Archivo para 19 noviembre 2014

HISTORIAS CON INTENCIÓN: EL HÁBITO DE TOMAR LOS HÁBITOS

Dicen que hay personas que son demasiado inteligentes para llegar a entender nada de verdad. Quizás sea porque para entender no sólo hay que aprender, sino también aprehender, y esto último únicamente lo da la vida.

Tal vez una forma de entender quiénes somos actualmente sea revivir la historia de España. Un primer paso podría ser visitar la casa de Lope de Vega y cerrar los ojos unos instantes mientras escuchamos la amena didáctica de la guía, o hacerlo en el patio, aislado de su entorno urbano como por un campo de energía misterioso, mientras imaginamos el olor del estiércol y el cacareo de las gallinas en lo que entonces eran tierras de cultivo a las puertas de la Corte – http://www.rutasconhistoria.es/loc/casa-museo-lope-de-vega -.

Casa-Lope-de-Vega

El visitante que aguce los oídos podrá percibir las resonancias ambigüas de la inscripción que preside la puerta de acceso: “PARVA PROPIA MAGNA MAGNA ALIENA PARVA” y luego irá descubriendo por qué la vivienda de Lope era una de esas llamadas “casas de malicia” (no se trata, ni mucho menos, de lo que parece), la razón de que las camas de la época fueran tan pequeñas o cómo se graduaban las “vitrocerámicas” de aquel entonces. A través de estos pequeños detallas, la Historia nos irá revelando su significado y, como veremos, también nos irá despojando de nuestras propias máscaras.

Una de las reflexiones sugeridas al visitante se refiere al tardío sacerdocio de Lope. Como es sabido, Lope tuvo una vida tumultuosa y, en muchos momentos, dura y triste. Su poesía de madurez no deja dudas sobre el anhelo de paz espiritual que llegó a embargar al escritor, ni sobre su sentido fervor religioso  – http://blogs.periodistadigital.com/nidopoesia.php/2010/09/16/p279058 -, pero, ¿hubo alguna otra razón que empujara a Lope a tomar los hábitos?

lope-de-vega

A lo largo de su vida el Fénix de los Ingenios fue procesado por amancebamiento y, despechado por uno de sus grandes amores, también por libelo, lo que le costó varios años de exilio. Puede decirse que no salió demasiado mal parado, para como las gastaban entonces.

Su ardor hacia las mujeres no pareció disminuir con los años y hay quien sostiene que hizo buena esa afirmación de Quevedo al final del Buscón, de que quien cambia de lugar, pero no de costumbres, no puede esperar mudar de fortuna (cito de memoria). El hecho es que parece que llegó un momento en que Lope había concitado las iras de demasiados maridos burlados y de nuevo tenía mucho que temer. Esto pudo ser, cuando menos, un poderoso motivo adicional para buscar en los hábitos un buen escudo frente a la justicia.

En favor de esta afirmación se encuentran otros casos bien conocidos, como el del duque de Lerma, conforme atestigua aquélla coplilla popular que aún muchos recuerdan:

El mayor ladrón de España, para no morir ahorcado, se vistió de colorado.

Lerma

No fue, en este caso, la pasión de la carne la que dominó a D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, sino la del poder y el dinero. El que llegara a ser Grande de España y valido real trabajó a conciencia para lograr sus objetivos. Puso todo su empeño en ganarse la confianza del futuro rey Felipe III desde que éste era joven, y el heredero de la corona del Rey Prudente, una vez llegado al trono, cometió el desatino de permitir que D. Francisco se convirtiera primero en su sombra y finalmente en su valido.

A lo largo de su meteórica carrera, el intrigante noble tejió una red de clientes, familiares y amigos, encabezada por Don Rodrigo Calderón, entre los que distribuyó los puestos más importantes de la corte. Dicha red reportaría al duque fabulosos beneficios económicos a costa de esquilmar las arcas públicas. Con un empeño digno de mejor causa, este arribista luchó por mantener contra viento y marea la confianza del rey, rodeándolo de una auténtica “alambrada” que bloqueaba el acceso a su persona a cualquiera que pudiera oponerse a los intereses del valido, e incluso fue capaz de convencer al monarca para que trasladara la Corte a Valladolid, en un intento de alejarlo de influencias inconvenientes para sus propósitos.

Pero parece que es ley de la Historia el que cualquier poder toca a su fin cuando la extensión de los intereses que ha conquistado supera su capacidad para defenderlos, y las andanzas del duque de Lerma vinieron a dar testimonio, una vez más, del carácter inexorable de esa norma. Hubo un momento en que el hedor de sus negocios se hizo tan insoportable que nada ni nadie pudo esconderlo por más tiempo, y el que fue valido del Rey Felipe III hubo de tomar el capelo cardenalicio para no verse sometido a un proceso judicial en el que, sin duda, lo habría librado muy mal. De hecho, se refugió en el alto clero justo a tiempo para ver cómo su antiguo colaborador, D.  Rodrigo Calderón, era ejecutado en la Plaza Mayor – http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/personajes/5612.htm; http://blogs.elconfidencial.com/economia/apuntes-enerconomia/2011/12/15/la-corrupcion-del-duque-de-lerma-una-historia-actual-6402 -.

Creo que no hace falta tener poderes extrasensoriales para darse cuenta de que los fantasmas de nuestro Siglo de Oro, como salidos de una novela –  https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2014/07/04/tuerto-maldito-y-enamorado/ -,  siguen campando por sus respetos en la España de hoy, aunque muchos no les presten oídos y, quienes sí lo hacen, frecuentemente lo paguen al precio de la desilusión. Como dice uno de los personajes del Capitán Alatriste, ser Español y lúcido es verse abocado a la amargura (cito de memoria de “Limpieza de sangre”).

Es verdad que hoy, para protegerse de la justicia, uno ya no toma los hábitos, sino que procura arrimarse a alguien que pueda conseguirle la condición de aforado. Pero esto, por desgracia, sólo significa que la forma del hectoplasma fantasmal ha cambiado, no que su “ADN” sea distinto.

 

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DE LA NÁUSEA A LA PESTE

 

Sartre

Camus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La música está a todo volumen, pero no consigue sacar la cabeza por encima del bullicio y las risas, a veces un poco sobreactuadas, ni siquiera en el salón, donde está el equipo con sus altavoces. Un grupo de gente se refugia en una habitación, apartan algún que otro abrigo y se sientan en torno a una botella de whisky de marca con un aire de cierta complicidad, siempre ha habido clases. De vez en cuando algún sistema interno de alarma salta y alguien se da cuenta de que el humo del tabaco lo está asfixiando y se apresura a entreabrir una ventana para oxigenarse unos instantes junto a ella, a pesar del frío de la noche y de las protestas de otros. Un chaval con el rostro inflamado y los ojos brillantes le da un beso en los morros a un pastor alemán y se desternilla de risa. El pobre animal, que no  para de moverse sin rumbo, desconcertado, debe de estar dando gracias al dios de los perros por haberle hecho lo que es, y no uno de esos simios cubiertos de tela a los que, a pesar de todo, ama.

Un poco estomagado por los brebajes que hay para los que no nos hemos traído nuestro propio combustible, me acerco al fregadero a por un vaso de agua esperando cruzarme en cualquier momento con Peter Sellers, pero lo que me encuentro son las cuatro llaves de la cocina abiertas y el gas saliendo a chorros por los quemadores apagados. Cierro las llaves en un acto reflejo y sólo un instante después se me hiela el corazón: menos mal que no fumo. Evidentemente esto está hecho adrede. Quizás incluso alguien que sigue en la fiesta de fin de año ha apostado a convertirla en una ruleta rusa, un juego más de los que traen noches como esta.

Busco al dueño de la casa para alertarlo. Pregunto, pero nadie me escucha, o nadie lo conoce, o nadie quiere conocerlo. Como yo, todo el mundo parece que viene por conocidos de amigos, de amigos de amigos…

Me siento a la vez aburrido y sobrecogido. Mi estado de ánimo es una mezcla de componentes que no casan entre sí, como un cóctel malo, así que decido irme.

Me detengo un instante en la Glorieta de Cuatro Caminos para contemplar la luz lechosa de las farolas a través del filtro de mi propio vaho en esa noche gélida. Imagino por un momento la explosión de gas o el envenenamiento masivo que no será, pero que podría haber sido, esos titulares de la mañana siguiente que se quedaron en la antesala de la existencia y que contenían mi propia muerte. Me doy cuenta de que lo realmente sucedido y lo que no ha llegado a pasar no son más que dos hermanos gemelos, hijos de lo absurdo. Tengo diecisiete años y acabo de leer La Náusea. El silencio y la soledad en medio de la amplitud de la plaza me empiezan a dar vértigo. El frío de la noche me hace sentir transportado a una región donde la conciencia es más pura. Esa fiesta de fin de año era un microcosmos. Sartre tenía razón, el infierno son los demás. La alegría de mi recién alcanzada clarividencia me desborda.

De aquello hace mucho tiempo y, por uno de esos extraños caprichos de las matemáticas, ahora tengo muchos más años. Acabo de leer La Peste y por el camino también he leído a Victor Frankl y a algunos otros, y en este momento siento que, más allá de como sea el mundo, cuando uno ha encontrado el sentido dentro de sí mismo, hasta la esperanza le sobra. Porque “la peste” no es simplemente lo imprevisible e incontrolable de ahí fuera, que a veces descarga sobre nosotros la tragedia, es sobre todo negarse a aceptar que, como decía el Buda, sólo somos dueños de la acción, no del resultado; es apegarse a las propias mentiras y, a la vez, no reconocer que éstas son necesarias para vivir; es ignorar que, en su origen, el término “persona” significaba “máscara”; es situar lo falso en los demás y la verdad en uno; es echar la culpa al maestro armero; es erigirse en poseedor de la fórmula salvadora; es no tener la honestidad de confesar que somos tan embusteros como el otro al que juzgamos y condenamos; es no aceptar que todos somos “apestados”, o aceptarlo y encontrar ahí la justificación para rendirse ante “la peste” y dejar de hacer lo posible por sus víctimas; es no tomar conciencia de que uno es un ser humano, ni más, ni menos; es negar la humanidad a los demás.

“Hemos salido de la nada para alcanzar las más altas cotas de la miseria”, decía Groucho Marx. En mi caso, puedo presumir de que he sido capaz de abandonar la náusea para llegar hasta la peste. Debe de ser que estoy envejeciendo bien.


Una frase:

"El tiempo es lo que impide que todo suceda de golpe."

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