que pensar que, con todo y con eso, si uno se encabezona en seguir escribiendo sobre lo que nos queda del folio, muy mala suerte sería que, de vez en cuando, no nos saliera algo decente. ¿No? Digo yo…

VÍCTIMAS (EDITADO)

Las esquirlas incandescentes disparadas al hacer chocar dos piedras logran prender un pequeño montón de hierbas secas; éstas inflaman unos trocitos de madera y estos últimos, a su vez, otros más grandes hasta que se enciende una hoguera; la hoguera, por su parte, permite ahuyentar a los depredadores y ayuda a proteger el poblado durante la noche. Unos troncos de árbol colocados con ingenio facilitan la subida de materiales pesados a un promontorio a través de la ruta con menor inclinación; la altura de este emplazamiento ofrece una sólida ventaja defensiva frente a los peligros que vienen del llano.

Como animales comparativamente lentos y débiles, sin pelaje, sin colmillos y sin garras, pero con unos pulgares estratégicamente situados en nuestras extremidades superiores, la única vía de salvación que nos quedaba era tratar de concatenar causas y efectos con el fin de ir aumentando exponencialmente nuestra capacidad de respuesta al entorno. Quizás por eso nuestro cerebro está diseñado para buscar la causa y la finalidad de todo lo que se pone a su alcance (que es, sin ir más lejos, lo que yo estoy haciendo en este preciso instante).

Freud, al postular la existencia del inconsciente, ya nos advirtió de la dificultad de conocer, no sólo la intención que alimenta las acciones ajenas, sino también, y quizás incluso en mayor medida, las propias. ¿Cómo podemos pretender, entonces, conocer la “intención” de algo tan cercano y, a la vez, tan abstracto y grandioso como la Naturaleza? Pero somos incapaces de evitar el intento.

Hay quien sostiene que la guerra puede haber sido un factor necesario para la evolución del cerebro humano. Supongo que tal afirmación apunta al desarrollo del ingenio y a la disposición al sacrificio que impone el conflicto bélico como un entrenamiento, un tanto paradójico, para potenciar las habilidades que hacen posible la vida en común. Esta perspectiva deja de lado los aspectos morales de la violencia para ver en ella un “plan” de la Naturaleza.

Puede ser. Pensemos por un momento en nuestro comportamiento actual, tratemos de disolver el barniz con que lo ha recubierto el hábito de lo cotidiano: un abogado aprende su profesión, se integra en un gran despacho, llega a socio director y deja de ser abogado para transformarse en un comercial de altos vuelos; un médico se entrena años y años en su delicado oficio, va escalando posiciones hasta convertirse en director de un hospital y pasa a gestionar presupuestos y camas; un ingeniero vuelve la espalda a todos los procesos físicos o químicos que han cimentado su formación y acaba luchando a mordiscos por mejorar la cuenta de resultados de una empresa importante. Todo eso puede ser el resultado de una deriva profesional natural y haberse vivido con la ilusión de lo nuevo. O quizás el protagonista de la ascensión ha pagado, literalmente, con su vida, al menos en lo laboral, el precio de generar a su alrededor la forma de “respeto” de que necesita rodearse para vivir protegido de sus inseguridades. Y es que, por lo general, ¿dónde situamos el juicio de Dios que sentencia a quién corresponde “desigualarse” de la masa y alzarse triunfador y a cuál permanecer quizás precario y siempre “amorfo”? ¿No es en la competencia, es decir, otra forma de lucha?

Ahora desandemos un largo camino en nuestro proceso evolutivo. ¿Resulta inverosímil pensar que en el proceso de separación de la animalidad necesitáramos reforzar la confianza en nosotros mismos demostrándonos mediante la violencia nuestra capacidad de control del entorno, como forma de distinguirnos de los animales? Eso explicaría por qué los vencidos que sobrevivían eran considerados, no como semejantes, sino como parte de ese entorno no humano sobre el que podíamos imponer nuestra voluntad, en tanto que humanos. El concepto de que hay algo universal en cada uno de nosotros que nos une “horizontalmente” era todavía demasiado abstracto, demasiado lejano.

La paradoja consistía en que el proceso de asimilación de nuestras propias características humanas, que nos separan de la Naturaleza, pasaba en cierta forma por convertirnos en bestias; quizás en ese punto un ego aquejado de la ceguera más absoluta era una enorme ventaja evolutiva. El efecto adverso de tal mecanismo de desarrollo ha sido la proliferación de comunidades divididas que necesitan el conflicto como aglutinante y, como motor de éste, la hipertrofia del ego de sus líderes. Todo eso, a su vez, fortalece las barreras interpersonales y favorece el enfrentamiento, en un círculo vicioso que perdura hasta hoy.

Ya en la antigüedad clásica Eurípides escribió poniéndose en la piel de las víctimas de la guerra y Séneca  se preguntó cómo es que los peores crímenes de un ciudadano particular, cometidos a gran escala y a instancias del poder público, glorifican a los generales. El cristianismo nació con vocación de universalidad, pero se cuidó de situar la igualdad a los ojos de Dios en un lugar suficientemente inaccesible como para asegurarse de que la explotación diaria de unos por otros no corría peligro. Desde luego, no podemos llamarnos pioneros en la empatía con los que lo han perdido todo, pero quizás en nuestros tiempos empieza a tomar fuerza la idea de que la compasión no basta y de que es preciso reparar las consecuencias de los conflictos reponiendo a las víctimas en su dignidad y sus derechos y tratando de restañar el daño hecho a la convivencia.  

En ese sentido, la comprensión mutua que puede generar el dolor compartido es quizá lo único capaz de hacer que los hombres, independientemente de su adscripción a no importa qué bando, se sientan semejantes y de actuar como semilla de la comprensión mutua; es tal vez el único puente capaz de elevarse por encima de las divisiones impuestas por la Historia, los intereses y la inercia de la inconsciencia.

Si es que la lucha tiene una finalidad evolutiva, tal vez su mecanismo de actuación haya cambiado y, cumplida ya su misión de alimentar nuestra capacidad de pensamiento lógico, reforzar el control de nuestra voluntad y disparar así nuestra confianza en el salto evolutivo que nos separa de los animales, ahora su propósito se haya desplazado al otro lado de la ecuación, pasando de los verdugos a las víctimas, para estimular esta vez la capacidad de empatía de nuestro cerebro y extender el sentimiento de semejanza y el impulso de colaboración entre las personas.

Parece lo único que permanece inalterable en el curso de la evolución es que cada uno de sus vástagos está destinado a liquidar a quien lo trajo al mundo; así, el desarrollo espiritual se cimentaría, al menos simbólicamente, en el parricidio. No en vano, la lógica paradójica es tan antigüa como Heráclito y resulta ocioso recordar que el papel simbólico del parricidio en el desarrollo de la personalidad ya fue señalado por Freud, uno de los muchos en recoger la antorcha de los clásicos.

Hay quien asegura que los dinosaurios no se extinguieron, sino que han sobrevivido como pájaros; pero lo cierto es que ya no son dinosaurios y que seguramente nos sentiríamos muy engañados si nos ofrecieran visitar el museo paleontológico y nos llevaran, por ejemplo, a la Laguna de Ontígola. Pero puede que el ser humano, capaz de cobrar conciencia del proceso, tenga también el privilegio de elegir su camino, de decidir si quiere seguir navegando el curso de la evolución sin dejar de ser lo que es o si prefiere que sus propias obras lo destruyan y sólo el eco de lo que fue se proyecte en el futuro. Y me parece que ahora estamos justo en esa encrucijada.

¿Es razonable alumbrar la esperanza de que incluso lo más atroz que pueda producir la naturaleza humana, cuando lo ilumina nuestra propia conciencia, se convierta en alimento de la semilla de progreso que le es inherente?

Foto: Pixabay

DERECHO Y EMPATÍA

El Consejo de Guerra contra E.G.B. y Nemesio Presno Sanmartín se inició por denuncia de otro interno del campo de concentración en que ambos se encontraban recluidos. Los hechos sucedieron el 11 de agosto de 1938 y las actuaciones comenzaron el día 14 mediante informe del Instructor de la causa que recoge aquéllos como sigue:

Don R. M. F., Alferez provisional de Ingenieros… nombrado por la superioridad para abrir una información sobre el intento de evasión de los trabajadores E. G. B. y Nemesio Presno Sanmartín.

Expone: Que el trabajador A. G. B. ha declarado ante mí que ha tenido conocimiento directo de los deseos de deserción de Nemesio Presno Sanmartín y E. G. B. El expresado declarante conoce a los mencionados trabajadores desde el mes de febrero del corriente en cuya fecha convivió con ellos en el Campo de Concentración sin que durante largo tiempo descubriese el repetido declarante los indicados deseos. En Ciempozuelos, primera localidad de 1ª línea donde ha permanecido la compañía de trabajadores, Nemesio Presno propuso al declarante la evasión de los dos aprovechando momento determinado en el que el Cabo de la escolta permanecía algo alejado de ellos. A. G. se limitó a negarse en absoluto y a hacerle las observaciones que creyó oportunas. El día de ayer E. G. le hizo análoga proposición por los llanos de San Martín de la Vega a lo cual contestó el declarante con las reconvenciones que estimó pertinentes y comunicándolo al Cabo M., de su escolta….

Los mencionados Nemesio y E.G.B. fueron procesados en causa sumarísima ante el denominado Consejo de Guerra Permanente, que señaló la vista para el siguiente día 15 de agosto de 1938 a las cinco de la tarde, en la Plaza de Pinto.

El acta del juicio recoge sucintamente las intervenciones de las partes:

ACTA

… en el día, hora y Plaza señalados el Fiscal mantuvo el hecho acusatorio constitutivo del delito de adhesión a la rebelión previsto en el párrafo 2 del art. 238 del Código Castrense, solicitando para cada uno de los procesados la pena de muerte, ya que concurrían en la comisión de los hechos las agravantes de peligrosidad y trascendencia de los mismos.

El Defensor en su Informe manifiesta que no es posible enmarcar dentro de una norma legal la defensa de sus patrocinados por lo que necesariamente ha de apelar a los sentimientos de hombres cristianos y generosos de los componentes del Consejo, remitiéndose al fallo del mismo.

Los acusados en sus manifestaciones coinciden en negar las acusaciones sumariales.

A continuación transcribimos la sentencia, que proporciona algún detalle más sobre las circunstancias en que tuvieron lugar los hechos enjuiciados:

SENTENCIA:

En la Plaza de Pinto a quince de agosto de mil novecientos treinta y ocho. III Año Triunfal; se reunió el Consejo de Guerra Permanente para ver y fallar el procedimiento sumarísimo de urgencia instruido contra E. G. B., de veintinueve años, soltero, jornalero natural y vecino de Quirós, y NEMESIO PRESNO SANMARTÍN de 25 años, fontanero, natural y vecino de Vegadeo. Dada cuenta de las actuaciones por el Secretario, oídas la acusación Fiscal y la Defensa así como las manifestaciones de los procesados y

RESULTANDO: Que de las diligencias practicadas aparecen los siguientes hechos que por el Tribunal se declaran probados: que E. G..B. y Nemesio Presno Sanmartín, que sirvieron como soldados en las filas rojas, el primero de los cuales había sido herido, fueron hechos prisioneros al liberarse Asturias por el Ejército Nacional siendo destinados a la 2ª Compañía del Batallón de Trabajadores nº 42, perteneciendo a la cual intentaron pasarse a las filas rojas lo que no pudieron hacer por haberlos denunciado A. G. B. a quien animaron para que los acompañase.

CONSIDERANDO: Que los hechos que se declaran probados son constitutivos de un delito de Adhesión a la rebelión previsto y sancionado en el párrafo 2º del art. 238 del Código de Justicia Militar en relación con el apartado B del art. 3º del Bando Declarativo del Estado de Guerra de 11 de febrero de 1937, y de dicho delito ha de considerarse autores responsables criminalmente por su intervención voluntaria a los procesados E. G. B. y Nemesio Presno Sanmartín, siendo de apreciar en la comisión de los hechos las circunstancias agravantes de la responsabilidad criminal de peligrosidad y trascendencia de los hechos.

CONSIDERANDO: Que toda persona responsable criminalmente de un delito lo es también civilmente y que en cuanto a la exigibilidad de la misma a de estarse a lo que preceptúa el Decreto-Ley de 10 de Enero del pasado año.

Vistos los preceptos legales citados y demás de general y concordante aplicación del Código Castrense y del Penal común.

FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos a la pena de muerte a E. G. B. y NEMESIO PRESNO SANMARTÍN, como autores de un delito consumado de Adhesión a la rebelión con la concurrencia de las agravantes de peligrosidad y trascendencia, declarándoles civilmente responsables en la forma preceptuado en el Decreto-Ley de 10 de enero de 1937.

Así por esta nuestra sentencia lo pronunciamos y firmamos.

A partir de ahí los acontecimientos siguieron su curso, inexorables como la ley de acción y reacción y rápidos como las balas: el denominado Auditor de Guerra confirmó inmediatamente la sentencia, haciendo constar que:

Los hechos recogidos en la sentencia se ajustan con certeza a los que se desprenden de la investigación procesal, pudiendo afirmarse que la rapidez del proceso en nada se opone a la justa apreciación de la realidad sumarial, racional y metódicamente analizada por los Juzgadores en la declaración de hechos que se estima probados.

La calificación legal que de los mismos se hace es atinada y está perfectamente encuadrada en las disposiciones que en la sentencia se citan, siendo la pena impuesta la que al delito corresponde con aplicación acertada del arbitrio judicial concedido a los Tribunales Militares por los artículos 172 y 173 del Código de Justicia Militar ante la específica concurrencia de circunstancias de peligrosidad de los culpables y trascendencia de los hechos por ellos realizados.

Poco después la Jefatura del Estado confirmaba telefónicamente la orden de ejecución. La vista del juicio sumarísimo había comenzado hacia las cinco de la tarde y unos minutos después de las nueve de la noche las vidas de E.G.B. y Nemesio Presno Sanmartín ya eran humo.

Los condenados contribuyeron a llenar el océano dantesco de la Guerra Civil con dos gotas de agua. El tiempo transcurrido, la desaparición progresiva de la memoria viva de lo sucedido y las proporciones colosales del drama tienden a que éste acabe traducido en una cifra abstracta y, quizás por eso, lo que me resulta más espeluznante de todo lo que aquí se recoge son las manifestaciones del abogado defensor de los procesados, tal y como constan en el acta del juicio:

El Defensor en su Informe manifiesta que no es posible enmarcar dentro de una norma legal la defensa de sus patrocinados por lo que necesariamente ha de apelar a los sentimientos de hombres cristianos y generosos de los componentes del Consejo, remitiéndose al fallo del mismo.

De la sucinta referencia que hacen a los hechos las actuaciones transcritas me surgen varios interrogantes:

¿Era el denunciante otro prisionero de guerra?

¿Cuánto tiempo llevaba interno en el campo de trabajo?

¿Había denunciado a otros antes?

¿Podía ser la denuncia su forma de congraciarse con sus guardianes para sobrevivir?

¿Por qué los procesados no se fugaron la primera vez?

¿Qué sentido tiene que comunicaran sus planes la segunda vez a alguien que ya les había recriminado sus propósitos la primera?

¿Por qué no consumaron la fuga los acusados, pese a la negativa del denunciante?

Por definición, todo hecho punible se considera peligroso para la sociedad, pero ¿de qué parte de los hechos probados se desprende la específica peligrosidad de la acción de los procesados, que se utiliza como agravante para aplicar la pena de muerte? ¿Consta que pretendían reincorporarse a las filas enemigas? Quizás, como tantos otros, hartos de una guerra en la que eran comparsas forzosos únicamente querían volver a sus casas y ver a sus familias.

Si los condenados sólo llegaron a participar al denunciante su propósito de escapar y a proponerle que se uniera a la fuga, ¿no estaríamos más bien en un caso de proposición para delinquir, pero nunca ante un delito consumado? Supongo que el Bando de Guerra no borró de un plumazo todas las categorías del Derecho.

Es obvio que para el defensor,  sin duda militar, hubiera sido literalmente suicida atacar la legalidad del Bando Declarativo del Estado de Guerra y, además, ello tampoco hubiera mejorado la situación de ambos reos, pero, ¿no pudo hacer una defensa puramente “técnica” basándose en los puntos débiles de la acusación?

Habría sido completamente ilusorio esperar algo así, dadas las circunstancias. Ya había oído hablar de procesos de la misma época e incluso posteriores en que el defensor militar se limitaba a manifestar que la petición fiscal era irreprochable, o fórmulas parecidas, y a someter al reo a la caridad del tribunal. ¿Todos los que actuaban así lo hacían por convencimiento? ¿O no les quedaba otra, si no querían ponerse en gran riesgo a sí mismos y a sus familias? Al menos en algunos casos, especialmente si eran profesionales del Derecho y les quedaba un rescoldo de fe en lo que eso significa, ¿eran ellos también víctimas, menos visibles, de los procesos en que participaban? ¿A esa situación hay derecho? ¿En esa situación hay Derecho?

Hace muchos, muchos años, mi profesor de Filosofía del Derecho, exasperado por el murmullo persistente que llenaba el aula, trató de zaherirnos con lo que probablemente para él hubiera sido una ofensa mortal: “Pensé que les interesaría saber, para el supuesto, a mi juicio poco probable, de que alguno de ustedes llegue a ser un filósofo del Derecho, que (…)”; al menos en mi caso acertó plenamente con el pronóstico. Ni que decir tiene que yo no sé qué es el Derecho. Ni siquiera sería capaz de delimitar la esencia de esa extensión desértica que corona mi cabeza; ¿cuántos pelos tienen que faltarle a uno para ser calvo? ¿Y cuántos ladrillos a una casa para estar en ruinas? Pues con mayor motivo me encuentro en las tinieblas cuando se trata nada menos que de la esencia de un ente tan abstracto y tan cotidiano, tan frío y tan apasionado, tan solemne y tan de andar por casa; en definitiva, tan complejo y tan multiforme como es el Derecho. Pero, sea lo que sea el Derecho, siento que hay un elemento que no le puede faltar a esa realidad si quiere llamarse así.

Una norma es, en definitiva, una manifestación de voluntad emitida por una fuente que se siente con capacidad de obligar por estar investida de algún tipo de autoridad. Pero ¿a quién obliga la norma? Lógicamente, a quien tiene capacidad de comprenderla y de cumplirla; las normas pueden referirse a perros o a gatos, pero siempre van dirigidas a seres humanos. Ya en este punto vemos que el hecho de dictar una norma conlleva el reconocimiento implícito de que hay algo que nos hace semejantes al otro: la capacidad de entender y la libertad de actuar.

Una vez sentado lo anterior, ¿la norma obliga a todos con la misma intensidad? O, dicho de otra forma, ¿serán todos los destinatarios igualmente responsables de su cumplimiento? ¿Lo serán en cualquier circunstancia? ¿Responderán lo mismo quienes tienen disminuido su entendimiento o su autocontrol por enfermedad, por efecto de una droga o por otros motivos? ¿Se responde igual por incumplir que por intentar hacerlo?

Ahora tomemos como ejemplo un mandato tan aparentemente simple como el “no matarás”. ¿Eso implica que no puedo matar a ningún ser vivo, o sólo prohíbe atentar contra las personas? ¿Puede uno matarse a sí mismo? ¿Y a otro con su consentimiento? ¿La norma también se aplica a los enemigos en la guerra? Y, si mi vida está amenazada, ¿puedo matar para defenderla frente a quien sea? ¿O la norma prefiere una vida a la otra? Ya desde muy pronto se hace evidente que la aplicación de cualquier mandato al caso concreto requiere una tarea previa de interpretación del significado, finalidad y alcance del mismo.

Pienso que de todo lo anterior se desprende claramente que el propósito de regular las relaciones sociales, si es genuino, presupone aceptar que el otro es semejante a mí en aspectos esenciales y que la comunicación bidireccional con aquél no es sólo posible, sino necesaria para entender las circunstancias de cada situación concreta, determinar el alcance del mandato y aplicarlo.

Todo esto nos habla de la empatía. Un sistema jurídico puede imponer obligaciones o prohibiciones más o menos estrictas y prever consecuencias más o menos duras en caso de contravención de aquéllas, pero si en él no hay un pálpito de empatía, ese mínimo de empatía necesario para que la discusión del alcance de las normas y la comprensión y valoración de las circunstancias de la persona y caso concreto sean una posibilidad real y efectiva, tal sistema no puede llamarse Derecho sin abusar del lenguaje, por más que se recubra de un ropaje formal. En tal caso, ese sedicente Derecho probablemente no esconda más que el deseo de la autoridad de legitimarse ante los “suyos” (quizás incluso ante sí misma) de cara a la tarea de suprimir al “otro”, que siempre comporta un cierto coste material y emocional. Y si eso es lo que realmente persiguen las leyes, ¿cuál es la diferencia real entre la voluntad que expresa el poder a través de ellas y la voluntad que con sus actos manifiestan, por ejemplo, los autores de un robo en cuadrilla o del homicidio de un hincha del equipo rival o los partícipes en una violación grupal? Un supuesto Derecho donde no cabe un mínimo de empatía no pretende regular relaciones sociales, sino eliminar al enemigo y, por tanto, no es Derecho, es un manual de instrucciones siniestro, o sea, un esperpento del Derecho.

Personalmente, puestos a elegir lo indeseable, creo preferible la violencia sin máscara y con la cara lavada al maquillaje del engaño, porque en éste hay un ultraje adicional a la víctima.

Llegados a este punto, un gusto innato por esa sensación un poco perturbadora que nace de la paradoja me impide resistirme a terminar citando estas palabras:

“Preferimos morir de bala marxista que de palmadita derechoide, porque preferimos morir de bala a morir de nausea”.

Palabras que un día leí atribuidas a José Antonio Primo de Rivera.

Créditos:

Toda la información proporcionada puede consultarse en: https://presnolinera.wordpress.com/2020/12/19/procedimiento-sumarisimo-de-urgencia-no-101-causa-770-38-contra-e-g-b-y-nemesio-presno-sanmartin/

Foto: piqsels.com

EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS

“El que mate al más próximo y del que se dice que es el más querido de todos, ¿qué pena debe sufrir? Me refiero al que se mate a sí mismo, impidiendo con violencia el cumplimiento de su destino, sin que se lo ordene judicialmente la ciudad […], sino que se aplica eventualmente un castigo injusto a sí mismo por pereza y por una cobardía propia de la falta de hombría […]”

Platón. Libro de las Leyes

“[…] y el que, en un acceso de ira, se degüella voluntariamente, lo hace contra la recta razón, cosa que la ley no permite, luego obra injustamente. Pero ¿contra quién? ¿No es verdad que contra la ciudad, y no contra sí mismo? Sufre, en efecto, voluntariamente, pero nadie es objeto de trato injusto voluntariamente. Por eso también la ciudad lo castiga, y se impone cierta pérdida de derechos civiles al que intenta destruirse a sí mismo, por considerarse que comente una injusticia contra la ciudad”

Aristóteles. Ética Nicomaquea

Hoy en día es probable que palabras como estas nos resulten muy perturbadoras. Sobrecoge la falta de empatía que hace falta para ser capaz de disociar, como separándolas con un bisturí, la desesperación de una persona de la violencia que puede llegar a hacerse a sí misma cuando el sufrimiento le resulta insoportable, como si esto último fuera un acto criminal. Casi nos inspira otro tanto rechazo la concepción del ser humano que contempla a éste como un mero engranaje al servicio de las necesidades, las expectativas o los valores en los que quiere verse representada la comunidad. Y todo ello más aún, si cabe, teniendo en cuenta que esas actitudes provienen de quienes consideramos cumbres del pensamiento occidental por haber sido capaces de expandir el horizonte de nuestra comprensión del mundo.

Lo cierto es que el peso aplastante de una concepción ideológica que condena con rotundidad el suicidio se ha transmitido a través de los siglos con una intensidad que sólo en tiempos relativamente recientes ha empezado a remitir. En la Roma tardía, en línea con las ideas de Platón y Aristóteles, el emperador Constantino estableció la confiscación de los bienes de la familia del suicida para compensar al Estado por la pérdida de un ciudadano. Ello, a su vez, de la mano del cristianismo, para el que la vida humana es algo que sólo está en manos del Señor dar y quitar (esto último también podían hacerlo quienes ostentaban el poder público legitimados por Aquél); por tanto, el suicida cometía una afrenta directa contra Dios. Desde mi punto de vista, sigue habiendo en esta postura una concepción patrimonialista de la persona en la que únicamente se ha introducido una mera transposición formal de lo “estatal” a lo divino como “propietario” de cada individuo. Recuerdo una referencia en Vallejo-Nágera (“Ante la depresión”) a legislación del Antiguo Régimen conforme a la cual al suicida torpe que sobrevivía lo “remendaban” como podían, para luego ejecutarlo públicamente de peor manera…

En la sociedad actual, ya pasada por la Ilustración, predomina el rechazo al suicidio, quizás “dulcificado”, si es que cabe aquí el uso del término, por la consideración del suicida, en la mayoría de los casos, como un enfermo mental. De cualquier forma, nadie va a hacer sentirse cómodo a quien defienda el derecho a decidir sobre el fin de la propia vida como una opción vital más y, desde luego, la ayuda, o incluso mera incitación, para poner en práctica tal decisión está severamente castigada por la legislación penal de casi cualquier país.

Supongo que lo anterior no deja de ser un corolario de la necesidad de preservar los mimbres de la sociedad. En efecto, una de las exigencias del proceso de construcción de la civilización es la capacidad de cada individuo de aceptar un cierto nivel de sufrimiento (a veces bastante) y de posponer la recompensa (a veces hasta llegar al más allá). Desde esa perspectiva, cualquier vía de liberación del sufrimiento físico, mental o existencial puede ser vista como una amenaza para la necesidad de aceptación que constituye la base de la estabilidad social. Vuelve a salir a la luz el fantasma omnipresente de la consideración patrimonialista de la persona.

En medio de lo que a algunos ya nos viene pareciendo un erial dogmático, la película “La fiesta de despedida” es un pequeño islote de verdor por su capacidad de transformar la dureza del sufrimiento que conduce a la eutanasia en una historia de sensibilidad y apoyo mutuo con trazos de humor negro, utilizando la empatía como una especie de piedra filosofal en esa transmutación. En una residencia de ancianos de Jerusalén la esposa de un enfermo terminal pide a su grupo de amigos que ayuden a morir a su marido, según los deseos de éste. Para ello, entre disensiones internas, construyen una máquina de eutanasia que acabará arrastrándolos a todos mucho más lejos de lo que piensan, entre retazos de humor negrísimo. Llama la atención cómo, en un país tan religioso como Israel, se ha podido producir una película así. La trama inserta delicadamente la muerte y las propias decisiones al respecto en los engranajes de la amistad y el amor que siguen impulsando la vida hasta el último momento. En muchas ocasiones queda en manos del espectador la elección de si reír o llorar, tal vez una metáfora de nuestro potencial para decidir sobre la propia vida, si es que nos dejan. La película, con su naturalidad y frescura, termina dibujando un cuadro colorido utilizando pinturas negras y grises y nos ofrece un bálsamo contra el tremendismo, entre otras cosas porque no pretende sentar doctrina moral, sino que se limita a mostrarnos el recorrido emocional de los personajes y, singularmente, el tránsito de algunos desde perspectivas “metafísicas” a otras más “existenciales”.

Y es que, quizás, cuando hablamos de las decisiones sobre la propia vida, ese tránsito de las consideraciones puramente metafísicas o ideológicas a una visión más centrada en lo existencial constituye una tendencia incipiente en nuestra sociedad. Yo también estoy convencido de que la resolución de los dilemas morales no puede estar basada en nuestra capacidad de hacer geometría de conceptos abstractos, porque esa capacidad sólo está en manos de unos pocos, como Platón y Aristóteles; sin embargo, por definición, lo que uno haga “por argumento de autoridad”, sin entender plenamente la razón (y entender “plenamente” implica sentir y asentir), no tiene nada que ver con lo que consideramos una decisión moral.

El que la vida sea un privilegio milagroso no nos obliga a asistir por decreto a una romería diaria en su honor hasta que un tercero tenga a bien sacarnos en volandas de allí, cuando esa fiesta para nosotros ya ha dejado de serlo.

Créditos:

  • Imagen: pxhere.com

Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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