Archivo para 28 mayo 2010

UN BAÑO DE LIBERTAD

Al entrar en Parquesur dejaron a Caramelo en la puerta. No, no es que aquella familia fuera tirando caramelos por ahí como hacen los Reyes Magos cada año en la cabalgata, es que el perrito de María, Carlos y sus papás se llamaba Caramelo, y cuando María y Carlos se empeñaron en entrar a comprar un helado tuvieron que dejarlo atado en la puerta, porque a los perritos no les permiten estar en los centros comerciales.

Al principio, Caramelo se distrajo viendo pasar a la gente, que cada vez llegaba en mayor número, pero enseguida empezó a sentirse agobiado por tanto movimiento bajo el calor de aquella tarde de finales de primavera.

¡Qué calor y qué rollo! – pensó Caramelo mientras sacaba la lengua para refrescarse – ¿Cuándo van a venir a buscarme?

De repente, Caramelo sintió un pequeño roce y, al volverse, se dio cuenta de que otro perro lo había tocado con el hocico para llamar su atención, mientras lo contemplaba con cierto aire de guasa.

¿Qué pasa, colega? ¿Te diviertes mucho ahí?– le dijo el recién llegado.

Caramelo miró al otro perro un poco sorprendido y pensó que no era como él, estaba bastante sucio y no llevaba collar, pero parecía feliz.

Estoy esperando a mis dueños – respondió Caramelo.

¡Aaaaaaaaaaaah! ¿Y piensas esperarlos mucho rato en la calle, muerto de calor, mientras ellos se divierten allí dentro? – preguntó el otro perro señalando con el hocico hacia la entrada de Parquesur.

Caramelo se sentía cada vez más confuso.

Ya ves que estoy atado y, además, ¿a dónde voy a ir sin ellos? ¿Y tú sabes el disgusto que se iban a llevar si salen y no me ven?

Mira – continuó el otro perro –, que estés atado da igual, los humanos se creen tan superiores a nosotros que ni se les ocurre pensar que seamos capaces de soltarnos. Lo importante es que te sientas libre por dentro – y uniendo la acción a la palabra, con sus patas delanteras aplastó contra el suelo la correa de Caramelo mientras, dando un tirón del extremo de ésta con los dientes, deshacía el nudo que sujetaba al “prisionero”.

Caramelo miraba a su libertador sin terminar de creerse lo que estaba pasando, mientras éste proseguía: – En cuanto  a lo de que no tienes a dónde ir sin tus dueños, vamos a dejarlo. Conozco un montón de sitios divertidísimos que te puedo enseñar. ¡Ah! Y no te preocupes tanto por ellos, ahora mismo estarán ahí dentro entretenidos en algo agradable sin acordarse siquiera de que existes. ¡Vamos,  ven conmigo que no me hace gracia quedarme aquí mucho rato! -, y miró un poco inquieto a ambos lados.

Sin saber muy bien por qué, Caramelo empezó a andar al lado del otro perro. – ¿Cómo te llamas? – le preguntó.

Me llamo Pulgoso. Bueno, en realidad mis dueños me pusieron Tobi, pero un verano decidieron que yo no podía acompañarlos en sus vacaciones y me abandonaron. Ahora donde vivo todos me llaman Pulgoso y a mí, la verdad, me gusta más. ¿Tú cómo te llamas?

Yo me llamo Caramelo – respondió éste, y de inmediato siguió tratando de satisfacer la curiosidad que le inspiraba su nuevo amigo -. Y si tus dueños te abandonaron, ¿dónde vives ahora?

Vivo por allí, siguiendo las vías del tren – indicó Pulgoso señalando con el hocico.

¡¡¿Siguiendo las vías del tren?!! – se sorprendió Caramelo – ¡Pero mis dueños dicen que hay que alejarse de las vías del tren porque es muy peligroso!

¡Pues claro que es peligroso, chaval! Porque si vas por la vía y no te das cuenta de que viene el tren, te convierte en pienso de ese que os dan para comer vuestros amos, pero los perros tenemos un oído muy fino y lo sentimos venir a kilómetros. ¡Confía en tí mismo! Tienes más recursos de los que crees. Son las personas las que no deben acercarse, pero eso es precisamente lo que convierte a las vías en un lugar seguro para perros que no desean ser molestados – explicaba Pulgoso, mientras ya marchaban entre los raíles sobre los guijarros y las traviesas, flanqueados por algún que otro semáforo -. Y ojo a esos tubos largos, que son cables eléctricos. Ya verás como aprendes enseguida.

Un poco más adelante dejaron la vía del tren y empezaron a andar entre casas y edificios. Caramelo estaba desconcertado, vivía con sus dueños en un chalet en Leganés Norte y todas las construcciones que encontraba a su alrededor le parecían viejas y feas. – ¿Dónde están esos sitios tan divertidos? – le preguntó a su nuevo amigo. – Ven por aquí y lo verás – respondió éste, haciéndose un poco el interesante.

Al fin, llegaron al pie de un muro de piedra con una verja metálica encima. – Haz como yo – indicó Pulgoso y, levantándose sobre sus patas traseras, se encaramó primero al capó de un coche abandonado junto al muro, de ahí subió al techo del vehículo y, apoyándose en éste, logró pasar al otro lado de la verja metálica – ¡Puajjj! ¡Parezco un gato…! – observó fastidiado. Caramelo imitó a su amigo como pudo y ambos se encontraron en el interior de una especie de jardín con árboles y plantas y el suelo cubierto de hojas secas del pasado otoño, que parecía abandonado. Caramelo miró a Pulgoso: – ¿Dónde estamos?

Hace calor. ¿No te apetece un bañito? – propuso Pulgoso mientras guiaba a su amigo a través del jardín.

¡Anda! ¡Una piscina mucho más grande que la de mi casa! – exclamó Caramelo al encontrarse ante aquella superficie de agua verdosa, alfombrada de hojas secas, donde flotaban algunos bidones y troncos.

¡No te quedes ahí hociquiabierto! ¡Vamos! – ladró Pulgoso tirándose al agua y, como impulsado por un muelle, Caramelo siguió nuevamente su ejemplo.

¡Qué divertido! ¡Está fresquita y te puedes apoyar en los troncos! Mis dueños nunca me han dejado bañarme en la piscina de mi casa.

¡Toma! Ni aquí tampoco te dejarían bañarte los humanos si te vieran, pero esta piscina está cerrada hasta el verano, así que todavía podemos aprovechar – le informó Pulgoso.

Después de disfrutar un rato en el agua, los dos perros salieron de la piscina y, con una sacudida del hocico hasta el rabo, se secaron cuanto pudieron. Entonces Pulgoso propuso: – Y ahora, ¿qué te parece si nos llenamos un poco la panza?

Caramelo se sentía entusiasmado corriendo nuevamente detrás de su amigo, mientras el aire le iba desprendiendo alguna de las hojas que aún llevaba pegadas tras el chapuzón. – Este perro está lleno de sorpresas, ¿dónde me llevará ahora? – pensó, mientras su corazón latía con fuerza, no sólo por la carrera, sino, sobre todo, porque se sentía libre y feliz.

Después de un rato llegaron a un lugar completamente diferente. Las calles eran más amplias y los edificios, con enormes puertas metálicas, casi no tenían ventanas. En sus patios había camiones y coches aparcados. Por las calles no paseaba gente y casi los únicas humanos que se veían eran los que iban y venían de los camiones a los edificios, cargados de cosas.

Aquí es – dijo Pulgoso -, pero tenemos que dar un pequeño rodeo. – Recorriendo la pared que rodeaba uno de esos edificios, encontraron una puerta cuyas hojas, entreabiertas, estaban sujetas por una cadena – ¡Adentro! – indicó Pulgoso, tras husmear rápidamente a un lado y a otro.

¿Por qué no hemos usado la otra puerta? Es bastante más grande – se extrañó Caramelo -.

Te haces un poco de daño al pasar, pero te aseguro que vale la pena – aseguró Pulgoso con misterio. Esta vez sí estaba realmente tenso. – Y a partir de ahora, ¡cuidadito…! – añadió, y continuó en silencio, olfateando el aire, con las orejas de punta, hasta que llegaron a través del patio interior a una puerta medio abierta que daba entrada a un lateral del edificio. Pulgoso se detuvo un instante ante la puerta y luego se lanzó a través de ella.

Una vez dentro del edificio, Caramelo se dio cuenta de que, pendiente de los movimientos de su amigo, le había pasado completamente desapercibido un olor muy llamativo. – ¡Son salchichones! – exclamó Caramelo al llegar a una habitación donde un montón de tesoros colgaban del techo. ¡Pulgoso lo había llevado a un almacén de comida! También había chorizos, y lomos, y mortadelas… Aquello era más que un sueño. Los dos perros se alzaron sobre sus patas traseras, arrancaron sus “trofeos de caza” colgándose de ellos,  y comieron hasta hartarse. Cuando la barriga les pesaba tanto como una bala de cañón, Caramelo fue a tumbarse en el suelo para descansar un rato. – ¡Ni se te ocurra! – le advirtió Pulgoso – ¡Vámonos ya! Hasta ahora todo ha ido muy bien y no quiero disgustos.

¿Disgustos? – preguntó Caramelo abriendo mucho los ojos y levantando las orejas, sorprendido. – ¿Qué disgustos vamos a tener? Esta vida es tan buena que yo no podía ni imaginármela. ¡Todo el día haciendo lo que nos apetece!

¡Escúchame, Caramelo! – dijo Pulgoso mientras miraba muy serio a su amigo, procurando no levantar el ladrido – ¡De esta vida que yo llevo tú sólo has visto la mitad! ¿Tú qué te crees, que a los humanos no les importa que nos zampemos su comida…? ¡Vámonos de aquí de una vez!

En ese instante se oyó el sonido próximo de una puerta que se abría y ruido de pasos acercándose. Los dos perros echaron a correr buscando la puerta por donde habían entrado y, casi al mismo tiempo, empezaron a sonar gritos y carreras. Al llegar de nuevo al patio, algo mucho peor: ladridos enemigos. Hasta el perro más tonto sabe que en campo abierto un humano no es de temer, cuatro patas dan mucho más juego que dos y, sin apenas descolocarte los pelos del lomo, puedes dejar en ridículo al humano. Pero un perro de guarda es otra cosa. Caramelo, muerto de miedo, seguía a Pulgoso sin saber ni lo que hacía. Atravesó sin siquiera darse cuenta la puerta trasera, tan estrecha e incómoda, y ya en la calle corrió de tal manera que parecía no tocar el suelo. Pulgoso también corría todo lo que podía, pero daba la impresión de saberse el guión, lo que estaba sucediendo no era ni mucho menos nuevo para él. Reuniendo todo su valor, Caramelo miró atrás un instante y, de nuevo, se le heló la sangre: el enorme perrazo les perseguía ladrando y gruñendo, junto con varios humanos que intentaban no quedarse muy atrás. ¿Cuánto tiempo conseguirían mantener la distancia con el perrazo? Sin dejar de correr, Pulgoso se volvió hacia su amigo y le dijo con determinación: – Caramelo, vámonos cada uno por nuestro lado, así será más fácil despistarlos – y, acto seguido, desapareció por una calle lateral. Caramelo hizo otro tanto y siguió corriendo, corriendo, corriendo…, hasta que de pronto se dio cuenta de que ya no había ni rastro del  perrazo, ni de nadie.

Ya no lo perseguían, pero estaba solo, perdido y exhausto. De repente se acordó de sus dueños y se puso muy triste, pensando que ya no volvería a verlos. ¿Qué iba a hacer ahora, si nunca había salido solo a la calle y no sabía volver a su casa? Entonces empezó a sentir dolor también por Pulgoso. Era extraño, se habían conocido hacía muy poco tiempo, pero la idea de separarse de él le rompía el corazón. De pronto – ¡¡¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiii!!! – ¿Qué es eso? – Caramelo se volvió hacia la fuente del ruido. Era un tren. – ¡Un tren!– Había llegado hasta aquí con Pulgoso siguiendo la vía, y siguiéndola al revés podría volver a Parquesur y tratar de encontrar a su familia. Loco de contento echó a correr por las calles buscando las vías del tren, que no estaban muy lejos. Ahora sí que era imposible perderse.

En cuanto tuvo a la vista el centro comercial, otra idea ensombreció el ánimo de Caramelo: – Mis dueños estarán enfadadísimos. A lo mejor ya no me quieren y me abandonan como le pasó a Pulgoso.

Se acercó despacito y cabizbajo al lugar donde lo habían dejado atado y, de pronto, entre la gente que iba y venía, distinguió a su familia. Los papás, muy nerviosos, agitaban los brazos ante un Policía y señalaban de vez en cuando al lugar donde habían visto a Caramelo por última vez. María y Carlos lloraban desconsolados. Caramelo se quedó mirándolos unos instantes, sin atreverse a acercarse. María volvió la cabeza un momento y, al ver a Caramelo allí plantado, mirándolos, soltó un grito y corrió hacia él con los brazos abiertos. Su hermano Carlos la siguió al instante. Los niños y sus papás lo achucharon hasta casi hacer “zumo de Caramelo”. Luego se quedaron mirándolo y el papá le dijo cariñosamente: – Caramelo, ¿qué te ha pasado? ¡Qué sucio vienes! ¿Dónde te has metido? – Caramelo movía el rabo tan fuerte que casi te hacía daño si te golpeaba, y saltaba de alegría, poniéndose en dos patas y repartiendo lametones en la cara a los cuatro.

Una vez en el coche, por fin de vuelta a casa, los papás iban hablando de lo sucedido mientras los niños, en el asiento de atrás, acariciaban a Caramelo todo el rato.

Viene empapado y sucio. ¿Dónde habrá ido? ¿Cómo se le habrá ocurrido marcharse de donde lo dejamos? – se preguntaban.

Hombre, la verdad es que al final nos hemos entretenido mucho en Parquesur y en la calle hacía muchísimo calor – reconoció el papá.

Sí, seguro que se encontraba muy incómodo y se fue a refrescarse – sugirió la mamá -,  lo raro es que no hay ninguna fuente cerca.

Claro, nosotros queríamos un helado porque teníamos calor – reflexionó Carlos -, así que seguro que él tenía todavía más calor, ¡con tanto pelo…! – rió -.

Hemos pensado sólo en nosotros y no en él – concluyó María -. Si queremos estar felices con los demás tenemos que pensar también en cómo se deben de sentir ellos.

Por la noche, después de que lo bañaran, Caramelo salió al jardín a ver la Luna. Aquel día todos habían aprendido mucho: se habían dado cuenta de lo felices que se sentían juntos y también de lo importante que es ponerse en el lugar del otro para seguir felices. Por su parte, Caramelo decidió que, de ahora en adelante, saldría todas las noches al jardín de su casa. Él había aprendido todavía algo más con Pulgoso, y estaba seguro de que éste sabría encontrarlo y vendría a buscarlo de vez en cuando para correr juntos nuevas aventuras.

FIN

 Dedicado a Noel y a Berta

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UN GRAMO DE LOCURA

 

 

El dueño del primer bufete en el que trabajé se llamaba Luis Ángel. Luis Ángel era hijo de un médico de Ciudad Real y había heredado de él esa visión de la vida y de las personas que tenían los antiguos galenos de provincia, que solían romper el hielo con sus nuevos pacientes ofreciéndoles tabaco negro y charlando con ellos de lo humano y lo divino.

Cuando empecé a tener confianza con él, Luis Ángel rebuscó entre sus reliquias y me enseñó la sentencia del Tribunal Militar que, tras la Guerra Civil, condenó a su padre por “auxilio a la rebelión”. Con la misma expresión tierna y a la vez un poco ácida que uno emplea para contar la última trastada de su niño, me entregó una hoja de papel amarillenta, sucia y algo pegajosa, doblada en cuatro. Era el escrito de calificación del Fiscal Militar, al que el Tribunal Militar había añadido una especie de diligencia en la que simplemente se decía que la petición de pena del Fiscal se elevaba a sentencia; el padre de Luis Ángel había sido condenado a prisión sin algo remotamente parecido a un juicio. Al referirse a ello, Luis Ángel no transmitía rencor: sus ojos hablaban de un pesar sereno y en su media sonrisa brillaba una leve mezcla de ironía y de indulgencia. Parecía mirar con un humor amable nuestra tendencia al  dramatismo. En ese momento, algo en su actitud te dejaba convencido de que el verdugo está tan atado al dolor como su víctima, de que no vale la pena odiar.

Profundamente cristiano a su manera, consideraba que el verdadero Evangelio cimenta la creencia en vidas sucesivas y en la influencia del karma. Ver brotar de nuevo las flores en su ventana cada primavera era para él la prueba más palpable de la realidad de la reencarnación. Estaba convencido de la llegada inminente de la Era Acuario y creía en el amor sin limitaciones legales, sociales o morales, pese a lo cual, o quizás precisamente por eso, estaba casado con una mujer que trabajaba con él y controlaba todo lo que hacía. En sus ratos libres pintaba y escribía poesías, cuentos y novelas, y también practicaba las ciencias ocultas. De hecho, a la hora de contratar a cualquier colaborador tenía muy en cuenta su horóscopo, que él mismo elaboraba. Todo esto se mezclaba – ¡ay misteriosa alquimia del alma humana! –  con un desmedido afán de ganar dinero por los procedimientos más peregrinos.

Cuando me entrevisté por primera vez con Luis Ángel yo estaba pasando por uno de esos momentos en que percibes tu propia existencia como la de un extraño, y sabes que has de afrontar el dolor de dar a luz a quien que de verdad eres si quieres volver a reconocer tu vida. Me consta que entonces ninguna persona corriente habría dado un duro por mí como profesional. Sin embargo, no sé si fue mi horóscopo, o la intuición de un hombre que, según supe después, había estado varias veces en el fondo del abismo, pero Luis Ángel me ofreció quedarme a trabajar con él. Su profunda comprensión hizo magia.

Cuando me incorporé a su despacho, Luis Ángel acababa de poner de rodillas a un gran banco. El banco había ejecutado una póliza de crédito de varios cientos de millones de pesetas a un cliente del despacho y Luis Ángel se opuso a la ejecución alegando defectos en el procedimiento. Estudió a fondo la reciente jurisprudencia sobre la materia y no dejó un solo cabo suelto. Luis Ángel ganó y el banco, antes que intentar ejecutar la póliza de nuevo, prefirió renegociar la deuda, con una rebaja muy sustanciosa para el cliente. Éste empezó a traer asuntos importantes al despacho y tras aquel éxito llegaron otros muchos.

Comenzaban tiempos de bonanza y Luis Ángel irradiaba optimismo y generosidad. A los quince días de empezar a trabajar me mandó a pasar mi primera apelación. Al cabo de un tiempo llegó la esperada sentencia y, como me temía, yo había perdido. Al decírselo Luis Ángel casi pareció alegrarse: según él, para un abogado era un buen presagio profesional empezar perdiendo.

El trabajo era una fiesta que se improvisaba cada día y Luis Ángel daba esplendor a esa fiesta desplegando a cada momento toda la pirotecnia de su personalidad. Los viernes por la tarde convocaba “reuniones de empresa” en las que se contaban chistes, se comían pasteles y se bebía cava y sidra por cuenta del despacho. En una ocasión le regalaron un libro de pintura con preciosas láminas en color. Él lo desmanteló, lo llevó a la reunión y se pasó todo el tiempo enseñándonos las láminas, que previamente había “enriquecido” escribiendo comentarios chistosos de las figuras con rotulador, como si fuesen las viñetas de un tebeo. Entretanto su mujer trataba de aparentar indiferencia, pero esa inequívoca tensión en las comisuras de los labios la delataba …..

Durante una época tuvimos muchos asuntos fuera de Madrid. Viajábamos en el coche de Luis Ángel y, medio hipnotizado por el discurrir del paisaje y de las líneas de la carretera, yo me dejaba llevar por nuestra conversación, que adquiría un tono especial, cálido y luminoso. Con frecuencia acabábamos discutiendo si en el futuro habría otro Mayo del 68, o embarcados en la búsqueda del sentido del dolor y, cuando llegábamos a donde fuera, normalmente tras habernos perdido por el camino, no siempre recordábamos lo que habíamos ido a hacer allí.

 Luis Ángel parecía haber encontrado un lugar acogedor en el mundo. Había logrado rodearse de un equipo de personas con las que sintonizaba y en las que podía depositar su confianza y, una vez consolidada su clientela, había dejado el día a día del despacho y se dedicaba a dar rienda suelta a su creatividad: pintaba, escribía, practicaba encantamientos y hasta nos repartía cassettes con las  tonadillas que le había dado por cantar. Tratar de sacarlo de sí mismo con cualquier asunto mundano mientras deambulaba por el pasillo era como intentar tirar de un globo de hidrógeno con un hilo escurridizo, respondía cualquier cosa en un tono de semi – inconsciencia y continuaba su camino casi sin tocar el suelo, retomando al instante sus pensamientos.

Los aspectos técnicos de los pleitos le aburrían. Cuando comentabas con él un asunto, enseguida se hacía una composición de lugar de la personalidad de las partes y de sus abogados, y empezaba a dirigir sus observaciones al entramado de relaciones que los había llevado delante del Juez. Muchas veces éstas nos conducían a una espiral de despropósitos en la que acabábamos diseñando las estrategias más delirantes para el juicio. En más de una ocasión, cuando entraba en sala tenía que concentrarme en cualquier objeto para no acordarme de los chascarrillos de José Ángel y explotar en carcajadas. Una vez superado ese primer escollo, la situación de la vista pública ya no era tan imponente. Durante esos instantes previos el alma, igual que el ojo al cambiar la luminosidad, se me había aclimatado, y los aspectos humanos de todos los allí reunidos se me hacía mucho más aparente. El drama se había disuelto como una sombra.

Nadie me estaba enseñando mucho y, no obstante, yo cada vez me sentía más seguro de lo que hacía, y transmitía con más fuerza esa seguridad a mi alrededor. Tal vez hay algo de verdad en ese relato que atribuye a Sócrates haber hecho entender un teorema de geometría a un esclavo inculto. Quizás lo mejor que se puede hacer por alguien es simplemente dejarle que saque lo que lleva dentro.

Sin embargo en toda fiesta siempre llega la hora en que las carrozas vuelven a ser calabazas y entonces, quizás también nos damos cuenta de que todos los invitados han desaparecido sin despedirse ni ayudarnos a recoger. En aquellos días España empezaba a despertarse con mal cuerpo del sueño del 92. Las pequeñas economías comenzaban a padecer y quienes vivían de ellas no tardarían en correr la misma suerte. El despacho estaba lleno de asuntos y de promesas de los clientes – “Ya verás cuando me arregles lo mío ….” –, pero cada vez entraba menos dinero. Luis Ángel se había deslumbrado con sus propios fogonazos y no se daba cuenta de que ya había alcanzado el punto más alto de su trayectoria y estaba iniciando la caída. Primero empezó a pagarnos con unos días de retraso, luego con un mes o mes y pico, luego dejamos de cobrar. – “No os preocupéis, el Karma enseña lecciones a su manera pero no es cruel; una vez que has aprendido, no se ensaña. El mal Karma trae enseguida buen Karma.” – Al menos el espíritu con que afrontaba las cosas era aún capaz de arrancar una sonrisa a quienes lo escuchábamos.

Pero los meses transcurrían implacables, y Luis Ángel no parecía estar luchando realmente por cambiar las cosas. Nadie sabía ya en qué tono dirigirse a él mientras éste se limitaba a imaginar soluciones fantásticas y seguir confiando en sus clientes, muchos de ellos más que dudosos.

Llegados a un punto, la situación del despacho empezó a trastocar planes personales: una boda que se deja para más adelante, un piso en el que más vale no pensar de momento. Hay quien empieza a tomar conciencia de que su bebé ya está ganando mucho más peso en sus insomnios que en la báscula. El sentimiento de desconcierto entre los compañeros dio paso al de impotencia y, rápidamente, al de rabia: Luis Ángel y su mujer parecían continuar viviendo con desahogo y ya era imposible pensar que no calibraban el alcance de lo que estaba ocurriendo. Daba la sensación de que se estaban quedando con toda la facturación del despacho, que para ellos aún bastaba, sin importarles que los demás no cobráramos. Nadie esperaba que Luis Ángel permitiera algo así, y el desengaño estaba en boca de muchos y en la mente de todos. Para mí no era tan sencillo, me sentía incapaz de decidir si Luis Ángel estaba negándose desesperadamente la realidad o es que, según en qué ocasiones, era capaz de traicionar a los demás abiertamente, sin agresión, sin culpa, sin cinismo, exactamente igual que un rayo de luz atraviesa una luna de cristal sin tener que romperla. O tal vez él tenía una moral de mayor alcance, que sólo en casos particulares se ajustaba a la del común de los mortales. De ser así, nuestro sentimiento de estar sufriendo una traición sería sólo nuestra propia falta de perspectiva. ¿Con quién hubiera podido yo compartir estas dudas? Lo di por imposible, me habrían pegado o se habrían reído de mí. Quizás yo era un estúpido, pero todo eso me descubría, más que una mancha, un nuevo matiz de la inigualable personalidad de Luis Ángel. Sin embargo, aunque no podía evitar conservar mi aprecio por él, lo cierto es que nuestra confianza mutua se había deteriorado.

Pronto llegó el momento en que Luis Ángel ya no pudo escapar de sí mismo: le había vuelto a suceder. Antes ya había fracasado en varias empresas y había renacido de sus cenizas, y ahora se había hundido de nuevo. Parecía una maldición recurrente, pero la historia nunca se copia exactamente a sí misma: esta vez tenia más años, y más cansancio, y más cargas. Una vez que el velo de nuestro propio engaño se rompe por un punto no suele quedarse ahí, termina por rasgarse del todo y aparece la verdad, tanto más angustiosa cuanto más impenetrable había sido el velo. Luis Ángel me lo dijo una mañana, ya al borde de una nueva depresión: –“Toda mi vida he tratado de no ser esclavo del dinero y ahora me doy cuenta de que siempre he sido esclavo del fracaso.” – Tenía la mirada un poco perdida, pero ya no era la de antes. Su expresión no era de ensueño, la tensión en su rostro revelaba que estaba tratando de huir muy lejos, de escapar de una angustia tan atroz que era capaz de tomar cuerpo en cada objeto del mundo exterior. Delante de él, sobre su mesa de trabajo, tenía un folio que había llenado de dibujos inquietantes en los que aparecían ojos por todas partes. La silueta de Luis Ángel se iba desdibujando mientras cruzaba una vez más esa cortina de vapores infernales que separa la genialidad de la locura.

Cada cual vivía la misma historia a su manera: un cliente propuso al despacho cobrarse parte de sus honorarios con artículos de una tienda de ropa en liquidación de su propiedad, y la mujer de Luis Ángel nos trasladó el ofrecimiento para que fuéramos allí todos a quedarnos con lo que quisiéramos. Sería un pago a cuenta de lo que el despacho, a su vez, nos debía. Se trataba de una tienda lujosa de ropa de sport en la Castellana. Entramos a saco. Era como un sueño, mirar a tu alrededor y sentir que toda esa abundancia deslumbrante era tuya sin más que alargar el brazo. Todos pululábamos de acá para allá entre risas y exclamaciones, enseñándonos unos a otros nuestro botín. ¿Qué tienen los veintitantos años que hacen fiesta hasta de los despojos de un naufragio? Aún conservo parte de ese “botín”: una gorra de visera para los días de campo y un libro de fotos.

Durante el verano encontré trabajo en otro bufete y llamé por teléfono a Luis Ángel para decirle que me marchaba. – “Bueno, que tengas suerte”. – La verdad es que esperaba algo más de él.

La juventud de todos y lo que habíamos pasado juntos convirtieron a un grupo de compañeros de trabajo muy diferentes en amigos: nos dieron una de esas amistades capaces de aguantar un par de años sin diluirse, hasta que cada cual reencontró su rumbo. Quizás mi marcha actuó como detonante del fin, porque pocos días después me informaron de que Luis Ángel y su mujer habían despedido a todo el mundo e iban a tratar de continuar con el despacho sólo con la ayuda de sus hijos. Naturalmente, el dinero que nos debían no había caído en el olvido. Tras echar el cierre, nos convocaron a una reunión para tratar de su deuda. En un tono de naturalidad un poco sobreactuado se nos entregó a cada uno un folio con el desglose de su deuda, un folio sin membrete donde por toda identidad sólo se mencionaba un nombre de pila. Estaba claro que la magia ya se había terminado, pero a mí me había transformado en otra persona.

——————————–

–                “Ya estoy aquí.”

 

–                 “Eso dijo Tarradellas.”

Llamo a Luis Ángel desde la habitación del hotel. Tomo nota de sus indicaciones y salgo a la calle. El calor del mes de julio es espantoso en Andalucía, incluso entrada la tarde, y hace que la luz del sol resulte irritante. Camino rápidamente hacia la plaza donde hemos quedado, con la sensación de ir pisando una cama elástica, como si estuviera un poco borracho.

Espero unos minutos y lo veo venir. Está bastante más delgado, pero le reconozco sus habituales trazas de despistado. Sin embargo, al acercarse más creo percibir en su rostro una sombra de tristeza que no había antes. Sé que el gesto le va a incomodar un poco pero no me importa, le doy un abrazo.

Nos sentamos en un mesón, junto a una ventana que da a la calle. Trato de romper la rigidez que todavía hay en el encuentro y le digo: – “Me enteré de que ahora vivías aquí  y, como tenía que venir a un juicio, se me ocurrió que podíamos vernos.” –

–                 “Sí, lo que te dije cuando me llamaste, me he venido a vivir con mi madre y mi hermana. Aquí conozco a gente y voy a tratar de abrir un despacho”.

Empezamos a desgranar rápidamente lo vivido por cada uno desde que nos separamos. Ha pasado el tiempo y, sobre todo, han pasado muchas cosas y creo que ambos queremos saber quién es ahora la persona que tenemos enfrente.

Yo, tras pasar por otro bufete, estaba trabajando en una empresa grande y no hacía mucho que me había casado. Cuando ya no pudo afrontar la crisis del despacho Luis Ángel entró en una nueva depresión. Después de echar a la gente, tras unos meses de lucha agónica, terminó rompiendo con su mujer y con sus hijos. En esta ciudad del Sur había encontrado un lugar donde sentirse acogido y ahora estaba tratando de empezar de nuevo.

–                “Hay en la vida un momento para casarse, un momento para separarse, hay un momento para todo …” –  Lo expresa sin darle importancia, en el mismo tono en que uno enuncia una ley de la naturaleza. Y de repente entiendo que para él cuanto nos ocurre es exactamente como una ley de la naturaleza, que cuando decimos: “los gases se expanden al calentarlos”, al mismo tiempo que uno pronuncia esas palabras ya sabe que una vez que la causa aparece, nadie ha podido, ni puede, ni podrá jamás escapar del efecto encadenado. Sólo podemos decidir si nos servimos de esa ley para construir un motor o para fabricar una bomba, si la aprovechamos para crecer o la utilizamos para destruir, pero no podemos escapar de ella. Ésa es la única libertad que existe, la libertad interior, la única que nos es accesible. Ésta era la gran lección de Luis Ángel, la lección que el dolor había tardado gran parte de una vida en enseñarle, la misma lección que él, mucho antes aún de alcanzar la maestría, había vivido para  transmitir a los demás, causándoles también dolor con sus fracasos, aunque fuera de un modo “involuntario”.

La emoción del recuerdo pesa en cada palabra y en cada silencio y crea una burbuja en torno al espacio que ocupamos, aislándolo del bullicio del mesón. Cuando miro al pasado me doy cuenta de que estoy en la otra orilla de un río inmenso. Evidentemente todo lo sucedido también ha dividido la vida de Luis Ángel en dos mitades, lo que no tengo muy claro es si esto es para él un nuevo principio o es el final. Ya se ha hecho de noche, hago un esfuerzo que me tensa un poco la voz y le digo:  – “Mira, a pesar de todo todos nosotros, o la mayoría, te recordamos con cariño. Empezamos contigo y hemos podido salir adelante. Confiaste en nosotros y nos diste nuestra primera oportunidad”. – No, no es un reflejo de las bombillas, por primera vez veo las lágrimas insinuarse en sus ojos. Después de este encuentro le telefoneé varias veces desde Madrid, pero no estaba o no se quiso poner.

———————————-

Esta mañana me ha llamado al trabajo el hijo de Luis Ángel. Ha sido para mí algo totalmente inesperado, no había vuelto a hablar con él desde los tiempos del despacho, hace seis años. Se trataba de un asunto viejo, viejísimo, que llevé  allí, y acababan de dictar una resolución de mero trámite.

– “Hola, ¿qué tal te va?” –

Decíamos ayer … Trato de adoptar un tono neutro y le pregunto por Luis Ángel. Desde que nos vimos en mi viaje, hace tres años, no he vuelto a saber nada de él. 

“Pues volvió a Madrid y vive ahora en un piso de alquiler. Lo estoy pagando yo, ¿sabes?, porque él tiene la cabeza totalmente perdida y ya no está en condiciones de hacer nada. Por la mañana va el asistente social un rato y de vez en cuando voy yo a ordenarle un poco la casa. Está en los huesos, si lo ves no lo conoces, vamos, ¡te asustas! Si te animas a verlo un día, te aconsejo que vayas conmigo, y luego te invito a cenar.”

 

No. No voy. No me atrevo. Destruir el recuerdo de Luis Ángel es también enterrar una parte de mí mismo.

FIN

 

Luis Ángel murió hace unos años y aún sigo aprendiendo de él. Y también sigo aún sin tener claro es si es que todavía me está enseñando desde algún sitio, o si es que en su momento ya me dio toda su enseñanza y ahora soy yo mismo quien me lo estoy dosificando para no indigestarme.

 

¡Ah! Ni que decir tiene que Luis Ángel no se llamaba Luis Ángel, pero, con todo cariño, bastantes líos tuve en su día con el buen señor para  continuar ahora buscándomelos también a cuenta de él. Eso sí, valió la pena.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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