Posts Tagged 'Tiempo'

EL COPISTA DIGITAL

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No han llegado hasta nosotros los originales de los Evangelios (o de la multitud de documentos que narran los hechos de Jesús o se refieren a las primeras comunidades cristianas que, mucho más tarde, la Iglesia adoptó como tales). Hasta hace poco, las copias más antiguas de que disponíamos databan del s. II de nuestra era, si bien el reciente descubrimiento de un fragmento de aquéllos copiado hacia el año 80 d.C. – http://www.emol.com/noticias/tecnologia/2015/01/21/700161/encuentran-la-copia-mas-antigua-de-un-evangelio-en-la-mascara-de-una-momia-egipcia.html – parece que nos permite aproximarnos significativamente al momento del “Big Bang” evangélico.

En cualquier caso, lo cierto es que durante la mayor parte del período histórico que va desde la producción de las Sagradas Escrituras hasta el día de hoy no ha existido la imprenta ni tampoco la protección de los derechos de autor. Por otra parte, la gran mayoría de la población era analfabeta y muchas de quienes podían presumir de formación no pasaban de saber dibujar las letras que tenían delante, sin comprender el texto. Sumemos a lo anterior la mar gruesa de conflictos “ideológicos” en que se desenvolvió la comunidad cristiana de los primeros siglos hasta que la facción de los vencedores escribió la versión canónica de la historia; los escribas no fueron ajenos a esas disputas y muchos, probablemente de buena fe, añadieron, quitaron o enmendaron lo que les pareció necesario a fin de que la letra de las Escrituras no indujera a confusión sobre su verdadero mensaje. Visto lo visto, ¿a alguien le puede extrañar los años de preparación que requiere y el esfuerzo que conlleva la tarea de la exégesis bíblica? Y, sin embargo, la verdadera comprensión no llega sólo con la cabeza; es necesario que la vivencia ponga su “guinda”.

Hace poco, un amigo se sentía incómodo ante el compromiso que había asumido de leer un pasaje del Evangelio de San Juan en una boda al día siguiente; se trababa en la lectura porque el texto le parecía incomprensible. Se trata de un tipo sobradamente capaz, así que supongo que le pesaba el miedo escénico o, simplemente, en ese momento “no estaba en lo que se celebraba” (nunca mejor aplicado). Me asomé a la pantalla de su ordenador, le sugerí añadir un par de comas y surgió la luz (nunca mejor aplicado). El futuro orador se puso manos a la obra y delante de mí añadió, no sólo las sugeridas, sino alguna que otra como más.

Ese suceso tan trivial fue el catalizador de algo poderoso; de repente sentí que cada instante que vivimos contiene toda la eternidad, que, como sacudiéndose con fastidio las ataduras del tiempo, mi conciencia de individuo se fundía con otras muchas y delante de mí se desplegaba un panorama del que formábamos parte, en el mismo plano, nosotros, tecleando ansiosamente sobre artefactos llenos de pastillas de silicio, a la vez que otros hombres se dejaban la vista escribiendo con una pluma bajo la llama oscilante de una vela, mientras otros más preservaban y transmitían el conocimiento utilizando tecnologías que no podemos ni soñar; nuestro momento presente no es más que un corte transversal del tiempo de nuestra especie, algo no muy diferente a una rebanada de pan de molde. Fue una vivencia fugaz, pero de esas que me gusta atesorar para cuando vienen horas bajas.

Además, lo bueno de todo esto es que, sin duda, por haber inducido a alterar el Evangelio voy a ir de cabeza al infierno. ¡Qué bien para poder “charlar” con “gente” como Ipathia, Marx, Napoleón, Maquiavelo o Voltaire…! Vamos, que aquello debe de ser como un híbrido de café literario y sauna finlandesa.

Fuente: Misquoting Jesus; Bart Ehrman

Foto: enciclopedia.us.es

CAMPANADAS DE FIN DE AÑO

sonrisasforever

El 31 de diciembre, con sus inevitables bromas que juegan con la ambigüedad entre lo que dura el año y lo que queda de él (v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/12/31/ingenuidad/), me recordó un cuento cuyos ecos aún resuenan en mi cabeza como las doce campanadas de aquella noche.

Hace mucho tiempo (o quizás fue anteayer, ¿cómo saberlo?) un occidental ingresó en un monasterio budista en el que nadie podía pronunciar más de dos palabras cada diez años, a excepción del monje superior cuando tenía que impartir instrucciones para organizar la vida monástica.

Diez años después de ingresar, el novicio se presentó al superior y le comunicó: “tengo frío”. Éste no quiso que la falta de adaptación al duro clima interfiriera en el progreso espiritual del nuevo miembro de la comunidad e inmediatamente ordenó que se le proporcionaran mantas.

A los veinte años, el extranjero rompió de nuevo su silencio: “cama dura”. Haciendo otra vez gala de su muy cultivada compasión, el monje superior se ocupó de proporcionar a aquél un lecho más blando en el que pudiera gozar de un sueño reparador.

Tras treinta años de vida religiosa, el protagonista de nuestra historia aún no había logrado adaptarse al tipo de alimentación del monasterio y así lo hizo saber: “comida sosa”. Enseguida se sazonó a su gusto todo cuanto consumía.

Después de cuarenta años, nuestro amigo volvió a abrir la boca, pero en esta ocasión no fue para pedir nada: “me marcho”, dijo por todo discurso de despedida. “No me sorprende”, pensó al punto el monje superior, “no ha parado de quejarse en todo el tiempo”.

Esta historia trata sobre la relatividad del tiempo, igual que, en cierta forma, lo hacen las bromas propias de las últimas horas del año.

Una visión menos irónica y más literaria de la manera budista de entender el tiempo y el espacio la podemos encontrar al final de “Siddharta”, cuando su amigo Govinda pide ayuda a éste para mantenerse en pie y continuar su camino “difícil y sombrío”. Hermann Hesse nos describe así el despertar de Govinda:

   Siddharta le observó y sonrió.

  • ¡Acércate a mí! – susurró al oído de Govinda -. ¡Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y ahora, ¡besa mi frente, Govinda!

   Y sucedió algo maravilloso mientras Govinda obedecía sus palabras, entre un presentimiento y el amor que le atraía: se le acercó mucho y rozó su frente con sus labios. Todo ocurrió mientras sus pensamientos se ocupaban todavía de las extrañas palabras de Siddharta, mientras se esforzaba aún por quitar el tiempo en vano y con resistencia de sus pensamientos, y de imaginarse el nirvana y sansara como una misma cosa, a la vez que sentía desprecio por las palabras de su amigo y luchaba en su interior con un enorme respeto y amor. Así fue.

   Ya no contemplaba el rostro de su amigo Siddharta, sino que veía otras caras, muchas, una lagara hilera, un río de rostros, de centenares, de miles de facciones; todas venían y pasaban, y sin embargo, parecía que todas desfilaban a la vez, que se renovaban continuamente, y que al mismo tiempo eran Siddharta. Observó la cara de un pez, de una carpa, con la boca abierta por un inmenso dolor, de un pez moribundo, con los ojos sin vida…, vio la cara de un niño recién nacido, encarnada y llena de arrugas, a punto de echarse a llorar…, divisó el rostro de un asesino, le acechó mientras hundía un cuchillo en el cuerpo de una persona…, y al instante vislumbró a este criminal arrodillado y maniatado, y cómo el verdugo le decapitó con un golpe de espada…, distinguió los cuerpos de hombres y mujeres desnudos y en posturas de lucha, en un amor frenético…, entrevió cadáveres quietos, fríos, vacíos…, observó a los dioses, reconoció a Krishna y a Agni…, captó todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellos, cada una en ayuda de la otra, amando, odiando, destruyendo y creando de nuevo. Cada figura era un querer morir, una  confesión apasionada y dolorosa del carácter transitorio; pero ninguna moría, sólo cambiaban, siempre volvían a nacer con otro rostro nuevo, pero sin tiempo entre cara y cara… Y todas estas figuras descansaban, corrían, se creaban, flotaban, se reunían, y encima de todas ellas se mantenía continuamente algo débil, sin sustancia, pero a la vez existente, como un cristal fino o como hielo, como una piel transparente, una cáscara, un recipiente, un molde o un máscara de agua; y esa máscara sonreía, y se trataba del rostro sonriente de Siddharta, el que Govinda rozaba con sus labios en aquél momento.

   Así vio Govinda esa sonrisa de la máscara, la sonrisa de la unidad por encima de las figuras, la sonrisa de la simultaneidad sobre las mil muertes y nacimientos; esa sonrisa de Siddharta era exactamente la misma del buda, serena, fina, impenetrable, quizá bondadosa, acaso irónica, siempre inteligente y múltiple, la sonrisa de Gotama que había contemplado cien veces con profundo respeto. Govinda lo sabía: así sonríen los que han alcanzado la perfección.

   Sin saber si existía el tiempo, si había pasado un segundo o cien años, desconociendo si eran realidad un Gotama, un Siddharta, si vivía el yo y el tú, alcanzado su interior por una flecha divina cuya herida es dulce, encantado y roto su corazón…, Govinda permaneció todavía un tiempo inclinado sobre el rostro bronceado de Siddharta, el que besara hacía un momento, el que fuera escenario de todas las transformaciones, de todos los orígenes, de todo lo existente.  

Seguramente, para muchos budistas esos pequeños confetis que aún se pueden encontrar por las calles como vestigio de la noche de fin de año no son basura sin recoger, sino una puerta hacia la eternidad.

 

Foto: sonrisasforever.es

ROMÁNICO

El viejo párroco no parecía dispuesto a ahorrarnos ningún detalle de aquel retablo del s. XVII aunque, para mí, sólo era un cuerpo extraño que perturbaba el equilibrio transmitido por la rotundidad de formas de aquella iglesia románica. Chema se mantenía un poco apartado y adoptaba una actitud un punto irónica, las manos en los bolsillos y la cintura algo arqueada hacia afuera, como para dejar claro que lo único que le interesaba era el atracón de productos de la tierra que pensaba darse en cuanto cumpliéramos todos los trámites culturales de rigor. Sólo Ester y Mamen, fieles a su incombustible amor por el arte, seguían atentamente la explicación del cura.

Envuelto por la penumbra de la iglesia, por su frescor y por su olor a piedra, poco a poco las palabras del anciano se fueron reduciendo a la simple propagación de ondas de presión sin significado alguno, y allí, de pie, comencé a dejarme llevar.

En medio de mi abandono, como una bola de nieve que llega al final de una cuesta, hubo un instante en que algo terminó por imponerse a mi conciencia: de una forma insensible hasta entonces, pero igualmente inapelable, estaba siendo arrastrado por algo indefinido. A pasos agigantados la columna de mi derecha se estaba convirtiendo en algo más que lo que era. La fortaleza, la densidad de la piedra, se iba haciendo opresiva. En unos instantes, su voluntad de ser ya era casi despectiva, insultante. Me vino a la cabeza la reflexión de un personaje de Thomas Mann: la vida no es más que una enfermedad de la materia. Yo, en ocasiones, había sentido que la materia podía ser tan sólo una enfermedad de la nada, pero la aplastante intencionalidad que estaba cobrando la columna parecía desmentirlo de una vez por todas: aquello no podía ser una enfermedad, aquello era la voluntad y la fuerza en estado puro.

En ese momento, de la penumbra de la nave comenzó a destacar una pequeña figura de líneas muy sencillas, cincelada en uno de los bloques de piedra de la columna. Parecía el contorno de una copa vista de perfil, pero sin la base, sólo el recipiente y el tallo. Seguramente era la marca del cantero, que casi mil años atrás había dejado así su firma en la piedra y, de esa forma, había logrado subirse al carro de la inmortalidad de ésta. Recorrí la figura con las yemas de los dedos, apenas rozando sus bordes, me alejé unos centímetros y desde allí volví a considerar aquella marca, que ahora también estaba cobrando vida propia. La conciencia que yo tenía de ese dibujo en la columna era un contenido mental, exactamente el mismo que había tenido el cantero mil años antes, y que él había traído a la existencia a través de la piedra. El macizo bloque me revelaba su secreto: se trataba en realidad un ingenio capaz de transformar la conciencia en materia y la materia en conciencia, y de atravesar el espejismo del tiempo para permitirme compartir el mismo contenido mental con un hombre de hacía mil años.

No bastó el eco de los pasos del grupo recorriendo la nave, ni tampoco la presión de la mano de Mamen sobre mi hombro, hizo falta que ésta me zarandeara y me gritara para que yo volviera en mí:

–       ¡Venga ya, pasmao, que llevamos media hora esperándote ahí fuera y este señor tiene que cerrar la iglesia antes de irse!

 Eso sí, no fui capaz de explicarme el estupor de los presentes, ni sus miradas de reojo, ni sus diálogos entrecortados, hasta que entre todos consiguieron hacerme entender que me había disculpado y le había dado las gracias al cura en un antiquísimo dialecto local, que sólo éste había sido capaz de entender a medias gracias a su viejo latín.

FIN

 

Foto de Byelvis (Flickr)


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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