Archivos para 19 febrero 2010

SOS

<<¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.>>

Esto que acabamos de leer es algo así como clavar una piqueta en las nieves del Himalaya y, al retirarla, encontrarse con que por el boquete asoma un tulipán.

El texto es de Henry D. Thoreau y pertenece a su ensayo “Sobre el deber de la desobediencia civil”. Thoreau nació en 1817 en un pueblecillo del  Estado de Massachusetts, donde pasó toda su vida. Inmerso en el mundo rural de la América de mediados del XIX, se acercó al confucionismo y de él beberían, un siglo después, Gandhi y Luther King. En relación con él se ha destacado lo siguiente: “(…) su talante libertario y a un tiempo solidario, resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX; defensor del derecho a pensar por uno mismo (…); ecologista convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los <<verdes>>; defensor acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue agudizando conforme éstos pasaban. Defensor ardiente y convencido de causas perdidas. No por perdidas menos justas.” (1)

Thoreau propugnó la práctica de un cierto aislamiento con el fin de preservar la autenticidad de la persona frente a la inercia de la sociedad y, a raíz de la guerra de Estados Unidos contra Méjico (1846-1848) y de la actuación de determinados Estados del Norte, que devolvían esclavos fugados a sus propietarios  del Sur, abogó por negarse a pagar impuestos como medio de retirar todo el apoyo del individuo a un Estado que perpetraba esa clase de acciones, y como forma de proclamar el derecho de cada uno a  situarse al margen de aquél. Creo que las líneas que acabamos de leer pueden entenderse mejor si se enmarcan en este contexto histórico y personal de su autor.

 Resulta interesante comparar el texto de Thoreau con los siguientes párrafos:

<<(la justicia humana) Es una expresión parcial y muy imperfecta todavía, hay que reconocerlo, pero sin embargo útil de la “justicia divina”. Como seres humanos que somos, generamos una justicia humana correspondiendo a nuestro nivel colectivo de conciencia. Cuanto más evolucionados estemos colectivamente (…) más nuestra justicia humana se acercará a la perfección de la “justicia divina”. Es uno de los retos de la humanidad actual; llegar a poder dotarnos de una justicia humana basada en la sabiduría, la integridad, el conocimiento y la compasión; una justicia que esté fundamentada más sobre el aspecto reeducación que sobre el aspecto castigo.

Pero la evolución se hace poco a poco; incluso a las más hermosas flores les cuesta tiempo abrir. El Estado actual de la justicia humana, tanto en lo bueno como en lo malo, no es más que el reflejo del Estado de la conciencia colectiva. A medida que esta conciencia cambie, las instituciones creadas por los hombres mejorarán. Ya hemos podido observar esta evolución en el curso de la historia de la humanidad. No nos encontramos ahora en la época de “ojo por ojo, diente por diente” (al menos para cierta parte de la humanidad más consciente). Por supuesto que todavía queda mucho que hacer.  Mientras tanto, la justicia humana, tal como es, tiene su papel y su utilidad en el proceso evolutivo de la humanidad.>>

Este último texto es moderno. Pertenece al libro “El poder de elegir”, de Annie Marquier. (2)

Creo que ambos escritos coinciden en su percepción de las instituciones (el Estado en un caso, la “justicia humana” en el otro) como entes capaces de evolucionar y que deben hacerlo en la dirección señalada por determinados valores (libertad, cultura, justicia, respeto, amistad y madurez en un caso y sabiduría, integridad, conocimiento y compasión en el otro). Pero si consideramos el texto de Thoreau desde una perspectiva más “sistemática”, que englobe otros de sus trabajos, podemos encontrar indicios de un paralelismo entre ambos autores mucho más profundo que todo eso.

Y así, en su “Apología del capitán John Brown”, Thoreau se refiere a aquellos que no pueden morir “porque nunca ha habido suficiente vida en ellos” y escribe:

<<¿Cree usted, señor, que se va a morir? ¡No! No hay ninguna esperanza. No ha aprendido la lección aún. Debe quedarse después de clase.>>

¿No es ésta una perspectiva completamente “orientalista” de la función de la vida como un espacio para la evolución de la conciencia, con la posibilidad de “repetir curso” si no se han aprendido todas las lecciones que se han ido presentando?

En definitiva, creo que el texto de Thoreau con el que comenzaba este post puede considerarse revolucionario, no porque sea más o menos libertario, sino porque, si lo contemplamos desde la perspectiva “orientalista” que acabamos de señalar, es decir, desde el papel que representa la conciencia individual, nos sugiere una visión de la colectividad que está en la línea de Marquier y de otros autores modernos: la forma de las instituciones de la comunidad como expresión del nivel de conciencia de los individuos en cada momento, como horizonte en la evolución de esa conciencia individual “la madurez” y como horizonte en la evolución de las instituciones la posibilidad del individuo de “desligarse” del Estado manteniendo una buena relación con él. Basta reparar en que este enfoque resulta anticonvencional aún hoy en día, para darse cuenta de que estaba a años luz de la visión de los contemporáneos de Thoreau.

Digo que ese punto de vista resulta anticonvencional incluso hoy en día porque aún la mayoría de nosotros pasamos casi todo el tiempo identificados con nuestra mente, encerrados en ella, y, por tanto, en general nos cuesta mucho ver que exista algo en la persona más allá de su mente y aceptar que exista otra evolución posible que no sea la del conocimiento puramente intelectual. Y si esto es en lo individual, no digamos en lo que a la vida en comunidad se refiere. Desde esta perspectiva, creo que la metáfora del tulipán en el Himalaya que he utilizado al principio está plenamente justificada, porque las ideas de Thoreau, situadas en el marco de la América rural de mediados del siglo XIX, son como una flor que brota en un sitio inimaginable; también porque la aparición de las flores, hace muchos millones de años, representó un salto cualitativo respecto del universo vegetal existente hasta entonces; y, finalmente, porque bastante antes de la primera floración generalizada debieron surgir flores dispersas aquí y allá como avanzadilla de lo que había de venir.(3)

¿Podemos aceptar que Thoreau era una de esas raras flores anacrónicas que prefigura lo que estaba – y sigue estando – por venir? La verdad es que cuando trato de evaluar el alcance de sus ideas, me imagino a Thoreau sentado a mi lado y yo mirándolo de reojo con una mezcla de reverencia y aprensión. Es la clase de emoción que surge cuando piensas en todas las visiones de Julio Verne y en cómo han coincidido, incluso en los detalles, con muchos logros científicos y técnicos del siglo XX, y te dices: “Había algo extraño en ese hombre. Algo tenía que saber …”

¿Cómo sería esa forma más evolucionada del Estado que Thoreau vislumbró? ¿Qué nos pueden decir sobre esto los 150 años de perspectiva en que le “aventajamos”? ¿Seríamos capaces de ir concretando algo más de lo que él nos dice?

¿Sería factible que el Estado permitiera una relación más “a la carta” del individuo con él? ¿Una relación en la que cada individuo pudiera negociar con el Estado hasta dónde está dispuesto a colaborar con éste y, correlativamente, hasta dónde va a participar de lo que el Estado ofrece? ¿No hay, por ejemplo, en la objeción de conciencia, un germen de lo primero? Pero esto, ¿hasta dónde? Parece que a todos nos ofendería, por ejemplo, que alguien pudiera pactar con el Estado que él no estará sujeto del Código penal – con lo cual tal individuo podría hacer lo que quisiera sin castigo -, a cambio de renunciar a la protección del Estado frente a las posibles acciones de otras personas contra él (o ella, claro).

¿Quién llegó antes al mundo, el individuo o el Estado? Entonces, ¿por qué no podrían el Estado y un grupo de individuos decidir de común acuerdo en un momento dado que estos últimos iban a ocupar una parte del territorio que hasta entonces se consideraba “del” Estado para vivir “al margen de él” y “sin interferir con él”, simplemente como buenos “vecinos” y “amigos”?. En tal caso, ¿quién resolvería los conflictos que surgieran entre los “vecinos”? Porque, evidentemente, no podría ser el Estado, que sería una parte más, en pie de igualdad, con aquéllos. ¿Podrían crearse tribunales supraestatales para llevar a cabo esa función?

Al hacer estas consideraciones me viene a la cabeza que existía una institución en el antiguo Derecho germánico que se denominaba “la pérdida de la paz”. La pérdida de la paz consistía en que, cuando se producía una conducta gravemente antisocial de un individuo, el juez declaraba que éste “había perdido la paz”, es decir, la protección de la colectividad, lo cual significaba que cualquier miembro de ésta podía acabar con el infractor sin sufrir ningún tipo de reproche por ello. La interpretación de esta institución que nos explicaban en la Facultad es que el “Estado” germánico era tan débil que ni siquiera podía ejecutar las resoluciones judiciales, así que dejaba dicha ejecución a iniciativa de los súbditos.

Creo que cuando consideramos la posibilidad de “debilitar” el Estado de cualquier forma surge enseguida el temor, quizás por asociación de ideas con el desorden por un lado y con el feudalismo o con instituciones arcaicas como la pérdida de la paz, por otro. Así que mi última pregunta, sería: La forma de relación del individuo con el Estado que acabamos de plantear, ¿representaría realmente una evolución respecto de la situación actual? Y no se me ocurre una respuesta que no venga desde el “orientalismo”: Cada cosa contiene en sí el germen de su opuesto, y el resultado de las acciones depende de la intención y del estado de conciencia con que se lleven a cabo.

Yo no sé ir más allá. De ahí el título de este post: SOS. Me gustaría que estas líneas fueran como un mensaje lanzado en una botella y que quien las leyera pudiera orientarnos con sus aportaciones, bien personales, bien por referencia a libros o artículos de otros, sobre esa posible relación “a la carta” entre el individuo y el Estado.

Y si no, tendremos que esperar a que surja uno de esos genios políticos que nos ayude a subir el siguiente peldaño y a ver a un nivel por encima de donde estamos.

FIN

 

(1)     Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Ed. tecnos. Cuarta edición. Estudio preliminar de Juan José Coy.

(2)     Annie Marquier. El poder de elegir. Ed. Luciérnaga. Cuarta edición, págs. 270 – 271.

(3)     La idea de la aparición de las primeras flores como metáfora de la evolución de la conciencia es de Eckhart Tolle: “Un nuevo mundo ahora”. Edit. Debolsillo. Segunda edición.

¡AGÁRRENSE A SUS ASIENTOS…!

            Cuando yo era pequeño, Antonio Lobato era un chavalín poco mayor que yo y las retransmisiones televisivas de la Fórmula 1, en blanco y negro, eran capaces de dormir a las cabras. Todo comenzaba con ese círculo en pantalla y esa música tan característica, que anunciaban la conexión con Eurovisión, luego una voz en off que te informaba de que iban a retransmitir las cinco últimas vueltas  – eso era todo lo que se daba – del Gran Premio de donde fuera y, finalmente, unos cuantos puntitos haciendo un ruido grave y moviéndose por el gris de la pista, rodeado del gris de césped. Por supuesto, no había planos subjetivos desde el monoplaza. El comentarista utilizaba poco más o menos el mismo tono con que Matías Prats retransmitía el fútbol para informarte de las evoluciones de pilotos con nombres impronunciables. Lo más parecido que existía a la Play era aprovechar esas migajas de F1 para mirar a la pantalla de la tele con cara de velocidad mientras, con los brazos semi extendidos, hacías girar a izquierda y derecha un plato de postre fingiendo que aplicabas un esfuerzo muscular extremo. Pero todo eso a mí me gustaba, me gustaba mucho.

            Las carreras eran otra cosa. Sigo recordando con angustia a Niki Lauda en su Ferrari envuelto en llamas en aquel lejano 2 de agosto de 1976, en Nurburgring, y sigo maravillado de que sobreviviera – por lo visto llegaron a darle la extremaunción – con la sangre envenenada por los gases del incendio, y sigo preguntándome, entre la curiosidad morbosa y el miedo, por los horrores que oculta el hoy anciano bajo su eterna gorra juvenil. Los pilotos, como ahora, se hacían una foto de grupo al comienzo de cada temporada, pero, mientras posaban, todos sabían que, estadísticamente, al final del año dos de ellos ya no existirían… Sí, eran tiempos duros.

            La última temporada que seguí al completo fue la de 1982, con el duelo entre los atmosféricos y los turbo y con Keke Rosberg, envuelto en constante polémica por sus maniobras en pista, que se salvó por los pelos de convertirse en el campeón del mundo de F1 más gris de la historia, porque estuvo a punto de conseguir el título sin una sola victoria. Del año 1983 sólo me llamaron la atención algunas escaramuzas protagonizadas por Nelson Piquet con aquel BMW que parecía un brick de Parmalat gigante. Luego la F1, que tanto me había gustadoo, se marchó de mi vida sin saber por qué.

            En 1994, ya desconectado por completo del mundo del motor, la muerte de Ayrton Senna me llegó simplemente como una noticia de información general, y sólo me hizo pensar que, en el fondo, Senna había sido afortunado por su vida tan intensa aunque breve, pero lo sucedido no me trajo ningún eco especial de mi infancia.

            En 1999 el accidente de Schumacher en Silverstone me llegó a través de un diario que ojeaba en el hospital donde acababa de nacer mi hija, pero esa vez ni siquiera le dediqué una reflexión de corte general a la noticia, tan ocupado como me tenía esa muñequita de aspecto frágil e imponente al mismo tiempo, que parecía que se iba a ir cada cosa por su lado al cogerla en mis brazos torpones de padre primerizo.

            Y así llegó el 2005, en el que pasé por un momento difícil. Un domingo a mediodía, no sé por qué, encendí mi denostada tele y oí el aullido del motor V10 de aquel asturiano que tenía a toda España pendiente de si sería capaz de hacer realidad lo que parecía ciencia-ficción. Y, en respuesta a ese aullido, la memoria me trajo el sonido más grave de los monoplazas de antaño.  Aquello fue como descubrir por accidente un juguete que enterraste de niño en el jardín. A partir de ahí me enganché otra vez a la F1 con la fuerza que sólo surge del afán de recuperar el tiempo perdido. Grande o pequeño, lo auténtico nunca se va del todo, y siempre se encuentra rebuscando en la niñez.

            La ilusión por ver correr a Fernando Alonso el domingo se convirtió en una buena razón para mirar con otros ojos el resto de la semana. Me contagié de las vibraciones del R 25 y aquel año Interlagos me convenció de que cualquiera que se lo proponga puede, no sólo vivir haciendo realidad el potencial que lleva dentro, sino convertir esa labor en el centro de su vida, pese a todos los obstáculos y, a la vez, gracias a ellos; cualquiera puede llegar a proclamarse campeón del mundo de sí mismo. Por eso el Nano siempre representará algo muy especial para mí. A la vez, cada uno de sus éxitos me ayudó a ir bajando del podio de mi soberbia. Para mi propia sorpresa, empecé a verme a mí mismo como uno más de los que comienzan cada lunes volcados sobre la prensa deportiva, bajo la luz pálida de los andenes del metro, dándole vueltas a la competición del pasado fin de semana y sufriendo, eso sí, con mucho disfrute, por lo que pueda pasar el próximo: – ¡A ver si llegamos “vivos” a la final…! -. Comprendí que lo que antes me parecía banal puede ser, y es para muchos, uno de los condimentos de cada nuevo día que hacen que valga la pena levantarse y vivirlo.

            Luego vino el 2006, y la ansiedad de repetir lo que ya había sido realidad una vez, y la agonía de contemplar esa sangría implacable de puntos de Fernando, perseguido por el Kaiser, y, finalmente, como la llegada del Séptimo de Caballería, la rotura del motor del alemán en Japón, equilibrando así la tuerca de Hungría y la cacicada de Monza. Después, ese 2007 en que no todo es para olvidar: siempre quedará ahí la cara de Fernando, con esa expresión de una intensidad explosiva, aún con huellas de rabia extrema recién convertida en alegría desbordada; estaba en lo más alto del podio de Nurburgring tras haber adelantado a Massa a cinco vueltas del final bajo la lluvia, bajo la lluvia de fuera y bajo la que le seguía cayendo cuando estaba dentro de su propio garaje. Luego la travesía del desierto de 2008 y 2009, hasta el 30 de septiembre del año pasado, en que no quiero decir que “comienza la leyenda”, porque eso ya lo dijo alguien el 1 de enero de 2007, y mira tú…

            Me gusta la F1,  me gusta mucho más que las motos – hay quien es de coches y hay quien es de motos -. Comprendo a quien se aburre pero, aunque no haya adelantamientos, sólo con ver el plano de la pista desde el monoplaza y con escuchar el aullido del motor, y el sonido del cambio de marchas cuando se lanza el coche en las rectas, y al frenar a la entrada de las curvas, ya se me pone la carne de gallina. Es la cumbre tecnológica, pero la paradoja es que toda esa tecnología no valdría nada si no fuera por la humanidad que se esconde en los egos de los grandes pilotos, esos egos tan brutales que en ocasiones los llevan a comportarse como niños y les causan problemas, pero que son la única fuente capaz de inyectar una energía tan desaforada a la competición. Muchas veces se les critica por eso, pero , ¿qué otra cosa más que un ego del tamaño del dirigible Hindemburg puede impulsar a alguien a meterse en un habitáculo que parece una lata de sardinas y a lanzarse, a más de trescientos kilómetros por hora, dentro de un misil atiborrado de gasolina?

            Luego la velocidad opera como una especie de alquimia espiritual, el ego ya no puede seguir al piloto y se va quedando atrás, y alrededor de los 300 Km/h los pilotos prácticamente se convierten en maestros Zen: dejan de pensar, dejan de recordar, dejan de planificar y, por supuesto, dejan de temer; ya no existe el futuro, todo es acción instantánea. Tras la bandera de cuadros, su ego va regresando en la slow-down lap, y al bajarse del coche ya vuelven a ser los de antes, a picarse unos con otros, a mosquearse con el equipo, a responder con suficiencia o a tratar de seducir a la prensa, según los casos, a dejarse adorar por los fans…

            Igual que les pasa a los pilotos, cuando llega el plano subjetivo desde el coche a 300Km/h, el aficionado deja de pensar, y se olvida del oxígeno consumido en cada fin de semana de Gran Premio, de las fortunas tan inconcebibles que se amasan con la F1, en medio de un mundo cada vez más desigual, de los intereses tan poco deportivos que animan a ese deporte, de su carácter despiadado, y entonces, durante un rato que está fuera del tiempo, todo eso se queda atrás y para el aficionado sólo permanece la emoción pura. La F1 es lo más de lo más…

            Los tiempos de Fernando nada más coger el F10 ilusionan. Yo no creo que ni él ni nadie, por muy buen coche que tenga, pueda llegar a acercarse al palmarés del Kaiser, y no es cuestión de talento, es que éste es otro momento de la F1: mucha más competencia, muchas más limitaciones, otras reglas, escritas y no escritas…, pero bueno, ya hemos aprendido a no descartar nada de lo que se pueda llegar a soñar. Deseo muchísima suerte a Fernando en este año en que comienza su andadura con Ferrari; ni que decir tiene que es un deseo muy interesado por mi parte, porque quiero que nos siga regalando tantas emociones los fines de semana de Gran Premio. Y también mi enhorabuena a Pedro de la Rosa, porque se merecía coger este último tren y lo ha logrado, y a Jaime Alguersuari, por haber cogido el primero que se le presentó sin dudarlo. Y espero que Andy Soucek o Adrián Valles, o los dos, ¿por qué no?, también puedan subirse en el primer tren que se les acerque antes de marzo, que no están los tiempos para perder ni un minuto esperando en el andén.

FIN


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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