CAMBIO CLIMÁTICO

Afortunadamente, ya no hay más matanzas de población civil, sino “daños colaterales”. Ni caemos a tumbar abierta hacia la ruina; sólo hay “desaceleración de la economía”. Gracias a Dios, ya no despedimos a nadie, sino que los ayudamos a ganar confianza en sí mismos sacándolos de su “zona de confort”.

Hoy las relaciones de poder recuerdan cada vez más a ese tipo de padres que pretenden persuadir a sus hijos de que estén siempre felices con lo que les toca, hasta el día en que sus retoños se resisten más de la cuenta y entonces sale su verdadero yo y acaban moliendo a palos a las criaturas. Ni una mala palabra, ni una buena acción. Ese es el signo de los tiempos. Hijoputas, sí, pero siempre con una sonrisa en la boca.

No hemos dejado de ser bichos muy peligrosos. Simios depredadores cubiertos de telas, de Armani o de los chinos, según, y cada vez más de un atrezzo dialéctico con el que taparnos las vergüenzas. Por eso me cuesta evaluar la sinceridad de cualquier actitud protagonista en el problema del cambio climático.

No obstante, como buenos simios, somos imitadores. Adoramos nuestra propia imagen hasta el punto de que, seguramente, a muchos no les importaría ser eso, una imagen rebotando eternamente entre dos espejos, sin nada real que la sustente; la versión moderna de la inmortalidad del alma. Y eso, a veces, puede ser una ventaja, porque del hábito del postureo y de la adicción a lo políticamente correcto, ocasionalmente puede salir algo bueno.

¿Y si las reinas y reyes/divas y divos anunciaran que, en adelante, van a acudir a todos los actos oficiales/galas y saraos con el mismo vestido, para limitar la superproducción de materiales que acabarán siendo desechos?

¿Y si los mandamases acordaran celebrar más cumbres por videoconferencia, para limitar los desplazamientos en avión?

¿Y si las grandes manifestaciones las celebrara cada uno en su ciudad y se conectaran entre sí a escala mundial por videoconferencia?

Son sólo gestos, pero quizás, en el ansia por estar “à la page” y continuar en sintonía con la tendencia “guay” del poder político, las grandes empresas procurarían limitar los desplazamientos en avión. Y todas ellas deben de sumar muchos, muchos viajes al año.

¿Y el “pueblo llano”? Por mucho que lo diga Sabina, ¿no siguen las niñas, de cualquier edad, queriendo ser princesas? (Ojo, que he utilizado “niñas” sólo como una licencia “literaria”, por referencia a la canción del susodicho. No se me amotinen, por favor, que sólo estamos a martes). ¿Y qué mejor forma de creernos príncipes y princesas que imitar a los de verdad? Pero ahora han cambiado las tornas y, en vez de hacerlo comprando docenas de zapatos de plástico, que es lo que nos permite el bolsillo, para estar siempre de estreno, como ellos, vamos a copiar la continencia en el vestir para controlar la producción de residuos, que es lo que se lleva…

No sé si todo esto serviría de mucho o no, pero al menos constituiría un cierto estímulo moral, porque demostraría algo en lo que nunca he dejado de creer, y es que, prácticamente en cualquier producción del ser humano, no importa si se trata de una moda, ideología o creencia, da igual si parece insulsa, inocua o incluso deleznable, siempre se encuentra agazapado un germen de progreso.

Y, de ser así, seguiría sin aclararse el misterio de que nosotros, sin dejar de ser peligrosísimos simios sanguinarios, hayamos adquirido cierta capacidad intelectual, pero, al menos, se explicaría el milagro de que hasta ahora hayamos sobrevivido a ella.

DESAGÜE

Sumergidos en los olores de mil guisos y apretujados en mesas corridas, los comensales, en grupos de cuatro o cinco, van alzando cada vez más la voz para poder entenderse; por si no tuvieran suficiente con competir entre sí, han de luchar también con el tintineo de los cubiertos y con el ruido de los motores y los timbres de los microondas. Son en su mayoría jóvenes que comentan con los compañeros el curso de la jornada salpicando el discurso con sus variadas jergas profesionales. Estamos en el office de cualquier empresa española, cualquier día laborable entre las dos y las tres de la tarde.

Por lo general su atuendo es cuidado, pero huye de lo clásico y tiende a mostrar dinamismo, su lenguaje corporal revela energía e incluso un punto de agresividad y, en definitiva, cada uno de ellos parece una especie de carta de presentación semoviente cuyo único párrafo reza: “Sr. Director de RRHH, soy capaz de alcanzar todos los objetivos que a vds. les dé por marcarme”.

Su conversación trata de colmar su afán de “deseabilidad” social y, además de exhibir sus conocimientos profesionales, suelen aprovechar el almuerzo comunal para cantar las excelencias de las actividades, más o menos exóticas, que han llevado a cabo o que planean para el próximo fin de semana o para las vacaciones.

Cuando, tras el fragor de la batalla, uno entra allí por cualquier motivo, la atmósfera cargada y el peso del silencio parecen sugerir que la pobre habitación se ha quedado febril, exhausta, ensordecida y puede que incluso con una preocupante obstrucción intestinal. En efecto, casi de inmediato la mirada choca con un fregadero lleno hasta el borde de agua grisácea en la que flotan inmundicias, ya irreconocibles por su aspecto baboso. Entonces nos asalta una pregunta: ¿por qué se atasca el fregadero?

“Bien, sin duda, porque alguien que ha lavado sus utensilios no ha retirado sus restos de comida del desagüe y quienes han llegado detrás han considerado asqueroso o indigno hacerlo, con lo que el tapón de desperdicios ha terminado por obstruir completamente el conducto. Ello no ha impedido a los demás seguir usando la pila hasta que el peligro de rebosamiento lo ha hecho materialmente imposible”. Algo así es lo que tiende uno a responderse a sí mismo, a bote pronto.

Pero enseguida reparamos en que nos hacíamos la pregunta con cierta zozobra, que quizás estábamos viendo en el agua turbia una insinuación un poco siniestra de algo que estamos viviendo, sin terminar de reparar en ello, y que la respuesta positivista que nos acabamos de dar no es capaz de calmarnos: “Sí, sí, ya sé cómo se obstruye un desagüe, pero, ¿¡¡¡por qué se atasca el fregadero!!!?”

Uno imagina las perspectivas de carrera profesional de esos jóvenes comensales como un autobús de dos plantas, completamente abarrotado, que marcha sin detenerse. Unos corren junto a él echando los pulmones por la boca, tratando de saltar dentro antes de que aquél tome demasiada velocidad y se vaya sin ellos. Otros ya tienen los pies en la plataforma, pero también se aferran denodadamente a cualquier asidero para evitar salir despedidos en un giro o en un bache, porque ese autobús siempre lleva las puertas abiertas.

Y mientras, como hipnotizado por la fealdad que contempla, uno sigue con la mirada clavada en el fregadero, lleno de esa especie de sopa fría propia del menú de la Familia Monster, su mente pone el piloto automático y repasa vertiginosamente entre sus recuerdos alguno que nos sirva como flotador, y entonces surge el viejo y barroco Segismundo.

¿Acaso son estos jóvenes los “Segismundos” del s. XXI? ¿Es que cuando el anonimato que brinda la colectividad los libera momentáneamente de la prisión de sus propias máscaras, surge la bestia reventando el barniz que les ha dado su entorno social?

Llamé al Cielo y no me oyó

y pues sus puertas me cierra,

de mis pasos por la tierra

dé cuenta el Cielo y no yo.

Así que, visto lo visto y oído lo oído, uno no puede evitar salir de la habitación sin la comezón de una nueva duda: entonces, para esa generación, ¿la vida es sueño o es pesadilla?

REFLEXIÓN

¿Y si no somos más que dos espejos mirándose, que se devuelven constantemente una imagen sin referente real hasta que ésta se desvanece?

v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2019/09/13/sarao/

 

SARAO

Igual que una flecha quiebra la imagen reflejada en un espejo, aquella noche algo parecido a un soplo de frío rompió el paréntesis en que me había sumido entre el frescor de los jardines, la música relajante y la buena comida.

Me volví hacia mi amigo, que me acompañaba en aquel sarao lúdico-profesional al que asistíamos y le espeté – De repente he comenzado a sentirme como un quiste dentro de este grupo de personas.

–  Claro – me contestó, con el tono sentencioso con que se enuncia cualquier verdad científica sólidamente establecida desde hace siglos – la mayoría son pijos y nosotros no.

– A ver, a ver, ¿a qué llamas ser pijo? – Mi amigo estaba considerado como una persona más bien cerebral y poco empática por quienes lo conocían superficialmente, pero lo cierto es que su forma de ayudar a los demás consistía a menudo en facilitarles una mayor claridad de ideas, ayudándolos a precisar conceptos, igual que un coleccionista ensarta mariposas en un cartón.

– El pijo se caracteriza porque todos los aspectos de su existencia, desde los profesionales a los más personales, se aglutinan en torno a un objetivo muy claro: hacerse con determinados signos de identidad, que comprenden desde el coche que conducen hasta los apellidos de su pareja, pasando por el colegio de sus hijos e incluso el número de ellos. Y ojo, no se trata sólo de ganar mucho; tan importante como lo material es la forma de hablar o de moverse. No se es pijo si los demás te ven como un “parvenu”. Las maneras del pijo suelen ser amistosas, mostrando su sonrisa como la respuesta lógica a una vida que les sonríe, pero un poco sobreactuadas, como para dejar claro que, aunque trata a todos como si fueran sus iguales, su pijería es el resultado de una concienzuda preparación que arranca desde la cuna.

– Ya y, según tú, ¿qué buscan en todos esos signos?

– Demostrarse que son pijos – afirmó contundente con la boca aún llena, mientras se limpiaba los dedos con una servilleta de papel-. Ser pijo es el sentido de la existencia de un pijo.

– ¿Quieres decir que “ser” es totalmente equivalente a acumular los signos externos propios de lo que se quiere ser? ¿Cómo el dibujo de la mano que dibuja otra mano, que a su vez dibuja a la primera…?

– ¿De qué te sorprendes? Le pasa a todo el mundo. Mira a los neoliberales.

– Nuevamente te apoyas en etiquetas que no sé si significan algo mínimamente concreto.

– ¿No te parece que quizás esas etiquetas a las que tenemos que recurrir para hablar de las “tribus urbanas” del momento son sólo un síntoma más del vacío del “ser” que tú mismo acabas de mencionar?

Lo que te decía, los neoliberales defienden, generalmente, a veces hasta con arrogancia, un orden de cosas que favorezca al que ya tiene una posición ventajosa de por sí. ¿Por qué? Porque la teoría es que quien, apoyado en la iniciativa privada y pasado por el crisol de la competencia, ha adquirido esas ventajas, es porque es “mejor” que los demás, luego tiene derecho a conseguir más aún.

En la práctica, ¿qué más da si la iniciativa privada – y remarcó esta palabra con un tono de ironía – se apoya en influencias de amiguetes con mando en plaza? ¿Y qué importa si el estado tiene que acabar interviniendo para rescatar a esos intereses privados? Ese aparente fracaso también es un triunfo neoliberal, porque sirve para demostrar dos cosas – dijo mi amigo extendiendo sucesivamente los dedos índice y medio con la palma de la mano vuelta hacia sí, mientras oteaba los movimientos de las bandejas de catering – “a”, que la culpa de lo ocurrido la tiene el estado por no ser más radicalmente liberal y “b”, que sus intereses particulares son rescatados por lo importantes que son, a su vez, para la economía nacional; es decir, el rescate no es una contradicción con sus propios planteamientos, sino tan sólo una evidencia más de que ellos merecen ser rescatados, porque son los mejores.

En definitiva, como en la fábula del rey desnudo, el neoliberal funciona sobre la base de que, sólo por defender el mayor derecho de los “mejores” en cierta escala de valores, uno ya es de esos mejores. Aquí nuevamente, el hacer profesión de neoliberalismo sirve fundamentalmente para tener la satisfacción de “ser” neoliberal.

– Ok, así que otra vez navegando en círculo. Y ya por curiosidad, ¿has reservado alguna munición para los “progres” dentro de tu bestiario?

Con una expresión de alegría al ver acercarse a un joven con otra bandeja, mi amigo prosiguió-  El progre vive en un universo de conceptos muy abiertos y muy connotados.  El uso de conceptos con connotaciones negativas, como “oligarquía”, “poderes fácticos”, “la reacción”, “privilegiados”, “imperialismo”…  ahorra muchísimo esfuerzo intelectual a la hora de delimitar los problemas y apela, casi como un acto reflejo, a otros conceptos, también muy abiertos, pero sentimentalmente opuestos. Ahora está muy en boga lo diverso, lo inclusivo, la transversal y, sobre todo, lo femenino como respuesta a cualquier conflicto. Tanto que, si en vez de “abuso” decimos que se ha cometido una “abusa”, parece que ya estamos haciendo algo para luchar por la víctima – dijo intentando intensificar el efecto de la ironía con una expresión hierática, pero sin poder evitar un destello afilado en su mirada, acentuado por los puntos luminosos que el reflejo de las luces del jardín formaba en sus gafas.

–  Y con todo eso, ¿qué?

– Hombre, uno puede pasar toda la vida entre elevados conceptos incapaces de materializarse ni, por tanto, de ponerse a prueba. Es un poco como la historia de aquel individuo al que se acusaba de enriquecerse a costa de los errores ajenos…

– No me suena, ¿qué le pasaba?

– Pues que era fabricante de gomas de borrar. ¿No ves que ahí el significante es mil veces más potente que el significado? Pues aquí pasa lo mismo, para el progre vivir recreando el paraíso es vivir en el paraíso; el significante es tan fuerte que puede rellenar cualquier vacío de signficado.

En definitiva, ahora que ya no hay héroes, ni cajas de resistencia para aguantar las huelgas, que los defensores del obrero no sólo no van a la cárcel, sino que están subvencionados e incluso puede que se sienten en algún consejo de administración, y que Marx es sólo una momia polvorienta a la que resulta hasta de mal gusto mentar, el verdadero apóstol del progresismo no es otro que Barrie.

– ¿Barrie? ¿Qué Barrie?

– James Mathew Barrie, el creador de Peter Pan – dijo sin poder evitar esta vez una franca carcajada.

– Bueno, pues tus reflexiones me tranquilizan.

– ¿Por qué?

– Hombre, porque si eso es así, debemos de haber logrado el mejor de los mundos posibles, cuando parece que sólo tenemos hambre de signos y más signos. Si nos estuviéramos comiendo los mocos, verías como no teníamos ni tiempo ni ganas de vivir mirándonos al espejo en un mundo hecho de castillos de fuegos artificiales y de gilipolleces.

Entonces la expresión de mi amigo cambió tan bruscamente que me desconcertó, incapaz de relacionarlo con lo que le acababa de decir, hasta que seguí su mirada y tomé conciencia de que las conversaciones se habían silenciado a nuestro alrededor, de que todos los asistentes al sarao nos miraban arrugando un poco la nariz y alzando la cabeza, como si estuvieran oliendo una mierda de perro, y de que por en medio de ellos se abrían paso a grandes zancadas dos miembros del personal de seguridad del recinto, que estaban cada vez más cerca de nosotros.

 

 

 

 

 

REFLEXIÓN

pensador

Cumplir años es tomar conciencia de la limitación del tiempo compartido.

TRAGEDIA

Esperé a que el camarero se alejara de la mesa y empecé a hablar, no por discreción, sino por apuro; siempre he pensado que los camareros deben de sentirse muy incómodos cuando sus clientes empiezan a hablar sin dirigirse a ellos, como si estuvieran en presencia de un mueble – El otro día estuve en un espectáculo de improvisación que me encantó. Los actores lanzaban una pelota al público y, a quien le caía, le hacían unas cuantas preguntas sencillas sobre su vida y su carácter y los de sus acompañantes y, acto seguido, utilizando esos elementos, representaban una supuesta escena de la vida en común de esas personas, pero de un modo completamente esperpéntico, dislocado… -.

Mi amigo se acarició la barbilla en silencio unos instantes, que aproveché para beber un sorbo, y, al bajar el fondo del vaso, tuve la sensación de que la cabeza de éste emergía atravesando la superficie del líquido, como si saliera de la profundidad de sus propias reflexiones. Para mí, iniciar una conversación trivial con él solía ser como dejar caer una ramita en la superficie de un riachuelo; a menudo el pequeño trozo de madera avanza casi con dificultad bordeando la orilla para, de pronto, arrancar como una exhalación, capturado por el largo brazo de un remolino.

– Eso que dices me recuerda a algo – contestó él mirando a través de mí, mucho más allá de donde yo estaba -. Hace poco he visitado en el hospital a un anciano bastante irritante al que conozco desde hace años. Debido a la medicación que le daban y a la propia desorientación producida por el ingreso, se pasó toda la tarde delirando. Pero lo curioso es que su discurso delirante no era mucho más “delirio” que su discurso habitual, sólo un poco más exagerado: victimismo, desconfianza, exigencia, acritud, reproches… Lo mismo de siempre, sólo que llevado a un grado que resultaba tragicómico, porque su ruptura con la lógica más elemental había convertido aquella situación hospitalaria, bastante lamentable, pero muy anodina, en una auténtica película de 007, con secuestro, espionaje, conspiración y traiciones, todo incluido. La cuestión es – continuó, con la mirada un poco iluminada tras los cristales de sus gafas – ¿no podría existir una terapia basada en actores, como los que tú dices, dirigidos por un psicólogo, que pudieran representar nuestra conducta cotidiana, pero de un modo tan desaforado que no tengamos más remedio que tomar conciencia de que muchos de nuestros procesos mentales habituales no son más que delirios y comprender a qué extremos podemos llegar si no cambiamos de rumbo?

– Enhorabuena – fingí aplaudir-,¡acabas de inventar la tragedia griega!

– ¿La tragedia griega…?

– Sí, hombre, la catarsis que, según dicen, se buscaba con la representación de las tragedias. Bueno, salvo que eso era una “terapia de grupo”, y tú pareces querer convertirlo en una terapia individual. Mejor para el psicólogo, que se embolsará más dinero aún.

– Te advierto una cosa – continuó con su aire reflexivo, sin recoger el sarcasmo -, las palabras y los conceptos se desgastan con el uso como las piedras de río. Fíjate, si no, en la palabra “objeto”. Viene del latín “obiectus”, formada por “ob” (sobre) y “iacere” (arrojar). Un objeto viene a ser algo que lanza una avalancha de estímulos sobre nosotros, que alimentan a nuestros sentidos; de esa forma es como tomamos conciencia de aquél. Yo me lo imagino como un volcán, o como un trozo de material radiactivo, fosforescente, lanzándonos con violencia toda clase de rayos de alta energía. Y, sin embargo, fíjate hoy: “un objeto decorativo”, “un objeto sin valor”, “un objeto de culto”, “un objeto extraviado”… El significado tan potente de la palabra “objeto” ha quedado oculto bajo la pintura, muchas veces de brocha gorda, de los calificativos que le atribuimos, que quedan en primer plano.

– Ya. ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues que, a veces, reinventar algo y traer al presente un poco de su energía original, cuando ésta se ha perdido en el tiempo, puede ser casi tan valioso como el hecho de inventarlo. ¿No crees?

– Pues sí, la verdad es que, mirado así, tienes toda la razón. Y por eso te voy a proponer ahora mismo tu siguiente misión.

– ¿¿¿Cuál…???

– Reinventar la democracia.

EL BUEN SECRETARIO

(A un amigo, antes que compañero)

 

Contempla el buen Secretario

el acta cual relicario,

el acta contempla y mira

que no contenga mentira.

 

Recibió su nombramiento

medio loco de contento.

Aceptó tan alto honor

como una muestra de amor

y trémulo por la emoción

cumplió con su obligación.

 

Ha de dejar su actual puesto,

mas no descompone el gesto.

Sube por las escaleras

Donde el éxito le espera.

Llega hasta la planta noble

¡quizá su sueldo le doblen!

Le asignan un gran despacho

y lo ocupa sin empacho

(él merece enorme sala,

no es hombre de pico y pala)

y le instalan “Internés”

para que siga el “procés”

y porque ha de tener correo

para mover papeleo

y si lees “Querido amigo”

es que un marrón te ha caído

o que él se quita de en medio

de algo que produce tedio.

 

Deja atrás un gran equipo

que a todos les quita el hipo,

salvo por cierto elemento,

al que ya echó en su momento.

Él su equipo no ha olvidado

y a todos dejó encargado

que lo vengan a buscar

para ir a desayunar.

 

Su puesto tanto le gusta

que, si lo piensa, se asusta.

“Lucerna iuris” lo llaman,

sus seguidores lo aclaman.

Muestra su sabiduría

y todos en él confían,

pues mantiene su criterio

de la cuna al cementerio

y aunque vea un proyecto caer

no da su brazo a torcer.

 

Cuando el Consejo es un leño

él le pone mucho empeño;

preferiría dormitar,

mas, ¿quién se lo iba a autorizar?

Y si el asunto es complejo,

él se dejará el pellejo,

pues su puesto tanto ama,

que es como de Adán manzana.

Ser Secretario le excita

y en vacaciones se irrita

y lo toma tan en serio

que podría ser adulterio.

 

Gracias al buen Secretario

todo funciona a diario.

Su porte y su dignidad

transmiten seguridad

y su masa corporal

nos mantiene la moral,

pues cuando uno está obeso

es que nada inquieta al seso.

Por tanto si él tiene panza,

no hay peligro en lontananza.

 

Aceptad ya mi consejo,

que en esto soy perro viejo:

cachondeo a la autoridad

con versos disimulad.

 

Foto Wikipedia: Meister des Maréchal de Boucicaut


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

ESTADÍSTICAS

  • 29.797 visitas

Últimos comentarios

Elena Calleja en CAMBIO CLIMÁTICO
Elena Calleja en DESAGÜE
REFLEXIÓN | ESCRITO… en SARAO
José Ignacio en REFLEXIÓN
Guillermina en REFLEXIÓN

Archivos

Categorías

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 32 seguidores