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CIENCIA Y MITO

Se acaba de publicar en el Washington Post una noticia sobre dos estudios científicos que apuntan a la posibilidad de desarrollar órganos humanos en embriones de animales de cara a su utilización para transplantes. Los híbridos de humano y animal han empezado ya a denominarse “quimeras”, en recuerdo de la criatura mítica con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente:

https://www.washingtonpost.com/news/speaking-of-science/wp/2017/01/26/scientists-create-a-part-human-part-pig-embryo-raising-the-possibility-of-interspecies-organ-transplants/?utm_term=.edf280cde667

¿Hay algo inconsciente que empuja a la ciencia a devolvernos el mito? Como en la conocida anécdota atribuida a Bernard Shaw (1), en vez de animales con órganos humanos, ¿podríamos fabricar humanos con partes de animal? Por ejemplo, ¿un minotauro? Históricamente la explicación mítica del mundo precede con mucho a la científica, ¿es que ahora la ciencia pretende cerrar el círculo? ¿Por qué?

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Algo ha llamado al minotauro a la palestra de la conciencia. ¿Ha venido a explicarnos algo esa criatura mítica?

La historia del toro – hombre es bastante conocida: el legendario Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos y pidió al dios Poseidón que mandara un toro del mar como señal de que el trono le correspondía por derecho divino, con el compromiso de sacrificar al animal en su honor. El toro fue enviado y Minos coronado rey, <<pero, cuando pudo apreciar la majestad de la bestia (…) pensó en las ventajas que le traería ser dueño de tal ejemplar y decidió arriesgar una sustitución mercantil, que supuso que el dios no tomaría en cuenta. Por lo tanto, ofrendó en el altar de Poseidón el mejor toro blanco que poseía y agregó el otro a su ganado>>. El caso es que, durante una de las belicosas ausencias de Minos, su esposa, la reina Pasifae, fue poseída por el toro y, fruto de aquella unión nació un monstruo, mitad hombre y mitad toro, el Minotauro. Como se verá enseguida, Minos se sintió culpable de lo sucedido y, para ocultar un hecho tan vergonzoso, hizo construir un laberinto en cuyo centro ocultó al monstruo <<y desde entonces fue alimentado con mancebos y doncellas vivos, arrebatados como tributo a las naciones conquistadas por el dominio cretense>>.

Los párrafos entrecomillados en cursiva pertenecen al libro “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell, al que ya me he referido en otra entrada:

https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/02/09/el-minotauro/

El símbolo es el escondrijo y, a la vez, el plano que conduce a encontrar lo que se ha escondido. La leyenda del minotauro es una historia de robo y de sacrificio, de un don divino, el toro blanco, que se convierte en una maldición cuando es sustraído a la finalidad legítima con que fue otorgado y del subsiguiente sacrificio humano necesario para minimizar los estragos que eso causa. Sólo superando el desafío del laberinto se puede encontrar la salida a este drama.

Quizás el conocimiento, de luz liberadora ha pasado a ser la sombra de su propia luz, y esta paradoja es a su vez el laberinto que encierra al monstruo en que se ha convertido el propio conocimiento. Un monstruo que crece alimentándose de la capacidad de las personas para decidir su propio destino. Cada vez el mundo está más lleno de “gurús”, señores de cualquier conocimiento o pseudo-conocimiento de parcelas específicas del saber que son los únicos que tienen respuestas “sensatas” a cualquier dilema. Cada vez se cuestiona más el principio democrático argumentando que no todo se puede votar, que hoy en día los problemas son demasiado complejos para el hombre común, que sólo los técnicos, principalmente los economistas, saben lo que, dentro de lo que es posible, nos conviene (como si cualquier solución “técnica” no implicara necesariamente un juicio de valor sobre lo que es conveniente lograr). Hoy en día al que tiene la sartén por el mango le basta con decir que lo que ha decidido “era lo único que se podía hacer” para justificarse, como si el que piensa lo contrario fuese un iluso que habita el cuento de la lechera. Creo que fue Jefferson quien dijo algo así como que, en lo concerniente a la vida de la comunidad, el voto de un campesino vale tanto como el de un erudito, porque las decisiones que allí han de adoptarse no pertenecen al ámbito del saber, sino que son de índole moral. Por cierto, también hay campesinos o, en este caso, ganaderos, eruditos, como José Pinto (2).

¿Y si el minotauro, traído esta vez, no por Poseidón, sino por la genética, hubiera aparecido de nuevo para decirnos que es en nuestra capacidad de perseguir el conocimiento donde reside el don que los cielos o la evolución han otorgado a nuestra especie, y para urgirnos a no tolerar que nadie nos arrebate esa dignidad, y menos aún en nombre del conocimiento?

De todos modos, en España no creo que deba preocuparnos la llegada del minotauro. Probablemente esta línea de investigación genética reciba todo tipo de apoyos siempre que se enfoque a cruzar cerdos con ciempiés para que den más jamones.

 

(1) Se dice que una hermosa dama propuso a Bernard Shaw tener un hijo, esperando que éste naciera con la belleza de ella y la inteligencia de él. El escritor declinó cortésmente la oferta ante el temor de que el retoño, en cambio, adquiriera la belleza de él y la inteligencia de ella.

(2) Para quien no lo conozca, José Pinto es un ganadero de Casillas de las Flores que ha participado en noventa y ocho programas de Saber y Ganar haciendo gala de una inteligencia y una erudición casi tan impresionantes como su sencillez y su sentido del humor. Vaya esta entrada por él.

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EL DESPERTAR DE LA FUERZA

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No me ha gustado El despertar de la fuerza; es más, me ha disgustado y hasta me ha entristecido.

El siglo XX fue el del desplome del edificio colosal de lo clásico; la teoría de la relatividad puso fin a la idea de tiempo absoluto y la mecánica cuántica enterró la certidumbre del efecto a partir de la causa. El psicoanálisis acabó con el monopolio de lo consciente en la vida psíquica y el surrealismo desterró la tiranía de la lógica en el arte, a la par que el cine descubría su capacidad de hacer inmortal lo fugaz y la música dodecafónica volatilizaba la jerarquía de las notas en el pentagrama; todos las fronteras hasta entonces aceptados se desmoronaban como fichas de dominó. Paralelamente, profundas sombras, de una oscuridad comparable al brillo de toda esa luz, iban extendiendo su amenaza; de entre las ruinas de todo lo demolido se materializaban criaturas monstruosas, en forma de dictaduras atroces que se precipitaban por el sumidero de la abyección moral, o de armas capaces de barrer a la especie humana de la faz de la Tierra. Mientras, el adocenamiento iba perfeccionando su capacidad de mantenernos ajenos a nuestro caminar por el filo de la navaja. El siglo pasado llevó la tensión entre la luz y la oscuridad a su máxima expresión conocida, pero quizás también apuntó al poder que estará a disposición del ser humano si aprende a convivir con su propia sombra.

En 1977, lejos aún de la cima del siglo, La guerra de las galaxias se nos ofreció como un espejo de todo él. En la película estaba todo lo dicho, la lucha entre la luz y la sombra y, en su punto culminante, la aparición del héroe que emprende un viaje; ese viaje, que con tanta certeza describiera Joseph Campbell en “El héroe de las mil caras”, llevará al héroe a triunfar sobre sus propias limitaciones personales e históricas, a adentrarse en el “lado oscuro de la fuerza” para redimirlo y, finalmente, “volver a nosotros transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida”, en palabras del propio Campbell.

En El despertar de la fuerza no he encontrado más que un plagio tísico de su antecesora ya lejana. Es una historia de plástico, carente de creatividad y habitada por personajes sin capacidad de emocionar, con una función aparentemente más ornamental que narrativa. Hay que destacar la presencia de tres viejas glorias (o no-glorias),  que parece forzada sólo con el fin de pegarle el postrer estrujón a una fruta ya exhausta y sacarle hasta el último dólar apelando a la nostalgia; incluso daba la sensación de que Han Solo había sustituido ese aire que solía gastarse de perdonarle la vida al destino por el de la resignación de cargar con el peso de los años.

Pero lo peor es que, si en La guerra de las galaxias vi un espejo del s. XX, en El despertar de la fuerza no puedo evitar tropezarme contra un espejo de lo que llevamos del XXI; un siglo hasta ahora no menos tísico, cosmético y nostálgico. O quizás es que nunca me han sentado bien las Navidades.

GRANDEZA TRÁGICA

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Nietzsche nos dejó una descripción vívida de la grandeza trágica. En “El origen de la tragedia”, a través de personajes como Edipo o Prometeo, el filósofo trata de mostrar cómo el ser humano es capaz de rebelarse contra la naturaleza, a veces arrancándole sus secretos, con el objeto de ampliar sus propios horizontes. El alemán desvela la significación trágica de la empresa al señalar que tal rebelión consiste, por definición, en llevar a cabo actos antinaturales que acaban destruyendo a su protagonista en beneficio del común de los mortales, que se ven elevados un peldaño por encima de sí mismos gracias a la audacia de aquél.

Por mi parte, dentro de esa línea, propongo añadir los actos sobrenaturales, o casi, a aquéllos que encarnan la rebelión del hombre contra la naturaleza o, al menos, contra su propia naturaleza. Creo que de este modo se puede incluir sin dificultad el deporte de élite dentro de esa constelación trágica que presentaba Nietzsche.

Muchas veces he creído encontrar conexiones mitológicas en lo más extremo del espectro del deporte – v. https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2011/10/29/faeton-wheldon-simoncelli/; https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2013/10/01/rush/ –  y ahora no me cabe la menor duda de que aquél es hoy en día un modo residual de expresar lo trágico, y de ello tenemos un triste ejemplo de actualidad: Michael Schumacher ha hecho de su vida deportiva una partida incesante de ruleta rusa, tratando de redibujar todas las fronteras que ha encontrado, y su terrible accidente esquiando “fuera de pista” no es más que una frase simbólica coherente con ese guion. Si en él ha acabado por encontrarse con la bala que lo rondaba en el tambor del revólver, no habrá hecho más que poner el lógico colofón a una existencia vivida desde ese lugar trágico que sólo unos pocos pueden elegir. Si su accidente ha sido, además, absurdo, éste no representará, en el fondo, más que un último gesto de hermandad con el común de los mortales, ya que desde el mito de Sísifo podemos sospechar que cualquier existencia humana no es más que la fruta que arropa a la semilla de lo absurdo.

Pero, por todo lo que tú y los que sois de tu misma pasta representáis para los demás, yo te deseo, Michael, de todo corazón, que lo sucedido no sea tan trágico como yo lo acabo de pintar y que te recuperes pronto. Y cuando te recuperes, no me cabe la menor duda de que volverás a intentar lo mismo que tratabas de hacer cuando te caíste, y por el mismo sitio, y a más velocidad.

Foto AFP

RUSH

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No sé quién fue de verdad Niki Lauda ni me importa. Lo que sí sé es que, más allá de sus coincidencias o no con el hoy viejo bocazas, el personaje que le da vida en “Rush” me ha hecho el mismo efecto que un cuchillo al rojo hincándose en un trozo de mantequilla.

Siempre he sentido que las carreras tienen una conexión directa e intensa con lo mítico: el tiempo determina la sucesión y ésta es la espina dorsal de la aritmética y de la lógica. La lucha contra el reloj es una forma de insurrección contra la tiranía de la necesidad lógica y, en última instancia, de la muerte; cada segundo arañado a una vuelta en un circuito es como una pedorreta dedicada a nuestro último e inexorable visitante.

Pero en la historia que cuenta “Rush” hay algo más, algo que penetra con la intensidad del láser en la estructura y la función del mito, y lo hace a partir de la imagen especular de un mito prometéico: Prometeo, al robar el fuego a los dioses, dio testimonio del deseo de independencia del hombre frente al reino de lo mágico y rubricó los primeros pasos de la razón en la historia. Por el contrario Lauda, paradigma de comportamiento cerebral frente al intensísimo Hunt, no necesitaba reivindicar el peso de lo racional. Tampoco escogió su hazaña, sino que se vio forzado a seguir un camino, por lo demás, inverso al de Prometeo: en lugar de apropiarse del fuego como símbolo de la libertad ganada, tuvo que someterse a él como poder destructor capaz de transformar su necesidad de victoria en libertad interior: al volver al mundo de los vivos tras su accidente, Lauda había conquistado la libertad de escoger qué hacía, no con su rival, sino con su rivalidad. Tal vez por eso en el último gran premio de la temporada, en Japón, el austríaco decidió abandonar: ya no dependía interiormente de lo que pudiera lograr Hunt y, por tanto, no tenía por qué someterse al juicio de dios de una carrera suicida lanzado a cerca de trescientos kilómetros por hora en medio de una lluvia torrencial.

Me vienen a la cabeza las palabras de Joseph Campbell en las primeras páginas de “El héroe de las mil caras”:

No sería exagerado decir que el mito es la entrada secreta por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten en las manifestaciones culturales humanas. (…)

Lo asombroso es que la eficacia característica que conmueve e inspira los centros creadores profundos reside en el más sencillo cuento infantil (…) Porque los símbolos de la mitología no son fabricados, no pueden encargarse, inventarse o suprimirse permanentemente. Son productos espontáneos de la psique y cada uno lleva dentro de sí mismo, intacta, la fuerza germinal de su fuente. (…)

Siempre ha sido función primaria de la mitología y del rito suplir los símbolos que hace avanzar el espíritu humano, a fin de contrarrestar aquellas otras fantasías humanas constantes que tienden a atarlo al pasado.

Por eso, porque los símbolos de la mitología no pueden suprimirse permanentemente, resulta esperanzadora la aparición en este momento de una película como “Rush”, que va mucho más allá de las carreras de Fórmula 1, que nos pone de nuevo en presencia del mito a través de un tiempo no tan lejano en que el mundo aún marchaba “hacia delante”. Aunque se empeñen en hacernos creer que su lógica está escrita en las entrañas de la realidad, que no hay alternativas, es patente que los símbolos siguen ahí, que van abriéndose paso y que, llegado el momento, nos harán arrancar. Como decía José Luis Sampedro: “ya queda poco”.

 

Imagen: https://www.google.es/search?hl=es&site=imghp&tbm=isch&source=hp&biw=1920&bih=893&q=rush+pelicula&oq=rush&gs_l=img.1.2.0l10.1118.1708.0.4507.4.4.0.0.0.0.162.611.0j4.4.0&#8230;.0…1ac.1.27.img..0.4.609.lGqg4LsuxdA#facrc=_&imgdii=_&imgrc=2wDbp28DVME6ZM%3A%3BYe-AnET2FT6xuM%3Bhttp%253A%252F%252Fwww.loqueyotediga.net%252Fwp-content%252Fuploads%252F2013%252F04%252FRush01.jpg%3Bhttp%253A%252F%252Fwww.loqueyotediga.net%252Fespresso%252Fshow%252Fespresso-trailer-de-rush-el-duelo-de-niki-lauda-y-james-hunt%3B697%3B276

EL MINOTAURO

Se acaban de dictar medidas para sanear el sector financiero. Se trata de mejorar la confianza en el mismo exigiendo a las entidades financieras mayor transparencia y garantías en relación con sus activos inmobiliarios – en su mayoría, supongo, procedentes de embargos -. Los objetivos: incentivar la salida al mercado de viviendas a precios más asequibles y que el sector financiero recupere su función de proporcionar a las pequeñas economías el crédito necesario, todo ello, se dice, sin recurrir al dinero público. Como suele suceder en estos casos, hay quienes no confían en las medidas adoptadas y aseguran que lo que de verdad se pretende es poner entregar el mercado financiero español a los grandes bancos. Razonan que las entidades pequeñas no podrán sanear sus balances por sí solas, con lo cual la disyuntiva es proporcionarles dinero público o verse forzadas a la absorción por parte de grandes bancos, con lo que el poder financiero se concentrará en manos de gigantes. Éstos no tienen ninguna necesidad de dar salida a sus inmuebles a menor precio, porque pueden esperar lo que haga falta, y que no van a dar crédito a las pequeñas economías, porque les es más rentable destinarlo a otras operaciones.

No pretendo – ni estoy preparado para ello – juzgar el acierto técnico de cada una de esas posturas. Creo que llega un momento en que lo puramente “racional” o “lógico” sólo sirve para navegar en círculo, y ese es el momento de intentar subir un peldaño más alto, de contemplar el problema desde otra perspectiva, en un intento de trascender la contradicción que lo alimenta. Tampoco quiero ser provocador; soy consciente de que para aquél que ha perdido su trabajo o que ya vive amargado de tanto pelear desde que se levanta estas reflexiones, o cualesquiera otras, pueden resultar hasta irritantes. Pero precisamente ese sufrimiento y el que se nos anuncia, aún mayor y más extendido, me lleva a la conclusión de que lo que está pasando es demasiado importante para dejarlo en manos de técnicos, tecnócratas y “especialistas”, que los conceptos de los economistas y de los políticos son ya, no árboles, sino zarzas que nos impiden ver el bosque de lo que está sucediendo. Los hechos, a su manera, nos están contando una historia. La historia que nos cuentan es nuestra historia, una historia ancestral. Y los hechos son muy tercos: no se van a callar hasta que los/nos escuchemos.

A menudo se ha comparado a las entidades financieras con el corazón que bombea la sangre del crédito a través de la comunidad. Creo firmemente que “una imagen vale más que mil palabras”, y puestos a dejar que imágenes y símbolos empiecen a entrar en juego y a contarnos su historia, la actual situación que gran parte de la humanidad atraviesa en relación con el poder financiero me evoca la imagen de un corazón hipertrofiado a fuerza de tragarse toda la sangre que le llega, en vez de impulsarla y distribuirla. E inmediatamente esa imagen me señala el mito de Teseo y el Minotauro.

La historia del toro – hombre es bastante conocida: el legendario Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos y pidió al dios Poseidón que mandara un toro del mar como señal de que el trono le correspondía por derecho divino, con el compromiso de sacrificar al animal en su honor. El toro fue enviado y Minos coronado rey, <<pero, cuando pudo apreciar la majestad de la bestia (…) pensó en las ventajas que le traería ser dueño de tal ejemplar y decidió arriesgar una sustitución mercantil, que supuso que el dios no tomaría en cuenta. Por lo tanto, ofrendó en el altar de Poseidón el mejor toro blanco que poseía y agregó el otro a su ganado>>. El caso es que, durante una de las belicosas ausencias de Minos, su esposa, la reina Pasifae, fue poseída por el toro y, fruto de aquella unión nació un monstruo, mitad hombre y mitad toro, el Minotauro. Como se verá enseguida, Minos se sintió culpable de lo sucedido y, para ocultar un hecho tan vergonzoso, hizo construir un laberinto en cuyo centro ocultó al monstruo <<y desde entonces fue alimentado con mancebos y doncellas vivos, arrebatados como tributo a las naciones conquistadas por el dominio cretense>>.

Los párrafos entrecomillados en cursiva pertenecen al libro “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell, al que ya me he referido, al menos, en otra ocasión. Lo que sigue no tiene desperdicio:

<<De acuerdo con la antigua leyenda, la falta original no fue de la reina, sino del rey, y él no pudo culparla, porque recordaba lo que había hecho. Había convertido un asunto público en un negocio personal, sin tener en cuenta que el sentido de su investidura como rey implicaba que ya no era meramente una persona privada. La devolución del toro debería haber simbolizado su absoluta sumisión a las funciones de su dignidad. El haberlo retenido significaba, en cambio, un impulso de engrandecimiento egocéntrico. Así el rey elegido “por la gracia de Dios”, se convirtió en un peligroso tirano acaparador. Así como los ritos tradicionales de iniciación enseñaban al individuo a morir para el pasado y renacer para el futuro, los grandes ceremoniales de la investidura lo desposeían de su carácter privado y lo investían con el manto de su vocación. (…) Por el sacrilegio de haber rehusado el rito, el individuo se separaba como unidad de la unidad mayor de la comunidad entera; el Uno se disgregaba en los muchos y éstos se combatían los unos a los otros, luchando cada uno por sí mismo, y podían ser gobernados sólo por la fuerza.

La figura del Monstruo-Tirano es conocida (…) en todo el mundo, y sus características son esencialmente las mismas. Él es el avaro que atesora los beneficios generales. Es el monstruo ávido de los voraces derechos del “yo y lo mío”. Los estragos por él provocados están descritos en la mitología y en el cuento de hadas y son de universales consecuencias dentro de sus dominios. Éstos pueden (…) alcanzar a toda una civilización. El ego desproporcionado del tirano es una maldición para sí mismo y para su mundo aunque sus asuntos aparenten prosperidad. Aterrorizado por sí mismo, perseguido por el temor, desconfiado de las manos que se le tienden y luchando contra las agresiones anticipadas de su medio, que son en principio los reflejos de los impulsos incontrolables de adquisición que se albergan en él, el gigante de independencia adquirida por sí mismo es el mensajero mundial del desastre, aún en el caso de que en él alienten intenciones humanas. Donde pone la mano surge un grito (…); un grito por el héroe redentor, el que lleva la brillante espada, cuyo golpe, cuyo toque, cuya existencia libertará la tierra.

(…) los cismas en el alma y los cismas en el cuerpo social no han de resolverse con programas de retorno a los días pasados (arcaísmo), o por medio de programas que garanticen un futuro idealmente proyectado (futurismo) ni tampoco por el trabajo tenaz y realista de encadenar todos los elementos destructivos. Sólo el nacimiento puede conquistar la muerte, el nacimiento, no de algo viejo, sino de algo nuevo. (…)

Teseo, el héroe que mató al Minotauro, vino a Creta de fuera como símbolo y brazo de la creciente civilización de los griegos. Era lo nuevo y lo vivo. Pero también es posible buscar el principio de regeneración y encontrarlo dentro de los muros mismos del imperio del tirano>>

Sólo diré que, mientras leía, acudían a mi mente imágenes de una Grecia atenazada – qué vueltas da la historia -, de Italia, Portugal y España respirando con agitación, sabiéndose en el “corredor de la muerte” de los candidatos a ser pasto de la bestia, de antidisturbios a palos con manifestantes. También han ido pasando, sobreimpresionados en el texto, los cuadros de cada una de las décadas que llevamos dedicándonos a tergiversar las palabras, a llamar individualismo, no a la búsqueda por cada cual de su sitio en el mundo, desde la armonía,  sino a la adoración compulsiva del ego, caiga quien caiga; las mismas que hemos pasado haciendo bandera de un liderazgo entendido, no como la cualidad personal que permite ayudar al otro a sacar lo mejor de sí mismo, sino como el correlato de la necesidad de sumisión de los demás, desde su inseguridad. En pintura que refleje ese período deben ocupar un lugar preeminente muchos políticos, todos los que, desde el miedo, la miopía, o la enfermedad mental, han acabado por convertir en asunto público de vida o muerte los negocios personales de los adoradores compulsivos de su propio ego. Después, como hizo Minos, a la bestia que ha nacido por culpa de su ambición o dejación la han puesto en medio de un laberinto y le han ido suministrando carnaza. Es verdad que todos tenemos parte de culpa en haber llegado a esto, pero yo sólo veo pagar a algunos.

No creo que la solución venga de un héroe foráneo, sino, como dice Campbell, desde << dentro de los muros mismos del imperio del tirano >>. Ya comenté en una ocasión – https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2011/09/07/la-torre-de-babel/ – que, tal y como yo entiendo el mito de la Torre de Babel, la incomunicación entre los hombres no es la consecuencia de la falta que cometieron, sino la “falta” en sí, la causa misma del fracaso de la torre. La naturaleza aborta lo inviable, y no es posible para la humanidad elevarse por encima de sí misma cuando aún no tiene el grado de evolución suficiente para renunciar al culto al propio ego en la medida necesaria.

El corazón de cualquier animal está preparado para funcionar como una pieza en armonía con el resto del cuerpo de aquél, pero no podría hacerlo por mucho tiempo si trabajara sólo para alimentarse a sí mismo, porque el fallo de los demás sistemas del organismo, en los que necesita apoyarse, lo arrastraría enseguida a su propia destrucción.

En nuestra situación, seguramente será el propio “corazón” financiero, desbocado y desconectado del resto del “organismo”, el que nos abra la salida de emergencia, porque parece condenado a implosionar una vez que haya consumido todos los recursos que encuentre a su alcance. La buena noticia es que, en esa implosión, se llevará por delante todo el entramado del laberinto en que nos vemos presos. No sé qué o quién quedará en pie después de eso, pero, con la lección aprendida, a lo mejor cada uno de los fragmentos resultantes de esa ruina sea lo bastante pequeño como para tener cierta armonía interna y funcionar de un modo “orgánico”. Tal vez ese sea el comienzo de un proceso que haga posible llegar a una globalización de verdad.

Sí, parece que la naturaleza tiende a abortar lo inviable y, en este caso, creo que la globalización, tal como se entiende hoy en día, lo es, porque, al igual que pasó con la Torre de Babel, aún no ha llegado su tiempo histórico; el grado de evolución del ser humano es todavía insuficiente y, en su esfuerzo por desarrollar un “organismo planetario”, no ha sabido ir más allá de fabricar una especie de monstruo de Frankenstein aquejado, a la vez, de extrema desnutrición y de un cáncer galopante.

En el mito de Teseo, es el propio Dédalo, constructor del laberinto en que él mismo casi se pierde, el que inventa la argucia que permite al héroe griego acabar con el monstruo y volver a salir a la luz. Nuevamente, parece imprescindible citar a Campbell:

<< Y es muy curioso que el mismo científico que al servicio del rey culpable había sido el cerebro que concibió el horror del laberinto, con la misma facilidad pudo servir para alcanzar la meta de la libertad.

(…) En todas partes (…) los actos verdaderamente creadores están representados como aquellos que derivan de una especie de muerte con respecto al mundo y lo que sucede en el intervalo de la inexistencia del héroe, hasta que regresa como quien vuelve a nacer, engrandecido y lleno de fuerza creadora, hasta que es aceptado unánimemente por la especie humana >>

Tengo la sensación de que la propia estructura del sistema lo ha llevado a un coma irreversible, pero también creo que en ese estado de coma debe verse sobre todo un anuncio de renacimiento y de evolución. Como dice José Luis Sampedro, parece que << ya queda poco >>.

 

Foto: http://www.kalipedia.com/fotos/minotauro-collage-picasso-1933.html?x=20070718klpprcryc_178.Ies

FAETÓN, WHELDON, SIMONCELLI

Febo razonaba, pero Faetón no cedía. Incapaz de retirar su juramento, el padre retardaba el cumplimiento tanto como el tiempo se lo permitía, pero finalmente se vio obligado a conducir a su obstinado hijo al carro prodigioso (…) Las Horas sacaron a los cuatro caballos de los altos establos y los caballos respiraban fuego y habían comido aliento ambrosiaco. Los colocaron en las resonantes bridas y los grandes animales pateaban las barras. (…)

“Si, por lo menos, quisieras obedecer las advertencias de tu padre – aconsejó la divinidad – , procurarías no usar del látigo y tirar de las riendas fuertemente. Los caballos van siempre muy deprisa sin necesidad de apurarlos. (…) Muchacho, que la Fortuna te guíe y te conduzca mejor de lo que lo harías tú mismo. He aquí las riendas.”

Tetis, la diosa del mar, abrió las rejas, y los caballos dando un brinco echaron a correr violentamente; hendieron las nubes con sus cascos; batieron el aire con sus alas, corrieron más deprisa que los vientos que se levantaban de la misma parte de oriente. Inmediatamente, pues el carro iba tan ligero sin su acostumbrado peso, el carro empezó a mecerse como un barco sin lastre entre las olas. El conductor, aterrorizado, olvidó las riendas y no supo nada del camino. Remontándose en forma enloquecida, los caballos alcanzaron las alturas del cielo y llegaron a las más remotas constelaciones. La Osa Mayor y la Osa Menor se chamuscaron. La Serpiente que yace enrollada cerca de las estrellas polares se calentó peligrosamente. El Boyero voló, cargado con su arado, El escorpión atacó con su cola.

El carro, después de haber corrido por algún tiempo entre desconocidas regiones del aire, atropellando a las estrellas, golpeó locamente las nubes cercanas de la tierra, y la Luna pudo ver con gran asombro a los caballos de su hermano corriendo debajo de los suyos. Las nubes se evaporaron. La tierra se inflamó. Las montañas ardían y las ciudades perecían dentro de sus muros, las naciones quedaron reducidas a cenizas. (…)

La Madre Tierra, protegiéndose el rostro quemado con la mano, ahogándose con el humo caliente, levantó su gran voz y llamó a Zeus, el padre de todas las cosas, para que salvara al mundo. (…)

Zeus, el Padre Todopoderoso, llamó rápidamente a los dioses para que atestiguaran que todo se perdería a menos que se tomara rápidamente alguna medida. Entonces de apresuró a llegar al Cenit, tomó un rayo con su mano derecha y lo lanzó desde muy cerca de su oído. El carro se sacudió, los caballos, aterrorizados, se desbocaron; y Faetón, con los caballos incendiados, descendió como una estrella que cae. Y el río Po recibió su cuerpo calcinado. Las náyades de la región lo enterraron y le pusieron este epitafio:

Aquí yace Faetón; viajó en el carro de Febo, y aunque su fracaso fue grande, más grande fue su atrevimiento.*

(Del mito de Faetón, que forzó a su padre, Febo, a dejarle conducir el carro del sol).

 EN RECUERDO DE WHELDON Y SIMONCELLI, PORQUE DEL QUE SE ATREVE SIEMPRE NOS QUEDA UNA LECCIÓN.

 

 *Texto tomado de “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell; Editorial Fondo de cultura económica.

LA TORRE DE BABEL

En su libro “Las mil caras del héroe” Joseph Campbell analiza el significado del mito como símbolo de la realidad y su relación con el inconsciente. Me resulta imposible comentar esta obra en unas pocas palabras – entre otras cosas porque creo que necesitaría una segunda lectura -, así que aquí me limitaré a apuntar algunas de sus ideas como introducción a lo que sigue, no sin antes adelantar que quizás sea el libro que más me ha impresionado de los que he leído hasta ahora.

Básicamente, Campbell recorre numerosas tradiciones culturales – incluyendo el cristianismo – tratando de demostrar, a través de sus mitologías, que todas ellas, en el fondo, se hacen eco de una concepción cíclica de la existencia en la que lo Uno, lo Innombrable, se descompone en lo múltiple para luego desandar lo andado y regresar a la unidad, y así dar comienzo a un nuevo ciclo. Para Campbell, esta concepción de la existencia sería un constituyente básico del psiquismo humano, más allá de circunstancias históricas y culturales concretas; sería un arquetipo que los hombres han expresado desde siempre a través del mito y de los sueños.

El ser humano sería un hito más del desenvolvimiento de la existencia en su recorrido desde y hacia lo Uno, un hito que, a su vez, contiene y refleja ese proceso evolutivo. Por eso, la evolución del hombre, como individuo y como colectividad, sigue un camino similar al de la totalidad de la que forma parte, un camino que conduce hacia la disolución de su ego.

Como cualquier sustancia material, el ego se debilita cuando su contenido de deseos, recuerdos, ideas, prejuicios… se distribuye a través de un volumen mayor. Ese proceso de disolución pasa por un modelo de participación social en que los individuos se perciben y funcionan como entidades que sólo alcanzan su pleno sentido en tanto que elementos de un organismo mayor: la tribu; más adelante vendrán las naciones como espacio de superación del particularismo tribal; finalmente, una vez llevado a cabo el descubrimiento individual de que la propia esencia consiste en ser expresión de lo Uno, el hombre puede dar sentido a todo, en tanto que cada cosa participa de lo Uno. En palabras del propio Campbell:

 “Así como el camino de la participación social puede llevar a la realización del Todo en el individuo, así el exilio trae al héroe al Yo en todo.”

En efecto, el mito trata de héroes, y la tarea del héroe no es otra que desidentificarse de su ego, descubrirse como expresión de lo Uno y enriquecer al resto de la comunidad con la conciencia de la unidad de todo lo existente; el sentido de todas las pruebas por las que tiene que pasar el héroe – desde el Buda a Luke Skywalker en “La Guerra de las Galaxias”, basada en las ideas de Campbell, pasando por Jesucristo – no es otro que el desmembramiento de su ego; por eso el héroe debe hacer gala del valor necesario para romper con la seguridad de lo conocido.

En ese sentido, el mito es un verdadero libro de instrucciones para la evolución personal, un mensaje dirigido al inconsciente, donde residen los miedos más profundos del individuo, para ayudar a éste a neutralizarlos. Igual que la glucosa es un azúcar fácilmente asimilable por el organismo, el mito es un mensaje fácilmente asimilable por el inconsciente, porque está escrito en su lenguaje. Por eso en muchas ocasiones los mitos son vagamente oníricos.

Últimamente no para de rondarme por la cabeza el mito de la Torre de Babel. De sobra conocido, este mito nos cuenta cómo la humanidad trató de construir una torre tan alta que permitiera alcanzar a Dios, y cómo ese empeño se vio maltrecho cuando, súbitamente, los hombres empezaron a hablar lenguas diferentes y no pudieron seguir comunicándose para trabajar juntos. El entendimiento más tradicional de este mito lo ve como un castigo divino desatado por el orgullo y el atrevimiento del género humano – se puede encontrar un análisis muy interesante de este mito en http://trascendentalism.blogspot.com/2007/04/la-torre-de-babel-explicacin-e.html -.

Sin embargo, ahora mismo a mí el mito me sugiere algo diferente. Ya hemos indicado que, para Campbell, el mito comparte en gran medida el lenguaje de los sueños, y precisamente uno de los rasgos más característicos de la sintaxis de los sueños es la dislocación temporal, es decir, desordenar el mensaje onírico alterando la secuencia “normal” de su desarrollo y ocultando así las relaciones de causalidad a las que se refiere. Atendiendo a esto, para mí, el mito de la Torre de Babel se entiende mejor si se coloca la multiplicidad lingüística al principio de la historia que relata. Entonces nos encontramos con que esa multiplicidad no es la consecuencia de la tentativa por alcanzar a Dios, sino la causa del fracaso de aquélla: los hombres no pueden llegar hasta Dios (alcanzar la conciencia de ser cada individuo una expresión particular de la unidad fundamental de todo) simplemente porque no están preparados para ello, porque aún no han logrado disolver su ego, porque siguen apegados a sus particularismos e instalados en la dualidad hombre – Dios, que les hace concebir la construcción de la torre como un reto, no como una expresión de armonía entre los individuos y de cada uno de éstos con Dios; por tanto, el hombre se halla aún muy lejos de poder aprehender su identidad esencial con Dios, con lo Uno. En definitiva, el mito de la Torre de Babel es, para mí, la expresión del fracaso de un intento de evolución prematuro, porque sus apegos a lo particular aún mantienen al hombre inmerso en la multiplicidad. Desde este punto de vista, el mito que analizamos estaría en la misma línea del de Faetón, que forzó a su padre Helios a que le dejara conducir el Sol sin tener la destreza necesaria, y hubo de ser eliminado por Zeus para evitar que, por su inmadurez y su imprudencia, abrasara el Universo.

La situación actual del mundo me trae inevitablemente resonancias de la Torre de Babel. Coincido con Campbell en que las naciones hace mucho que dejaron de ser vehículos de la evolución del hombre mediante la participación social, para convertirse en otro particularismo más que refuerza la dualidad “nosotros – vosotros”. Por tanto, la nación es un producto histórico superado y hay que encontrar el modo de dejarlo atrás. Ahora bien, para mí, la actual crisis económica, el creciente descontento social y el progresivo descrédito de las instituciones nacionales y supranacionales vienen a mostrar que el camino de la superación de las identidades nacionales no está en la llamada “globalización”, tal como y como ésta se concibe ahora mismo. Desde luego, me cuesta mucho ver en la globalización algo más que una grosera capa de maquillaje que esconde un profundo divorcio: divorcio entre el individuo y el poder, divorcio entre naciones, entre el género humano y su planeta, entre el individuo y los mecanismos de la economía, que no habría de ser más que un mero instrumento para permitir a cada persona satisfacer sus necesidades materiales. Creo que todas estas fracturas se pueden sintetizar en una sola: divorcio entre el hombre y el sentido de su existencia.

A la “globalización” le falta algo para dejar de ser una cacería de audiencias, de adeptos, de mercados…, y convertirse en un peldaño más del progreso espiritual del hombre: la armonía. Casi todos los afortunados del “primer mundo” que nos hemos visto de manos a boca metidos en la globalización hemos experimentado en alguna ocasión una cierta embriaguez al sentir que podíamos manejar el mundo con un “click”, y ahora resulta que es el “click” de algún otro o, simplemente, el mundo que hemos dejado crecer, el que nos maneja como títeres, el que lleva a todos los políticos a decir esa odiosa frase “no hay otra solución”, que nos encadena a nosotros y a nuestros hijos. Pienso que éste es un caso paradigmático de apego al sentimiento de poder, de seguridad, que lleva al desmoronamiento de nuestra Torre de Babel, no como castigo, sino simplemente porque estaba erigida sobre los pegotes de barro con que los apegos rellenan las verdaderas carencias de las personas.

No entiendo de economía. No sé si lo que hemos conocido como estado del bienestar es realmente sostenible o no. De lo que sí estoy seguro es que esto no lo enderezan los mercados eliminando lo que no funciona y reforzando lo que sí, porque en el fondo no es cuestión de mercados, sino de conciencia de qué es lo importante, de cómo queremos vivir, de qué somos y qué queremos llegar a ser.

Más allá del tira y afloja del “- No tengo más remedio que quitarte esto. – Ni hablar, ven a buscarlo si te atreves.”, echo de menos propuestas del tipo “Yo gano, tú ganas.” que, sin duda, favorecen la empatía, la reflexión y la armonía. La obra y la labor profesional de Stephen Covey, un gurú estadounidense del coaching, en mi opinión muy lejos de ser un revolucionario o un idealista, pretende demostrar desde hace tiempo que no hay colectividad humana, grande o pequeña, que pueda funcionar de un modo eficaz y duradero si no está basada en el principio, no del sacrificio y la renuncia a la ganancia, sino de que sólo pueden ganar unos si también ganan los que constituyen la base del beneficio de aquéllos. Siguiendo este principio, llega a recomendar a los empresarios que traten a sus empleados con el mismo cuidado (en todos los sentidos de la palabra) que a sus clientes, porque tanto los unos como los otros son imprescindibles para la marcha del negocio. Concretamente en su libro “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva”, Covey relaciona íntimamente dicho planteamiento con la búsqueda de lo que él denomina la “misión” de las personas y las organizaciones. No deja de resultar llamativo que un vehículo tan distinto del esoterismo de Campbell como son las técnicas de coaching de Covey nos haya traído de nuevo a la idea del individuo en busca de sentido; “algo tendrá el agua cuando la bendicen”.

Por ofrecer un ejemplo concreto, no soy consciente de que, entre las medidas económicas que se están discutiendo en España, se haya propuesto ninguna que tenga que ver con un fomento decidido del teletrabajo. Hay estudios que indican que este sistema conlleva importantes ahorros de espacio y energía para las empresas, se traduce en un aumento de la productividad, ya que el empleado está más descansado y satisfecho, y también redunda en un ahorro de combustible, al eliminar desplazamientos. Por si fuera poco, supongo que además en nuestro país contribuiría a dirigir la inversión hacia las tecnologías de la información, como alternativa al “ladrillo” y, probablemente, disminuiría el gasto sanitario y reduciría el absentismo, porque no me cabe duda de su efecto positivo para la salud de la mayoría de la población beneficiaria de este modo de trabajo. A lo mejor no se trata de “más” ni de “menos”, sino de encontrar entre todos algo “distinto”.

Lo anterior es sólo un ejemplo del tipo de planteamiento “Yo gano, tú ganas.” Lamentablemente los que tienen o aspiran al poder de decisión en España parecen ignorarlo; o tal vez es que sienten una repugnancia instintiva hacia el segundo término del mismo.

 

Imagen: layijadeneuribia.com


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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