Archivos para 27 enero 2010

EL ABRAZO DEL AMIGO

“Clic”, salta el dígito definitivo en el reloj del ordenador. – ¡Es verdad! – pienso con un punto de acidez -, la acumulación de cambios cuantitativos acaba traduciéndose en un cambio cualitativo: son las 14,00h. y eso no significa simplemente que ha pasado media hora desde las 13,30h., significa que ya me puedo largar de aquí. Je, je, el viejo Marx sigue teniendo razón –. Me río yo mismo la gracia mientras vuelo hacia las escaleras para evitar la habitual congestión de los ascensores. – Ya ves, llevo un montón de años bromeando conmigo mismo; no he vuelto a encontrar tipos como vosotros – me digo imaginando que ya lo tengo delante y que estoy hablando con él, y pienso que, si me oyera, seguramente me seguiría el juego preguntándome si me estoy refiriendo a Karl, o a Groucho. Mis pies van aterrizando con poca delicadeza en los peldaños, pero éstos me hacen el efecto de una cama elástica; me siento como si estuviera un poco borracho.

Al salir del edificio lo busco calle arriba y calle abajo con la mirada, mientras otros muchos oficinistas se desparraman sobre la acera desde los bloques de alrededor y se dirigen mecánicamente a sus lugares habituales de repostaje. – ¿Encontrará la dirección? –. De repente, los músculos de mi cuello se quedan clavados ante una figura que parece resaltar a lo lejos como un actor de variedades bajo los focos. ¡Lo que es la mente…! Una barrido rápido, a tantos metros y a tantos años de distancia, e inmediatamente la mirada se me engancha a mi amigo entre el resto de la gente. ¿Qué parámetros ha detectado mi programa neurológico de reconocimiento de objetos para identificarlo en esas formas que me hablan de alguien tan distinto al de los viejos tiempos?: más peso, menos pelo, más componendas con la vida…  – ¿No está un poco más bajo que antes…? ¿O es que camina un poco encorvado…? –

Él aprieta ligeramente la marcha y yo salgo en su busca. A la distancia adecuada, un vistazo fugaz a su rostro – sí, es él, es él, en el fondo sigue siendo él -.

Últimos pasos de cada uno en pos del otro. Él alarga sus brazos y otro de mis programas neurológicos me hace abrir los míos en la extensión que calcula adecuada para acogerlo en condiciones. Al encontrarnos reclino la cabeza sobre su hombro sin pudor ninguno y, sorprendido de mí mismo, inmediatamente me alegro de mis “…taitantos” años y de no tener ya nada que demostrar – Pues no, no ha perdido estatura, era sólo mi impresión –.  Mi gesto es recibido sin asombro ni tensión por su parte; yo también me siento confortablemente hospedado en su abrazo.

Nuevo vistazo a su rostro, que se me antoja más ancho que antaño e imbuido de una gravedad que no le conocía – sí, es él, es él, en el fondo sigue siendo él -. Entonces, durante una fracción de segundo, veo de nuevo la cara que aparecía esta mañana en el espejo al afeitarme y adivino que ni el rostro de mi amigo ni el mío nos pertenecen realmente, que sólo han venido de visita, y de pronto entiendo por qué los sabios dicen que no podemos afirmar lo que somos, sino sólo lo que no somos – No soy mi cara, ni mi cuerpo, ni mis pensamientos, ni mis sentimientos… No soy nada de lo que he dicho porque, tarde o temprano, todo ello, y cualquier otra cosa que pueda nombrar, deja de ser lo que era y se transforma en su fluir… – Y, después de eso, ya no tengo ninguna duda de que, aunque los demás no lo crean, en ese obstáculo que ahora mismo formamos mi amigo y yo en medio de la acera, lo más “real” que existe no somos ni “el” ni “yo”, es nuestro abrazo.

FIN

 

Dedicado, por orden alfabético, a Alberto, Javier, Julián y Pedro. Gracias a cada uno de vosotros por haber estado ahí en el momento justo.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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