Archivos para 10 septiembre 2010

LA MADRIGUERA

Antoñita era ingenua, fantasiosa y delicada hasta la fragilidad y cuando tuvo a Coque casi se transformó en un lirio con todos sus pétalos abiertos de dicha. Al poco tiempo Adolfo, su marido, empezó a preocuparse por el cariz que tomaban las cosas: Antoñita no parecía vivir su maternidad como una carga, sino como una fuerza misteriosa que la hacía sentirse ingrávida y, a la vez, más sólida que nunca. – Si esto sigue así – pensó Adolfo – Antoñita no me dejará seguir cuidándola.  No me permitieron acercarme a mi madre porque estaba muy enferma, y acabaré alejado también de mi esposa porque está demasiado sana -. Entonces Adolfo empezó a visitar a una bruja llamada Melissa en busca de ayuda. Tras recoger la información necesaria sobre aquella familia, Melissa entregó a Adolfo una botellita de cristal esmerilado con la pócima del desamor.  – Es incolora, inodora e insípida – le instruyó Melissa -, así que puedes echársela a tu mujer en la comida sin que se entere. A la primera toma, ella dejará de querer a vuestro hijo -. Sin dudarlo un instante, Adolfo administró el preparado a Antoñita, pero fue tal el choque que el desamor hacia su pequeño bebé produjo en cada una de las células del cuerpo de la pobre mujer, que ésta murió casi en el acto. Congelada para siempre en su mirada quedó una mezcla de incredulidad, pena y, sobre todo, de un terror indecible. Coque, además de la sonrisa de la madre que lo amó de forma tan breve grabada en su inconsciente, heredó lo único que Antoñita poseía: un pequeño huerto situado, como un espejismo, en pleno corazón de la ciudad. Ante la efectividad de su actuación, Adolfo empezó a sentir admiración por el poder de Melissa y a buscar cualquier pretexto para frecuentar a la bruja en busca de consejo. Al cabo de poco tiempo de mantener este comercio, ambos decidieron que estaban hechos el uno para el otro y se casaron.

Melissa era una madrastra muy exigente con Coque. Cuando juzgó que el niño ya tenía la talla suficiente para esos menesteres, se plantó delante de él tendiéndole una cesta de mimbre y le ordenó: – Ve a nuestro huerto y tráemela llena de verdura. ¡Y que esté tierna!, ¿eh? – Es mi huerto – replicó al punto Coque, aún modulando las palabras con su lengua de trapo. Melissa enrojeció de rabia y, clavando la mirada en el pequeño, le dijo: – ¿Cómo puedes ser tan sumamente egoísta? No, si no me extraña que tu madre sufriera contigo tanto como dice tu padre. ¡Ahora!, ¡que yo estoy hecha de otra madera…!, de eso te vas a enterar tú enseguida salvo que seas muy tonto… -. A lo que Adolfo, con una sonrisa afilada que escocía tanto como cortarse con una hoja de papel, comentó: – ¡Vaya! El señor propietario defiende su latifundio con uñas y dientes de las hordas del pueblo… –, y Coque sintió al instante que una inyección de vergüenza invadía todo su cuerpo y paralizaba sus músculos, al tiempo que convertía su nariz y sus ojos en manantiales sin control. Entonces Adolfo contrajo un poco el labio superior, transformando la línea afilada de su sonrisa en una mueca agresiva, y añadió: – ¡Que te quede bien claro que si te vuelves a poner chulo con Melissa te las tendrás que ver conmigo! -, y ésta remató la faena con un: – ¡Llora, llora, que así meas menos! -. Camino del huerto, Coque veía borrosas las baldosas del pavimento de los lagrimones que le iban cayendo y apretaba el asa de la cesta hasta cortarse la circulación en los dedos, de la rabia que le quemaba dentro. Tenía una noción imprecisa de haber hecho algo horroroso, pero a la vez el odio indescriptible que sentía por su padre y por Melissa multiplicaba por mil su tortura interior. A partir de entonces, escenas similares se fueron repitiendo una y otra vez, con los cambios que traía el paso de los años y con la diferencia de que Coque sentía cada vez menos dolor y a veces hasta parecía disfrutar con la tensión generada:

– Cada vez traes peor verdura del huerto.

– Lógico, todo necesita cuidados o se agota a fuerza de explotarlo. No me das dinero para comprar abono y sólo me dejas dedicar a mi huerto el tiempo justo para recoger verdura –, contestó el niño a su madrastra en tono festivo, entregándose gustoso al desafío de ver quién juega mejor con el otro.  

– ¡Ah! ¿Pero no es tu huertoooo? ¡Entonces paga el abono con el dinero que te ganes trabajando! Y por mí puedes pasar allí el tiempo que quieras, ¡pero a partir de las doce de la noche, que en esta casa hay muchas cosas que hacer! Ya sabía yo que nos traías lo peor del huerto aposta, ¡que eres un egoísta y un resentido!

Cuando Adolfo y Melissa tuvieron a Jaime, además de ir periódicamente a su huerto a por provisiones para la familia, Coque tenía que llevar al niño a jugar allí, es decir, a desfogarse tirando piedras y rompiendo las plantas, y ¡ay de Coque si regañaba a su hermanastro! Pero la presencia de Jaime había traído un cambio más profundo en la casa: ahora Adolfo no parecía tan próximo a Melissa, es más, se iba convirtiendo progresivamente en el blanco de las iras de ésta.

Un día, Adolfo y Melissa se acercaron a Coque con aire grave y Adolfo, adelantándose un paso, le miró a los ojos y, tras respirar profundamente, disparó: – Coque, somos una familia y en situaciones difíciles todos tenemos que arrimar el hombro. Nos hace falta dinero y Melissa y yo hemos decidido vender el huerto. – y dicho esto permaneció unos instantes mirando dubitativo a Coque. La sustitución de Antoñita por Melissa había traído a casa unas nuevas reglas del juego que Coque había aprendido en el acto, así que desde entonces todo se había mantenido más o menos en el equilibrio propio de cualquier guerra de guerrillas, pero ahora Adolfo y Melissa estaban rompiendo ese equilibrio con lo que Coque veía como un auténtico órdago. Y, para su propia sorpresa, el muchacho casi se alegraba de la novedad porque así ya no tenía nada que perder.  Ignorando por completo a su padre, Coque clavó los ojos en Melissa y le dijo: – ¿Tú sabes jugar a las siete y media? –. Melissa intuyó que estaba perdiendo terreno y, lo que era peor, que no sabía por dónde, y balbució algo que quería decir que no estaba para tonterías. Coque prosiguió: – Es un juego de cartas en que pierdes si no llegas, pero también si te pasas: tú te acabas de pasar. El huerto es mío y tú lo sabes. Es lo único que me ha quedado de mi madre y nadie lo va a vender. – Melissa recobró ágilmente el equilibrio y, con una risita de desprecio, replicó: – Tan inteligente como algunos dicen que eres, supongo que tienes claro que eres menor de edad y que tu padre administra tus bienes. Ad-mi-nis-trar incluye ven-der.- Coque se sentía en estado de gracia, como tocado por una varita mágica, o más bien por una espada flamígera, y salió instantáneamente al rechace: – Vale, vamos a acudir a la ley. Los menores no podemos decidir, pero tampoco nos pueden explotar, así que llevemos este asunto al Juez y que él decida. Que decida sobre la venta del huerto, y de paso que decida sobre otras cosas: le explicaré que soy tu mayordomo, la niñera de Jaime, el paño de lágrimas de mi padre, vuestro intermediario con el mundo cuando os interesa no espantar a los demás, y que para colmo me insultas y me trates con desprecio cuando te da la gana, y todo eso a cambio de “echarme la comida”, como tú misma me dices… A lo mejor el Juez decide buscarme un hogar y, de paso, que otros administren mi huerto hasta que yo sea mayor de edad. ¡Venga, vamos a acudir a la ley…! – Adolfo parecía haber menguado hasta lo infinitesimal, mientras Jaime continuaba sentado en un extremo de la habitación, trazando garabatos en el aire con un avión y haciendo pedorretas con los labios para imitar el ruido del motor. Melissa palideció durante unos instantes para luego ir enrojeciendo por momentos, como absorbiendo energía de los mismísimos infiernos. Tras un paréntesis de una magnitud geológica, la bruja descargó sobre Coque una mirada que no era humana y, apuntándole con el dedo, le dijo: – ¡Basura! ¡Yo te maldigo! ¡Yo te condeno para siempre! ¡Ese huerto no llegará a ser mío, pero tú tampoco tendrás tu sitio en él jamás! ¡Olvídate de ocuparlo nunca! ¡Mires donde mires me verás ahí, vigilándote, viéndote dar vueltas alrededor del huerto sin poder entrar! ¡Y olvídate de algo más…! ¡Olvídate de tu propia historia, de tu miserable y sucia historia, que no merece ser recordada! ¡Yo te condeno a perder tu historia! ¡A partir de ahora tu historia pasada, presente y futura la escribiré yo como a mí se me antoje y a ti lo único que te quedará será creer lo que a mí me dé la gana que te creas!- Tras esa maldición, de todo el pasado del muchacho hasta ese preciso instante sólo quedaron retazos inconexos engarzados formando una especie de pesadilla. Tras el enfrentamiento, su primera conciencia clara fue que el centro de la Tierra ejercía un influjo irresistible sobre sus brazos, sus piernas, su cuello…, no había ni rastro de Melissa y Adolfo se estaba dirigiendo a él en un tono que recordaba a la música de un vinilo bajo de revoluciones. Todos los músculos faciales de su padre parecían luchar también contra la fuerza de la gravedad: – Coque, sé que te resistes a verme así, pero yo estoy de tu parte. Melissa se ha portado siempre contigo como una verdadera madre. De hecho, ¿sabes por qué tardamos tanto en tener a Jaime? Porque ella no quería. ¡Fíjate! A ella le hubiera bastado contigo, hubiera renunciado gustosamente a tener sus propios hijos por ti, hasta que comprendió que tú la odiabas… Ahora la atacas a ella y muchas veces también atacas a su Jaime… Ella siente que ha renunciado a todo por estar con nosotros y que ahora su vida es un fracaso. Vale, yo no te puedo pedir que los quieras, yo acepto tus sentimientos, ya te he dicho que estoy de tu parte, pero sí que tengo que llamarte la atención sobre lo que estás haciendo con la familia, con todos nosotros. Nos estás destruyendo. ¡Ten un poco de sentido común! Ya que no eres capaz de querer a Melissa, al menos no vivas en guerra con ella. Trata de escuchar sus necesidades y de cooperar con ella; si reflexionas verás que lo que te digo es, entre otras cosas, en tu propio interés… –

Coque pasó por los años que siguieron como si tuviera el corazón lleno de perdigones. Tal y como le sentenció la bruja, no recordaba su historia, pero el peso de ésta no le dejaba vivir en paz porque nada ni nadie terminaba de encajar. Como ya no le apetecía visitar su huerto, éste crecía salvaje e inhóspito. Un buen día, sin saber por qué, sintió el impulso de entrar, pero ya llevaba tanto tiempo sin hacerlo que la cerradura se había atascado y, al comprobar que no había manera de abrirla, desistió. Entonces empezó a usar su huerto como basurero, arrojando por encima de la tapia todo lo que no querían en casa, para así ahorrarse el paseo hasta el vertedero. Como el huerto se había convertido en un estercolero, Melissa dejó de reclamarle las verduras que antes él llevaba a casa, y poco después Coque empezó a recibir reproches porque sólo servía para consumir y para descargar su rabia, sin aportar nada a la familia. Menos mal que, en ese estado de cosas, al menos podía contar con su padre en muchas ocasiones. Había acabado por convencerse de que era una suerte que Adolfo hubiera tomado la responsabilidad de dirigir su vida en medio de esa desolación sugiriéndole lo que debía hacer en los peores momentos. Por eso el colmo de la desgracia del muchacho llegaba cuando a veces, sin poder remediarlo, la bondad de Adolfo tampoco le terminaba de encajar. Entonces ambos también se enfrentaban con violencia y ya no le quedaba nada.

Adolfo llevaba ya muchos años muerto cuando, un buen día, un médico cayó en la cuenta del hecho y decidió firmar su certificado de defunción y entonces, por fin, lo enterraron. Cuando Adolfo recibió sepultura, Coque decidió marcharse. El tiempo pone todo en su sitio: la casa de Melissa había ido poco a poco quitándose la careta y mostrándose como lo que era, una vieja torre destartalada, casi ruinosa, la madriguera de una bruja, y la evidencia innegable de la muerte de Adolfo actuó como un revulsivo que movió a Coque a dar el paso y marcharse de un lugar tan lóbrego.

Poco después de abandonar la torre, fue como si un cepo en el interior de Coque se empezara a aflojar y éste empezó a sentir de nuevo la llamada de su huerto, y llegó a pensar que le encantaría construirse en él una casita, aprovechando bien el espacio y reservando un poco para seguir cultivando los buenos frutos que éste era capaz de dar, pero la idea de franquear la puerta le producía un terror paralizante y no se veía capaz ni de intentarlo. El huerto llevaba años completamente desatendido,  algunas  piedras de las tapias se habían desmoronado y otras estaban resquebrajadas y por sus grietas salían malas hierbas, que también asomaban por encima. La labor de desbroce y de limpieza a que tendría que enfrentarse era capaz de descorazonar a cualquiera. Por si fuera poco, ahí estaba la torre de la bruja con su presencia angustiosa. Pese a ser propietario, Coque decidió irse de alquiler. Vivió en muchas casas porque siempre, pasado un tiempo, sentía que se había equivocado, que ese lugar no le gustaba, sin que terminara de saber por qué. Tampoco había nada en que le atrajera ocuparse, porque desde que guardaba memoria cada una de sus manos sólo sabía pasar el día y la noche bloqueando y devolviendo los golpes que le lanzaba la otra. Lo único que daba cierta continuidad a su vida era la torre mágica de la bruja, que siempre estaba ahí, plantada delante de él, fuera a donde fuera. Incluso llegó a pensar que lo mejor sería volverse a ir a vivir con Melissa a la torre, porque estar dentro era quizás la única forma de no ver la siniestra construcción. Coque tampoco supo encontrar su sitio al lado de ninguna persona, y llegó a evitar a los demás porque sentía cada vez más  vergüenza de sí mismo, no tanto por no tener su propia casa, sino por tenerla y no atreverse a pisarla.

Un día, Coque estaba sentado en un banco de la calle contemplando la tapia desvencijada de su huerto como quien mira una tarta desde el escaparate cuando apareció, caminando con aspecto cansino, un gato con la piel llena de heridas y de calvas, sucio y con aspecto de malnutrición extrema. La visión del animal desencadenó como una reacción alérgica en Coque, que se puso de pie casi de un salto y retrocedió unos pasos sin poder apartar los ojos del animal. – ¿Me conoces? – le dijo el gato, y con sus labios dibujó, o Coque imaginó, una sonrisa. – Soy tu padre, o mejor dicho, la reencarnación de tu padre -. El gato irradiaba una energía que era algo así como la marca de fábrica de Adolfo. Coque no dudó un instante: lo que estaba viviendo le resultaba tan conocido que, paradójicamente, el joven volvió a sentirse perfectamente anclado en la realidad y, más tranquilo, en un tono de voz neutro, preguntó al gato: – ¿Qué es lo que quieres?

–       ¿No lo ves? Estoy enfermo, herido y abandonado. Llevo mucho tiempo buscándote. Llévame a tu casa .

–       No puedes venir a vivir conmigo. Perteneces a un mundo que ya no es el mío. Puedo darte un plato de comida y curarte las heridas, pero más no puedo hacer, luego tendrás que irte.

–       ¡Ooohhhh! ¡Qué buen samaritano! – se burló el animal – ¿Nunca te han dicho lo buena persona que eres? ¡Ah, sí! Es verdad…, debes estar cansado de oírlo de aquellos que has buscado siempre para que te regalen los oídos, y a lo mejor hasta te lo has creído, porque no eres más que un cobarde asqueroso. Ya que eres un desalmado, ¡al menos sé un hombre! Déjate de platitos de leche, ten lo que hay que tener, deja de disfrazarte y mándame al cuerno directamente, que es lo que de verdad te sale de dentro. ¿O no…?

Coque se sintió nuevamente impulsado por un resorte, pero esta vez en dirección al gato. – ¡Muy bien! ¡Venga, valiente, descárgate contra un pobre animal! – le provocó el gato, mientras se tumbaba ofreciéndole su cuello y su vientre. Las palabras del animal volvieron a abrir grifos en el interior de Coque, pero esta vez eran de fuego, y el joven sintió que sus ojos se convertían en un lanzallamas que lo coloreaba todo de rojo y notó que las llamas le abrasaban las mejillas y que sus dedos estaban al rojo blanco de apretar los puños salvajemente, y durante una ínfima fracción de segundo buscó en su interior agua con que apagarlo todo, pero no la encontró porque esos otros grifos llevaban ya atascados demsiado tiempo, y agarró una de las pesadas piedras que se habían desprendido de la tapia y comenzó a golpear al gato hasta dejar al animal convertido en un guiñapo; luego empezó a lanzar otras piedras desprendidas contra la torre mágica de la bruja que se alzaba, como un macabro arco iris, a una distancia indefinible de allí; luego, cuando ya no quedaban piedras desprendidas, Coque empezó a arrancarlas de la tapia para continuar con el bombardeo; finalmente Coque, rendido de agotamiento, cayó al suelo de rodillas y allí se quedó, tirado como un fardo.

Los pitidos del tráfico en las calles próximas se oían como con sordina. Coque fue recobrando poco a poco la conciencia de su propio cuerpo, del lugar en que se hallaba y de lo que había sucedido. Allí, en ese lugar indefinido del espacio, seguía la torre de la bruja, y junto al muchacho, lo que éste había dejado del animal. Entonces Coque recordó un gato de peluche al que arrancó los bigotes de niño, y sintió una agudísima punzada de dolor y las lágrimas volvieron a brotar a chorros por sus ojos, deformando todos los objetos, y a caer a goterones por su nariz. – ¡No! Pero, ¿por qué? ¿¡Por qué!? ¡Yo no quiero esto! ¡Vuelve! ¡Vuelve! ¡No te vayas!- Y abrazó con fuerza el cuerpo del gato – ¿Por qué todo tiene que ser así con vosotros? ¿Por qué no me dejáis sentirme bien conmigo mismo de una vez? ¿Por qué tenéis que volver una y otra vez y llevarme siempre a hacer cosas como ésta? –.  Mientras aullaba de pena, mezclado con el dolor intenso, Coque sentía el alivio de entregarse a ese mismo dolor sin barreras, de vaciarse en lágrimas – ¡Yo no quiero que te vayas así…! ¡No quiero que nos despidamos de esta forma! – dijo apretando aún más los restos del gato. Entonces Coque sintió un pinchazo que le hizo abrir las manos. Miró al suelo y vio que lo que acababa de soltar ya no era el cuerpo del gato, sino una rosa con un largo tallo lleno de espinas. Demasiado agotado para la extrañeza, aún hipando y sorbiéndose las lágrimas, Coque recogió la rosa con cuidado y, al hacerlo, la flor también le habló, con voz femenina y profunda, y esta vez la sonrisa que dibujó con sus pétalos fue una sonrisa limpia:

–       ¡Hola, Coque! Sé que mi aparición ha sido un poco dramática, perdóname, pero no había más remedio, ten en cuenta que el buen teatro es una auténtica catarsis, y no me negarás que la representación de hoy ha sido de lo mejor que has visto…. No soy ni tu padre ni su reencarnación, soy tu dolor. Aparezco como una rosa porque soy tal y como ellas: la flor está al final del tallo espinoso. Hay que agarrar el dolor para alcanzar la belleza, que es lo que tú acabas de hacer. No te preocupes, no has causado ningún daño al gato porque éste sólo existía en tu mente, igual que toda tu rabia, que durante años sólo te ha servido para maniatar tu dolor y evitar curar las heridas y crecer. Eso fue lo que te enseñaron a hacer otras personas que fueron heridas antes que tú. Escúchame atentamente porque ya estás muy cerca del final: cierra los ojos y bendice a esas personas heridas que a su vez te hirieron, bendice toda tu vida, todo lo que te ha pasado, porque todo lo que has vivido ha sido el camino que te ha traído hasta aquí. Ahora bendícete a ti mismo porque, en realidad, eres tú quien ha construido el camino de tu propio dolor y de tu propia liberación: yo te estoy hablando desde dentro de ti. Para comprobarlo, abre los ojos y fíjate en lo que está y en lo que no está y, cuando veas que también yo existía sólo en tu mente, comprenderás que tú lo has hecho todo, que tú has atraído sobre ti todas las circunstancias de tu vida porque eres uno con el Todo,  eres una individualidad que emana del Universo y forma parte de él como las olas surgen del mar, y ese será el momento de tu verdadero nacimiento.

Coque abrió los ojos y comprobó que la rosa no estaba, que el gato tampoco, que de la torre de la bruja no había ni rastro, que su huerto era un precioso oasis de paz situado, como un espejismo, en medio de la gran ciudad, y que él se sentía alegre y ligero, deseando instalarse en su propio espacio. Su mano se dirigió sin dudarlo al bolsillo, donde siempre había tenido guardada la llave de la puerta. La cerradura giró con facilidad y, como lo más natural del mundo, Coque se encontró dentro de su huerto, tan verde y tan frondoso como el primer día. Estiró los músculos, miró al cielo, y en las formas de las nubes distinguió con toda claridad una imagen que, mal que le pese a la ciencia, de algún modo llevaba grabada dentro desde que abrió sus ojos que aún no veían: la sonrisa que Antoñita le regaló cuando él vino al mundo. Coque también sonrió.

FIN

 

 

 

Dedicado a todos los niños que sufren esa clase de malos tratos que no encajan en el Código Penal.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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