Archivo para 31 enero 2015

AL DERECHO O AL REVÉS

 

pensador

A veces el sufrimiento abre la compuerta de las preguntas. Más adelante viene el día en que la profusión de respuestas pone en evidencia la inutilidad de todas ellas. Ahí puede que se imponga el silencio y, tras éste, la aceptación de las propias limitaciones y el comienzo de la fe y de la libertad interior.

A veces, llegado ese momento, uno hace como el teniente Colombo y, tímidamente, tocándose la frente con un dedo, interpela de nuevo a las alturas – perdón, ya me marchaba cuando de pronto me ha venido algo a la cabeza: ¿compensa haber sido un joven viejo para llegar a ser un viejo joven?-. Entonces la forma de las nubes acaso nos recuerde un rostro conocido que siembra la duda de si no estaremos interrogando de ese modo a Groucho Marx.

Foto: freepick

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MENSAJE EN UNA BOTELLA: LA CARA DE PEGUERINOS

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Este rostro esculpido en una roca de granito me recuerda a los moais de la Isla de Pascua. Su pequeño tamaño en comparación con aquéllos – la frente queda más o menos a la altura de la cadera de un adulto – y su cara de mala baba le dan un aspecto de enanito gruñón que me resulta muy simpático.

Se encuentra en cualquier lugar dentro de un bosque más de los que rodean el pueblo de Peguerinos (Ávila). Desde luego, la testarudez casi intimidatoria con la que la cara parece empeñada en quedarse ahí plantada no invita a nadie a medir sus fuerzas con ella. Sin embargo, en realidad es bastante huidiza. Para llegar a su presencia por vez primera no valen explicaciones, hay que ir acompañado por alguien del lugar sí o sí. Y en sucesivas visitas, depende. Se sigue un camino forestal hasta llegar a una fuente, en ese punto dejamos la pista a mano izquierda para internarnos entre los árboles y, andados unos pasos, uno se da cuenta de que es casi como si estuviera en medio el mar; no hay puntos de referencia claros. Entonces un vago recuerdo o una intuición pueden llevarnos de nuevo hasta el extraño personaje, pero no sería la primera vez que un excursionista da con la piedra sin problemas un día, y al siguiente no es capaz de encontrarla.

Esa tendencia a esconderse, junto con sus orígenes poco claros, han rodeado a “la cara de Peguerinos” de un cierto aire de misterio. La gente del pueblo dice que lleva allí “mucho tiempo, mucho”. Desde luego, el Diccionario Madoz, que recoge datos de los pueblos de España de 1845 – http://www.diccionariomadoz.org/historia-PEGUERINOS-1-127245.html -, no la menciona, aunque también es verdad que la reseña que contiene sobre esta localidad abulense es muy escueta. La roca es bastante deleznable, como casi todo el granito de la zona, y los rasgos de la escultura están muy marcados. Por eso, aunque no entiendo una palabra del tema, no me encaja que tenga, por decir algo, más de cien años.

Peguerinos fue frente de combate durante la Guerra Civil, los montes circundantes están llenos de trincheras y fortificaciones y hay quien asegura que el singular rostro fue obra de un soldado. A mí me extraña que alguien que está allí para vigilar o para no ser descubierto, y que bastante tiene con llevar el alma en el cuerpo al terminar cada día, deje volar su creatividad atronando el monte a martillazos.

Por otro lado, esos bosques han sido una parte esencial de la economía del pueblo. Hasta hace relativamente poco, de ellos han vivido quienes trabajaban en la industria maderera o en labores forestales o quienes, simplemente, trataban de ganarse un sobresueldo buscando restos de guerra para venderlos como chatarra, a veces con consecuencias fatales. Hay quien apunta a alguno de ellos como autor de la obra, pero me sorprendería que alguien que sobrevive a base de un cuerpo a cuerpo diario con la madera y la crueldad del clima hubiera decidido ir a fajarse con un peñasco como entretenimiento.

Eso sí, nunca he oído a nadie de por allí sugerir hipótesis propias de la “arqueología alternativa”, como que el rostro pudiera ser obra de una civilización extraterrestre. La razón es, a mi juicio, bastante clara; con una población censada de poco más de trescientos habitantes, de cierta edad y dedicados en su mayoría a la construcción, la ganadería y el pequeño comercio, Peguerinos carece de todo atractivo comercial para los traficantes de LSD.

En fin, si algún amable lector pudiera arrojar algo de luz sobre el origen de mi simpático amigo, le quedaría enormemente agradecido.

 

CAMPANADAS DE FIN DE AÑO

sonrisasforever

El 31 de diciembre, con sus inevitables bromas que juegan con la ambigüedad entre lo que dura el año y lo que queda de él (v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/12/31/ingenuidad/), me recordó un cuento cuyos ecos aún resuenan en mi cabeza como las doce campanadas de aquella noche.

Hace mucho tiempo (o quizás fue anteayer, ¿cómo saberlo?) un occidental ingresó en un monasterio budista en el que nadie podía pronunciar más de dos palabras cada diez años, a excepción del monje superior cuando tenía que impartir instrucciones para organizar la vida monástica.

Diez años después de ingresar, el novicio se presentó al superior y le comunicó: “tengo frío”. Éste no quiso que la falta de adaptación al duro clima interfiriera en el progreso espiritual del nuevo miembro de la comunidad e inmediatamente ordenó que se le proporcionaran mantas.

A los veinte años, el extranjero rompió de nuevo su silencio: “cama dura”. Haciendo otra vez gala de su muy cultivada compasión, el monje superior se ocupó de proporcionar a aquél un lecho más blando en el que pudiera gozar de un sueño reparador.

Tras treinta años de vida religiosa, el protagonista de nuestra historia aún no había logrado adaptarse al tipo de alimentación del monasterio y así lo hizo saber: “comida sosa”. Enseguida se sazonó a su gusto todo cuanto consumía.

Después de cuarenta años, nuestro amigo volvió a abrir la boca, pero en esta ocasión no fue para pedir nada: “me marcho”, dijo por todo discurso de despedida. “No me sorprende”, pensó al punto el monje superior, “no ha parado de quejarse en todo el tiempo”.

Esta historia trata sobre la relatividad del tiempo, igual que, en cierta forma, lo hacen las bromas propias de las últimas horas del año.

Una visión menos irónica y más literaria de la manera budista de entender el tiempo y el espacio la podemos encontrar al final de “Siddharta”, cuando su amigo Govinda pide ayuda a éste para mantenerse en pie y continuar su camino “difícil y sombrío”. Hermann Hesse nos describe así el despertar de Govinda:

   Siddharta le observó y sonrió.

  • ¡Acércate a mí! – susurró al oído de Govinda -. ¡Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y ahora, ¡besa mi frente, Govinda!

   Y sucedió algo maravilloso mientras Govinda obedecía sus palabras, entre un presentimiento y el amor que le atraía: se le acercó mucho y rozó su frente con sus labios. Todo ocurrió mientras sus pensamientos se ocupaban todavía de las extrañas palabras de Siddharta, mientras se esforzaba aún por quitar el tiempo en vano y con resistencia de sus pensamientos, y de imaginarse el nirvana y sansara como una misma cosa, a la vez que sentía desprecio por las palabras de su amigo y luchaba en su interior con un enorme respeto y amor. Así fue.

   Ya no contemplaba el rostro de su amigo Siddharta, sino que veía otras caras, muchas, una lagara hilera, un río de rostros, de centenares, de miles de facciones; todas venían y pasaban, y sin embargo, parecía que todas desfilaban a la vez, que se renovaban continuamente, y que al mismo tiempo eran Siddharta. Observó la cara de un pez, de una carpa, con la boca abierta por un inmenso dolor, de un pez moribundo, con los ojos sin vida…, vio la cara de un niño recién nacido, encarnada y llena de arrugas, a punto de echarse a llorar…, divisó el rostro de un asesino, le acechó mientras hundía un cuchillo en el cuerpo de una persona…, y al instante vislumbró a este criminal arrodillado y maniatado, y cómo el verdugo le decapitó con un golpe de espada…, distinguió los cuerpos de hombres y mujeres desnudos y en posturas de lucha, en un amor frenético…, entrevió cadáveres quietos, fríos, vacíos…, observó a los dioses, reconoció a Krishna y a Agni…, captó todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellos, cada una en ayuda de la otra, amando, odiando, destruyendo y creando de nuevo. Cada figura era un querer morir, una  confesión apasionada y dolorosa del carácter transitorio; pero ninguna moría, sólo cambiaban, siempre volvían a nacer con otro rostro nuevo, pero sin tiempo entre cara y cara… Y todas estas figuras descansaban, corrían, se creaban, flotaban, se reunían, y encima de todas ellas se mantenía continuamente algo débil, sin sustancia, pero a la vez existente, como un cristal fino o como hielo, como una piel transparente, una cáscara, un recipiente, un molde o un máscara de agua; y esa máscara sonreía, y se trataba del rostro sonriente de Siddharta, el que Govinda rozaba con sus labios en aquél momento.

   Así vio Govinda esa sonrisa de la máscara, la sonrisa de la unidad por encima de las figuras, la sonrisa de la simultaneidad sobre las mil muertes y nacimientos; esa sonrisa de Siddharta era exactamente la misma del buda, serena, fina, impenetrable, quizá bondadosa, acaso irónica, siempre inteligente y múltiple, la sonrisa de Gotama que había contemplado cien veces con profundo respeto. Govinda lo sabía: así sonríen los que han alcanzado la perfección.

   Sin saber si existía el tiempo, si había pasado un segundo o cien años, desconociendo si eran realidad un Gotama, un Siddharta, si vivía el yo y el tú, alcanzado su interior por una flecha divina cuya herida es dulce, encantado y roto su corazón…, Govinda permaneció todavía un tiempo inclinado sobre el rostro bronceado de Siddharta, el que besara hacía un momento, el que fuera escenario de todas las transformaciones, de todos los orígenes, de todo lo existente.  

Seguramente, para muchos budistas esos pequeños confetis que aún se pueden encontrar por las calles como vestigio de la noche de fin de año no son basura sin recoger, sino una puerta hacia la eternidad.

 

Foto: sonrisasforever.es

¿LOS ENEMIGOS DE DIOS…?

Charlie

En su primera acepción, el diccionario de la Real Academia define el término “enemigo” como “contrario, opuesto a una cosa” y en una segunda como “El que tiene mala voluntad a otro y le desea o hace mal”.

Si Dios es sinónimo de “perfección” no puede, en puridad, tener enemigos, porque tanto lo contrario de la perfección como la voluntad (buena o mala) o el deseo (igualmente bueno o malo) denotan falta, ausencia de algo. En definitiva, el enemigo del Ser Perfecto sólo podría identificarse con el no ser, o sea, con lo que no existe.

Más allá de la geometría de conceptos de los filósofos, el refranero español recoge esta misma idea de forma mucho más llana: “No ofende quien quiere, sino quien puede”. ¿Quién puede con Dios? ¿Quién puede ofender a Dios?

Por su parte, el budismo zen trata de transmitir algo similar por una vía aún más directa, intuitiva y hermosa a través de un koan: “¿Cómo suena la palmada que se da con una sola mano?” No es posible dar nada si el destinatario no lo recoge.

Estoy convencido de que quienes tratan de defender a Dios de sus enemigos únicamente están proyectando en los demás su propia necesidad de hacer el mal. Si de verdad hay un Dios, espero que, por una u otra vía, les haga aprender.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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